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EXAMEN DE ALÍ CHUMACERO

Por Marco Antonio Campos

 

Alí Chumacero ha sido uno de los poetas más extraña e injustamente relegados en los últimos años. He explicado alguna vez motivos de ese probable destierro del que el mismo Chumacero es un poco culpable: no dicta conferencias, no da lecturas, no concede entrevistas, no cae en cualquier tipo de propaganda que quizás ayude a la proyección personal pero en nada a la obra. Hay otras causas de ese alejamiento pero debemos buscarlas dentro de su misma poesía. La primera de ellas es que ésta no se da a la primera lectura y para comprenderla o valorarla –hasta donde es posible comprender y valorar la poesía-, exige esmeradas relecturas. Sólo así, entiendo, podemos más o menos desentrañar matices, ambigüedades, sugerencias, insinuaciones, reticencias: ese follaje de significaciones que un poeta hermético suele ofrecer al lector, si por hermético no entendemos verdadero. Su lenguaje, de tan concentrado, hace que en muchos poemas no sólo cada verso sino aun cada vocablo tenga función dentro del discurso, siendo prácticamente imposible, sin su deterioro o anulación, eliminarlos. A otros poetas podemos arrancarle versos, fragmentos y aun  poemas y creer que hacemos bien o ganan con eso. Llevarlo a cabo con Chumacero es agresión directa porque el verso se incrusta exactamente en el poema. Podrá gustarse o no de su poesía, podrán chocar o no los versos, pero sus detractores, si los hay, no pueden herirle con dos acusaciones: negligencia e inutilidad. En el prólogo a Poesía en movimiento, Octavio Paz esgrimía: “Concentrada, reconcentrada, encerrada en un lenguaje de escamas y suntuosas opacidades, rotas aquí y allá por centelleos, la poesía de Chumacero es una liturgia de los misterios cotidianos: el velorio, el salón de baile, la alcoba de los amantes, el cuarto del solitario. Sitios públicos, sitios secretos, lugares de la infamia o de la consagración”. Cierto, pero esos “lugares de la infamia o de la consagración” sólo aparecen en su último libro (Palabras en reposo). En ese sentido, en el de resumir a otros poetas, más que descubridor o iniciador; Chumacero es una culminación.  Tablada o el mismo Paz abrieron o abren caminos  que poetas de nuestra lengua o de otras lenguas han aprovechado o aprovecharán: su obra es abierta. En cambio la poesía de Chumacero se enconcha, se retrae, se cierra. Eso probablemente sea otra causa del alejamiento de las mesas de trabajo de los lectores de las nuevas generaciones, que de cualquier forma se distinguen por otras virtudes, pero no por su afición a las dificultades de la lectura. No importa, insisto: Alí Chumacero, y qué bueno, es de los poetas que pueden prescindir de lectores y críticos circunstanciales.

Xavier Villaurrutia, siempre fino, siempre preciso anotaba en su prólogo a la poesía de Efrén Rebolledo sobre la necesidad de seleccionar a ciertos poetas mexicanos que, de esa forma, ganarían en la consideración del lector, y citaba a Díaz Mirón, Othón, Nervo, Tablada. Asimismo añadía que, por “la brevedad y concentración de su obra, Ramón López Velarde es un poeta que resiste a la lectura de sus poesías completas o casi completas”. Este sería el caso de Chumacero, que, salvo pocos poemas de Páramo de sueños (quizá los más villaurrutianos) y menos de Imágenes desterradas, se trata de una obra que podríamos compararla con un diamante: casi no es posible quebrarla, y si se hace, parece quebrarse toda ella. Su avara obra, reunida en tres pequeños libros, es un solo poema, y da, como pocas obras de nuestros poetas, una visión de unidad: imagen de arco iris en un fondo de oscuridad.

Chumacero publica su primer libro, Páramo de sueños, en 1944, a la edad de 26 años, pero como recuerda José Emilio Pacheco, un buen número de esos poemas se usaron como suplemento en el número que cierra el primer año de Tierra Nueva, la revista fundada por José Luis Martínez, Jorge González Durán, Leopoldo Zea y el mismo Alí. Páramo de sueños mostrará raíces y persistencias de lo que será su trabajo poético: el amor, al muerte, el sueño, la soledad, la sombra, el espejo, el otro, si bien en su último libro rompe con algunos de estos temas, o en su defecto, los trata de otra forma.

