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Andrés Caicedo (1951 - 1977)

"Mi cuerpo es una celda":
Un imperio de miseria

Por Álvaro Bisama
Domingo 14 de diciembre de 2008. Revista de Libros. Artes y Letras de El Mercurio

La figura de este escritor y mito colombiano revive en una "autobiografía" construida por Alberto Fuguet, quien recopiló y editó sus diarios personales, cartas privadas, críticas de cine, poemas perdidos y cuanto tuviera a mano.

En uno de sus momentos más paradójicos, Mi cuerpo es una celda puede ser leído como un pequeño cuento moral respecto de las relaciones del intelectual latinoamericano con la cultura global. Eso, porque en su punto más desquiciado Andrés Caicedo (1951-1977), colombiano, escritor suicida y cinesifilítico, se pierde en Estados Unidos intentando escribir y vender un par de guiones (escritos en un inglés que nadie parece entender) para unas películas de terror basadas en la obra de Lovecraft.

Parece un chiste y es una de las muchas interpretaciones que puede tener el texto. Lo puntual: a Caicedo le va mal. Derrotado, termina volviendo sobre sus pasos y retornando a la intensidad del tedio de la vida colombiana de Cali. Pero esta anécdota queda grabada y quizás puede revelar por qué al chileno Alberto Fuguet (quien montó esta "autobiografía" de Caicedo sobre fragmentos de diarios personales, cartas privadas, críticas de cine, poemas perdidos y cuanto tuviera a mano) le interesa la vida y obra del colombiano: el angst vital de Caicedo es quizás parecido al que esgrimen casi siempre sus personajes, expertos en extraviarse y encontrarse en lugares insólitos o cercanos.

Pero hay una trampa ahí. Leer el volumen como una obra de Fuguet le resta la virtud más provocadora que puede esgrimir el relato ante el lector: por derecho propio, Andrés Caicedo puede ser interpretado -más allá o más acá de las hagiografías sobre el exceso, la locura o la banalidad- como un poderoso símbolo cultural. Aquello recae en su involuntaria capacidad de sintetizar el espíritu de la época que le tocó -los 70, el boom, los golpes de estado en América Latina, el cine de Bergman y Truffaut, la cocaína- y volverla involuntariamente la mejor virtud de su escritura. Por supuesto, aquello está en algunos de sus otros libros (el demoledor compendio de reseñas Ojo al cine o la novela Que viva la música) pero acá resucita (¿Caicedo como un zombi literario?) con fuerza y claridad reveladoras gracias a la condición patética, contradictoria y frágil de su voz: "Palabras, palabras fuertes mías, concédanme unos sueños en los que pueda mirar al futuro (...) que mande yo, que mande el que habita en mí y hace cinco años que no sale".

Bajo todo eso, yace una historia tan sencilla como dramática, la de un adolescente amalditado que escapa de su Cali natal (a la que llama Calicalabozo: "No quiero más a esta ciudad, no así de cerca") para perderse y fracasar en sus sueños americanos de fuga y finalmente retornar a un país que lo abruma, mientras busca -por medio de adicciones tan diversas como la fiesta, las drogas, el cine, la literatura y el deseo- un modo de remontar su propia desesperación: "Me tomé, impecablemente, 25 Valiums Blues y me hice profundas cortadas en las muñecas con el cuchillo de cocina más oxidado que pude encontrar: no me pasó nada (...) las heridas están perfectamente cicatrizadas".

Por lo mismo, en el libro se vuelve relevante leer, al lado de los fragmentos puramente biográficos, las reseñas de cine de Caicedo, verdaderas instantáneas de su universo en descomposición. Quizás el valor central del texto y de la obra de Caicedo está acá, donde el morbo de la autodestrucción cede a algo más profundo, menos ligero o romántico, infinitamente más viscoso. Interesa así, más que el artista que se automutila y esparce su reino de miseria mientras se dopa con Seconal y fetichiza a los Rolling Stones, el perfil del crítico de cine que pone a prueba los límites de su escritura. Ese gesto, donde el héroe se acerca de modo inexorable a la propia destrucción, el silencio se homologa como una forma de la paz interior, lo que conmueve al lector.

Ese espectáculo -que podría estar, sobre todo hacia el final, acompañado con Hurt de Nine Inch Nails como fondo- es el de la demolición de la personalidad, percibido por el lector en una alucinante confusión final, como si la alucinante obsesión del colombiano por una juventud congelada esbozara, contradictoriamente, los estigmas terminales de una madurez desconsoladora y prematura. Dice Caicedo: "No puedo más con la vejez de mi adolescencia" (...) No estoy bien vivo. Estoy muerto".

 

 

 

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Andrés Caicedo (1951 - 1977).
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Por Álvaro Bisama.
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