I. Ficha técnica: “Introducción: ¿Qué es la literatura?”. Una introducción a la teoría
literaria. México: Fondo de Cultura Económica, 1998.
II. Profundización teórica:
a) Planteamiento general: Terry Eagleton nace en terruños ingleses, específicamente en Salford,
Lancashire, un 22 de febrero de 1943. Es crítico literario y de la cultura. Dentro de su nutrida
formación, habría que señalar que fue discípulo del crítico marxista Raymond Williams. Por lo
tanto, este estudioso se enmarca en la literatura de los siglos XIX y XX, integrando los estudios
culturales con la teoría literaria tradicional. A grandes rasgos, el autor examina y ensaya una
definición sobre qué es literatura, poniendo especial énfasis en lo que señalan los formalistas rusos.
En opinión del autor, resultará decisivo vislumbrar la literatura no desde el prisma de la objetividad,
sino a partir de juicios de valor vinculados a ideologías sociales, pues a su juicio: “(…) no se
refieren exclusivamente al gusto personal sino también a lo que dan por hecho ciertos grupos
sociales y mediante lo cual tienen el poder sobre otros y lo conservan” (p.16). Es aquí donde
podemos elucidar con cierta claridad cómo Terry Eagleton se nutrirá de las influencias recibidas por
su maestro. En opinión de Eagleton, resultará decisiva la observación de los juicios de valor, pues el
valor es personal, transitorio, arbitrario y en toda enunciación de hechos residen juicios que pueden
ponerse en tensión.Para el autor, no existen los "hechos puros" libres de interpretación: nuestra
propia estructura conceptual para clasificar el mundo ya está mediada por la ideología. Al revelar
que el canon no es un monumento inmutable de belleza universal sino una construcción social,
Eagleton posiciona a la literatura como una categoría discursiva ligada a la dominación: lo que una
sociedad decide conservar bajo la etiqueta de "literario" es, en última instancia, aquello que sirve
para perpetuar, naturalizar o cuestionar las relaciones de poder vigentes. Además, para robustecer
sugiero agregar o precisar tres aspectos fundamentales que Eagleton desarrolla rigurosamente en
ese capítulo introductorio:
1. La deconstrucción paso a paso del formalismo ruso
Coloco énfasis en los formalistas, pero valdría la pena precisar por qué son descartados. Eagleton
no solo los cita, sino que desmonta su teoría a través de un argumento clave: el contexto. Eagleton
demuestra que la "desfamiliarización" o el "desvío" del lenguaje depende enteramente del fondo
sobre el cual se recorta. Lo que para un formalista es un "uso literario" (por ejemplo, una metáfora
compleja), en otra época o comunidad puede ser lenguaje cotidiano (como la publicidad o el argot
callejero). Por ende, la literatura no es una propiedad intrínseca del lenguaje, sino un efecto de
la posición en la que el lector coloca al texto.
2. La transición del "Hecho" al "Valor" (La ilusión de la objetividad)
La tensión entre hechos y juicios. Eagleton es sumamente radical en este punto y utiliza un
argumento epistemológico que enriquecería mucho tu texto.
Para Eagleton, no existen los "hechos puros". El entramado de intereses e ideologías es
tan profundo que incluso nuestra definición de lo que es un "hecho" ya está mediada por un juicio
de valor previo. No es que primero veamos la realidad objetiva y luego le asignemos un valor
literario; nuestra propia estructura conceptual del mundo está predeterminada por la ideología. Por
lo tanto, el canon literario no se tambalea porque los gustos cambien, sino porque cambian las
estructuras ideológicas que sostienen qué es "valioso" o "verdadero".

