Cuando me dispuse a contestar la carta con que Augusto D'Halmar me acusaba recibo de "Barco Ebrio", me encontré perplejo. ¿Cómo nombrarle? En el "Maestro" veía demasiada literatura de gabinete y en el "amigo", excesiva familiaridad. Había yo sufrido la tenaz desesperanza de "Nirvana"; allí había hallado la sensación viviente de una presencia de marino desencantado y errante (una errancia más allá de lo imposible); sentía fuertemente amarradas a mi corazón sus palabras de nostalgia, de renunciamiento, y aquel grande amor por todo lo que el océano tiene de separación y de lejanía. Entonces empecé mi carta diciendo: Capitán.
Quizás alguno encuentre en esto más literatura de la que yo encontraba en el "Maestro", alguno que no haya sentido todo lo que D'Halmar tiene de profundamente, de desgarradoramente humano. Pero yo, ahora, después de cinco años, cuando ya la vida me ha acorralado mucho más contra mí mismo, sigo llamándole Capitán, como el único título digno de quien tan profundamente ha sentido el vértigo del océano y del tiempo, porque veo en él al Marino, entregado al mar, no en una admiración exterior y
de afortunadas pinturas, sino en una comunión íntima, total, cuya raigambre es mucho más sutil que la de cualquier enamorado de los aspectos pintorescos y vagabundos del océano.
D'Halmar, gran desencantado, es de esos hombres que siempre anduvieron lejos de sí mismos y cuya nostalgia ingénita les sembró el camino de adioses fantasmas y de vidas perdidas. Ya en su libro "La lámpara en el Molino", publicado en Chile alrededor del año 1915, aparece ese sueño prolongado en renunciaciones, en irremediables abandonos, que ha venido a ser el leit motiv de toda su obra posterior.
Es un místico que ha orado en todos los santuarios y no ha logrado calmar el vacío de su corazón; un viajero que ha roto todos los horizontes y no ha extinguido su sed de ausencia.
Dos factores han modelado, sin duda, el alma de D'Halmar en su forma exquisita y pura: su permanencia en el Oriente y sus largas navegaciones.
De la India y de Turquía extrajo el sentido esotérico aplicado a su filosofía desesperanzada; del mar—ya lo dijimos—arranca un mayor amor hacia la soledad que lleva en sí mismo y que lo convierte en el extranjero eterno, en el nómade sin destino.
D'Halmar reconoce en Loti a su maestro, y la crítica siempre advierte este parentesco; pero yo veo en D'Halmar un espíritu más hondo, una nostalgia más punzante y más vivida que en el francés.
Me parece D'Halmar más cercano a W. Bonsels, otro que ha cogido a la India con espíritu de místico y poeta.
Pero, antes que nada y por encima de todo, D'Halmar es D'Halmar, el soñador más alto, el espíritu más afinado que haya producido América.
"Nirvana" y "La Sombra del Humo en el Espejo", son libros gemelos. Hay en ellos el mismo ritmo desolado, el mismo eco de cosas tan distantes, tan perdidas, como si entre ellas y el artista hubiera algo más que tiempo, algo como vidas cumplidas, como toda la fatal certidumbre del destino de esa pobre cosa que es el corazón humano.
"Pasión y Muerte del Cura Deusto", ha acarreado a alguna crítica el recuerdo de "El Embrujo de Sevilla", de Reyles. "El Cura Deusto" tiene no sólo una mayor finura de color, sino también mayor intensidad en los caracteres; eso aparte de que el asunto de la obra d'halmariana nada tiene que ver con los aspectos chulescos, ya tan explotados en la novela española.
Leer a D'Halmar es emprender un viaje sin retorno, en un barco de fantasmas. La voz de este hombre que tan desoladamente ha indagado el secreto del tiempo y el vacío del mundo, remueve en nosotros todo lo que en nosotros nos es desconocido, despierta ecos alucinados, entrega la conciencia de la infinita soledad de la vida y de la inútil ansiedad de nuestro corazón.
Tejedor de sombras y de humos, sometido a un destino errante hecho de muerte y misterios, tal es Augusto D'Halmar, cuya "Hora" en esta revista va también como homenaje a su genio.
Salvador Reyes

PRIMER VIAJE
Fué en ese bar subterráneo que yo emprendí mis primeros
viajes.
