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Alfredo Gómez Morel | Autores |









Alfredo Gómez Morel, ex-delincuente y actual escritor, cuenta
Por qué me convertí en delincuente

Publicado en revista PAULA, N°101, noviembre de 1971.



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En 1917 y cuando tenía tres meses de edad fui abandonado por mi madre en la puerta de un conventillo ubicado en la Alameda de las Delicias de San Felipe. De allí me recogió la señora Catalina Oliva viuda de Osorio, "persona muy pía y muy allegada a esta Parroquia" —según carta del 13 de octubre de 1961 que el párroco sanfelipeño, don Guillermo Echeverría, le escribió a Lila Castañón Salina, hoy monja hospitalaria.

Mi padre es don Agustín Gómez Aránguiz, hijo —a su vez— de don Agustín Gómez García, quien fue diputado durante la administración de don Pedro Montt.

Acompañando a mi abuelo en una de sus giras electorales, por el sur de Chile, mi padre conoció a mi madre, doña Ana Morel Serrano. De ese conocimiento surgí yo. Esto ocurrió en Punta Arenas. Cuando mi madre vio que estaba embarazada quiso recurrir a los buenos oficios de la comadrona puntarenense, Ernestina Pavignano, apodada "la bicicleta". Algo sucedió —no sé qué— para que la Pavignano no hiciera abortar a mi madre, pero de lo que sí estoy seguro es que "la bicicleta" asiló durante cinco meses a mi madre en un lenocinio de su propiedad. Cuando la cosa no dio para más, mi madre se vino a Santiago. Enfrentó a mi padre y él la envió a San Felipe, exactamente a la casa de la señora Luz Marina Díaz viuda de Rogers. Doña Luz consolaba su viudez con Numa Pompilio Herbage Salas, oficial del Regimiento Yungay.

Nací yo, repito, y a los tres meses después fui abandonado por doña Ana y me recogió doña Catalina. Cuando cumplí dos años de edad, doña Catalina me internó en un orfanato de Monjas Carmelitas que por esa época funcionaba en San Felipe. Doña Luz —que había seguido mis huellas— le comunicó a mi padre lo que estaba ocurriendo, éste se lo dijo a mi madre y le ordenó que me sacara del asilo de huérfanos "para reconocer al niño porque es mi deber moral". Pero mi madre prefirió seguir siendo libre. En su alma había muchas llagas, mucho odio, muchas ansias de desquite. Además, como era una mujer peligrosa y excesivamente bella no le faltaban admiradores. Entre ellos estaba Ricardo Lemus Molinare, equitador, heredero de una inmensa fortuna, sobrino de una señora riquísima, soltera y con tres prometedores infartos cardíacos.


"ME FUGUÉ DEL ORFANATO"

En el orfanato había una monjita agresivamente creyente. Tendría yo unos siete años cuando esta monja me explicó, después de darme una buena zurra en las posaderas, que debíamos hacer algo para expulsar al demonio de mi cuerpo. Me sentí un chico muy importante. Yo ponía mucho de mi parte para que el diablo me tomara en cuenta: era sucio, desordenado, feo y sentía una particular devoción por las golosinas y juguetes de mis compañeros de orfanato. De modo que todos los días yo llenaba de razones a mi buena monja para que siguiera zurrándome.

Una tarde discutí el problema con mis posaderas. Llegué a la conclusión de que debía fugarme. Lo hice. Antes me fui a la despensa y me robé algunos alimentos. Al cruzar el patio vi un palo de escoba apoyado en una palmera. Monté en él y me largué hacia el mundo. Recuerdo que medité: "hasta nunca vieja macuca". Desde ese momento sentí aversión por todo lo que fuera religión.

¿Hacia dónde ir? No me interesaba. Lo importante era huir de los golpes. Me importaba encontrar un ser próximo, alguien que me escuchara, una persona —una sola— que me respondiera. La noche me sorprendió junto a una era. Me dormí sobre el trigo, plácidamente. No tuve miedo. Nadie me pegaría ni me confundiría con el diablo. Al amanecer seguí caminando. Me encontré con un hombre.

