Caídas desde la cima del cielo, oleadas de sol rebotan brutalmente en la campiña que nos rodea. Todo calla ante ese ruido y el Lubéron es, allá abajo, nada más que un enorme bloque de silencio que escucho sin descanso. Aguzo el oído: corren hacia mí desde la lejanía, me llaman amigos invisibles, crece mi alegría, la misma de hace años. De nuevo, un feliz enigma me ayuda a comprenderlo todo.
¿Dónde está el absurdo del mundo? ¿Es este resplandor o el recuerdo de su ausencia? Con tanto sol en la memoria, ¿cómo he podido apostar por el sinsentido? La gente que me rodea se extraña; a veces, también yo me extraño. Podría responder y responderme que precisamente el sol me ayudaba, y que su luz, a fuerza de espesor, coagula el universo y sus formas en un deslumbramiento oscuro. Pero eso puede decirse de otra manera, y, ante esa claridad blanca y negra que para mí ha sido siempre la de la verdad, querría explicarme sin más acerca de este absurdo que conozco demasiado como para soportar que se hable de él sin matices. Hablar de él, por lo demás, nos llevará de nuevo al sol.

Ningún hombre puede decir lo que es. Pero acaso puede decir lo que no es. Al que todavía busca, le piden que haya terminado. Mil voces le anuncian lo que ya ha encontrado, y, sin embargo, él sabe que no es eso. ¿Buscar y dejar que digan? Claro. Pero hace falta defenderse de vez en cuando. No sé lo que busco, lo nombro con prudencia, me desdigo, me repito, avanzo y retrocedo. Sin embargo, se me ordena dar los nombres, o el nombre, de una vez para siempre. Entonces me revuelvo; ¿acaso lo que se nombra no se ha perdido ya? Eso es, al menos, lo que puedo intentar decir.
Si he de hacer caso a un amigo mío, un hombre tiene siempre dos caracteres: el suyo y el que le imprime su mujer. Sustituyamos mujer por sociedad y comprenderemos cómo una fórmula unida por un escritor a todo el contexto de cierta sensibilidad puede ser aislada por el comentario que se hace de ella y salir al encuentro de su autor cada vez que él desea hablar de otra cosa. La palabra es como el acto: «¿Ha dado usted a luz a este niño? —Sí. Entonces es hijo suyo. —¡No es tan sencillo No es tan sencillo.» Así, Nerval, por una noche desgraciada, se vio ahorcado dos veces: primero por él mismo, porque era desdichado, y luego por su leyenda, que ayuda a algunos a vivir. Nadie puede escribir sobre la verdadera desdicha, ni sobre ciertas dichas, y no voy a intentarlo yo aquí. Pero, por lo que se refiere a la leyenda, se la puede relatar, e imaginar, al menos durante un minuto, que ha sido disipada.
Un escritor escribe en gran parte para ser leído (admiremos a quienes dicen lo contrario, pero no los creamos). Sin embargo, en nuestro país, escribe cada vez más para alcanzar esa última consagración que consiste en no ser leído. En efecto, a partir del momento en el que puede proporcionar materia para un artículo pintoresco en nuestra prensa de gran tirada, tiene todas las posibilidades de ser conocido por un número suficientemente grande de personas que no lo leerán nunca, porque les bastará con conocer su nombre y con leer lo que se escriba sobre él. En adelante, será conocido (y olvidado) no por lo que es, sino por la imagen que un periodista apresurado haya dado de él. Así que ya no es indispensable escribir libros para hacerse un nombre en el mundo de las letras. Basta con que se crea que se ha hecho uno del que haya hablado la prensa vespertina y sobre el que poder dormir en adelante.
Sin duda esa reputación —grande o pequeña habrá sido usurpada. Pero ¿qué le vamos a hacer? Admitamos más bien que ese inconveniente también puede ser bienhechor. Los médicos saben que hay ciertas enfermedades que son deseables: compensan a su manera un desorden funcional que sin ellas se traduciría en mayores desequilibrios. Hay, así, felices estreñimientos y artritismos providenciales. El diluvio de palabras y juicios arrogantes que ahoga hoy en día toda actividad pública en un océano de frivolidad enseña cuando menos al escritor francés una modestia siempre necesaria en una nación que, por otra parte, otorga a su oficio una importancia desproporcionada. Ver su nombre en dos o tres periódicos que conocemos es una prueba tan dura, que reporta a la fuerza algunos beneficios al alma. Alabada sea, pues, esa sociedad que, con tan poco gasto, nos enseña cada día en sus propios homenajes que las grandezas que saluda no son nada. Cuanto más fuerte estalla el ruido que hace, más deprisa muere. Evoca ese fuego de estopa que Alejandro VI hacía que quemasen con frecuencia delante de él para no olvidar que toda gloria de este mundo es como un humo que pasa.
