Cyril Connolly, en su deslumbrante texto crítico Enemigos de la promesa (1938), dice que: "la literatura es el arte de escribir algo que se leerá dos veces". De ahí lo difícil de encontrar un autor contemporáneo que pase la prueba de la relectura. Incluso, conservamos nuestro amor por algunos escritores gracias a no releerlos. Además, a medida que los años acumulados nos liberan de las quimeras del porvenir, sentimos la necesidad de volver sobre los clásicos inmortales: Homero, Dante, Shakespeare, Montaigne, Proust. Se regresa sobre sus páginas como se va siempre al mismo bar o al parque del barrio: a encontrar las atmósferas congeladas de tiempos pasados, a vernos fuertes, sonrientes y esperanzados, como en una fotografía indeleble que ha tomado nuestra imaginación.
Sin embargo, la experiencia de releer a Camus ha sido también una aventura intelectual grata y sorprendente. Mi propósito inicial era la relectura de La Peste, con ese doctor Rieux que me inspiró tanto en mis años de estudiante de medicina, pero el sortilegio del estilo de Camus me atrapó y tuve sed de viajar, de nuevo, por todas las páginas de su obra completa. El resultado es que descubrí un nuevo Camus que mi impaciencia de juventud no me permitió conocer. Un Camus que merece ser rumiado como los otros clásicos, que solo hizo una petición explícita a sus lectores y que yo traté de cumplir en honor a su memoria. Esa solicitud fue: "yo solo pido una cosa, y la pido con humildad aunque sepa que es exorbitante: ser leído con atención". Eso hice y es, quizá, la única certeza que ofrezco a los lectores de este breve texto.
El estilo literario le debe más a los pulmones que a la erudición. Se escribe con el ritmo con que se respira. De allí esos párrafos interminables y agotadores, como largas inspiraciones atrapando el aire, de los dos asmáticos más notables: Proust y Lezama Lima. El humilde joven Camus, que había encontrado la felicidad nadando en el mar mediterráneo y jugando en la cancha polvorienta de fútbol de su colegio de Orán, escupe sangre a los 17 años de edad y conoce, por primera vez, el mundo de la enfermedad. La tuberculosis de su pulmón derecho, en una época donde no existían drogas para curarlo, la asfixia y la llegada inesperada y absurda de la desgracia.
Los médicos toman la misma medida terapéutica del doctor Behrens de La Montaña Mágica de Mann. Le realizan un "neumotórax artificial" que consistía en insuflar aire en la cavidad pleural y de esta manera se comprimía el pulmón enfermo. El resultado es la respiración corta y fuerte. Entra el aire y se acaba rápido. Hay que volver a respirar, una y otra vez, como si siempre fuese la primera y la última ocasión. Es una respiración a ráfagas, donde se hace consciencia de que vivimos del aire. Aunque el otro pulmón compensa con suficiencia la pérdida, con los años el enfermo siente cierta molestia al respirar y el aire, a veces, se transforma en fuego en las tierras cálidas y en hielo en los inviernos.
Cuando Camus publicó, a los 24 años, su primer libro de crónicas titulado El revés y el derecho (1937) ya estaba presente allí su estilo de respirar: frases cortas, contundentes, sintéticas, secas, sin redundancias, sin digresiones. Un buen ejemplo es la conocida sentencia de su crónica Amor a la vida: "no hay amor a la vida sin desesperación de vivir". En Nupcias (1938) el viajero también atrapa la atmósfera de la ciudad de Florencia en un relámpago: "acá la tristeza es siempre un comentario a la belleza". Este ritmo respiratorio explica su estilo aforístico, que no solo está presente en sus crónicas, ensayos y artículos periodísticos, sino también en sus dramas, novelas y alcanzan la maestría en sus "Carnets". De allí que sus personajes hablen, a veces, como evocando el antiguo lenguaje de los romanos y su fascinación por las formas breves: los epigramas, las máximas y los epitafios.