—¿Dónde vas, muchacho?
—No sé.
—¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes?
—No sé.

Me pidió que lo acompañara. Llegamos a una casona. Una señora de porte señorial y aspecto bondadoso me hizo las mismas preguntas. Las respondí con un sartal de mentiras. La señora decidió dejarme en su hogar. "Te llamarás Vicente", me dijo mirando el santoral. "No, Vicente se llama el hijo del intendente —rectificó con prisa— te llamarás Luis".

Fue mi primer, nombre. Me duró muchos años. Confieso que no me agradó mucho el nombre pero al menos —pensé— ya no me llamarían con un número, como en el orfanato.

¡Extraña coincidencia! Esa señora era la misma que años atrás me había salvado de la muerte. Lo supe un día en que ella conversaba con el cura. Me deleitaba escuchar detrás de las puertas. Siempre viví en estado de alerta, fisgoneando por el ojo de la cerradura otras vidas, para defender la mía.

Cuando me di cuenta que no tenía padre ni madre, no le di importancia al asunto. En el orfanato había leído un libro de cuentos que hablaba de unos niños venidos del cielo que habían nacido entre las hojas de un repollo. Pensé que era uno de ellos. Con odio, pensé en decírselo a la monja.

A mi nuevo hogar llegó el hijo de un matrimonio amigo a quien todos decían Chochito y que pronunciaba con orgullo las palabras "mamá", "papá" y "abuelita". Al principio fuimos buenos amigos a pesar de que yo lo envidiaba secretamente porque siempre me preguntaba: "¿Por qué tú no tienes papá y mamá como los tengo yo?". Después le decía Chochón. Me producía rencor por esta superioridad. Entonces empecé a pensar seriamente en destruir cuanta persona, cosa o sistema me indicaran que yo era inferior.

Con doña Catalina estuve bastante tiempo. Hubo un gran día: cuando vestido como un pingüino, con un rosario, un librito de misa y una azucena me obligaron a recibir la primera comunión. Al volver de la iglesia me dieron chocolate, me hicieron poner una idiota cara devota y me tomaron varias fotografías. La señora me dijo que desde ese día sería un buen chico y que Dios me ayudaría. Cuando pregunté ¿por qué?, me respondió: "Conversemos, hijo, pero no hagas preguntas que todavía no puedes entender". Fui muy feliz al oír la palabra hijo y me sentí generoso y sentí la profunda necesidad de amar y ser amado. Hasta sentí aprecio por la religión. Me agradó vivir y haber nacido.

"VUELVE A BUSCARME MI MADRE"

Un día llegó mi madre. Yo tendría más o menos 11 años. Nunca he sabido ni mi verdadera edad ni mi verdadero nombre. Mi madre era muy hermosa y la acompañaba un caballero que se parecía a un burro. La señora Catalina, después de discutir con doña Ana, me dijo que tenía que irme porque esa señora era mi madre y quería llevarme a Santiago. Me puse a llorar. Mi madre trató de consolarme. "Vamos, te compraremos muchos juguetes". Sonreí y se me terminó la pena. Al otro día, mi madre, su galán —que se hizo pasar por mi padre— y la señora Catalina me llevaron donde el párroco y me confirmaron. Yo no entendí nada, sólo supe que ya no me llamaba Luis, sino Vicente.

En el tren nocturno nos fuimos a Santiago, mi madre, el asno y yo. Al salir de la Estación Mapocho, lo primero que vi fue el río.

