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“El miedo de olvidar”, memorias de Alfonso Calderón
[Catalonia, 2022, 300 páginas]

Entrevista a su hija Lila Calderón:
“Mi padre vivía contra el tiempo y siempre estaba lleno de libros por leer o escribir”


Por Mario Rodríguez Órdenes
Publicado en Diario Talca, 15 de enero de 2023


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Acaba de publicarse “El miedo de olvidar”, las esperadas memorias de Alfonso Calderón, que el año 2008 dispuso que su hija Teresa las culminara. “Se veía muy vital, en medio de trabajos que lo hacían feliz, liderando su mundo desde la máquina de escribir eléctrica Olivetti. Por eso nos pareció una muerte tan fuera de lugar”, precisa Lila, otra de sus tres hijas 


En los 80’ cuando llegué a Santiago traté de acercarme a Alfonso Calderón. Solía verlo en la Biblioteca Nacional. Le saludaba y respondía cortésmente. Más de alguna vez le comenté algo en la sala de referencias. Él parecía tener un mundo muy estructurado y con los tiempos muy definidos. Siempre parecía estar por irse. Lo admiraba por su inteligencia y por su pluma acerada. Tuve la ocasión de entrevistarle más de alguna vez. En una ocasión me señaló que le cargaban las entrevistas y que, en rigor, los libros hablaban por los autores. Pero igual me las concedió. Quizás porque era de La Serena, donde él vivió intensos y fecundos años, entre 1952 y 1964, lo que le permitió abrirme escuetamente paso a su intimidad.

Acaba de aparecer “El miedo de olvidar / Memorias, de Alfonso Calderón” (Ediciones Catalonia, 2022) largamente esperadas. Es un trabajo que Alfonso no alcanzó a concluir y poco antes de su muerte lo deja encargado a Teresa, su hija, para que lo terminara. Durante años, Teresa, con la ayuda de su hermana Lila y de su sobrina Lila Díaz, trabajaron en su edición. Lila Calderón González, conversó con Diario Talca.

—Lila, ¿qué ha significado este encuentro con su padre?
“Este encuentro con él, materializado en un nuevo libro, me produce una alegría inmensa porque es aquí y ahora donde se vuelve a ver, oír, sentir y palpar su esencia más allá del espacio familiar. Personalmente tengo continuos reencuentros con él. Estamos llenos de puentes que aparecen y reaparecen en momentos inesperados, y que siento como señales o diálogos que nos llevan más allá de lo cotidiano. Eso me permite constatar que hay algo muy poderoso allá afuera (o adentro) y que tiene una amplitud indefinible para mí. El libro me parece hermosísimo, es un gran trabajo el que ha hecho mi hermana Teresa”.

—Alguna vez don Alfonso me respondió el cuestionario Proust y al consultarle por la época que recordaba como más plena, me dijo Los Ángeles. ¿Por qué fueron tan plenos esos años?
“El sur de Chile era muy valioso para él, especialmente porque vivió en Los Ángeles, Lautaro, Lota y Temuco con su familia durante la infancia y adolescencia. Los Ángeles era como su paraíso perdido, la plaza de provincia con su atmósfera de estampa detenida en el tiempo lo llevaba a los primeros amores. Allí se encontró con los libros que despertaron su pasión por la lectura, los amigos, el cine de barrio, los quioscos de diarios y revistas con las noticias internacionales, las librerías, la música de esa época, el fútbol, la experiencia de estar vivo y buscar el sentido, las incertidumbres, el aroma de los tilos, los bailes de sábado en la Laguna Esmeralda, sus primeros amores, en fin, su conciencia de ser y estar, su poesía. Allí comenzó a formar su biblioteca, a comprar libros mensualmente, a pensar que cuando cumpliera treinta años habría leído miles de libros y sería un sabio, y que la gente se sorprendería de que un chileno fuese tan enterado. Él era intenso, en su mente y su corazón se estaba grabando el mundo que latía con él”.

