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Solsticios, de David Villagrán: una promesa por cumplir

Por Andrés Florit



David Villagrán es egresado de Literatura de la Universidad de Chile y éste es su primer libro. Solsticios: poesía que se regocija en el oído, en la música de las palabras, de las frases que se hilvanan como recuperando una memoria que sólo puede ser abierta pulsando esos acordes, yendo a ese ritmo. Poemas con motivos helénicos (ya lo anuncia el epígrafe de la Ilíada, “a fin de que sirvamos a los venideros de asunto para sus cantos”) y deudor de Góngora en la ejecución del verso. Para Villagrán, en este libro, parece no importar tanto lo que se dice, sino el valor inmanente de la palabra y la construcción de sentido a partir del sonido. Hace un despliegue muy brillante de recursos métricos y retóricos, la mayoría de los cuales sólo alcanzamos a intuir, dada nuestra poca instrucción en la materia.

Los motivos helénicos de este viaje, empero, funcionan aquí como alegoría imprecisa o parodia sin trueno. Quiero decir: lo que leemos regocija el oído, pero es literariamente poco verosímil. No está adecuadamente calibrada la relación sonido-sentido, porque, por más que la música funcione, los textos no se asientan en la mirada de un sujeto que nos interpele. En vez de eso, el hablante que protagoniza las escenas es un discurso, hecho a jirones de imágenes y múltiples citas (como ésta de Homero, si la memoria no me falla: “porque no hay ser más desgraciado que el hombre / entre cuantos se mueven sobre la tierra”), que están incorporadas a esa voz, sin que se distinga su procedencia, pues en verdad todo en este libro es de una u otra forma cita y reescritura de una belleza que se exhibe como una vieja túnica que conserva, después de siglos, todo su esplendor; pero que ya nadie usa. Una propuesta que quizás responde a la manera algo anquilosada con que la Academia mira la poesía greco-latina, sin lograr actualizarla de forma convincente.  

Dentro de toda esta ficción helénica y su viaje por antiguos mares (que me parece un discurso reaccionario frente al hoy, mas no afirmativo aún de una estética propia) hay por cierto momentos de excelente poesía, en que todo se conjuga de una manera que desearíamos fuera predominante, como en el poema “Y si lo deseas, te haré con la cabeza la señal de asentimiento para que tengas confianza”. El libro termina con un texto en forma de anillo, en una suerte de epílogo contemporáneo a este viaje neo-homérico. Villagrán, pese a los reparos expuestos, ha dado aquí elocuentes muestras de que puede ser uno de los mejores entre los mejores. Su sensibilidad y prematuro dominio del oficio auguran excelente libros venideros.

 

 

 

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Solsticios, de David Villagrán: una promesa por cumplir.
Por Andrés Florit.