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Augusto d'Halmar | José Santos González Vera | Autores |









ESBOZO BIOGRÁFICO DE D'HALMAR

Por José Santos González Vera
Publicado en PRO ARTE, Año II, N°27, 3 de febrero de 1950


Es un hombre alto, muy alto. Comienza en una cabellera plateada. Su perfil es vigoroso. Anda con arrogancia, su voz es ancha. Sabe todas las anécdotas, conoce todos los detalles de la vida santiaguina y porteña de treinta años atrás. Sabe quién es este, el otro y el de más allá. Conoce a grandes y chicos, de modo que por excesiva modestia puso a sus crónicas dominicales, de los últimos seis años, "Recuerdos olvidados". No es hombre para olvidar cosa alguna.

Como ciertos hacendados, como los antiguos caballeros chilenos y como algunos reyes legendarios, tiene el privilegio de gozar con los alimentos. Sabe distinguir los aceites, conoce la equivalencia entre los vinos y las notas, advierte como la sucesiva combinación de pescado, carne de res, frutas crudas y golosinas, dejan en el paladar lo que una polifonía deja en el oído. Cuando d'Halmar come, presta un gran servicio a la humanidad, pues estimula el apetito de cuantos le ven. Algunos viejos amigos suyos, honor de una época en que era varonil guisar, cocinan para él, desempolvando las viejas recetas, el "caldillo de congrio", el "asado al palo", el "valdiviano" y demás monumentos de la cocina chilena.

Pero este d'Halmar concreto, cuyos rasgos trato de fijar, ay, vanamente, no es así no más y no es tan concreto. Ni siquiera es simplemente d'Halmar. Para llegar a hacerlo tuvo que vivir muchos años llamándose Augusto Goemine Thompson, luego Augusto G. Thomson, más tarde, Augusto Thomson, y solo cuando hubo llenado todos los requisitos pudo convertirse en Augusto d'Halmar.

Poco sabemos de él, no porque oculte su biografía, sino porque la gente encuentra más real, cuando de él se trata, mezclar los hechos con las fantasías, en cuya creación colaboran todos de la mejor gana.

Aunque los escépticos y los sedentarios se molesten, cabe afirmar que ha viajado, y mucho. Fué Cónsul en la India; en Etén, puertecito peruano. Vivió en Madrid; permaneció largas temporadas en Francia, ¿dónde no estuvo, dónde estuvo? (Aquí empieza, tal vez, la mezcla de lo real y lo fantástico). Algunos aseveran que su padre fué un francés, capitán de marina mercante; uno de sus abuelos —Thomson—, marino de guerra; otro abuelo —d'Halmar—, hombre de barco y castillo; él nació el 23 de Abril de 1882, en Valparaíso, que como cualquier puerto debe, necesariamente, infundir en sus habitantes el deseo de hacerse a la mar o de irse tierra adentro. Esta conjunción de herencia y media le impuso el destino de viajar. Como no pudo viajar en el acto, Aquél que no duerme y vela por nosotros, guió sus pasos hacia una oficina de ferrocarriles, en donde estuvo empleado. Una oficina de esa naturaleza es una escuela de viaje. El elegido no se queda allí. Toma el tren o deja el empleo. Así lo hizo d'Halmar.

Al elegir su camino literario procedió como un viajero. No eligió sus modelos en torno suyo, sino en tierras remotas, en las tierras que debía conocer algún día. Fué lector de Ibsen, y divulgador. En seguida, sintió una especie de deslumbramiento ante León Tolstoy, el gran ruso. Acaso en ese momento, además de sentirse deslumbrado, fué presa de la crisis religiosa que nos espera en la encrucijada de los veinte años, crisis en que uno cambia de religión o, por exceso de ocupaciones, renuncia a la que recibió como herencia.

D'Halmar, es posible que entonces dejara de ser católico para ser sólo cristiano. Algo significa que fundara, en San Bernardo, una colonia tolstoyana, en la que Santiván hacía el pan, Ortiz de Zárate araba y él mantenía la moral de los labriegos, leyendo versículos bíblicos.