Aun si Páramo de sueños es un saldo de cuentas con sus acreedores (Rilke, Villaurrutia, Gorostiza, Cernuda, clásicos españoles) se observa una voz, si no nueva, por lo menos distinta: una voz a menudo desolada, que no hablará, salvo en momentos excepcionales, de alegrías de la vida. Se ha subrayado (Chumacero mismo  lo reconoce) la influencia de Villaurrutia en su poesía, en especial en Páramo de sueños. Sí. Además de la referencia concreta en versos evidentes o en algunos juegos de palabras, hay dos peculiaridades de la lírica villaurrutiana que Chumacero aprende y aprovecha: por un lado, la concentración, y por el otro, la flexibilidad del verso. Ya he dicho cómo se manifiesta esa concentración verbal  que nos impide prescindir no sólo de versos sino aun de palabras; a su vez, la flexibilidad se manifiesta sobre todo en esa suerte de acordeón, esa manera de encabalgar, es decir, esa manera  de detener y recortar las imágenes hasta petrificarlas y verlas. Podríamos hallar otros nexos, como por ejemplo la desolación de ambas obras poéticas, pero eso es accidente humano, coincidencia o confluencia temáticas, y no influencia directa o indirecta. Para valerme de una visualidad siempre de moda, la poesía de Villaurrutia, o al menos la mayor parte,  es nocturna; la de Chumacero, crepuscular. Villaurrutia parece mirar todo el tiempo en el bosque los oscuros árboles del sueño, de la muerte y del amor sombrío y naturaleza y objetos se oscurecen por obra y gracia de su pluma: habla de la rosa, pero de “la rosa del humo, la rosa de ceniza, la negra rosa de carbón diamante” y el mar es un mar “sin viento, ni cielo, sin olas, desolado”. Chumacero también, pero entre los árboles del bosque está la iluminadora presencia o el recuerdo de la mujer, si bien (observa José Emilio Pacheco valiéndose  de versos del mismo Alí) “en el cuerpo de la ‘funesta amante’ ya se respira el sabor del sepulcro”. Quizás una imagen que nos ayude a definir en buena medida la lírica de Alí sea el significativo  título de una sección de Páramo de sueños y de uno de sus mejores poemas: “Amor entre ruinas”: el sol en medio de la devastación. En este libro, Alí explora lo que es para él nuestra condición: la vida es juego de espejos, sueño, ilusión, polvo, desamparo, soledad. En una tradición como la mexicana, llena de obras desoladas, la de Chumacero es una de las más.

El amor es parte esencial en la obra de Alí, y en él descubre el dolor, la tristeza, la máscara de la muerte, instantes refulgentes, y sobre todo, vaya lo adversativo, conoce la salvación. La gran, quizá la única justificación parece hallarla en el cuerpo abierto de la mujer. En Páramo de sueños (1944) pero más en Imágenes desterradas (1948), el amor es el vértice, y en momentos, el vórtice. En el antedicho poema “Amor entre ruinas” la fervorosa amante acaba siendo y reconociéndose imagen de la muerte: es vino de túmulo, sabor precipitado en ala, aliento mudo. En los siguientes versos (los dos últimos tienen resonancias clásicas de los siglos de oro españoles) podríamos ver ese instante efímero y escaldante donde se encuentran y se rompen para siempre el amor y la muerte:

...desnuda y silenciosa caes
con lentitud de aroma en la penumbra,
hecha rumor del tacto
bajo la sábana que como lluvia
transformada en rocío desciende sobre el pétalo
y nos erige, diáfanos,
ya para siempre espuma, aliento derrotado,
más rescoldo que cauce o alarido,
más ceniza que humo,
más  sombra, más desnudos.