Dicen que la vida es de contrastes. Para mí lo fue. Después de los años de dulzura vividos con la señora Catalina, vinieron tres años martirizantes. Cada seis meses, por lo menos, yo cambiaba de padre. Mi madre me pegaba por cualquier cosa. Las flagelaciones debía soportarlas sin gritar. Este mundo no tenía sentido para mí. Cada vez que hacía una pregunta mi pobre y enfermiza madre se exasperaba y en vez de responderme, me pegaba. Sentía especial predilección por quebrarme palos de escoba en la cabeza. Una vez que me mandó a comprar leche, quebré la botella. El hecho coincidió con una riña que ella había tenido con mi papá de turno. Me dio una paliza y en medio de ella me gritó histéricamente las muchas razones que tenía para darme ese trato. Sus frases me hirieron pero me aclararon el mundo absurdo en que me movía: "Por tí, huacho inmundo, yo soy una desgraciada. Todos me dejan porque tu presencia los molesta. No me digas mamá. Te lo prohíbo. Los vecinos se ríen de mí porque tengo un hijo huacho. No tengo libertad para nada. ¡Maldita la hora en que naciste! Yo no soy tu madre ¿me entiendes? ¡Soy tu tía! Cada vez que te miro veo al canalla de tu padre".

Después, más tranquilizada, me dio una carta para que se la llevara a mí padre. Yo pensaba ¿quién es realmente mi padre? ¿cuántos padres puede tener un niño? ¿cuál de todos es mi padre?

"CUANDO BAJÉ AL RÍO"

Don Agustín Gómez me matriculó en La Gratitud Nacional. Fui un niño precoz porque no tuve necesidad de hacer los cursos de preparatorias. Entré al primer año de humanidades, previo examen de madurez.

En el colegio, tanto en el alma como físicamente, fui golpeado por otras dos personas que jamás, creo, debieron cruzarse en mi vida. Fueron dos sacerdotes depravados sexuales. El resto de los curas eran seres abnegados, puros y me querían. Un día, para huir de ellos, me fugué. Igual que en la fuga del orfanato, tuve que vagar por las calles, sin rumbo, hundido en la desesperanza, completamente avejentado a pesar de mis cortos años. Más o menos a las dos horas de haber huído llegué al Río Mapocho. Bajé hasta las losas fluviales y unos pelusas me llamaron invitándome a que entrara en una casucha de cartón y latas. Uno de los muchachos, que hacía de jefe de grupo, me interrogó:

—¿Cómo te llamái, cauro?
—Luis Gómez Morel.
—Se parece al Toño —anotó otro—.
—¡Güeno, decidió el jefe, te llamarís Toño. ¿Traís plata?
—No, respondí.
—Pero tenís güena ropa. Sácatela y te ponís esta reforma, me dijo. "El Firpo", un pelusita que con el tiempo sería mi compañero de fechorías mapochinas.

Obedecí. La ropa fue vendida y los muchachos compraron pan, queso, chancho y carbón. Era invierno. A media tarde, "El Firpo" me dijo: "Tenís que irte, Toño. P'a entral aquí y p'a vivil aquí tenis que sel como nosotros. Vos soi muy ajutrao".

Les conté toda mi vida. Les supliqué que me dejaran con ellos. Me ofrecí para hacerles la comida y lavarles los tachos y la ropa. "No, cauro, me interrumpió el jefe, tendríai que robal, y eso no es p'a vos. Date el pire (ándate) antes que venga por vos la yuta (policía) y nos metan a to'os en cana. Si volvís, trae guita".

No tenía otra alternativa, ¿dónde ir? Volví al colegio. Mis dos curas se las arreglaron para que me perdonaran y me compraran ropa nueva.

Pero la fugaz percepción que tuve de ese mundo lleno de basura, plagado de perros tristes y habitado por niños de mirada torva, me atraía. El río tenía un sentido, tenía un encanto. Desde que conocí el Mapocho, supe que él era otra manera de llamar a la libertad y el amor. Continué con mis escapadas. Cada vez que bajaba al río llevaba conmigo cuantas cosas podía robar a mis compañeros de colegio: ropa, dinero, zapatos, cubiertos incluso. Creo que no robaba cosas ni objetos. Robaba amor, robaba efectos personales de los estudiantes para poder comprar el rudo cariño de los pelusas. Les llevaba de todo, menos jabón.