Era en el Valparaíso de la gente de mar, cerca de una plaza
donde se convocaban los marineros sin contrata y donde venían a
enrolarles los enganchadores, y Peter Petersen mismo era un antiguo marino noruego, en cuyo establecimiento se daban cita los
capitanes retirados de la Marina mercante.
Yo tenía entonces quince años, y creo haber sido el más joven de los parroquianos, algo así como el grumete de a bordo.
Frau Petersen, que con las mejillas doradas como sus cacerolas,
por el fuego del hornillo, echaba de cuando en cuando un vistazo a
la sala, desde su cocina de la trastienda, había expresado la opinión de que era triste ver un niño frecuentar esos sitios; pero el
patrón, un tanto irónico, no desdeñaba servirme en persona la
gran chop de cerveza negra y me dejaba para ir a saborear su
pipa en su mecedora, junto a la ventana.
Esas ventanas estaban colocadas casi a ras de la acera, porque para entrar al bar desde la calle se bajaba algunos tramos, y alzando las cortinillas encartujadas no se veía sino el asfalto reluciente por el sol o por la lluvia y apenas las piernas de los transeúntes. Por eso master Petersen se había acostumbrado a distinguirlos por el calzado y no era raro oírle decir a su mujer: "Las botas de agua acaban de pasar con las botinas de charol"; o "Los zapatos claveteados vuelven ya del bajo puerto". Yo pienso que esas clasificaciones de zapatería le bastaban al fumador sedentario y que no sentía la necesidad de prestarle cuerpo ni cabeza a los pies, que, a grandes o pequeños pasos, recorrían delante de él el camino de la suerte. Sí, yo era un niño entonces y nadie podía suponer de qué tristeza de suerte, de qué incertidumbre de porvenir me escapaba las tardes de los Domingos para refugiarme en la taberna subterránea, ni qué viajes acometía en esa cueva dulcemente iluminada por una eterna penumbra. Con la cerveza amarga y obscura yo paladeaba la brisa de todos los mares; sangre salobre de marinos bullía en la frente que se apoyaba en mi mano, y ojos prematuramente nostálgicos abarcaban el recinto, desde la pesada mesa cargada de diarios escritos en caracteres góticos, hasta la lámpara del techo que al pasar el desmesurado Peter Petersen rozaba cada vez con la frente y cuya cadena seguía tintineando como impulsada por el balance de un barco, y hasta las oleografías que ornaban los muros y que cada una abría un horizonte a mi fantasía. Había, lo recuerdo bien, la Familia Real de Dinamarca, con el viejo Cristian a la cabeza; había un bosque de pinos con un trineo, y había sobre todo, frente al sitio que yo ocupaba, una inimaginable caza de focas en un paisaje polar, con esquimales vestidos de pieles y armados de arpones, y con una aurora boreal que me recordaba no sé qué ni cuándo. Después, en el curso de tantas expediciones, yo debía asistir a cacerías vivas de focas; pero ninguna me ha parecido tan real como la del cuadro de mi infancia. Así divagaba yo delante de mi gran bock de cerveza negra, sintiendo casi, no sé si por el humo picante que hacía la pipa del antiguo marino y que nos envolvía en neblina, un descorazonamiento de viajero, algo como un mareo y como una sensación anticipada de destierro. Y yo lo he sentido después, el destierro descorazonador de esa cosa inútil y cautivadora que se llama recorrer la tierra. A veces, otro viejo lobo de mar bajaba sacudiéndose, como si hubiese temporal arriba, y entonces, entre la cocina y los fumadores, se establecía una conversación en lengua escandinava, mientras yo me esforzaba por pasar inadvertido en mi rincón. Alguno de esos marinos me consideraba con severidad, o me examinaba con simpatía, y uno, una vez, me levantó la cabeza y me escrutó atentamente. "Tiene ojos de marino" —dijo volviéndose hacia los demás. Detrás de nosotros la voz de Frau Petersen, que entreabría la puerta de la cocina, pareció enviarnos una bocanada de aire caliente.
—¿En qué reconoce usted, capitán, los ojos de los marinos?
