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Y la culpa no era mía

Por Alejandra González Celis



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Nunca hice educación física en el colegio. Estuve eximida todo el tiempo. Nací con una malformación en mi fémur izquierdo y eso hizo que cada cierto rato tuvieran que operarme, ponerme un fierro externo, usar bastones, silla de ruedas, en fin, una serie de intervenciones que hacían que mi cuerpito de niña fuera muchas veces el cuerpo de una inválida, así con esa palabra. Nada de discapacidades o de capacidades diferentes se hablaba en esa época. Qué pena que sea inválida la niñita, le decían a mi mamá, si uno era la quieta entre medio de todas las otras que se movían. Y cuando no tenía ni fierro ni bastones y ya me había podido parar de la silla de ruedas era una coja.

Mi pierna casi nunca me hace caso, se va para el lado, lleva a mi cuerpo a un vaivén. A veces hay gente que no lo nota precisamente porque sometí a mi cuerpo a un disciplinamiento durante años, precisamente porque me oponía a ser coja, me resistía, porque quería ser normal y ser igual a todas las otras niñas que me rodeaban, aprendí a caminar normal, a hacer el esfuerzo para que no se me notara, a no parecer coja. Pero hace ya varios años me aburrí de eso. Menos mal. Cuando decidí que la poesía sería mi vida y que por lo tanto nunca nada sería normal, solté mi pata y pude ser coja con ganas. Pero claro, cuando uno ha enseñado al cuerpo una memoria incluso más allá de uno, se cuela por todas partes, entonces hay días que cojeo y días en que no. Hay gente con la que cojeo y gente con la que no. Y hasta el día de hoy hay gente que conozco que no me ha visto cojear y que de repente me mira y me dice: ¿qué te pasó? ¿te caíste? Y yo digo: no, si yo siempre he sido coja. Hay gente que se asusta cuando digo eso, se ponen rojos, es como que se dicen así mismos: ¡ah pero como tan gil! ¡cómo estoy ofendiéndote de esta forma! Me enternece eso mucho, me parece que muestra una gran ternura de la persona que lo dice, habla muy bien de ellos, es por eso que también he aprendido a ser más amorosa con la gente y poco a poco lo digo con más cuidado: ¡ah no te preocupes! si yo soy feliz de ser coja, una coja orgullosa.

Entonces ahora con lo que hicieron las chiquillas de "Las tesis" me pasó algo muy hermoso que les quiero contar, quizás a alguien más también le pasó. Cuando yo era chica y batallaba con no querer ser coja y querer ser normal, miraba con mucha envidia y dolor a mis compañeras de colegio que las ponían así en fila en la clase de educación física a hacer esquemas que tenían que aprenderse para algún baile, quería tanto estar ahí. Yo se que muchas de ellas no querían estar ahí, lo se porque eran mis amigas y porque ellas mismas desde un lugar que todos hemos inventado y que nombramos como gordas, flojas y vergonzosas hacían de todo para no hacer educación física y quedarse sentadas conmigo mirando al resto.

Pero también estaban las otras que se divertían tanto, enseñándose el esquema entre ellas, en el recreo, dejando las mochilas todas en un rincón, mientras saltaban y se movían coordinadas al ritmo de una música que habían elegido. También esas eran mis amigas. Y yo quería estar allá, precisamente porque no podía.

Las acompañé cuando fueron al concurso de barras de Coca-Cola en el gimnasio Manuel Plaza donde les fue como el hoyo porque había otro colegio que lo hacía mucho mejor.

Las acompañé cuando hicimos alianza con ese colegio de hombres donde lo hicieron muertas de la risa y pésimo en comparación con otros colegios que eran muchísimo mejores, y una de ellas se fue pal otro lado mientras el grupo la miraba atacadas de la risa. Las acompañé y las aplaudí porque yo quería tanto alguna vez poder hacer un esquema y que nos moviéramos todas al mismo tiempo. Ser una más.

Entonces ahora me preparé sola en mi casa, me costó mucho, me aprendí la letra eso no fue un problema porque la poesía me dio memoria y ritmo, pucha pero el cuerpo me cuesta tanto, con qué mano, cuándo se levanta, qué hacen los pies. Por dentro, me fui muy nerviosa para la Plaza Sotomayor, tenía miedo, miedo de equivocarme y que una vez más entre todas fuera yo la diferente y arruinara todo el esquema que estas amigas que no conozco hicieron y ensayaron con sus cuerpos coordinados y sus mochilas arrumbadas en una esquina.

Tenía mucho miedo y estaba tan nerviosa que no paraba de ensayar en mi mente, incluso cuando ya estaba en la mitad de la plaza rodeada de mujeres. La cuestión empezó y mi cuerpo, este cuerpo que tantas veces no me ha respondido dejándome caer en medio de una escala, haciéndome una zancadilla cuando voy caminando un poco más apurada, fue fluyendo como una gran cascada que cae con fuerza y es bella. Mis ojos estaban tapados con una pantie que llevé. Solo miraba para dentro mío. Todo fue perfecto, todo ocurrió como debía, no me noté, todas éramos un solo esquema, por fin pudimos estar en el escenario, todas. Todas fuimos un solo cuerpo perfecto hecho de nosotras, un gran cuerpo perfecto porque se mueve para donde queremos que vaya.

30 de noviembre 2019



 

 

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