Cuando fracasó esta colonia, él, Santiván (y ¿alguien más?) partieron a caballo rumbo al Sur, para efectuar un ensayo más serio y profundo. Vuelve en este azar a evidenciarse su destino de hombre errante. Si no navega, hace viaje terrestre; si no puede salir de la ciudad, se une en espíritu a seres lejanos, se impregna de ideas orientales.

Llega, como es justo, el momento de encontrar al escritor más conforme con su destino y su propio ser: caen en sus manos los libros de Pierre Loti, capitán de marina, gran amador del Oriente, individuo un tanto elegíaco. (Algunos de esos jóvenes investigadores que aspiran desde el Pedagógico —Mariano Latorre— podrían iluminar este instante de la vida de Augusto Thomson).

En sus comienzos literarios escribe crítica de arte, crítica de teatro e impresiones de ciudades. Además, d'Halmar es orador literario. (En algún sitio estudió este arte difícil, del que, posiblemente, derivó el teatro). En el salón de honor de la Universidad de Chile, cuando existía el Ateneo, hacía sus apariciones. Todos los pisos de la famosa sala estaban repletos de simpáticas mujeres, de literatos y de estudiantes. D'Halmar, dicen, era un joven de muy buen porte. Su voz debió ser magnífica, porque todavía la tiene excelente. Tenía esa tremenda seriedad que necesita el buen orador, y que causa, al principio, un poco de terror en los auditores; pero sus asuntos los trataba con gran libertad, para poder sonreír en ciertos pasajes, decir otros con tonos aterciopelados e ir cambiando hasta llegar a las grandes voces, a la iracundia que es, en buenas cuentas, la que funde en uno los espíritus de los oyentes y hace del hablante un individuo de gran poder.

Por fin parte d'Halmar; no parte como quería, sin detenerse en tierra, sino con destino a la India. ¿Qué hace allí d'Halmar? Hay que leer sus libros. Seguramente, allí se enriquece con ese tipo de sabiduría que sabe la causa primera del hombre, las intermedias, el acceso a la décima ronda, que se produce, ¿puedo confiar en mi saber? después de diez mil años y, como término, la disolución en el Nirvana. Algo de esto vaga en sus páginas, unida a cierta religiosidad, a ciertas persistentes inquietudes, a cierto deseo que no encuentra forma.

Todas las palabras al servicio del mar ocupan lugar honroso en sus obras. Decir honroso es poco. Es mejor decir obsesionante: siempre barcos, siempre marineros, aguas salobres, noticias de los puertos, recuerdos de tierra, nombres de mares exóticos, elucubraciones de fin de viaje y disconformidad e inquietud, mucho de lo que podría ser el cuadro mental del marinero.

D'Halmar escribe como para adornar y encubrir un poco un viejo lamento que hay en él. En ninguna parte está conforme. Mientras se acerca su destino evoca y regusta cuanto ha quedado en la lejanía: una novia muy remota, una amiga muerta en Estambul, cualquiera cosa que no salió bien. Su ruta le lleva a lo que no es fin, a lo que se malogra en una u otra causa. Y en el fondo, como sombra que aparece y desaparece, hay algo que no se sabe qué es, pero que es algo que corre por todos los libros.

Su propia juventud evocada empeñosamente, a medida que más la pierde, es el tema de muchas páginas y monólogos. Viendo cómo se le esfuma, emplea expresiones que Jeremías habría empleado con gusto en sus lamentaciones ante las murallas de Jerusalén. Sin embargo, en ese viaje en busca de algo que no encuentra, sus lamentaciones son muy pudorosas e hijas del verdadero sufrimiento.

Este hombre que ha viajado tanto, y que cuando se ve forzado a la inmovilidad suelta su alma por los caminos del mundo, ha escrito, sin embargo, una veintena de libros, y sigue escribiendo otros y recordando hechos de su variada vida, para agregarlos a sus "recuerdos olvidados".

Como sus finos libros, su vida se escurre. ¿Qué he podido comunicar después de tanta palabra?

J. S. G. V.

 

 

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Este breve esbozo biográfico de González Vera fué escrito mucho antes de la muerte del escritor. Hemos juzgado de interés reproducirlo, por los detalles íntimos que aporta, y que ofrecen un aspecto poco difundido sobre el carácter de d'Halmar.

 

 

 








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