—En que son pequeños, y, sin embargo, ven grande— repuso el capitán yendo a sentarse con sus partenarios. Yo salía de allí muchas veces cuando el sol ya se había puesto, y volvía lentamente por los malecones. Experimentaba exactamente la impresión que después he sentido cuando recién se desembarca: la cabeza atontada y oprimido el pecho; y los hombros de todas las flotas y las razas, que se acodaban al parapeto, contemplando vagamente el mar, me parecía reconocerlos, como si acabara de hacer con ellos una larga navegación...
LA GRAN ESFINGE
Casi a los pies de la Gran Pirámide, pero disimulada desde arriba por un repliegue del terreno, confundiéndose a medias con él, la Esfinge aparecía para mí. Yo entreveía su grupa, yo veía delante sus garras profundamente enclavadas. Al anochecer africano, traslúcido y como incandescente, destacaba en coral sobre el cielo oro-verde las moles de granito que fueron tumbas de los Faraones. Y nadie turbaba mi entrevista, como si mi largo rodeo hubiera tenido por objeto hacer hora para encontrarla solitaria.
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¡Solitaria! Alcé intimidado los ojos, tratando de encontrar su mirada demasiado por encima de nosotros; su mirada que no nos ve porque mira en sí o delante de sí, más allá de lo que puede contemplar. La visionaria cabeza estaba allí, emergiendo de las dunas como de un piélago petrificado, desmesurada bajo las primeras indecisas estrellas, con los rígidos pinjantes de la calántica cayendo a ambos lados como las bandeletas de una momia; en una postura de reposo y a la vez de expectación, de la que nadie podrá dar idea. Nada más inmóvil y, sin embargo, más anhelante (y yo empleo aquí el único término de que dispongo) que esa forma casi informe, demasiado grande para llamarse una estatua y demasiado pequeña para ser una montaña. Parecía guardar, como los dragones en los cuentos, la entrada de lo impenetrable. Sonreía con la misma sonrisa errante. Parecía aguardar que viniesen a relevarla de su guardia o que alguien, no sé quién, e pidiera o pronunciara la palabra cabalística. Por mi parte, yo no sabía sino soñar echado a sus plantas, allí en el mismo sitio donde habían hecho su primer alto y donde harían el último todas las caravanas, desde siempre hasta nunca.
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Postrado a sus plantas yo soñé. ¿Quién puede suponer todas las reminiscencias de lo que uno cree no saber, todos los presentimientos de lo que uno cree no conocer, que se animan en nuestro doble astral al contacto de esas piedras vivificadas por la Humanidad, patinadas por el sol, por la luna y por el viento, solos testigos sobrevivientes de las generaciones abolidas? El simoún las había arrebatado en su apoteosis, había arremolinado los despojos en torno suyo; pero ellas, colocadas, sin embargo, por la mano de los hombres, se habían solidificado como divinizadas. Eran un faro sobre las borrascas, cuya linterna encendiera cada vagamundo que se le acercara. Yo sumía en sus ojos obsesionantes mis ansiosas miradas y su belleza, hecha de inmortalidad, me parecía fuera de todas nuestras estéticas. Era como el pasado, la tradición y la leyenda, la Sibila taciturna a la cual vanamente venía a implorarse el oráculo. Y a su vez, ella parecía pedir el conjuro que delibraría su voz y que desharía este encantamiento en que dormimos, desde el principio de los tiempos, la Tierra y los muertos y los vivos.
Cuando levanté la cabeza como fecundado por una inundación celeste, todo el firmamento del Egipto había despuntado de un golpe. Bajo el cielo de un azul fluido, al arenal rebrillaba escamoso como una cobra. Ella se había replegado casi en la penumbra; pero los triángulos piramidales lucían tenuemente con una cenicienta claridad rosa, como ascuas a medio extinguir, como si amasados en materia incombustible estuviesen ungidos de sol, como de radiun luminoso. Me alcé, tambaleando, y volviendo a cada momento los ojos por un embrujo de la Gran Extática y encaminándome a la pirámide de Cheops, que crecía conforme yo me acercaba. Entonces un sentimiento, probablemente instintivo también, comenzó a ganarme: algo que yo no había supuesto y que no ha vuelto a renovarse. Era un terror sagrado ante aquella gigantesca masa que por un momento pareció devorar el espacio, algo que me paralizaba cuando hubiese querido huir, que me helaba el sudor y la sangre, que ponía de punta mis cabellos, como si la eternidad le hubiese bloqueado el paso al pobre judío errante que somos. Con un esfuerzo me arranqué a la órbita funesta de su sombra y me alivié de todo su peso cuando pude volver a avanzar no teniendo delante de mi sino las arenillas vidriosas del sendero, aguijoneando por la sensación a mi espalda de esa presencia, la única que haya superado a todas mis fantasías. Yo estaba solo, pero estaba vivo. Algunos pasos más lejos, las ventanas iluminadas de los ostentosos hoteles ingleses me aparecieron casi providenciales. Mi cabeza se restableció de ese como mareo de las alturas que infunde también el Desierto.
