diciembre
Permanece sentada en una silla, en el comedor. Postrada, con el rostro
inmóvil, laxo. No tiene la boca abierta, pero de lejos lo parece.
«No consigo dar con él» (el neceser, el guante de la ducha, la rebeca, todo).
Se le escapan las cosas.
Quiere ver la tele ahora mismo, imposible esperar a que quite los platos de la
mesa. Ya no entiende nada, solo su deseo.
Cada noche, subimos a acostarla, David y yo. En el lugar donde el parquet se
convierte en moqueta, levanta la pierna muy arriba, como si se metiera en el agua.
Nos reímos, ella también se ríe. Hace un rato, ya acostada en la cama, jubilosa,
después de tirar todos los objetos de la mesilla al querer ponerse crema, me dice:
«Ahora voy a dormir, gracias señora».
Ha venido el doctor. No ha podido decirle su edad. Se ha acordado muy bien
de que ha tenido dos hijos. «Dos hijas», ha precisado. Se había puesto dos
sujetadores, uno encima de otro. He pensado en el día en que descubrió que yo
llevaba uno sin haberle dicho nada. Sus gritos. Tenía catorce años, era una
mañana de junio. Yo iba en combinación y estaba lavándome la cara.
Me han vuelto los dolores de estómago. Ya no me enfado con ella ni con sus
pérdidas de memoria. Solo indiferencia.
Hemos ido al centro comercial. Ha querido comprarse el bolso más caro de
La Bagagerie, un bolso de cuero negro. Repetía: «Quiero el más bonito, es mi
último bolso».
Luego la he acompañado a La Samaritaine. Un vestido y una chaqueta, esta
vez. Anda lentamente y tengo que llevarla casi en volandas. Se ríe sin motivo.
Las dependientas nos miran raro, se sienten incómodas. Yo no, pero las miro de
arriba abajo, con arrogancia.
Ha preguntado a Philippe, ansiosa: «¿Qué es usted de mi hija?». Él suelta una
carcajada: «¡Su marido!». Ella se ríe.
1984
enero
Siempre confunde su habitación con mi despacho. Me abre la puerta, se da
cuenta de su error, vuelve a cerrar despacito, veo que se sube lentamente el
picaporte, como si no hubiera nadie detrás. Angustia. Dentro de una hora
volverá a las andadas. Ya no sabe dónde está.
Esconde las bragas manchadas debajo de la almohada. Esta noche me he
acordado de las bragas llenas de sangre que escondía ella debajo del montón de
ropa sucia en el desván hasta el día de la colada. Yo tenía apenas siete años y me
quedaba mirándolas, fascinada. Y ahora están llenas de mierda.
Esta noche estaba corrigiendo exámenes. Al lado, en el cuarto de estar, ella
ha levantado la voz, sosegada, como en el teatro. Hablaba a una niña invisible:
«Es tarde, nenita mía, es hora de que vuelvas a tu casa». Se reía, toda contenta.
Me he tapado los oídos con las manos, me ha parecido que me adentraba en algo
inhumano. No estoy en el teatro, ES MI MADRE HABLANDO SOLA.
He encontrado una carta que había empezado ella a escribir: «Querida
Paulette: no he salido de mi noche». Ahora, ya no puede escribir. Son como las
palabras de otra mujer. Era hace un mes.
febrero
Durante la comida habla como si trabajara en una granja, como si mis hijos
fueran los empleados y yo la patrona. Solo quiere petits suisses y dulces.
Isabelle (mi sobrina) ha comido con nosotros este domingo, muerta de la risa
a cada frase aberrante de mi madre. Solo nosotros tenemos derecho a reírnos de
las locuras de mi madre, nosotros, los niños, yo, ella no. La gente de fuera, no.
Éric y David dicen: «¡Es demasiado, la abuela!». Como si, en su demencia,
siguiera siendo extraordinaria.
Se ha levantado esta mañana y con un hilillo de voz: «Me he hecho pipí en la
cama, se me ha escapado».
Las mismas palabras que decía yo cuando me pasaba de pequeña.
Sábado, ha vomitado el café. Estaba tumbada, inerte. Sus ojos habían
empequeñecido, tenían una aureola roja. La he desvestido para cambiarla. Su
cuerpo es blanco y blando. Después, me echo a llorar. Es a causa del tiempo, de
aquel otro tiempo. Y también porque es mi cuerpo lo que estoy viendo.
Me da miedo que se muera. La prefiero loca.
