Como una "novela romántica histórica" define su nuevo libro la periodista y escritora chilena radicada en Estados Unidos. La pasión de las mujeres Milet se inicia junto con el siglo XX y explora el carácter y la sensualidad de
una estirpe femenina.
"Creo que a la Andrea cuestionadora la empecé a formular también a través de las mujeres que están en mis libros", sugiere en esta conversación a través de la pantalla, a punto de tomar el avión hacia Chile. Es Andrea Amosson (Antofagasta, 1973), quien acaba de publicar La pasión de las mujeres Milet (Sudamericana), la saga de una estirpe femenina que viene de Francia pero que hunde sus raíces en el campo chileno, donde plantan sus viñedos. Son mujeres conectadas con la tierra, la naturaleza, los espíritus, los aromas, los sentidos, apasionadas y libres, pero encorsetadas por las costumbres del país de principios del siglo XX. "Ellas están siguiendo un patrón —explica la autora—, hasta que de repente una dice: '¿y por qué?'".
Ver, explorar, experimentar
Periodista de la Universidad Católica del Norte y egresada del magíster en Literatura Hispanoamericana y Chilena de la Universidad de Chile, Andrea Amosson está radicada hace doce años en Texas, Estados Unidos, con su marido —a quien llama "el Vikingo" por sus ancestros noruegos aunque nació en Iowa— y sus dos hijos. Antes, vivió en Serbia, Montenegro, Costa Rica y, más brevemente, en Ucrania, Hungría y España. También autora de La maestra Bernarda (Medalla de Oro en el International Latino Book Award) y Las mujeres de la guerra (colección especial de El País de España), entre otros seis libros, la migración es un tema que aparece con recurrencia en sus novelas. "Creo que a través de la escritura he estado trabajando el tema de la migración y a lo mejor estoy procesando mi desplazamiento y el hecho de sentirse extranjera, reubicarse, con otras lenguas, otras culturas, otra alimentación. Todo lo que extrañamos cuando dejamos la patria. Tenemos, mi esposo y yo, esa cosa medio aventurera".
Una curiosidad por ver el mundo que la caracteriza desde pequeña. "Yo creo que empezó desde que vivía en la salitrera Pedro de Valdivia. Una tarde de verano estaba mirando la película Mary Poppins, y todo estaba doblado al español, excepto las canciones, y entonces me entró una tremenda curiosidad por saber qué decía Mary Poppins cuando cantaba y empecé a pedirles a mis padres que me dejaran ir a estudiar a Antofagasta, que era para mí lejísimo, para aprender inglés. Tengo desde hace mucho tiempo ese deseo de ver, de experimentar, de explorar, de conocer gente, de conocer otras culturas".
—¿Qué importancia le asigna al viaje?
—Yo pienso que el viaje es necesario, ya sea interior, físico, espiritual, emocional; creo que la vida, de hecho, es un viaje largo. No sabemos cuándo termina y sí sabemos cuándo empieza. Y las memorias y las experiencias se mezclan. En La pasión de las mujeres Milet están con un pie en un continente y en otro; en Francia y en Chile, aunque por supuesto ya no hablan el idioma, Chile es su identidad primordial. La sensación de que se ha perdido y se ha ganado algo está presente en esta novela y en las demás, y yo creo que está presente también en mí.
El deseo de escribir historias
Su vocación literaria fue bastante precoz. "Partió con la lectura, hace muchísimos años, de Cien años de soledad. Ese libro no solo me abrió el mundo de la literatura, sino que me generó el deseo de escribir, de contar historias. Yo tenía como 13 o 14 años, no había leído mucho antes; mis padres eran primera generación de estudiantes universitarios y en mi casa no había libros, pero había interés por la literatura. Mi mamá me empezó a proveer de libros cuando vio que había un deseo, una llamita; no sé cómo, porque vivíamos todavía en el desierto, ella lograba encontrar lo que yo le iba pidiendo. Me fue fomentando la lectura en un medio súper árido y con muy poco acceso, en realidad. Yo pienso que ahí empezó a cuajarse esa narradora que ya existía, que era una narradora oral".
Su familia había llegado a la oficina salitrera por el trabajo del padre. "Me acuerdo cuando nos dijo: 'nos vamos a Pedro de Valdivia porque voy a trabajar en la casa de fuerza'. Yo me imaginé una casa llena de hombres musculosos empujando algo muy grande, y era la casa que generaba la electricidad para toda la faena minera. Lo visitábamos muy a menudo y era fascinante para mí el ruido que había, y unos botones enormes".
—¿Fue ese mundo tan masculino el que la llevó a crear protagonistas mujeres?
