La imposición de Cézanne, cimentada en un retorno forzado a la bidimensionalidad, descompaginando volúmenes —que rigieron a la pintura por casi 500 años— levantando la línea del horizonte, eliminando la atmósfera, dio como resultado una reforma drástica, que derribó a la academia decimonónica y estableció una nueva, donde el tema se volvió en la exposición abierta, a la vista, del lenguaje pictórico.
Resultado de ello fue el cubismo, Picasso, el expresionismo abstracto, autores que no pudieron sustraerse a esta reforma.
Andy Warhol, es un rebelde a esta dura imposición, una opción diferente, su arte no combate a la fotografía, como en el caso de Cézanne, sino que se le rinde. Termina con los adminículos tradicionales de este oficio: Caballete, óleos, paleta, pinceles. Interviene la imagen fotográfica, la iconografía popular y colectiva, esconde el original, adhiere a la reproducción en serie —antecedente que encontrábamos en el afiche de fines de Siglo XIX— el protagonismo libresco del autor también se resiente, el museo es la calle, el metro, el restorán; el taller es de puertas abiertas.
Warhol representa una solución transitoria al terremoto fotográfico, un descanso momentáneo, un respiro, un recreo, un tente en pie, porque las reformas profundas, como la del Massaccio (500 años) y la de Cézanne (100 años) son imperios más largos de lo que pensamos, responden a exigencias muy serias, a academias prolongadas, son rescates forzados de algo que llamamos la pintura, pero que en realidad no sabemos que es, ni lo que significa.