Los curas ya sabían ubicarme cuando no me encontraban en el colegio. Me traían de vuelta pero yo insistía en volver a ese lugar que me fascinaba. Poco a poco, conocí y dominé el lenguaje hamponal, pero cuando exigía mi admisión en el grupo de rateros, siempre me rechazaban. Ellos pertenecían a una clase marginada de la sociedad, yo no. Al rechazarme, defendían la existencia de su grupo, de un grupo regido por pocas leyes pero todas muy rígidas y despiadadas.


"FUI ACOSTUMBRÁNDOME A DELINQUIR"

Gradualmente fui acostumbrándome a delinquir. Creo que conscientemente dividí a la humanidad en dos sectores claramente delimitados y diferentes: lo que estaba más allá del puente —donde yo sólo conocía los palos de mi madre y las indecencias de dos depravados— y esta sociedad que vivía bajo el puente en la cual se me miraba con cierta desconfianza, es cierto, pero que me proporcionaba —a su modo— lo que explica y justifica la vida: el afecto, el compañerismo, la comunicación y la solidaridad, en una palabra: el amor.

Esto duró unos tres años. Un día me pillaron robando y me expulsaron de La Gratitud. Mi madre logró que me aceptaran en el Patrocinio San José. También fui expulsado por lo mismo. Mi padre obtuvo que me becaran en el Internado Nacional Barros Arana. Ya cursaba el cuarto año secundario. Poco antes de dar mis exámenes finales, alguien le robó un valioso álbum de sellos a Bartolomé Blanche, hijo, compañero de curso. Me culparon a mí, pero me dejaron dar los exámenes y nuevamente fui expulsado. Pasé al Instituto Zambrano, del que también me echaron por desordenado y ladrón. No podía dejar de robar. La mugre del río Mapocho me atraía cada vez más. El grupo delictual ya empezaba a aceptarme y eso me agradaba. Una tarde robé un paquete del interior de un automóvil, me sorprendieron y me enviaron a la Casa de Menores, ubicada en San Francisco. Entré en otro mundo.

El juez, don Samuel Gajardo, ordenó que me dejaran en el Pabellón de "los novatos". De día me hacían trabajar el mimbre, pero yo buscaba a los muchachos con antecedentes hamponales. Los inspectores del reformatorio —a quienes "los choros" llamábamos "los chutes"— eran muy mal pagados, no les interesaba estudiar sicología infantil y no sabían nada sobre personalidades psicopáticas ni delincuencia infanto-juvenil. El director del reformatorio, don Hugo Lea Plaza, quiso imponer una técnica de recuperación y redactó un sesudo plan educativo que envió al Ministerio. Creo que lo echaron por eso.

En este nuevo mundo asistí a unas clases que con el tiempo me resultarían muy útiles. Se impartían durante los recreos y de noche las recibíamos en el pabellón-dormitorio. "El Caruso" daba lecciones de "carterismo". "El gato" tenía a su cargo la cátedra de "cuenteo" y "El Pate'goma" nos enseñaba a "Escapear". El inspector Valenzuela, a quien apodábamos "El chuico con patas", completaba estos cursillos, enseñándonos a delatarnos los unos a los otros. Los rateros mayorcitos le hacían el amor a los menores de 14 años. ¡El reformatorio que yo conocí era una excelente academia! Y todos los internos competíamos para recibir antes el diploma de "choros".

Un buen día me fugué. Me fui al río, pero a la semana me capturaron, Nuevamente al reformatorio. Allí me esperaba una paliza que aún recuerdo con ira. Esa pateadura me sirvió para endurecerme y por mi cabeza empezaron a merodear muchos odios y desencantos: contra el medio social, el hogar, padre, madre y orfanatos. No tenía ningún recuerdo agradable ni ningún deseo de poner marcha atrás.