Es Meursault, el enigmático protagonista del Extranjero, diciendo: "todo el problema consistía, una vez más, en matar el tiempo". O Tarrau, el cronista de la peste de Orán, reflexionando: "En el momento de la desgracia es cuando uno se acostumbra a la verdad, es decir al silencio. Esperemos". Es Clamance, protagonista de La Caída y el más explícito personaje kafkiano de Camus, afirmando con sorna y lucidez: "Hemos sustituido el diálogo por el comunicado".
Los personajes de sus dramas, en especial el protagonista de Calígula (1945), habla y sus palabras parecen pedir el cincel y el mármol. Por ejemplo, a pesar de ser él un terrible símbolo del tirano enloquecido por el poder, como no fascinarse ante un Calígula camusiano que suelta gotas ambarinas de sabiduría como: "amar a una persona es aceptar envejecer con ella" o el sarcasmo doloroso: "No queda otro remedio que golpear cuando la refutación no es posible".
Ahora bien, este estilo aforístico, presente en toda su obra, fue tomado por algunos críticos como un signo de pomposidad, de vana joyería dialéctica, de carencia de ideas profundas. En realidad, lo asombroso del estilo de Camus es que sus frases nunca parecen impostadas, ni puestas ahí como adornos, ni dan la impresión de ser máscaras de ideas vacías o ausentes. La perfección de su forma se acompaña de la hondura de su fondo. Camus es un pensador que escribe con la claridad y la belleza del artista.
Una gran parte del resentimiento de Sartre y su pandilla de la revista Tiempos Modernos, fue debida a la
envidia no confesada por ese estilo luminoso y poético de su ensayo El Hombre Rebelde (1951) (pdf) y no tanto por su crítica demoledora al totalitarismo comunista estaliniano. Si Sartre, como lo insinuó Simone de Beauvoir, terminó aceptando a regañadientes que él sería siempre feo como un sapo y Camus apuesto como un príncipe azul, no iba a tolerar nunca que compararan la "belleza profunda y leve" del Hombre Rebelde con la "aridez abismal y pesada" de su libro El Ser y la Nada (1943).
De hecho, la autenticidad de este estilo aforístico que está refrendado por su respiración, logra las cumbres de la perfección en sus "Cuadernos". Allí, entre citas de sus autores favoritos, proyectos de escritura, ensoñaciones que recuerdan su profunda amistad con el poeta René Char, desahogos a ofensas personales, borradores narrativos, confesiones amorosas a mujeres desconocidas, las evocaciones constantes a su madre y a su infancia, se encuentran algunos de los mejores aforismos que se han escrito en la literatura occidental de todas las épocas.
Pienso que una selección de los aforismos puros de los "Carnets" de Camus, depurados de los otros fragmentos que los acompañan, revelarían una obra solo comparable en el siglo XX a los aforismos de Elías Canetti. En algunos de ellos logra Camus la cúspide del efecto aforístico: palabras que se leen en unos pocos segundos y se piensan el resto de nuestras vidas de lectores. Comparto tres muestras: "toda vida orientada hacia el dinero es una muerte. El renacimiento está en el desinterés", "El arte es la distancia que da el tiempo al sufrimiento", "Envejecer es pasar de la pasión a la compasión".
En 1942, a los 29 años, Camus tuvo otra recaída de su tuberculosis y se descubrió que el pulmón afectado era el izquierdo. Se le volvió a realizar otro "neumotórax artificial" y quedó, y no es una metáfora ni una exageración, sin con qué respirar. De hecho, él escribió en su "Cuaderno": "la juventud se me escapa: esto es estar enfermo". Acá se revela la valentía increíble de este hombre, que nunca quiso convertirse en un paciente público, que decidió no refugiarse en su condición de enfermo grave y crónico. Continuó su vida activa de miembro combativo de la resistencia francesa contra los nazis alemanes, de articulista del periódico clandestino Combat, en donde escribía editoriales rabiosos contra los franceses colaboracionistas y fumaba cigarrillos "Gitanes", uno tras otro, en una clara muestra de desafio contra el rostro esquelético de la muerte, que hacia tiempo dormía con él al lado de su cama.