—Sí, las mujeres obviamente estaban ahí, pero no las encontraba, no las veía en la lectura tampoco. Yo siempre fui un poquito rebelde, entonces preguntaba por qué no me podía sentar a la mesa el día domingo con los hombres de la familia, donde ellos estaban discutiendo los grandes asuntos del mundo, y por qué a mí me mandaban a la cocina, con las mujeres. Por qué yo no podía sacar a bailar a los muchachos en las fiestas, cuando era adolescente; etapa por etapa de la vida yo iba cuestionando. Cuando estaba trabajando en Santiago, en periodismo, decía por qué yo gano la mitad de lo que gana mi compañero si hacemos el mismo trabajo. Preguntaba cuáles eran las razones, y ninguna me convencía, porque no me parecía que estuvieran sustentadas en nada que fuera más allá de las costumbres.
—¿Qué lecturas fueron importantes para usted, en ese sentido?
—Yo soy hija de la lectura del boom latinoamericano. La mayoría de los escritores que eran muy conocidos eran varones y la presencia de la mujer a mí no me representaba. Y si empezaba a expandir un poco la lectura a otros referentes, me encontraba con las mismas cuestiones restringidas para las mujeres. Éramos buenas o malas, éramos santas, prostitutas o tontas. Y luego, éramos hijas, esposas o madres. Entonces yo decía, pero si hay muchas más opciones que eso, ¿no? Estuve leyendo muchísimo, porque esa fue la época en que estudié el magíster en Literatura, y amplié y sistematicé mis lecturas; me hice el propósito de leer más obras escritas por mujeres. Entonces dije: si esto es lo que a mí me sale, si esta es la voz que yo tengo, este es el deseo, la intención, desarróllalo. Acá en los Estados Unidos dicen: si buscas algo que no existe, créalo tú.
—Un nombre ineludible de su región es Hernán Rivera Letelier. ¿Qué opina de su obra?
—Me parece que él es un escritor muy prolífico que ha logrado plasmar con gran talento la realidad de la vida en la pampa, nuestro imaginario, identidad y vivencias. Yo nací en Antofagasta pero soy pampina de corazón y cuando leo sus obras, me traslado a mi infancia en Pedro de Valdivia. Vengo de una familia de mineros del salitre. La minería también tiene un lugar en las novelas de Amosson, no solamente en Las mujeres de la guerra, por razones obvias, ya que transcurre durante la Guerra del Pacífico, sino también en La maestra Bernarda, sobre la lucha de las sufragistas por el voto de las mujeres. Bien avanzada la trama, nos enteramos de que la enigmática Amelia, una joven locuaz y extrovertida que participa del movimiento, está empeñada en restituir a su familia las riquezas mineras que de manera engañosa les arrebató su tía abuela. En La pasión de las mujeres Milet, en cambio, las riquezas provienen de los viñedos. Es por eso que las Milet —apellido que se transmite de una generación a otra sin considerar el de los hombres, a diferencia de Andrea, que ocupa el de su marido— tienen el imperativo de casarse por conveniencia. Reprimidos por generaciones, la pasión, el amor, el deseo finalmente se imponen, así como la libertad de elegir sin considerar la clase social del enamorado.
—¿Reconoce la influencia de Isabel Allende, en las mujeres protagonistas, los temas y en el humor que hay en sus novelas?
—Para mí ella es un súper gran ejemplo, en términos de la literatura, en términos de la valentía; mantengo comunicación con ella, me encanta su generosidad, y también siento que fue abriendo un camino para las escritoras chilenas en general y para las escritoras latinoamericanas y europeas; es un referente a nivel mundial. Siento que hay una conexión con ella en atreverse, sacarse los prejuicios, escribir lo que uno quiere escribir, ser auténtica, perseguir esos temas que a una la persiguen. En ese sentido, es realmente admirable y, claro, ha hecho una carrera magnífica, donde toca el corazón de muchas personas. Y formula preguntas; creo que por ahí también hay una influencia en mi propio camino.
—Usted habla de valentía, ¿para escribir novela histórica romántica, que está muy lejos de lo que están haciendo las escritoras latinoamericanas de su generación?
—Me encanta la pregunta porque yo siento que toda mi vida he hecho las cosas que nadie está haciendo, pero no en el sentido de qué tremenda y qué original soy, sino que más bien con mucha independencia. Yo creo que el aislamiento de mi infancia y mi adolescencia contribuye también a un aislamiento y a una independencia en términos de la selección de los temas y los géneros que quiero trabajar. Siento que también está presente en Isabel Allende, la autenticidad. Y se suma la tremenda nostalgia de no vivir en Chile. En mi escritura trabajo la nostalgia, el sentirse extraño, forastero, el volver físicamente, emocionalmente, históricamente a la patria, y entender que hay cosas que no se resuelven, porque tienen unas raíces muy antiguas. Comprender mi país me enriquece como persona y también me alivia la nostalgia.