PARIS
Mi París ha cambiado, y yo con él, y todo con nosotros. ¿Dónde volvería yo ahora que fuera igual que antes? El Levante, el Poniente no hacen sino sola monotonía banal, y veces pienso va siendo tiempo de retirarse, puesto que se ha transformado cuanto yo amaba. Media vida de hombre basta para ver envejecer o renovarse el mundo...
¡Ah! ¡Otro tanto dirán los que, peor que envejecer, hayan perdido como yo su juventud! Pero a mí me cupo en triste suerte, dondequiera, de llegar momentos antes que el telón cayese sobre el deslumbrante espectáculo de siglos. ¡Oh, mi Constantinopla! ¡Oh, mi París! ¡Oh el alma mía de 1909! Fuimos yo y mi chela los últimos aventuradores no aventureros, el último de los caballeros andantes con el último de los escuderos por la última de las Dulcineas, pues el Extremo Oriente, y el Oriente y todos los reinos occidentales que se conservaban anacrónicos habrán sido irremediablemente desencantados por estos pocos años. Y yo, que vengo de un país de evolución incesante en una época de transición ingrata, ya no sé donde refugiar mi espíritu, habiendo inútilmente tratado de apegarme a algo intangible, a algo inviolable de aquí abajo.
NAVIDAD EN EL MAR
La noche es brumosa y fría sobre el Atlántico indeciso, allá por los 27.0 de latitud norte; pero resplandece el salón del vapor y la brisa lleva muy lejos, tal vez hacia el África, los alegres ecos de la orquesta. Han formado todas las familias una sola en torno del árbol de Pascua; los niños han tenido su juguete y sólo se sustraen a la fiesta de los pasajeros, los jugadores del "smokin room".
¿Solamente? Un poco fatigado de la danza y de mostrarme alegre, salgo a cubierta un momento. Lentamente la recorro, desde la segunda clase, donde también se celebra la Noche Buena, hasta la tercera, en que los emigrantes empiezan a dejar languidecer sus villancicos. No hay estrellas y en las olas que murmuran cada una con su voz distinta, va proyectándose la luz verde de la linterna de babor. Alguien grita; en la altura de algún mástil estalla otro grito: "All right" ha respondido el centinela. Y el viento le ha arrebatado de los labios las palabras y las ha esparcido.
Ea pues! a bordo no quedamos sino dos hombres solos consigo mismo. Hace el oficial su guardia sobre la toldilla y yo recuerdo vagamente esa vida que ha retrocedido como las costas de mi tierra. ¿A dónde por el ancho mundo?... Cuando paso frente a las ventanillas, veo las cabezas inclinadas sobre los naipes o las siluetas de las parejas. Y un abandono como sólo puede sentirse en medio del Océano en esta velada tradicional, me sobrecoge como un presentimiento.
¿Dónde, hacia dónde? ¡Dios mío! Las olas se entretejen como una malla y tan lejos como alcanza la vista ciñe la niebla el horizonte. ¿Qué hacer para sofocar la angustia que nadie comprenderá ya? La vida se presenta sin sentido y todas nuestras aspiraciones son como espejismos. Vuelvo a pasear lentamente alejándome del ruido o acercándome. Estos amigos de un mes se advierten ajenos a mí y aunque he contribuido a su regocijo, nadie ha echado de menos mi ausencia. ¿Por qué tampoco? A donde quiera uno va con su pobre yo, limosneando simpatías. Y en la mano tendida, únicamente los años van dejando caer su escarcha.