Con frecuencia debió sentir el dolor físico al respirar y la falta de aire, pero se aferró a una voluntad fáustica de vivir y crear. Incluso, llegó a decir, como refiere su biógrafo Herbert Lottman, que la tuberculosis era una enfermedad metafísica y "se puede uno curar: basta con quererlo". De hecho, lo demostró. No existen explicaciones médicas para entender como este hombre, con los pulmones colapsados y esclerosados, pudo seguir el intenso ritmo físico e intelectual que tuvo durante casi veinte años más.
Sin embargo, existe una anotación clave que ha pasado desapercibida por los críticos y sus biógrafos. Él escribe lo siguiente en uno de sus "Carnets":
"Octubre de 1946. Dentro de un mes, treinta y un años. Mi memoria falla desde hace un año. Incapacidad actual de retener una historia que se me cuenta, de recordar sectores enteros del pasado, que, sin embargo, han tenido vida. A la espera de que esto mejore (si mejora), evidentemente debo anotar aquí cada vez más cosas, incluso personales, qué se le va a hacer. Porque al cabo todo se sitúa para mí en el mismo plano un poco brumoso y el olvido invade también el corazón. Ya sólo tiene emociones fugaces, privadas de la larga repercusión que les da la memoria. Así es la sensibilidad de los perros".
De manera súbita se nos revela la razón de Camus para escribir estos heterodoxos "Carnets". Estremece saber hoy que sus "cuadernos" quizá surgieron y se desarrollaron como una medida paliativa contra la perdida involuntaria de su memoria. ¿Cuál fue la causa? Me permito plantear una hipótesis médica personal: debido a la hipoxia crónica que sufría, por los neumotórax terarpeuticos y sus pulmones tuberculosos atrofiados, desarrolló una "Apnea del sueño" que explicaría bien sus insomnios constantes, los estados depresivos y el deterioro progresivo de sus capacidades de recordación, pero sin perder su lucidez intelectual.
Así, estos "cuadernos" de Camus se convierten también en una de las "memorias" más íntimas y auténticas de la cultura Occidental, pues la mayoría de los escritos "autobiográficos" nacieron de la buena memoria de los escritores, que buscaban manipular y maquillar sus recuerdos para que otros los leyeran. En cambio Camus escribió para recordarse a sí mismo, sin máscaras, sin poses de estatua, con la sinceridad del enfermo que escribe lo que piensa y lo que ha vivido, pues sabe que solo lo recuperará al volver a leer esas mismas páginas.
Esta necesidad desesperada y agobiante, muy lejana del género autobiográfico nacido de la vanidad, queda corroborada en otra anotación que él hizo el 28 de agosto de 1958: "Me esfuerzo por escribir este diario, pero siento una viva repugnancia. Ahora sé por qué no lo hice nunca: para mi la vida es secreta [...] Si me esfuerzo en este momento, es porque me dan pánico mis fallos de memoria. Pero no estoy seguro de poder continuar. Por lo demás, aún así, olvido anotar muchas cosas. Y no digo nada de lo que pienso".
Conmovedor origen de los "Carnets". Se explica mejor, ahora, su profunda filiación psicológica con San Agustín, y esas "Confesiones" escritas, en realidad, para el Dios de los maniqueos, así dijese que fue para la divinidad de los cristianos. El miedo a la amnesia lleva a Camus a escribir, pero ninguno lo hemos leído completo, de su vida secreta e intima, como a San Agustín la conversión mística lo hace desnudar su ser mundano. Aunque queda más claro por qué la hija de Camus, Catherine, se ha negado a publicar los fragmentos más íntimos de los "Cuadernos" de su padre.
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dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com Albert Camus y el arte de la escritura
Por Orlando Mejía Rivera