3. El concepto de "Ideología" no como mentira, sino como estructura de poder: La ideología,
en este texto, refiere a las formas en que lo que decimos y creemos se conecta con la preservación
y legitimación del poder de las clases dominantes. La literatura, al ser considerada históricamente
un "objeto cultural elevado", ha funcionado sutilmente como una herramienta de cohesión social (o
domesticación) para inculcar ciertos valores morales y políticos bajo el disfraz de una "sensibilidad
humana universal".
b) Resumen expositivo del texto: Eagleton parte señalando que no lo convence del todo la distinción
entre “hecho” y ficción, pues existen distintas formas literarias como las novelas e informes
noticiosos que no son reales, objetivas o novelísticas (de éstos últimos ejemplifica con las tiras
cómicas). Luego se permite desarrollar en extenso la definición de Roman Jakobson y que, desde
su perspectiva, apuntaría al empleo de la lengua. Para Roman Jabokson, literatura es cuando: “(…)
se violenta organizadamente el lenguaje ordinario” (p.2) e Eagleton se permite añadir que: “(l)a
literatura transforma e intensifica el lenguaje ordinario, se aleja sistemáticamente de la forma en
que se habla en la vida diaria” (p.2). Por lo tanto, en opinión de Eagleton, el texto se concebirá
como la realidad material y como tal, será acreedor de: “(…) leyes propias específicas, estructuras
y recursos” (p.2). Es decir, se trata de un estudio formal que aparta el contenido y pone énfasis en la
forma. Pero la concepción de los formalistas rusos, puede problematizarse. Baste decir que
literatura no es poesía, porque en opinión del autor: “(…) hay escritos realistas o naturalistas
carentes de preocupaciones lingüísticas o de llamativo exhibicionismo” (p.6) y que “cualquier texto
adquiere un carácter ´raro´” (p.6), como puede ser el caso de los avisos que auscultan ambigüedad.
El autor también enfatiza en que la literatura adolece de un fin pragmático y señala que se refiere a
una situación de carácter general. Esta concepción se encontraría mediada por: “(…) el valor-
verdad y la pertinencia práctica de lo que se dice se considera importante para el efecto total”
(p.8). Es decir, el concepto de literatura dista mucho de ser objetivo: depende de juicios de valor.
Para Eagleton, esto será decisivo al momento de entender la ideología, que define como: “(…)
modos, de sentir, evaluar y percibir y creer que tienen alguna relación con el sostenimiento y la
reproducción del poder social” (p.15), muy en consonancia con las enseñanzas de Raymond Williams. Ahora bien, sería conveniente mostrar cómo esa noción reformula finalmente el
problema de qué entendemos por literatura. También haría una pequeña precisión: Eagleton no
dice simplemente que la literatura “adolece de un fin pragmático”, sino que cuestiona que esa
ausencia pueda funcionar como criterio universal y estable para definición. A partir de aquí,
Eagleton profundiza su crítica señalando que aquello que consideramos literatura no depende
exclusivamente de las propiedades intrínsecas del texto, sino también de la manera en que
determinados grupos sociales lo valoran, interpretan y legitiman. De este modo, una obra no sería
literaria únicamente por poseer determinadas características formales, sino porque una sociedad
determinada ha aprendido a leerla y valorarla como tal. El juicio literario se encuentra, por
consiguiente, estrechamente relacionado con determinados valores sociales e ideológicos. En este
punto, Eagleton sostiene que los juicios de valor no son meramente individuales, pues se encuentran
vinculados con aquello que determinados grupos sociales dan por supuesto y mediante lo cual
pueden ejercer y conservar poder.
El problema conduce así a una conclusión fundamental: no existe una esencia inmutable de la
literatura que permita establecer de una vez y para siempre qué textos pertenecen a ella y cuáles
deben quedar excluidos. Lo que en una época puede ser considerado literatura, en otra puede
adquirir una valoración diferente. Del mismo modo, textos que originalmente no fueron concebidos
como literarios pueden llegar a ser incorporados posteriormente al canon literario. La literatura
aparece, entonces, como una categoría histórica, social y culturalmente variable, cuya definición se
encuentra sometida a procesos de selección, valoración y legitimación.
En consecuencia, Eagleton desplaza progresivamente la pregunta desde las características formales
del texto hacia las condiciones históricas y sociales que permiten que un determinado discurso sea
reconocido como literatura. El aporte de los formalistas rusos resulta fundamental para comprender
la especificidad del lenguaje literario, pero, para Eagleton, sus criterios no bastan para explicar la
totalidad del fenómeno. La literariedad no puede reducirse exclusivamente a la desviación,
extrañamiento o intensificación del lenguaje ordinario, puesto que aquello que una comunidad
considera extraño, estético, valioso o literario también depende de sus propias convenciones
culturales e históricas.
