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Alfonso Alcalde: "...Vivir en Coliumo..."

Por Lucía Gevert Parada
Publicado en El Mercurio, 9 de noviembre de 1969


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Los pescadores de Coliumo esperaban con ansias la vuelta de su amigo. Sabían que había ido a Santiago y traería algo que contar. Los meses que pasaban juntos, terminando el invierno, les hacían olvidar que durante medio año vivía en San Pedro, cerca de Concepción. Entonces lo veían nadar, jugar al dominó, conversar...

Hasta que Alfonso Alcalde volvió.

Junto a él, su compañera Ceidy, que no lo ha abandonado en los últimos cinco años. Las veinticuatro horas del día les pertenecen... Comparten las limitaciones económicas a que lo someten sus entradas como periodista del Diario "El Sur", donde ejerce en el Suplemento Dominical y de diagramador. La realidad los presiona, los problemas domésticos son abrumadores, pero en el presupuesto del mes se incluye la cuenta del aguа, luz, gas, arriendo y... papel para escribir.

Su estampa recia encierra un aire de desamparo que conmueve, y con una sencillez sin igual comienza a deshilvanar la madeja confusa de su existencia:

—Recuerdo una crisis profunda cuando estaba de muchacho en un colegio inglés. Me aprisionaba un deseo de información directa y no un conocimiento académico. Mi familia no lo comprendió y rompí con ella. Comenzó entonces una aventura insólita. Inexperto y delgado anduve por las tierras de América desempeñando los más extraños oficios: cuidador de plazas, cuervo de Pompas Fúnebres en el Norte de Argentina, (debía detectar dónde se encontraba algún moribundo), picapedrero; pero, sobre todo, vagabundo, ávido de conocimiento humano. Hasta que, enfermo, debí volver de Buenos Aires en un barco de carga. Estuve un año en el hospital.

—¿Tuberculosis?
—Sí.
—¿Le sirvió?
—Medité, medité mucho. ¿Por qué había hecho esta experiencia? Volví a vislumbrar a mis amigos de otras latitudes, todos seres confusos, dolientes, sufridos... ¿Qué podía hacer con esto? Supe que no había ido tras su encuentro con un criterio de especulación literaria ni artístico. Sin embargo, pensé que escribiendo podría reflejar esta vida, este cuadro triste. Pero sólo contaba con una gran experiencia y me faltaba intelectualizar estas vivencias.

—¿Se siente realizado con "El Panorama ante Nosotros"
—A pesar de la larga disciplina que me he impuesto y que ha dado estos cien mil versos, me invade la frustración. Todavía creo que escribo porque no tengo más remedio...

—¿Cuántos libros tiene?
—Veinte escritos, pero sólo siete publicados; todos en los últimos dos años. No cuento aquel que vio la luz en 1946. Se llamaba "Balada para la Ciudad Muerta" y tenia hasta un prólogo de Neruda. Pero a los quince días de haber aparecido lo retiré y quemé todos los ejemplares a mi alcance. Era prematuro, con muchas influencias. Un libro innecesario. Después me borré de los registros.

La voz ronca, suave, que va mordiendo las palabras, se detiene. El silencio que cae sobre nosotros no puede ser quebrado por la pregunta de la periodista, y espero a que retome el hilo y salga de su evocación dolorosa.

—Me fui a vivir a los alrededores de Concepción porque pensé que reunía todas las cualidades para escribir un poema épico. Es una ciudad trágica, azotada por terremotos, malones de indios, hasta ha cambiado de lugar, y con algo principal en la época: un río. El es un personaje de mi Panorama. Es el símbolo del fluir de la vida.

—Pero el río corre siempre, no se termina...
—Mi poema épico tampoco tiene fin. Lo comencé hace veinte años y seguiré escribiéndolo hasta que muera. Si esto sucediera hoy, no me importaría... sólo sería la insatisfacción de no haber cerrado un ciclo de mi "opera magna".

—De qué trata?
—Son los cuatrocientos años de la vida de Chile. Si hubiese tenido tiempo la habría escrito más breve. Pero tengo mayor intuición que metodología. ¡Cómo me habría gustado tenerla!... Ya es tarde... La necesidad de sobrevivir me impidió disciplinarme a tiempo. Esta frustración la uso como fuerza positiva para mostrar la posición del ser humano frente al amor, a la muerte, a la felicidad, a la lucha por su libertad, a su afán de justicia, a su tragicómico paso por la tierra... tan lleno de alternativas.

Cuando el "Panorama" empezó a tomar forma y fue creciendo, creciendo, sin poder detenerse, surgieron dos ideas en Alfonso Alcalde: primero, que nunca se publicaría, y eso verdaderamente no le importaba; y segundo, que su personalidad no podría dejar de escribir. En algunas oportunidades se le presentó la posibilidad de publicar fragmentos, pero él no aceptó. Sabía que la obra guardada sufriría el deterioro natural: pasarían los estilos, las modas, las expresiones. Llegó el momento en qué pretendió botar el primer tomo... Su familia lo salvó... Cerró un compromiso con ella, y lo dejó.

—¿Cuál es su mayor ambición?
—Vivir tranquilo en Coliumo... Finalmente he encontrado el apoyo que me faltó siempre. Ya no estoy solo...

Con una mirada tierna recorre el semblante plácido de su compañera. Ella dice: Aunque no me corresponde interrumpir la conversación quisiera expresarle que mi felicidad sería absolutamente completa si Alfonso demostrara algún interés porque le publicaran sus libros. El no hace nada por darse a conocer.

—Mi obra continuará más allá de mi existencia. Siempre ha sucedido así con los poemas épicos. La diferencia es que comúnmente los hacen los pueblos y no una sola persona, como en mi caso.

Mientras anoto sus pensamientos, oigo con estupor que continúa hablando como en una confesión:

—Esta actitud va dejando muchos seres desmenuzados, y se destruyen primero quienes se acercan con más cariño e interés. El único que resiste es el escritor. Ellos viven la confusión, la furia, el desnivel emotivo, la venganza de la impotencia creadora, el brutal egoísmo creador... Muchas mujeres pasaron por mi vida y se destruyeron. Muchas, muchas...

Pero comienza a salir de su mutismo. Editores de Uruguay, España y Chile se han interesado en sus libros y ya han surgido mejores perspectivas.

—Quiero llegar a la novela, porque abarca todos los matices de la condición humana. Es un juego de ideas más ambicioso y más profundo; el juego lírico de Panorama no llega a vaciar esta ansiedad intelectual.

La necesidad de comunicación de Alfonso Alcalde, el solitario, es tan intensa que desborda sus cauces literarios. También pinta, y ahora intenta trabajar en cine. Piensa hacer pronto un documental de diez minutos que tiene el titulo sugestivo de "El país de las narices coloradas".




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