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EN LA FALSA LLANURA DE UNA PLAYA CHILENA
Tríptico de Cobquecura, de Andrés Gallardo

Por Carlos Labbé
Publicado en http://sobrelibros.cl/ 1 de septiembre de 2007

 




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Habría que darse cuenta que a estas alturas, en nuestra vida sedentaria, diferida y significativamente simulada que llamamos la ciudad, cualquier mapa, estudio lingüístico etnográfico o descripción de las bondades del clima marino parece cuento de una sabiduría lejana, una ficción donde los personajes tenían cuerpo y caminaban con cierta lentitud, con una sonrisa cada vez que se encontraban con alguien y eran saludados respetuosamente. No habría que sorprenderse si alguien leyera Tríptico de Cobquecura, de Andrés Gallardo, equivocadamente, con la seria devoción que inspiran los testamentos, ya que en sus primeras páginas ofrece una cartografía de la comuna en cuestión, una ofrenda inicial en décima, un capítulo cero donde un narrador ubicuo habla de una muchacha que se baña desnuda cada noche a pesar de que "en la costa de Cobquecura la pendiente es muy pronunciada, el oleaje es siempre intenso y el mar mismo, aunque límpido, es particularmente frío". Ya en los párrafos primeros se nos ofrece un inquietante sosiego, tan contradictorio para la novelística chilena como una playa que no es apta para el baño, porque sólo es "solanera y ambiental": la ilusión de un relato contado en habla llana que no sea el castellano neutral de la narrativa latinoamericana sino el chileno, esa profundidad difícilmente comunicable, el doblez de la lengua en que conversamos cada día -siguiendo la lectura de Adriana Valdés en el  pórtico  a este libro- y que entendemos perfectamente, aunque por escrito -diferido en esa lengua de nadie que practica la prensa, las páginas de internet, los libros que no tratan de nada- suela hacerse incomprensible y se pierda.

No me extrañaría que esa persona que lee tan seriamente un libro divertido, taimado y marullero como  Tríptico de Cobquecura  fuera yo, porque me complica eso que el narrador no dice cuando pareciera exponer con la mayor transparencia, respeto y amabilidad que un personaje llamado Silvia, por ejemplo, no evidencia una sola palabra de rencor hacia esas otras Silvias, sus enésimas antagonistas en el pueblo, porque han tenido aventuras amorosas con su propio marido, atienden empresas que rivalizan con la suya, a sus cuarenta y tantos años son reverenciadas por muchos hombres del lugar y comparten tanto el nombre como la construcción sintáctica de sus apellidos. Es que se me hace difícil argumentar que la risa interrumpe las palabras del relato pero no la continuidad literaria de la novela de Gallardo, que no es novela porque siga detalladamente, durante páginas y páginas, los conflictos de unos personajes, sino porque sus cuerpos -los sonidos que salen de sus bocas- se van alejando constantemente hacia esa playa contradictoria, para que la narrativa chilena se quede de una vez sin grandes acontecimientos y en cambio permanezcan dos personas contra el paisaje de fondo, para que el largo circunloquio que construye una lugar de ficción que se llame Chile me sea explicado a través de las resonancias de vocablos provincianos, arcaicos, sobre pieles que se tuestan en la arena, mediante el recurso narrativo de una muchacha que cada noche se mete a nadar entre los lobos marinos en vez de la argumentación porfiada, el lema publicitario, el horrísono sustantivo "chilenidad".