Por ello, el texto concluye problematizando la posibilidad misma de establecer una definición
universal de literatura. Más que entregar una respuesta definitiva, Eagleton muestra que toda
definición se encuentra atravesada por valores, intereses, instituciones y relaciones de poder. La
literatura deja así de aparecer como una categoría puramente objetiva para convertirse en un
concepto históricamente construido y permanentemente susceptible de revisión.
Entonces, el texto queda expuesto como una secuencia lógica: Formalismo → lenguaje
literario → cuestionamiento de la literariedad → ausencia de criterios absolutos → juicios de
valor → ideología → poder social → carácter histórico de la literatura.
A continuación, propongo un esquema del recorrido argumentativo desarrollado por
Eagleton (aunque, quizás, se le puede criticar su simplicidad):

Fuente de elaboración propia (2026)
a) Comentario crítico y argumentado: Examinadas las ideas principales de Terry
Eagleton, nos parece esencial el diagnóstico del profesor inglés. Partiendo desde
diversas concepciones, se permite tomar partido. Sin embargo, ello lo realiza al final de
la parte introductoria y eso resulta criticable. ¿En qué sentido?, en que sus argumentos
no se zanjan con la debida nitidez desde el principio. Esto puede llegar a generar
confusión en los/las lectores/as. Hubiera sido más correcto proceder
metodológicamente de otra forma. A saber, introduciendo la postura ideológica que el
texto trasluce al final y luego, problematizando la noción de literatura desde los
formalistas rusos. Esta postura que es, guardando las justas proporciones, heredera de
su maestro marxista, ciertamente es discutible. Una parte, entre las muchas que
podemos hallar, nos permite apreciar cómo su propio texto se contamina con su propia
ideología:
“(…) los juicios propios de valor se relacionan estrechamente con las ideologías
sociales. En última instancia no se refieren exclusivamente al gusto personal, sino
también a lo que dan por hecho ciertos grupos sociales y mediante lo cual tienen
poder sobre otros y lo conservan”. (p.16).
Además, cuando Eagleton define ideología, también lo hace desde un juicio de valor y
como los juicios son personales, transitorios y arbitrarios, su propia ideología se verá arrojada a un
universo de multiplicidad que variará de sujeto a sujeto. Es decir, nada obsta a que su definición de
literatura, no sea la misma que la mía u la de otra persona y eso es perfectamente válido. Por lo
tanto, el estudio del texto literario, será vago y sin contornos precisos. Esto se esgrimirá como una
falla metodológica fundamental en el objeto de estudio y, por ende, en el empirismo, pues no
existiría investigador/a avezado/a que pueda capturar las infinitas ideologías de cada sujeto.
Además, el problema de Eagleton no es simplemente que toda definición de literatura sea
“personal” o arbitraria, porque él precisamente intenta demostrar que esas definiciones están
históricamente condicionadas, socialmente construidas e ideológicamente determinadas. Si se
le critica por arbitrariedad, conviene reconocer primero esa fortaleza y luego señalar que su
planteamiento puede caer en un relativismo excesivo si no establece criterios suficientemente
estables para distinguir entre una interpretación literaria fundada y una mera preferencia
ideológica.A lo anterior habría que agregar una dificultad de orden epistemológico. Eagleton acierta
al advertir que ninguna concepción de la literatura se encuentra completamente desligada de las
condiciones históricas, sociales e ideológicas en las que surge; sin embargo, esta constatación no
necesariamente conduce a que todas las definiciones o interpretaciones posean el mismo grado de
validez. Precisamente aquí aparece una tensión interna en su propuesta: si los juicios de valor están
determinados por las ideologías de los grupos sociales y si estas ideologías participan en la
constitución de aquello que una sociedad reconoce como literatura, ¿con qué criterios puede el
propio Eagleton establecer una crítica de esas ideologías sin situarse, a su vez, dentro de otra
posición ideológica particular?