Me fugué por segunda vez, tan espectacularmente que hasta salí en los diarios. El tabloide "Los Tiempos", la publicó en primera página diciendo —entre otras cosas— que yo era "audaz, corajudo y peligrosísimo". Compré diez ejemplares para llevarlos al Río. Me sentí muy digno, muy orgulloso y comencé a mirar por encima del hombro a todas las gentes. Fue tal mi satisfacción que por correo envié sendos recortes a mi madre y a mi padre. Eso influyó mucho para que me decidiera a seguir por la senda del delito. Me convencí de que era un héroe.


CUANDO CONOCÍ AL PADRE HURTADO

Otra vez me recapturaron, pero ni los chutes del Reformatorio ni el juez quisieron recibirme. Me remitieron a la cárcel donde se había creado una sección para prófugos del reformatorio. Como aún no tenía 18 años de edad, el alcaide Luis Espinoza, protestó mediante nota oficial dirigida al Ministerio de Justicia. Al no haber acuerdo optaron por lo más fácil: dejarme en libertad. Esto me hizo comprender que era muy buen negocio para mí seguir siendo peligroso.

Sin embargo, las lecciones recibidas en la Casa de Menores, no fueron suficientes. Los muchachos del Río me lo hicieron comprender con cruel claridad. El Mapocho seguía rechazándome. Su máximo líder —El Zanahoria—me ordenó que me fuera "hasta que aprendái a choriar bien. Tenís que dal prueba que odiái a los pacos y a los giles. Tenis que pasar por la pesca pa' que sepái lo que es bueno. Cuando aguantís una biaba (flagelación) venís pa'cá".

Seguí rateando solo. Conseguía pequeños botines que apenas me alcanzaban para comer y dormir. Una noche tiré mis huesos en una construcción abandonada. Durante el día sólo había ganado para un plato de porotos. Esa noche fue muy larga, muy hiriente, muy llena de soledad. Al amanecer fui despertado por un cura. Lo miré de reojo y con rabias y cuando me levanté para huir, el sacerdote me dijo con dulzura y sonriendo:

—Ven conmigo, si quieres darme tu nombre, hazlo. Pero no interesa como te llames. Deseo ayudarte.

Algo había en los ojos de ese hombre que me hizo confiar en él. Lo seguí. Llegamos a una casona vieja y limpia. El curita me dio un mameluco, me trajo él mismo una taza de café y me advirtió que podía quedarme en su hogar hasta cuando yo quisiera.

En la casona vivían 29 niños más. Todos teníamos ropa limpia, techo y camas blanquísimas. Trabajábamos, jugábamos y hablábamos de todo menos de delitos. Le pregunté a uno de mis nuevos compañeros quien era el fraile. Me dijo que todos le llamaban Padre Alberto. Antes de acostarnos, nuestro protector nos conversaba. La tercera noche nos dijo:

—No me interesa que ustedes crean en Dios o no crean. El día que alguno quiera irse, váyase. Aquí no hay rejas. Si el que se va, decide regresar, bienvenido será. A ustedes les han dicho que la vida es hermosa, que este mundo tiene significado. Pero yo creo lo contrario. Creo que es el mundo el que debe comprenderlos a ustedes. Somos nosotros los llamados a embellecerles la vida, a amarlos, a aceptarlos como son. Yo no estoy haciendo caridad cuando los alimento y los visto. No porque sean huérfanos o sus padres los hayan abandonado, sino porque son niños. Deben aprender a ser dichosos. Y deben aceptar que yo haga algo por la felicidad de ustedes. Este es un hogar de Cristo. Vuestras hambres, vuestros fríos, vuestras penas, son también las hambres y los fríos y las penas de Cristo. Les enseñaré a rezar con acciones, con bondades y no con palabras. Los que quieran rezar así, quédense: los que no quieren amarse, váyanse. Todos llorábamos.

Ese cura, ese hombre maravilloso se llamaba Alberto Hurtado, fundador del Hogar de Cristo.

Estuve con él cerca de un año. Me separé de él porque un domingo —día de salida— el detective Carlos Jiménez Martínez, me detuvo y me condujo al cuartel de Investigaciones, por tener tres órdenes de detención en mi contra.