—¿Cómo fueron sus años en San Fernando?
“Respondo con un fragmento de sus memorias: ‘¿Podré afirmar que existió alguna vez, a comienzos de la década del treinta, un San Fernando único, distinto del terreno que guía a los perplejos mediante el subterfugio de un constante subir y bajar de maletas, de unas tortas pregonadas en los terminales de microbuses, de un irresistible cuentakilómetros?

Veo el agua cruzar las calles. ¿El río, tal vez? Mil novecientos treinta y cuatro.

Los trenes quedan grabados como bestias apocalípticas, pero el gratísimo olor del carbón, del cuero nuevo, de las tortas, los redime de todo mal.

Desde la ventanilla de un tren veo un último y mítico San Fernando. Más o menos en la misma época en que volaban alfombras en Macondo’”.

—¿Qué fue clave en su formación para darle esa fuerza que le permitió conquistar Santiago?
“Creo que desde muy niño la literatura le abrió un mundo prodigioso que quería explorar. Vivió en pueblos y ciudades del sur -por los frecuentes traslados de trabajo de su padre‑ y se nutrió de un paisaje seductor, lleno de estímulos, y si bien se cansaba de tanto cambio y de dejar atrás lugares y amistades, era un personaje dispuesto a habitar más su mundo interior, estable y ampliable, por lo cual era más dado a investigar que a conquistar. Tímido y visitante asiduo de la incertidumbre no estaba para suponer batallas épicas o intentar rutas darwinianas, de manera que su traslado a Santiago desde La Serena fue, en el fondo, a petición de mi madre, lo que como consecuencia produjo una suerte de benéfica expansión del rompecabezas de nuestro escritor, quien se encontró con otros poetas, narradores, profesores, artistas y personajes cruciales de la cultura de la época y sobre los que nos habla en sus memorias”.

—Lila, ¿cómo se manifestaba esa voracidad que tenía Alfonso por leer?
“No cabía duda acerca de su pasión por la lectura. Siempre estaba leyendo, marcando, subrayando, tomando notas sobre un ‘algo’ que le llamaba la atención para luego revisarlo en otros autores o épocas y hacer el hilo con el fin de registrar los cambios de mirada, perspectivas desde dónde partía el problema, algo así me parece. Cada libro de sus autores cruciales (muchos) era como añadir una pista al mapa del tesoro. Buscando piedras preciosas del registro humano recorría librerías, dentro o fuera del país. Y tenía horarios especiales de lectura cada día, descolgaba el teléfono para no ser interrumpido. Ordenaba sobre el escritorio, por montoncitos, los elegidos para el ritual de la semana. También insertaba los imprevistos, hallazgos que entraban a escena por alguna razón o sin razón”.

—¿Cómo eran sus hábitos cuando escribía?
“Cuando éramos niñas, en La Serena, se encerraba en el escritorio, a veces ponía tangos, música clásica o bandas sonoras de películas. Con el tiempo, prefirió el silencio absoluto si estaba en su casa ante la máquina de escribir. En otros lugares tomaba notas en pequeños papeles. Hay muchos manuscritos. Algunos libros que quedaron en maquetas tienen incluso los epígrafes. Creo que según el tema escribía sobre lo que le preocupaba, incomodaba o impresionaba. Entonces lo abordaba, creaba las atmósferas, veía películas, trabajaba en ello como una composición”.

—De sus bibliotecas, ¿cuáles recuerda? Yo también estuve en su departamento en Los Militares y recuerdo que estaba repleto de libros.
“Recuerdo todas sus bibliotecas, mantuvo siempre un acopio considerable de libros que hacía pensar que su casa era una biblioteca o una librería. En La Serena logró mantener una habitación grande como escritorio con las paredes completas de estantes y otros a modo de pasillos intermedios, solo es creíble si se ve alguna fotografía. Posteriormente se extendió por los departamentos completos donde vivíamos, paredes incluso de los dormitorios. En realidad, lo que iba cambiando era el sistema de estantes, el modo de proteger los libros y evitar poner dobles filas. Eso era impresionante en su juventud, se curvaban los estantes por el peso y con el tiempo fue buscando soluciones y consejos de constructor, encontraba de pronto un maestro recomendado por otro escritor, que le ofrecía estantes de metal y tablones gruesos como andamios, y allá el living comedor que parecía la puesta en escena de una obra de teatro. Interesante en todo caso, no eran departamentos aburridos para nosotras, sus hijas que reclamábamos que era más entretenido quedarse en la casa en lugar de ir al colegio, cuya biblioteca era más chica que la nuestra”.