La sensación de que el narrador y los personajes de  Tríptico de Cobquecura  se cuidan de decir algo, aunque no sea posible verbalizar eso, es la misma que sobreviene si uno intenta escribir cómo se habla en Chile: los significados de la lengua se alejan tal como esos personajes van por la arena hacia las olas, se tienden, se sacan la ropa y uno -igual que ciertos personajes de Gallardo- no puede distinguir si están completamente desnudos o vestidos. No es casual que dos de esos protagonistas se llamen Ojo y Alzheimer, a pesar de que uno sea ciego y el otro se la pase leyendo esas largas novelas con pretensión antropológica que escribieron los criollistas, pues en lugares como Cobquecura con facilidad se habla por medio de la construcción de imágenes imposibles -"el Consejo Municipal tuvo el buen tino de no objetar la presencia de un no vidente en un concurso de belleza femenina"- y tampoco se discute aquello que no se pueda mirar, oler, paladear, tocar: un cuerpo asoleándose en una playa donde no es recomendable el baño, aunque vestido y sin otro mar de fondo que un inmenso roquerío, una mujer que puede ser perfectamente una niña o una anciana -no es posible distinguirla-, con su propia cámara en la mano frente a una guagua que intenta levantarse bajo el quitasol, si pudiera yo también describir de mejor manera -sin dejar fuera nada de eso indescriptible- una enorme fotografía en blanco y negro de Jorge Brantmayer que vi hace algunas semanas en el Museo de Arte Contemporáneo y que, sorpresivamente, forma parte de una serie titulada Cobquecura.

Me imagino que las playas cobquecuranas, como la mayoría de las playas chilenas, son largas planicies uniformes para quien sólo se dedica a observarlas, llanuras indefinidas como el horizonte del plano general de una foto, igual que las descripciones de una novela como  Zurzulita  -o como los párrafos de  El Quijote  al ojo del lector escolar- para quien se atiene al mero aspecto de sus párrafos, a una mirada estrictamente superficial, analfabeta, de la sucesión de sus frases. Tríptico de Cobquecura  se solaza en la confusión de los planos cuando uno intenta comunicarse -el malentendido, el accidente, la torpeza es el principio de la risa-, porque entre sus personajes hablar es una entre muchas formas de decir que uno no se atreve o no quiere o no puede decir nada. Me pregunto si la semiología, la teoría del significado y el significante, los derechos humanos, el platonismo o el cristianismo, incluso, pudieron surgir del discurso de alguna persona chilena que hablara sin hablar y no hablara hablando, como los críticos literarios Odiseo y Almendra Fuica en este libro, quienes a pesar de aborrecerse públicamente porque no comparten sus juicios sobre la poesía chilena se encuentran como dos cuerpos anónimos en el verano de la playa de Cobquecura y se abrazan, se quieren, deciden llamarse sólo Amador y Amanda. El calor del verano es engañoso, uno no puede empezar a hablar, a discutir y argumentar si los dientes están carcajeándose o los labios bien cerrados para que no entre el agua salada; sospecho que las tres tablas que conforman este Tríptico -tomándome al pie de la letra su etimología griega- no son planas, como la lengua chilena tampoco lo es, misteriosamente.

Quizá una costumbre no dicha prefiera que las novelas chilenas sean melancólicas. Entonces no sería raro que uno se conformara con imaginar que el lenguaje verbal es la expresión de una falta, el órgano ausente que nos hace venir al mundo a agregar una línea a los párrafos de un libro cuyo principio no está en este territorio ni en esta ciudad ni en estas playas, donde -sin embargo- alguna vez una persona le hablará a otra de la misma manera que un gato se duerme con la cabeza apoyada en el vientre de un perro con el que convive, los dos durmiendo en el suelo de una casa donde los cuidan; o, mejor, como una pareja desnuda que se duerme en una playa, a pleno sol, en el verano de nuestro litoral. La novela melancólica se parece al silencio, al frío, a la soledad -se completa con el otro, con mi lectura-, y los personajes se quedan cerca de uno en cuanto no encuentren el final de su historia. Una novela humorosa como Tríptico de Cobquecura, en cambio, pareciera no necesitar que uno esté ahí, haciéndole compañía a la voz del narrador, sino que se aleja seductoramente rumbo a un lugar más cálido, en silencio.

 

TRÍPTICO DE COBQUECURA. Andrés Gallardo. Liberalia Ediciones. Santiago, 2007.



 


 

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