En mi concepto el mejor Chumacero no está en los sonetos ni en los poemas cortos, sino en los poemas de mediana extensión y más que nada en los largos, si bien estos últimos se cuentan con los dedos de la mano: “Amor entre ruinas”, “El responso del peregrino” y “La noche del suicida”. Casi me atrevo a afirmar que mientras perviva la sensibilidad poética de las generaciones, uno de los poemas que no perderá del corazón del hombre y conservaré en el aire el vuelo, será el segundo. En el Responso encontramos dentro de una triste atmósfera religiosa la presencia profana de la mujer. Aquí es donde mejor se explicaría la síntesis de erotismo y profanación de que Paz hablaba. Pero esta profanación se dibuja sobre una suerte de paisaje, israelí o cristiano, con recreaciones  bíblicas y referencias griegas y católicas. El hombre ha sido, es y será polvo y la vida es sólo vanidad de vanidades, y donde vemos con ojos pasmados y enamorados el claroscuro de la mujer. No sé si Chumacero sea siquiera religioso, pero es evidente el nexo en su visión del mundo y del hombre con la de la Biblia. Además de la música que puebla algunos de sus poemas, las Sagradas Escrituras le sirven de puente de reflexión o recurso estético. Quizá nos ayuden dos citas de sus versos para relacionar y ejemplificar su percepción de nuestra condición humana. En la primera habla de: “...la desolada tierra de mi carne,/ donde la libertad del hombre es sombra/ y los muertos entierran a sus muertos”; en la otra: “...convencido/ de existir en la vida de mi piel/ habitando el sepulcro de mi cuerpo”.

Como grabaron inolvidablemente en sus versos Santa Teresa y San Juan de la Cruz, el hombre vive muriéndose en el cuerpo, enterrado en la “carne triste”, “llorando sobre un cadáver condenado a muerte”; Chumacero (sería la distinción), sólo se aparta de esta condenación en el encuentro con el cuerpo femenino, donde importa al poseerlo más el gozo y no la reproducción, el instante iluminador y no el acto mecánico y casi obligatorio. Pero Chumacero no se halla en el primer día de la Creación descubriendo con ojos azorados las maravillas del jardín. No. Él está a diario en el día de la Caída: cuando el hombre ha conocido el pecado y se sabe irremisiblemente condenado al sufrimiento y a la muerte.

Si bien, como dije, sus mejores poemas son los largos, Chumacero destaca asimismo en poemas de mediana extensión perpetrando delgadas estructuras musicales. Para reunir en una imagen auditiva la musicalidad de su poesía podemos decir que la lectura de sus poemas nos hace pensar que asistimos a un concierto sin grandes disonancias y contrastes, y donde la melodía, profunda y melancólica, proyecta a nuestra mente imágenes sombrías con penetrantes destellos esporádicos.

Debo añadir al menos dos cosas en cuanto a la temática de su último (gran) libro, Palabras en reposo (1956), que rompen con los libros anteriores. Ya he hecho notar una al referirme a la cita de Paz sobre los sitios públicos y secretos que enunciaba. La otra es sobre las personas que habitan el libro y cohabitan en él, y quienes son, si no marginales, sí asociales, o bien los que son señalados, en voz baja o a sus espaldas, por una sociedad represiva y severa: el hijo natural, el viudo, el solterón, la adúltera, el solitario, el perezoso, y aun, después de la muerte, el suicida y la virgen fallecida.  En el dibujo cotidiano que traza Chumacero de estos seres parece reconocer espejos donde se reflejan desolaciones semejantes. Esto podría hacernos creer que Palabras en reposo es su libro menos personal. Hasta cierto punto. Si bien es donde menos habla de sí mismo, o lo que suponemos los lectores que es él mismo, no por ello se aleja de sus obsesiones: están allí, pero en figuras de otros. Es el yo social multiplicado de Chumacero, o mejor dicho, el yo que se identifica con personajes señalados con ceniza por la sociedad.

La poeta costarricense Eunice Odio refería que en sus “dos primeros libros el poeta anduvo en el alma del hombre; en el último ha ido a vivir con él, a verlo en sus menesteres más sórdidos y humildes, más heroicos y decisivos. Antes Alí era el poeta, y el poeta apartado de todos, que parecía no tener puntos de contacto con el ir y venir; ahora va y viene, pero, como es natural, cada uno de sus gestos está apoyado y determinado por movimientos internos”. Como dice la misma Eunice, en este libro Chumacero “ha salido a la calle” y ha enterrado casi del todo la abstracción.

Después de Palabras en reposo Chumacero ha callado, y quizá para siempre. Qué lástima. De cualquier manera, su pequeña obra será reliquia de la poesía mexicana del siglo XX. Al recordarlo, generaciones venideras tal vez citarán como despedida y epitafio los dos últimos versos de su último poema:

                                               El huracán cesó y en torno de la estrella
                                               Recuerda en mí la soledad su nombre.

1979

 

 

 

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