—¿Permite usted? — dice alguien detrás de mí. Miro casi asustado. Entonces el que me ha dirigido la palabra se coloca a mi izquierda y silenciosamente hace y deshace conmigo el paseo monótono. Yo pienso y él fuma con las manos a la espalda como lo he visto siempre durante la travesía. Si alguien nos viese juntos, tal vez no daría crédito a sus ojos.
¡Este compañero de viaje, hasta hace un momento estaba para mí tan distante el huraño viajero que no había cambiado un saludo con nadie! Hacía el gasto de las bromas y de las suposiciones y yo mismo cuántas sátiras no habré lanzado a costa suya. Y he aquí que en la noche de Navidad, andando sobre cubierta, se me coloca al lado, junto al corazón y a la secreta soledad. De un golpe he comprendido su retraimiento y he visto en su pasado y en nuestro idéntico porvenir. ¡Pobre viajero! ¡Pobre compañero de viaje! Inútilmente mañana no volverá tal vez a acercárseme, porque con este simple movimiento de acompañarse conmigo en la noche de los recuerdos, me ha dicho más que todas las confidencias. ¿Hablamos siquiera el mismo idioma? Nada importa, ni hace falta. Paseo taciturno a lo largo de un puente de barco; muda compañía y separación sin fin! No puede ofrecer la vida nada más elocuente ni más íntimo.
Y me parece ahora tan alejada la vana garrulería de todos. De alma a alma se han presentado dos hombres y, cada uno en presencia del otro, se han sentido menos abandonados, como si el impalpable reino del espíritu les protegiese.
¿Cuánto tiempo ha transcurrido? La noche, o tal vez la vida. Gracias, viajero, único compañero de viaje, venido no sé de dónde y que posiblemente no volveré a ver; hombre de quién sabe qué patria, gracias, hermano, alegres pascuas y dichosa vida. No nos hemos estrechado siquiera la mano, pero no nos olvidaremos.
El centinela da de nuevo su alerta. El comedor empieza a llenarse para la cena. Una campana suena ocho veces de a dos golpes repetidos. ¡Media noche! ¡Para los soñadores y los ensueños, una vez más ha nacido Cristo! Separémonos sin haber quebrantado el silencio y que cada cual, como una promesa, diga ¡Adiós! en su corazón.
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Han pasado las Navidades, ¡tantas!, desde que escribí esta impresión hasta que vuelvo a leerla, y los que celebramos esa fiesta flotante, tan sólo en el barco fantasma volveremos a encontrarnos agrupados. Sin embargo, quién sabe caiga este libro entre las manos de alguno y por eso, sólo para él, copio la tarjeta que, esa noche puse en cada asiento y que alguien conserva tal vez.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . On the hig-seas on board the S. S.
"Oronza" mas, Eve 190...
After a tiresome journey, following, the star ot Magi the three, here are the Christians resting under the only shade that is to be had to proctthem. The Xmas tree has flourished convering it self with toys and the boys who call them selves men, will each one, pick his sorrows or espectations.
Dear companions, we shall part to morrow, but to day allow me to wish you a Merry Xmas and in this evening iparty, that is for thismoment our one family only, and as the time passes, never only home, I trust we wil never forget we were mind the distance we are apart, we shall remember each other simpathetically.
BARCO QUE PASA...
Un sentimiento tan extraño que va cerrando el corazón, a medida que uno se aleja de todo lo conocido y amado; por las tardes, mirando a popa la estela de las hélices, una tal impresión de soledad y de destierro supremo.
Y las tardes caen turbadoras en este mar de fuego, con gruesas nubes que forman anfiteatro en el horizonte; una mar eternamente apacible, que hace aún más desoladora esta continua marcha, siempre, siempre; apenas la trepidación contenida que hace vibrar los herrajes, y todo esto mismo adormecedor y monótono hasta el desencanto, hasta la angustia.
¡Tan extranjero; tan sólo a pesar de los mirajes de la distancia, con una convicción tan profunda de que aquí es para mí lo mismo que allá, porque no tengo nada en ninguna parte, ni aún en ese lejano Chile; sin el consuelo de retroceder siquiera a un pasado feliz que no he tenido, o de ilusionarme a la perspectiva de un porvenir en el que no creo...