—¿Cómo se consideraba él? Acaso cronista, ensayista, memorialista…
“Durante toda su vida se estuvo haciendo muchas preguntas sobre el tema, quién era y qué era, y creo que se consideraba como un ‘lector’ que originó al escritor, poeta, cronista, ensayista, memorialista, investigador y autor, ya sea de sus redes, fragmentos, citas, palabras o huellas. Insisto, creo que su lectura del mundo lo llevó a reflexionar y a encontrar la perspectiva para responder, registrar, comentar, escribir, o reflejar poéticamente sus impresiones a través de la palabra sin cuestionarse dónde o en qué tipo de texto o género instalarse. Lo mismo con el uso del ‘Yo’ que asume, y al cual interrumpe insertando y citando otras voces, fragmentos de otros ‘yoes’ a través del tiempo, y que hacen tan rica, profunda y trascendente su escritura”.

—¿Qué parte de su obra la escribió en La Serena?
“Escribió en La Serena sus libros de poesías ‘El país jubiloso’, en 1958; ‘La tempestad’, en 1961, y ‘Los cielos interiores’, en 1962, con el cual, ese mismo año obtuvo el Premio Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago. Escribió también notas y fragmentos de prosa y poesía, muchas de las cuales aparecen en sus memorias”.

—En el año 2000 escribe en “Cuadernos de La Serena”: «Cuando viajo sigo viendo la ciudad antigua. Puedo aceptar lo que existe, pero el amor quedó en las viejas Quintas…». ¿De alguna manera nunca se fue de La Serena?
“De alguna manera nunca se quedó ni se fue de lugar alguno. Estaba lleno de capas, postal sobre postal, recuerdos de personajes reales o ficticios en sus recuerdos. Lo bello y lo terrible curtido en la misma piel, a veces se abren o cierran las heridas o se ilumina amorosamente una pintura, un poema, así es el espíritu de un artista. Yo creo haber percibido el palimpsesto de su vida con su biblioteca respirando en el salón de su mundo interior”.

—¿Cuál fue su colaboración en El Día y en El Serenense?
“Cuando llegó a trabajar como profesor de castellano en el Liceo de Hombres de La Serena, comenzó también a escribir textos periodísticos en El Día y en El Serenense”.

—¿Qué responsabilidades tuvo cuando Gabriela viajó a la zona por última vez?
“Le pidieron que oficiara como una especie de secretario cuando Gabriela Mistral viajó a La Serena. Él era un joven profesor y estaba muy emocionado por la misión de acompañarla y guiarla en su itinerario por la zona hasta Vicuña. Escribió que su función consistía en ahuyentarle a los visitantes indeseables y le dijeron que no la entrevistara, que le hiciera grata la estadía. Él se preocupó de cumplir el plan y en la medida que se fascinaba al oír sus comentarios y preguntas, registrando cuidadosamente detalles, observaciones y cambios de humor, se las ingenió durante los aproximadamente 10 días de actividades para matizar las conversaciones ‑durante los trayectos‑ con preguntas casuales que le permitieron, mucho tiempo después, crear una entrevista póstuma notable, mezclando realidad y ficción, lo que sería largo de desarrollar en este espacio”.

—¿Su vinculación con la música fue muy profunda?
“La música en la obra de mi padre tiene un lugar muy importante, muchas veces ambienta o estructura sus textos en momentos específicos. En los viajes, por ejemplo, las calles de una ciudad se dejan oír, un sitio histórico está lleno de ecos superpuestos, la música evoca un amor, hay relaciones complementarias en sus narrativas. Más que una partitura quizás a veces está más cercano al guion cinematográfico en cuanto al paralelismo entre la escritura y el sonido. No resulta curioso que en su testamento haya dejado escrito que al morir lo despidieran con el Doble Concierto para Violín y Violonchelo en La Menor, de Brahms”.