A LA CÁRCEL DE NUEVO

Todavía "El Conejo" Espinoza era el Alcaide. Me habían condenado a 18 meses de prisión. Apenas entré, unos reos me cogotearon para quitarme el vestón y los zapatos. Luego, un penado que vendía azúcar, té y velas me ofreció su celda. Le dije que estaba destinado a la sección Menores. "Eso es lo de menos, dijo, aquí todo se arregla con plata. Yo lo arreglaré. Dile al jefe de la guardia interna que eres hijo de un compadre mío y que te trasladen a la galería II. Yo te protegeré. En mi celda no te pasará nada".

Hice la petición. Un tal sargento Leiva ordenó mi traslado: "cuida el traste, cabro, eres muy joven", me advirtió con una carcajada.

Esa misma noche mi protector me hizo extrañas proposiciones. Me pegó y cuando acudió el guardia nocturno, lo arregló con plata. Nadie más interfirió.

A los cinco meses hubo un motín. Entraron a sofocarlo varios policías y soldados. Los presos nos parapetamos en la rotonda. Se desató una balacera: 20 heridos, un muerto, más de cien payasas quemadas por los amotinados. Al día siguiente, el Conejo, presidió una apaleadura colectiva. Yo resulté con tres costillas quebradas. El Alcaide nos advirtió: "Mátense entre ustedes mismos, si quieren. Le harán un gran favor a la sociedad, pero ¡guay del que se meta con un guardia!".

Pasaban cosas como ésta:
—Te lo vendo. Ya me aburrí.
—¿Cuánto?
—Mil pesos y dos kilos de azúcar.
—Te doy ochocientos pesos y tres kilos de azúcar.
—Trato hecho, pero tú arreglas al paco para que consiga el pase.
—Bueno, el cabo del economato es muy amigo mío, él arreglará las cosas.

Por ochocientos pesos y tres kilos de azúcar, "el Milico Maldonado" le compró a Rafael Ordenes (alias "el doctor"), todos los derechos que "el milico" tenía sobre un invertido apodado "El hueco Sagredo".

"El tres dedos" había delatado al "Rucio Melipilla". Todas las mañanas "El tres dedos" se paraba cerca de la oficina de la guardia interna, ubicada en un segundo piso de la cárcel de Santiago, y el Rucio Melipilla lo miraba desde abajo, esperándolo con su puñal bajo el poncho. La población penal sabía lo que ocurriría. Los gendarmes también tomaron su palco.

Una mañana tres amigos del Rucio Melipilla, subieron hasta la Guardia Interna. Pescaron al Tres Dedos, lo envolvieron en una frazada y lo tiraron escaleras abajo. Arrodillado, el pobre hombre pidió clemencia. El ofendido se le acercó a cámara lenta, le dio una puñalada en el lado derecho del tórax y cuando El Tres dedos huyó por un pasillo en dirección a la segunda puerta del penal, todos vimos que llevaba clavado hasta el mango el puñal de su atacante. Cayó antes de llegar a la puerta. Vino El Conejo y dijo: "llévenlo a la enfermería. Avisen a la posta. Perderá el riñón". Su voz era viscosa y burlona.

El Rucio Melipilla se fue a la galería 4. Allí el Guatón Baeza le ofreció un trago de aguardiente: "es del bueno —le dijo— me lo trajo ayer el paco de las cartas. Fíjate Rucio que me escribió mijita. Y te felicito por lo que hiciste".

Cumplí la pena. Salí. Fui al Río. El Zanahoria me dijo:

—Ahora poís queárte con nosotros, pero estarís pa' la carga, (para portar los botines de un robo). Cuando estís pulío (ducho) yo mismo te llevaré pa' que hagamos un bagallo (robo)".

Eso significaba que había egresado de la universidad mapochina. Pero me faltaba hacer la práctica y presentar la memoria.

 


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Alfredo Gómez Morel, ex-delincuente y actual escritor, cuenta.
Por qué me convertí en delincuente.
Publicado en revista PAULA, N°101, noviembre de 1971.