—Más que en hechos históricos, como las dos novelas anteriores, "La pasión de las mujeres Milet" se enmarca en los sentidos, la sensualidad. ¿Por qué quiso hacer este giro?
—En cada libro yo me planteo que ojalá el lector, si bien sienta que lo escribí yo, note una diferencia. Y otra cosa es que yo, en mi curiosidad, me propongo metas y cosas que no he hecho. Con Las mujeres de la guerra era entrar a la guerra del Pacífico, que es un tremendo evento y, considerando que soy del desierto, era para mí realmente desafiante, entonces los hechos históricos están muy presentes. Luego, con La maestra Bernarda dije, a ver, trabajemos este tema que es súper importante que lo conozcamos, que es el voto para la mujer en Chile, y desde el punto de vista de una mujer que no estaba de acuerdo.
—¿Y cuál fue el mayor desafío con "La pasión de las mujeres Milet"?
—En este caso me puse el desafío de escribir como un romcom, una novela romántica histórica. Entonces, cada vez que yo sentía que me estaba lanzando un poquito al drama, a la cosa más trágica, me recordaba que mi intención era que tuviera más de comedia. No significa que te vas a estar riendo todo el tiempo, sino que estos libros te hacen sentir bien y quedarte con una sensación bonita cuando terminas de leer. Una comedia de enredos, identidades disfrazadas, yo te quiero engañar a ti pero tú me engañas a mí y en el proceso nos enamoramos. Ese tipo de juego también está presente y lo pasé súper bien generando el enredo.
—¿Cómo se introdujo lo fantástico en la novela?
—Yo crecí en el desierto de Atacama, y ahí estamos rodeados todo el tiempo de fantasmas, de sonidos, de voces, siempre hemos dicho que el viento habla, escuchas murmullos, lamentos, tienes visiones. Parte de esos cuentos de terror que nos contábamos entre nosotros cuando éramos niños. Siempre ha existido en mí; no los había puesto en las novelas previas pero sí en un par de colecciones de cuentos, ahí están lo fantástico, el realismo mágico, lo absurdo, el humor, esos elementos que ya los había trabajado y que son parte de mí.
La pasión de las Milet se sustenta en los cuadernos que cada una de estas mujeres va escribiendo y legando a las nuevas generaciones. En ellos también se anotan las cosas perdidas y es una narradora actual la que reúne y da forma a la historia. "La memoria es traicionera y además es fragmentaria, entonces para mí es muy importante el registro de eventos, de reflexiones, de momentos que una no quiere olvidar", dice Andrea Amosson, quien lleva siempre una libreta de anotaciones. Y que también encontró un cuaderno de familia, aunque se perdió, lamenta. "Mi abuelita, que murió como a los 102 años, aunque oficialmente tenía 99, tenía un cuaderno, que era gordito, todo escrito a mano. El cuaderno apareció cuando mi abuelita estaba agonizando y yo estaba en Chile. Tenía un montón de anotaciones de todo tipo, que cómo alargarte las pestañas, que cómo hornear muy bien el bizcocho, y me quedé siempre con la imagen de ese cuaderno. Y cuando estaba trabajando a las mujeres Milet, volvió la imagen de este cuaderno. Fue tanta la impresión de escuchar a mi abuela a través de lo que ella había elegido escribir. Porque por supuesto había silencios, también dices con lo que omites.
—En esta comedia romántica rescata la libertad de las mujeres para enamorarse de quien quieran.
—Uno de los temas que trabajo siempre es la búsqueda del camino propio y creo que la libertad de elegir está presente en las Milet a través de la parte amorosa. En general, ellas no tienen problemas económicos, de salud, y no están en la Primera Guerra Mundial, están acá. Pero la piedra en el zapato es que no las dejan elegir con quién pasar el resto de su vida, o qué tanta libertad tienen para tener amoríos, deslices.
—Y en este tan camino propio, ¿conoce lo que están escribiendo sus compañeras de generación?
—Bueno, por supuesto que he leído a Samanta Schweblin, a Mariana Enríquez. Me encanta como escriben, me fascina. Y creo que yo, hasta que no se me quiten las ganas, no voy a escribir otra cosa. Este es mi séptimo libro, mi quinta novela, y lo que he tratado de hacer durante todo este tiempo es mantenerme leal a mí misma y auténtica y no traicionarme. Mi corazón, mi interior, mi motor, me dicen: esto es lo que tú quieres hacer ahora, lo cual no significa que en el futuro no vaya a hacer otras cosas.
www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez
Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com El camino propio de Andrea Amosson
"La Pasion De Las Mujeres Milet", Editorial Sudamericana, 2023, 330 páginas
Por María Teresa Cárdenas Maturana
Publicado en Revista de Libros de El Mercurio, 9 de julio 2023