El problema, entonces, no consiste únicamente en que existan múltiples definiciones de literatura,
sino en determinar si, a pesar de esa pluralidad, es posible establecer criterios relativamente
objetivos para estudiar el fenómeno literario. De lo contrario, el análisis corre el riesgo de
desplazarse desde el objeto literario hacia las condiciones sociales que permiten reconocerlo como
tal, dejando en segundo plano las propiedades formales, lingüísticas, estructurales y estéticas de la
obra. En este punto resulta especialmente significativa la distancia entre Eagleton y el formalismo
ruso: mientras los formalistas procuraron identificar aquello que hacía literaria a una determinada
construcción verbal, Eagleton desplaza progresivamente la discusión hacia las condiciones
históricas e ideológicas que permiten que determinados textos sean considerados literatura.
Esto no significa que la perspectiva de Eagleton deba ser descartada. Por el contrario, su aporte
consiste precisamente en demostrar que la literatura no existe en un vacío social y que las
instituciones, los sistemas educativos, la crítica, las editoriales y los grupos de poder participan en la
selección y legitimación de aquello que una época considera literario. El problema aparece cuando
esta dimensión sociológica e ideológica termina absorbiendo las restantes dimensiones del
fenómeno literario. Si todo reconocimiento literario depende fundamentalmente de una determinada
configuración ideológica, entonces la especificidad de la literatura corre el riesgo de diluirse:
cualquier discurso podría convertirse en literatura si una determinada comunidad histórica decide
valorarlo como tal.
Por ello, sería necesario distinguir entre dos cuestiones que Eagleton tiende a aproximar: por una
parte, la pregunta acerca de qué condiciones históricas permiten que un texto sea reconocido como
literatura y, por otra, la pregunta acerca de qué características textuales permiten analizarlo como
obra literaria. La primera pertenece principalmente al ámbito de la sociología, la historia cultural y
la crítica ideológica; la segunda exige atender al lenguaje, la estructura, los procedimientos
formales, la construcción de significados y las relaciones internas de la obra. Confundir ambos
niveles puede producir una reducción del fenómeno literario, puesto que explicar por qué una
sociedad considera literario un texto no equivale necesariamente a explicar qué hace que ese texto
produzca determinados efectos estéticos, formales o semánticos.
En consecuencia, la principal objeción metodológica que podría formularse a Eagleton no radica en
aceptar la existencia de ideologías, sino en la dificultad de establecer un punto de apoyo crítico que
permita evaluar esas ideologías sin convertir el análisis literario en una sucesión potencialmente
interminable de posiciones relativas. Si toda definición de literatura está condicionada
ideológicamente, también lo estará la definición propuesta por el crítico que denuncia dicho
condicionamiento. Surge así una suerte de problema autorreferencial: la crítica de la ideología no
queda necesariamente fuera de la ideología, sino que debe explicar desde qué criterios pretende
juzgarla.
Desde esta perspectiva, una alternativa metodológicamente más sólida sería conservar la
contribución de Eagleton, pero complementarla con el análisis inmanente de la obra. De este modo,
podría reconocerse que la literatura es una institución histórica y socialmente determinada sin
renunciar a la posibilidad de estudiar sus particularidades formales y lingüísticas. La literatura
podría entenderse, entonces, como un fenómeno simultáneamente textual, histórico, social,
ideológico y estético. Esta perspectiva permitiría evitar tanto el formalismo cerrado —que reduce la
obra a su funcionamiento interno— como el sociologismo extremo —que termina explicando la
obra principalmente por las condiciones externas que determinan su legitimación—. Además, hay
una distinción que te conviene mantener muy clara: “que una sociedad determine qué considera
literatura” no es exactamente lo mismo que “que determine qué características tiene un texto
literario”. Esa diferencia puede convertirse en el eje metodológico de toda tu crítica a Eagleton.
a) Conclusiones: Muchas y variadas podrán ser las definiciones sobre qué es literatura; lo que nos
ha querido transmitir este texto es, precisamente, cómo problematizar la definición de literatura.
