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LA MODA MÁRAI

Por Alberto Fuguet
Revista de Libros de El Mercurio. Viernes 19 de Agosto de 2005

 

Todos los escritores están tratando de vender algo: unos buscan dinero, otros plataforma para una estética o una causa, unos egolatría, otros tratar que sus padres los quieran. Algunos, incluso, quieren vender emociones. O historias. Dudas. Momentos. Epifanías. Y para eso hay varias formas de hacerlo. Todas —supongo— legítimas aunque algunas, a mi modesto parecer, son un tanto chillonas, de mal gusto, atosigantes y, para usar la palabra del día, kitsch.

Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato. Pero creo que la literatura, buena o mala, está inserta en un contexto y ese contexto afecta la manera de cómo se lee un texto. Hace poco recibí una amable pero no por eso menos curiosa carta de una autora donde me insinúa que yo poco menos que "asalto" los medios y les quito espacio a otros autores mejores que yo, o con más trayectoria. Analizando su carta, deduje varias cosas: no tiene un blog; que asocia éxito literario con ventas, críticas positivas y, sobre todo, espacio en los medios oficiales. Pregunta: si no estás presente en los medios, ¿no existes? Por favor. Qué manera de quererse poco, de no confiar en lo que haces. Podría argumentar que si no estás en una librería, entonces quizás sea cierto que no estás. Creo que no: uno siempre está si desea estar. Uno está al momento de escribir, de leer, de subrayar, de ir a una librería. Uno está y existe y hasta se vuelve universal y egocéntricamente inmortal al momento de estar en una biblioteca. La Nacional o la de un tipo que vive en Limache. Ando obsesionado con un libro que casi no existe. No está en librerías, apenas registra en internet, no acumula masa critica. Pero está, vive, supura, respira. Lo encontré. Un perdido de Eduardo Barrios. Pero, a diferencia de Sándor Márai, Barrios no está de moda. Es la moda lo que me parece kitsch.

Kitsch es mal gusto. Algo así. Podría apretar una tecla para entrar al diccionario para ver qué exactamente significa kitsch. Pero no quiero hacerlo. Para mí es mal gusto y rebuscado y algo siútico. Casi todo Márai me parece algo siútico y kitsch, lo que, por cierto, no es algo necesariamente malo. Espero, de verdad, que si algún día escribo que la última novela de Gonzalo Contreras es entretenida, rápida, contemporánea y, no sé, bizarra, Contreras no se sienta insultado. Contreras sostiene que una de las razones por las que admira a Márai es por la manera como adjetiviza. Yo, personalmente, desconfío y me parece sobrevalorado. De todas las palabras, son las que más pueden ser susceptibles a malas interpretaciones. Tal como me sucedió por juntar kitsch con Márai.

La verdad es que, quizás, me equivoqué. Lo que sí sé es que muchas de las lecturas que se le dan lo son. No creo que sea tan bueno como dice Contreras (Contreras, en muchos aspectos, me parece mejor que Márai) y tampoco creo que "esa frase al pasar" merezca una columna donde, más que huevearme a mí, les lance dardos a autores supuestamente "de moda que pasaron de moda" que, personalmente, admiro y no tienen nada de kitsch. Me queda claro que Contreras domina bien el mapa literario europeo, pero colocar en la misma bolsa a Tama Janowitz con Douglas Coupland es como asociar a Alejandra Pizarnik con Luis Sepúlveda. Para mí, kitsch es jugar con el imaginario "culterano" del Imperio Austro-Húngaro. Es transformar Romy Schneider y Sissy Emperatriz en libros para la tercera edad. El último encuentro tiene una premisa notable y —sin duda— contiene emoción. Pero también peca de excesos. Lo que, a la larga, da lo mismo. Me quedo con Confesiones de un burgués. Ahí Sándor Márai no recurre al software tipo Realismo Mágico de la Mitteleuropa.

Me alegra que Contreras cite a Joseph Roth y, si es por mencionar autores de esa zona, les saco el sombrero a Stephen Vizinczey y a Norman Manea.

Conversando con el director de la revista «Lateral», un húngaro radicado en Barcelona, me quedó claro cómo le duele y lo enrabia que "el nuevo producto de exportación" de esa zona tan avasallada sea, justamente, un tipo de novela que una señora pueda leer en la playa y soñar con la pastelería Mozart. En Confesiones de un burgués, Márai no sólo se revela a sí mismo sino apuesta por una Hungría en blanco y negro, de abrigos húmedos, mala calefacción y olor a repollo. Una Hungría, y una cultura, y una mundo, donde la gente no abre sus bodegas de vino y ventila las piezas del ala sur sino se las arregla con lo poco y nada que tiene.

Dicho esto, concuerdo con casi todo lo que escribe Contreras en su "defensa" a Márai. Donde nos distanciamos es en dos cosas, ambas ligadas al tema del suicidio. Cuando dije kitsch, no me refería al tema sino a su "escenografía". El director de arte de sus "pequeñas novelas buguesas" me parece que debe ser despedido cuanto antes. Para mí, lo realmente kitsch es la forma como ha sido resucitado. En todas las contratapas, la carta de presentación es su suicido. Creo que alguien se ha aprovechado de su decisión terminal. Contreras habla despectivamente de autores de moda. Nadie está más de moda que Sándor Márai. Quizás ahí también viene mi decepción.

Cito a Contreras: "Desde luego Márai desaparece de Hungría por última- vez y para siempre, para terminar con su modesto suicidio. Muy poco sabemos de él en sus últimos años. Insisto en conjeturar que fue por el nulo reconocimiento que tuvo su obra en vida".

Para mí, ningún suicido es modesto. Es una opción interesante tildar de modesto un suicidio. Capaz que una vida sea modesta. Puede ser. Pero un suicidio o un intento nunca podrá serlo. Para que alguien tome esa horrorosa determinación debe haber mucho dolor, fractura, disociación y pena. No deseo buscar palabras para adjetivar un suicidio. Pero ni modesto ni kitsch se me vienen a la cabeza. Contreras conjetura que Márai se suicidó por el "nulo reconocimiento" que tuvo su obra en vida. No creo que sea así. Eso sólo lo puede pensar alguien que sobredimensione mucho el éxito. Hay momentos, más allá del kitsch, en El último encuentro y, sobre todo, en Confesiones de un burgués, donde Márai deja claro que el éxito no es su norte y que posee una sensibilidad mayor. Tengo entendido que se suicidó porque estaba solo, por una enfermedad, por sentirse ajeno en una cultura que no pudo —o no quiso— entender. Pero quién soy yo para intentar buscar razones. Cuando alguien se quita la vida, y me da lo mismo que sea un escritor o un sastre o un dependiente del Líder, no es por "falta de reconocimiento". A lo más, es por haber apostado por el éxito como tabla de salvación para llenar su vacío existencial. No creo que sea el caso de Márai. Si lo fuera, no me interesaría leerlo y mi afirmación de tildarlo de kitsch no sería un error sino, más bien, un acierto.

 

 

 

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