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Ausencias y Persistencias. Hacia una poética de la escritura
en la obra de A. Bresky.

Por Ana María Riveros



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Comienzo esta presentación citando unos versos de A. Bresky, del libro Persistencia de Usted, publicado en 1994:

Ud. está en la punta de la lengua
y cruje la lengua sus fragmentos
sin fin.
(…)
Ud. está en la punta de la lengua
y apoya la lengua su oscuro
relámpago
al instante que rasmilla la tela
que el acecho le tejió.

Y de todo esto Ud.
es la más ausente de todo. (1994: 10)

Versos estos que, en A. Bresky, nos permiten ingresar a dos claves de lectura que en conjunto remiten a una sola: la ausencia y la persistencia de una poesía que desde su primer texto, Semáfora Primera, escrito en 1972, hasta su más reciente producción, Las inconclusiones, obra inédita publicada por primera vez en la presente Poesía Reunida, nos permiten dar cuenta de una problemática central que, como hilo negro, ha cruzado y amarrado esta poesía desde sus inicios hasta la actualidad –más de 40 años de producción–: esta es, la interrogante metapoética y metaescritural, y sus diversas formas de exploración y representación por medio de la evocación de múltiples imágenes y símbolos estrechamente ligados al imaginario porteño de Valparaíso.

Bajo este marco, los nueve títulos que componen la presente edición, Semáfora Primera (1972), Estancias seguido de Fragmentos de El Río (1980), La Señorita Sobreviviente (1987), Persistencia de Usted (1994), El hilo negro (1997), Las elegías inútiles (2002), Fuera de Lugar (2016), y las obras hasta ahora inéditas, A ambos lados de la ventana y Las inconclusiones, nos permiten en su conjunto dar cuenta especialmente de una poética de la escritura, en tanto esta poesía constituye un recorrido o derrotero, una búsqueda y esfuerzo permanente por descifrar y aprehender el fenómeno poético, aquel “proyecto imposible” (1985) de cual habló Juan Luis Martínez en La Nueva Novela, ejercicio que en A. Bresky se lleva a cabo por medio de diversos dispositivos y mecanismos de escritura: el uso y aproximación a distintos géneros y formas discursivas; la problemática en torno al oficio del escritor; el uso de variadas analogías y referencias vinculadas a la geografía y urbe porteña –desde la desembocadura del río Aconcagua hasta las imágenes frecuentes en torno a la costa, los roqueríos, cerros, quebradas y el plan de la ciudad-puerto, todo un Valparaíso constelado–; la expresión y tensiones en torno a la cuestionada primera persona; el uso intensificado de la retórica; el silencio; la alusión a lenguajes propios del cine, la fotografía y el teatro; la apelación discursiva y la segunda persona condensada en el sujeto femenino; el carácter elegíaco y el uso de la ironía; la problemática de la edición y la figura del editor; el carácter invariablemente errante del yo poético; el permanente tránsito y el dolorido sentido de la mendicidad; la crítica resignificación de lo social, lo ciudadano y la modernidad; y la persistencia inquebrantable de la memoria, entre otros.

La reflexión metaliteraria constituye una vía de escritura que ha formado parte relevante de las preocupaciones presentes al interior de la tradición poética chilena. Autores como Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Juan Luis Martínez, entre otros, han dado cuenta de este cuestionamiento en torno a la palabra como estatuto lingüístico, la desconfianza en la palabra poética, pues “nada tiene que ver el dolor con el dolor” (1989) como nos ha dicho Enrique Lihn. En la poesía de A. Bresky, el conflicto del hablante lírico se asocia efectivamente a una comprensión crítica del fenómeno poético y, por ende, a la certeza respecto a la imposibilidad de su revelación, constante que no ha claudicado a lo largo de los extensos años de persistencia de esta escritura, la que por el contrario se ha ido transformando, metamorfoseando intencionalmente en pos del encuentro y articulación de diversas formas y dispositivos poéticos que en su conjunto, relación y totalidad, acontecen siempre subsidiarios al conflicto de orden metapoético que subyace en esta obra. Ello implica necesariamente –como acontece en Enrique Lihn– se enfatice en esta poesía el carácter aparente y artificioso de la ilusión poética, hecho que se manifiesta por medio de la precariedad y de marcas inestables que constituyen en sí mismas el ejercicio de la escritura, a través de la cual se encarna la ausencia: “(…) nos estamos siempre al borde (…) las palabras no son más las que sabemos / se repiten    reconocen la propia muerte / y el aviso es su respuesta (…)” (Semáfora Primera, 42-48)[1]. El carácter efímero e inasible que involucra la voz lírica se trasunta en A. Bresky en la representación de un sujeto transeúnte, un hablante o individuo que deambula permanentemente por los diversos intersticios de la palabra en la búsqueda inagotable –e inoficiosa– por alcanzar su captura en razón del afán persistente del yo: “Anda / sin andar   sin fin   sin parecer (…) lenta danza de sombras simulaciones estatuas se / prolonga hasta de ser inmóviles como una hoja / de cuchillo” (Las elegías inútiles, 354). La poesía breskyana, constituye, en este sentido, un recorrido y búsqueda incesante, un permanente navegar o transitar por una pluralidad de espacios y zonas transmutadas asociadas, como hemos dicho, al imaginario porteño, marino y regional. El río, el mar, el puerto y los infinitos recovecos de la ciudad, constituyen entonces los ejes de un entramado laberíntico al interior del cual el deseo de encuentro se convierte permanentemente en extravío, deriva y naufragio.