Y los días pasan y las noches. Cada vez en la misma hora, las mismas cosas. Rostros extraños, alegrías ajenas, todo un mundo aparte. Uno se asombra de encontrar cada mañana fuerzas para reemprender la vida, librado a sí mismo completamente, y no piadoso, no creyente... viendo la muerte tan vacía como la vida.
¿Por qué es lo que puede ser un aliciente para que uno se sobrelleve? El corazón, lo sólo que vale la pena, ha fracasado, y yo no iré a creer que mis ambiciones me retengan a nada. Ambiciones ¿de qué y por que? Vacía la tarea y un remedo no más de cosas intraducibles... ¿Y cómo, por ejemplo, podría yo decir ahora mi abandono sin límites y para siempre? A lo sumo se recae en las palabras quejumbrosas, que dejan una especie de disgusto, como una vergüenza; a lo sumo se limita uno a contemplar en silencio esta estela de barco, el horizonte que se desvanece; y la realidad pierde su consistencia y uno se habitúa en estado de pesadilla, a la espera de algo parecido a un despertar.
Esta tarde en el golfo de Bengala. Han llenado los ojos miles de visiones y, sin embargo, la misma ansia inaplacada. Tal vez fue cierta esa despedida en Valparaíso, esa despedida en París, esa despedida en Constantinopla?... El barco, el tren, el barco, y andenes y muelles, como otro barco que se llevase a los que nos dicen adiós... Pañuelos ondulantes, cabezas que se confunden y ya, en el mismo momento entrando todo en el dominio de las cosas inciertas, no pudiendo evocarse bien las imágenes amadas, como evaporado en un instante el amor mismo... ¡Puede ser que haya ocurrido aquello!
Esta tarde, medio a medio del golfo de Bengala. (Las primeras horas de la mañana serán en Chile, y en Turquía y en Francia casi el medio día). La eterna campana de las comidas, ha convocado al comedor, y como siempre, sólo yo permanezco en cubierta, a popa, viendo nuestro rastro sobre las aguas, y el sol desfalleciente. Inmenso este mar como si no tuviese límites, comunicando suavemente su cansancio, fastidiosa la misma última claridad del largo día ecuatorial.
Y es más bien como la sensación de una presencia la que me hace volverme lentamente; en medio al polvo luminoso del crepúsculo, ya con sus luces encendidas, otro barco va a cruzarnos del lado de estribor, .más pequeño que el nuestro y de tal modo próximo por un instante.
A pesar de la indecisión de todo, puedo abarcar hasta en sus detalles aquella cubierta desierta, y yo no sé qué pena de cosa malograda me sobrecoge. Yo sólo lo he visto pasar y ellos no nos han visto siquiera.
No; aquello era imposible. Apoyada en los rollos de cables, mira una mujer largamente hacia este "Nianza"; entonces me ha distinguido y entonces —medio envueltos por la última claridad, del uno al otro barco errante— nos saludamos solemnemente como dos muertos, los únicos dos que velamos. Un momento se encuentran nuestros ojos y después aquello pasa, se distancian las luces, aquello ha terminado como si no hubiera existido.
Mi vista se obstina en seguir esa forma cada vez más pequeña sobre el horizonte, humo débil, silueta casi incorpórea... En el surco de nuestro navío, cabrillean ahora, las primeras fosforescencias...
Cuando he levantado la cabeza, en el cielo obscurecido, hasta las lejanías borradas, todo el firmamento de estas latitudes, había despuntado de pronto como una primavera tropical.
Y otra vez más comienza el girar insensible de las constelaciones, la Cruz del Sur que se endereza y que cada noche vamos dejando un poco más atrás.
...Como si nos alejásemos hasta de los astros, más allá de todo, en esta carrera loca cuyo objetivo no se encuentra...
ULTIMO VIAJE
Tal vez algún día, en quien sabe que puerto de la tierra, pero seguramente muy léjos del Valparaíso de mi infancia, yo también iré a sacudir la ceniza de mi pipa al bar de algún Peter Petersen y sólo conmigo mismo y mis recuerdos, veré delante de mí un pequeño soñador desencantado, que sólo para mí no ha envejecido, que después de tantos vagabundeos, nada ha visto sino el mundo, y al cual, después de tantas peripecias, no le ha pasado nada sino la vida.