Siendo conscientes de las dificultades y problemáticas que en él se suscitan, podemos desechar todo
lugar común. La tarea no es fácil, ni se encuentra exenta de dificultades. En este sentido, parece más
vigente que nunca el texto y diagnóstico realizado por el profesor Terry Eagleton: como los valores
son esencialmente personales, transitorios y arbitrarios, no podemos negar que, en cada modo de
sentir, evaluar, percibir y creer, la ideología se revela. Quedará pendiente, y deberá ser materia de
análisis, determinar si precisamente esa ideología tiene un fondo o sustrato marxista y si se vincula
efectivamente al sostenimiento y reproducción del poder social, como señalamos con anterioridad.
Eagleton no solo problematiza la literatura, sino que obliga a revisar los criterios con los que la
crítica decide qué es literario; y segundo, que tu propia crítica debe reconocer que no basta con
denunciar el relativismo, porque también sería necesario proponer algún criterio metodológico
alternativo.
Con todo, consideramos que el principal aporte de Eagleton consiste en obligarnos a desconfiar de
aquellas definiciones de literatura que se presentan como universales, neutras y definitivas. Su
propuesta permite advertir que aquello que una sociedad denomina literatura no depende
exclusivamente de las características internas de una obra, sino también de procesos históricos,
culturales, institucionales e ideológicos que participan en su legitimación. Sin embargo, esta misma
afirmación abre una dificultad metodológica que no puede ser soslayada: si todo juicio acerca de la
literatura se encuentra condicionado por una determinada posición ideológica, también la crítica de
Eagleton se encuentra situada dentro de una determinada posición ideológica. En consecuencia, su
propuesta no queda exenta de aquello mismo que pretende demostrar.
Por esta razón, estimamos que el diagnóstico de Eagleton debe ser asumido críticamente y no como
una explicación definitiva de la literatura. La ideología constituye una dimensión relevante para
comprender la producción, circulación, valoración y legitimación de las obras literarias, pero no
necesariamente agota su especificidad. Reducir el fenómeno literario a las condiciones sociales e
ideológicas que determinan su reconocimiento implicaría correr el riesgo de relegar a un segundo
plano el lenguaje, la estructura, los procedimientos formales, la construcción de significados y la
dimensión estética de la obra. La explicación de por qué un texto llega a ser reconocido como
literatura no equivale necesariamente a explicar qué hace que ese texto funcione como obra
literaria.
En definitiva, el valor del planteamiento de Eagleton reside menos en proporcionar una definición
cerrada de literatura que en mostrar la dificultad de establecerla de manera absoluta. Su legado
crítico consiste en haber desplazado la pregunta desde «¿qué es la literatura?» hacia una
interrogación más compleja: ¿quién determina qué es literatura, bajo qué criterios, en qué contexto
histórico y mediante qué relaciones de poder? No obstante, junto con esta pregunta social e
ideológica, resulta necesario conservar aquella otra que atiende a la materialidad misma de la obra.
Solo mediante la articulación de ambas dimensiones —la inmanente y la histórica, la estética y la
ideológica— sería posible evitar tanto un formalismo incapaz de reconocer las condiciones sociales
de la literatura como un relativismo que termine disolviendo la especificidad del objeto literario.
Todo esto da cuenta de una conclusión fuerte, porque no se termina simplemente diciendo que
Eagleton es marxista o relativista. Se termins planteando una posición propia: Eagleton sirve para
problematizar la literatura, pero su perspectiva tampoco puede presentarse como neutral ni
suficiente. Ese matiz le da bastante más fuerza académica a esta crítica.

[1] Investigador independiente. Diplomado en Literatura en Lengua Inglesa (Centro de Estudios Avanzados
PUCV-2019), Diplomado en Poesía Universal (Centro de Estudios Avanzados PUCV-2018), Diplomado en
Historia del Arte (Centro de Estudios Avanzados PUCV-2017), Diplomado en Estudios de la Religión (PUC-
2016), Diplomado en Arte y Estética Árabe-Islámica: clásica y contemporánea por la Universidad de Chile
(CEA-2015), Diplomado en Teologías Políticas y Sociedad por la Universidad de Chile (CEA-2014),
Diplomado en Psicología Jungiana (PUC-2014) y Diplomado en Cultura Árabe e Islámica por la Universidad
de Chile (CEA-2014). Mail de contacto:
alfredericksen@gmail.com