Frente a lo anterior, adquiere sentido en la obra breskyana la comprensión del oficio poético como un trabajo inútil y absurdo –a modo de Sísifo–, el rastreo y merodeo permanente en torno a una entidad poética que se trasunta a su vez en femenina: es la socia, la amada, actriz, comedianta y ciudadana, figura esquiva e inasible que acontece y desaparece frente a un yo siempre anhelante, desconcertado y nostálgico: “perdón esta confusión de la escritura / no te lleva demasiado lejos / (…) naufragio del soy tu amante traidor hambriento / retazos del muro alguien / al que golpearon irremediablemente (…) donde se escribe lo que está ausente” (El hilo negro, 270, 300); “Y he aquí el lugar más débil: / Mi escritura” (Persistencia de Usted, 206).  Esta búsqueda implica una ardua lucha metaescritural, enfrentamiento permanente de la escritura consigo misma. Una “empresa heroica”, como propone Carmen Foxley (1987), cuya lectura forma parte también de la presente edición, el yo poético cual Áyax o “En su propio Homero”, como cita la académica, en razón del esfuerzo imposible por alcanzar el centro de la palabra poética.

El silencio constituye otra zona que alcanza, en el marco de esta poesía, una forma de representación de aquello que se busca, pero que no puede asirse con claridad ni certeza a través del lenguaje. Genette nos ha señalado, en este sentido, que la “literatura es una retórica del silencio” (1969: 16) en razón de la ambigüedad que guarda la palabra poética y de aquellos intersticios mediante los cuales se contorsiona y fuga lo que el poema simplemente no devela. Lisa Block de Behar ha referido, al respecto, que es “imposible liberar al texto de esa zona de (lo) ‘no dicho’. Es un secreto” (1994: 191); aquella zona muda de la que también habló Enrique Lihn en Diario de Muerte (1989), y como insiste Block de Behar: “el libro como reserva de misterio (…) porque algo en el texto permanece, guardado y en silencio” (191).

En A. Bresky, el silencio constituye aquel espacio velado en el cual se guarda y conserva aquella verdad poética que se busca infatigablemente, desde el verso que abre su opera prima, Semáfora Primera, en 1972 –“este silencio   que duele en la cabeza (…) de tantos años seguido” (41)–, y cuyo sentido se extiende hasta los versos finales de la presente edición, “fracasé, por cierto, en mi cacería” como versa el epílogo. Blanchot ha señalado, precisamente, que toda literatura se orienta en dirección a su esencia, la que constituye su propia desaparición (1969: 219), fenómeno que en A. Bresky acontece, dando cuenta de este mismo vacío: la aparente reconstrucción de un hilo que en definitiva escinde, amarra y hiere aquella voz imposible de alcanzar: “el odiado silencio / que transita hacia el fondo / y se alimenta de los sueños” (El hilo negro, 264-265).  

Para Blanchot, el poema acontece ligado a una palabra que no habla, próxima al origen. El espacio literario es, por tanto, el dominio del centelleo, del merodeo, aplazamiento constante que intenciona la aproximación hacia lo neutro, hacia “aquello que escapa a la nominación”, como indica el autor francés. De este modo, todo en la poesía de A. Bresky es ausencia, desaparición, muerte, dolor, búsqueda, simulacro y apariencia, naufragio y extravío, en la insistencia por el encuentro con el hallazgo poético, sus seguires, único derrotero, única vía de persistencia y sobrevivencia que el hablante, muy lúcido al fin y al cabo, reconoce desde el inicio de sus días, tal como se enuncia en Semáfora Primera: “–créeme– otra resistencia es nula” (48).

Invierno de 2019



 

[1] Los fragmentos poéticos citados a partir de aquí corresponden a la edición de A. Bresky, Seguires. Poesía Reunida (1972-2016). Valparaíso: Ediciones Inubicalistas, 2019.



 

 

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