Pero dejemos aquí la ironía. Para nuestro propósito, bastará con decir que un artista debe resignarse con buen humor a dejar que ruede por las salas de espera de dentistas y peluqueros una imagen suya de la que se sabe indigno. Así, conocí a un escritor de moda que pasaba por presidir cada noche humeantes bacanales en las que las ninfas se vestían sólo con sus cabellos y los faunos tenían las uñas de luto. Sin duda, habría que haberse preguntado de dónde sacaba tiempo para redactar una obra que ocupaba varios estantes de biblioteca. En realidad, ese escritor, como muchos de sus cofrades, duerme durante la noche para trabajar cada día largas horas en su mesa, y bebe agua mineral para cuidarse el hígado. Eso no impide que el francés medio, cuya sobriedad sahariana y celosa limpieza son bien conocidas, se indigne ante la sola idea de que uno de nuestros escritores enseñe que hay que emborracharse y no lavarse nunca. No faltan los ejemplos. Yo mismo puedo proporcionar una excelente receta para adquirir con poco esfuerzo una reputación de austeridad. En efecto, yo soporto el peso de esa reputación, que hace reír de buena gana a mis amigos (yo más bien me sonrojaría, en tal grado la usurpo, y lo sé). Bastará, por ejemplo, con declinar el honor de cenar con el director de un periódico a quien uno no aprecia. Lo que no es más que decoro no se imagina sin alguna tortuosa enfermedad del alma. Nadie llegará a pensar, por otra parte, que si rechaza usted la cena con ese director puede ser porque, en efecto, no lo aprecia, y también porque lo que más miedo le da en el mundo es aburrirse (¿y acaso hay algo más aburrido que una cena muy parisiense?).
Así que hay que resignarse. Pero, llegado el caso, se puede intentar rectificar el tiro, repetir entonces que no se puede ser en todo momento un pintor del absurdo y que nadie puede creer en una literatura desesperada. Siempre es posible, claro está, escribir o haber escrito un ensayo sobre la noción de absurdo. Pero también se puede escribir sobre el incesto sin haber tenido por ello que precipitarse sobre una desgraciada hermana, y tampoco he leído en ninguna parte que Sófocles quitara de en medio a su padre y deshonrara a su madre. La idea de que todo escritor escribe forzosamente sobre sí mismo y se pinta en sus libros es una de las puerilidades que el romanticismo nos ha legado. No es imposible, muy al contrario, que un artista se interese ante todo por los demás, o por su época, o por mitos familiares. Aun cuando se ponga a sí mismo en escena, puede considerarse excepcional que hable de lo que realmente es. Las obras de un hombre trazan con frecuencia la historia de sus nostalgias o de sus tentaciones, casi nunca su propia historia, sobre todo cuando pretenden ser autobiográficas. Ningún hombre se ha atrevido nunca a pintarse tal como es.
En la medida en que es posible, a mí me hubiera gustado ser, por el contrario, un escritor objetivo. Llamo objetivo a un autor que se propone temas sin tomarse jamás a sí mismo como objeto. Pero el furor contemporáneo de confundir al escritor con su tema sería incapaz de admitir esa relativa libertad del autor. Así se convierte uno en profeta del absurdo. Y, sin embargo, ¿he hecho yo otra cosa que razonar sobre una idea que he encontrado en las calles de mi tiempo? Que haya alimentado esa idea (y que una parte de mí siga alimentándola), con toda mi generación, no hace falta decirlo. Simplemente, he tomado respecto a ella la distancia necesaria para tratarla y discernir su lógica. Cuanto he podido escribir desde entonces lo muestra suficientemente. Pero es más cómodo explotar una fórmula que un matiz. Se ha elegido la fórmula: heme aquí, igual de absurdo que antes.