—¿Alcanzó a comprender cómo funcionaba su memoria?
“Pienso que su memoria era prodigiosa y que tenía muy claro que esa capacidad de retener, contener, recuperar, relacionar y procesar datos era confiable. Y compartía y ayudaba a quien le pidiera información o un detalle sobre algo o una bibliografía. Sabía dónde buscar también, eso era increíble, comparable a una memoria de computadora, aunque ya no nos sorprende pinchar un link, llegar a otro sitio y despejar cualquier duda, él hacía esas  conexiones fragmentarias con hechos históricos, textos literarios y vidas de sus autores antes de la existencia de google. La experiencia registrada por un testigo real o personaje ficticio se quedaba impresa con la misma intensidad y era parte de una cita que venía a tiempo en el momento preciso. Eso le daba una gran seguridad, pienso. Era su manera de leer el mundo y alquimizarlo a través del verbo. Estoy aventurando, quizás él lo veía de una manera más simple. Yo lo hago leyenda en mí”.

—¿Comparte que parecía vivir contra el tiempo?
“Sí, absolutamente. Mi padre vivía contra el tiempo y siempre estaba lleno de proyectos y libros por leer o escribir. Sus tiempos realmente podía compartirlos a gusto si era a través de algo creativo”.

—¿Le temía a la muerte?
“Cuando la angustia lo acechaba temía a la muerte y buscaba encantarse o reencantarse. Si andaba de viaje, adelantaba el regreso. Si estaba escribiendo un libro que le había abierto alguna herida, buscaba el remedio natural o alternativo para no echarle más leña al fuego, creo que no le gustaba, especialmente en la madurez, sentirse víctima y victimario de sí mismo. El autosabotaje ya le parecía demasiado, suficiente tenía con la vida misma”.

—¿Cómo fueron sus últimos años?
“Tenía sus tiempos acotados para distintas actividades, aquí te contaré lo que a mí concierne. Durante los últimos años de su vida trabajamos en muchos libros. Hablo de los años 2004 al 2009. Hacíamos un equipo de investigación y escritura los tres con mi hija Lila Díaz. Teníamos unas reuniones magníficas llenas de anécdotas que nos divertían mucho. Él no escribía en computador así es que nos dictaba por teléfono sus notas o nos enviábamos borradores y luego nos juntábamos algunos domingos a armar las piezas, buscar imágenes, bibliografías, distribuir fotocopias, sugerir entrevistas, imaginar nuevos proyectos. Estaba lleno de planes e ideas y libros por armar. Y estaba trabajando en un proyecto de investigación con mi hija Lila, que ya había realizado una tesis de Magíster sobre sus crónicas.

Lo acompañé en las presentaciones de sus libros. Hacía clases, lo vi magnético cuando dictó la conferencia ‘Memoria e imágenes del Yo’ en la Universidad Diego Portales, en el contexto de la Cátedra Roberto Bolaño. Se veía muy vital, en medio de trabajos que lo hacían feliz, liderando su mundo desde la máquina de escribir eléctrica Olivetti. Por eso nos pareció una muerte tan fuera de lugar”.

—¿Lo atormentaba perder la memoria?
“Sí, valoraba mucho la memoria, tener presente la historia, no como la historia única sino los registros diversos, sus secuencias y consecuencias, los hilos que no debían perderse, porque el olvido era un atentado contra el avance de la humanidad. Y lo más deleznable puede o suele repetirse”.

 



 

Alfonso Calderón Squadritto (San Fernando, 21 de noviembre de 1930 / Santiago, 8 de agosto de 2009). Profesor de Castellano, periodista y escritor. Publicó más de medio centenar de libros en diversos géneros: poesía, novela, ensayo, memorias y diarios íntimos. También crónicas y comentarios en diversos periódicos. Realizó además un invaluable aporte a la difusión de las letras nacionales como compilador y antologador. Fue Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua desde 1981 y director del Centro de Investigaciones Diego Barros Arana de la Biblioteca Nacional. Ejerció la docencia en liceos, universidades y academias. En 1998 fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura por su destacada trayectoria en la creación y difusión literarias.

 

 

 



 

 



 

 

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