Para qué seguir diciendo que, en la experiencia que me interesaba y sobre la que escribí, el absurdo no puede ser considerado más que como una situación de partida, aunque su recuerdo y su emoción acompañen los pasos posteriores. Tampoco —salvando escrupulosamente todas las distancias— la duda cartesiana, que es metódica, basta para hacer de Descartes un escéptico. En cualquier caso, cómo limitarse a la idea de que nada tiene sentido y en ningún lugar hay esperanza. Sin ir al fondo de las cosas, por lo menos se puede destacar que, al igual que no hay materialismo absoluto —puesto que nada más que para formar esa palabra ya es necesario decir que en el mundo hay algo más que materia—, tampoco hay nihilismo total. Desde el mismo instante en que se dice que todo es un sinsentido, se expresa que tiene sentido. Negar toda significación al mundo lleva a suprimir todo juicio de valor. Pero vivir —y, por ejemplo, alimentarse— es en sí mismo un juicio de valor. Desde el instante en que uno no se deja morir, elige durar y de este modo se le reconoce un valor, al menos relativo, a la vida. Además, ¿qué significa, en definitiva, una literatura desesperada? La desesperación es silenciosa. Por lo demás, el propio silencio conserva un sentido si los ojos hablan. La verdadera desesperación es agonía, tumba o abismo. Si habla, si razona, sobre todo si escribe, inmediatamente el hermano nos tiende la mano, el árbol se justifica, el amor nace. Una literatura desesperada es una contradicción en sus términos.
Claro está que lo mío no es una especie de optimismo. Como todos los hombres de mi generación, crecí al son de los tambores de la primera guerra, y nuestra historia, desde entonces, no ha parado de ser matanza, injusticia o violencia. Pero el verdadero pesimismo —que lo hay— consiste en encarecer tanta crueldad e infamia. Por mi parte, nunca he parado de luchar contra ese deshonor y odio únicamente a los crueles. En lo más negro de nuestro nihilismo, he buscado tan sólo razones para superar ese nihilismo. Y no por virtud, en absoluto, ni por una rara elevación del alma, sino por fidelidad instintiva a una luz en la que he nacido y en la que desde hace miles de años los hombres han aprendido a saludar la vida hasta en el sufrimiento. Esquilo, con frecuencia, no deja resquicio a la esperanza; sin embargo, ilumina y calienta. En el centro de su universo no está el pobre sinsentido que nosotros encontramos, sino el enigma, es decir, un sentido que se descifra mal porque deslumbra. Del mismo modo, a los hijos indignos —pero obstinadamente fieles de Grecia que aún sobreviven en este siglo descarnado, la quemadura de nuestra historia puede parecerles inaguantable, pero acaban aguantándola porque quieren comprenderla. En el centro de nuestra obra, aunque sea negra, luce un sol inagotable, el mismo que clama hoy a través de la llanura y las colinas.
Ahora puede arder ya el fuego de estopa; ¿qué importa lo que podamos parecer y lo que usurpemos? Lo que somos, lo que tenemos que ser, basta para llenar nuestras vidas y emplear nuestro esfuerzo. París es una admirable caverna, y sus hombres, cuando ven sus propias sombras agitarse en la pared del fondo, las toman por la única realidad. De ahí la extraña y fugitiva fama que esta ciudad otorga. Pero lejos de París hemos aprendido que hay una luz a nuestra espalda, que necesitamos volvernos, rompiendo nuestras ataduras, para mirarla de frente, y que nuestra tarea antes de morir es buscar a través de todas las palabras el modo de nombrarla. Todo artista, sin duda, busca su verdad. Si es grande, cada obra lo acerca a ella, o, al menos, gravita cada vez más cerca de ese centro, sol huido, en el que un día todo ha de acabar por arder. Si es mediocre, cada obra lo aleja de ella y el centro está entonces en todas partes, la luz se desvanece. Pero los únicos que pueden ayudar al artista en su búsqueda obstinada son quienes lo aman y también quienes, amando o creando, encuentran en su pasión la medida de toda pasión y por eso saben juzgar.
Sí, tanto ruido... ¡cuando la paz sería amar y crear en silencio! Pero hay que saber tener paciencia. Todavía durante un momento, el sol sella las bocas
1950