"Sólo le escribo para decirle cuán dichoso me siento
por haber sido su contemporáneo..."
(De Turgueniev a Tolstoi)
Mañana, lunes 11 de mayo de 1981, se cumplen 90 años de la venida al mundo, en esta capital, de Hernán Díaz Arrieta, vastamente distinguido entre moros y cristianos por su seudónimo de Alone. Este paso en el calendario no agranda ni disminuye la fama de Alone. La notoriedad hunde sus raíces en el terreno de la cultura. El acontecimiento cronológico no hace sino confirmar el vigor inusitado de ciertas complexiones humanas.
El hecho de que sean 90 los años del natalicio sólo podrá preocupar a Alone por el sentido de fecha redonda, vecina de lo incalculable. La reverencia, el énfasis y la solemnidad no lograrán penetrar el muro de granito que el escritor ha levantado en torno a sí para protegerse de los desmanes del orgullo de estirpe —esa soberbia disfrazada de grandeza— con que los dioses del Olimpo suelen enloquecer a sus hijos escogidos.
Por mucho más de medio siglo, o por decirlo mejor, a partir de su juventud, Alone adquiere en Chile el prestigio de una magistratura pública. Contribuyen a la fuerte expansión de su talento cualidades eminentemente personales, intransferibles, únicas; el auditorio nada común conquistado por la alta tribuna de la prensa, y el poder social de que todavía se halla investida la literatura en los primeros años del siglo XX, como consecuencia del dominio que ejercieron sobre ella las cabezas más fértiles en la conducción política e intelectual de este país durante la centuria anterior.
Alone no nace al diablo mundo como el clavel del aire, que enseña la canción. Sus antecedentes históricos están ahí, Una familia conservadora; un sistema de educación estable y un conjunto de usos sociales definidos. Estos antecedentes históricos sirven para filiarlo, para catalogarlo en bibliotecas, para incluirlo en crestomatías, pero no para disecarlo en insectarios que, a modo de instrumentos de cultura, inventa la comodidad. Más allá de las fijaciones pétreas, Alone es una entidad viviente que idealiza, casi a destiempo, el ideal semiobsoleto de la literatura. ¡Prodigio de hombre! Cuando la mayoría corre en busca de Mammón, del Becerro de Oro, "o, por parte baja, para no rehusar del todo el espíritu de la letra, el asno mítico de Apuleyo, Alone vela armas junto al santo sepulcro de Don Quijote.
No se ha dado hasta ahora el debido relieve a esta elección pura y resonante del escritor.
¡Idealizar la literatura! Lo curioso es que Alone no representa para nada a uno de esos desapoderados utopistas que van por la tierra con la cabeza a pájaros.
Es concreto. Poderosamente realista. Racionalista hasta el punto de concebir como incidentes de la incoherencia los "saltos cuánticos" de la humanidad. La idealidad de la literatura, para Alone, reside en la razón secreta que guardan los estilos.
Alone, por más que se considere solitario e iconoclasta, pertenece no sólo a una familia histórica, sino a un tiempo histórico. A una época que traza huellas en la aventura del hombre moderno. Alone es contemporáneo de Mauriac, de Valéry, de Jean Cocteau (lo es también de Proust); no sólo de D'Halmar sino de Eduardo Barrios, de Neruda, de Huidobro, de Melfi, de la Mistral.
Cree que su primer maestro fue Omer Emeth (don Emilio Vaisse).
Aprende a escribir poniendo en tensión sus virtudes máximas. Entre los géneros literarios, escoge el más ingrato: la crítica. Y entre las espinas de la crítica, la más controvertida: la periodística.
"¡Periodista!", gritan sus detractores, encolerizados y doctos, al que ejerce la crítica en los periódicos.
A Hernán Díaz Arrieta no le hizo mella este grito. A la inversa: lo aceró contra la injusticia. De todos cuantos alguna vez profirieron el epíteto no brotó jamás un estilo que pudiera parangonarse con el estilo de nuestro "periodista". González Vera recordaba a este propósito: "...Al juzgar una obra no es menos escritor que el autor y, con harta frecuencia, lo aventaja. Es como si fuera rey y le diera a alguien el título de conde".
La vida personal de Alone es formidable, rica hasta los bordes en emociones literarias. Ignora, eso sí, los desasosiegos del ratón de biblioteca. No es bibliógrafo. No colecciona fichas. No atesora incunables.
Lee libros en cantidades siderales. No tiene autores favoritos. Hoy lo conmueve la "santa simplicitas" del Diario de Samuel Pepys, mañana se estremece ante la audacia de Todos los fuegos, el fuego, de Julio Cortázar.
Nonagenario contra su voluntad, no ha dejado de leer. Sólo ha dejado de escribir para los demás, según dice, "por respeto a los demás". ¿Se puede calificar, impunemente, de nonagenario a quien se atreve a proclamar su silencio como una muestra de respeto al prójimo? He aquí, a los 90 años, a este Voltaire que aborrece la idea de sobrevivirse en la prolongación aguda de su ingenio.
A veces se fatiga de sí mismo. No experimenta la tentación de "echarse de menos", como aquella figura de la "belle époque". Para espantar la tristeza, duerme. La necesidad de la lectura lo despierta. Según el ejemplo del hidalgo manchego de Cervantes, come poco.
¿Estado civil? Soltero, ya se sabe. Error: casado con la literatura. A la literatura no basta amarla. Este amor debe santificarse con el matrimonio. Al igual que el Cid, Alone ha sido varón de una sola mujer. No en balde la literatura ostenta nombre de mujer.
Pero estar casado con la literatura implica algo más que honrarla a toda hora. Supone, esencialmente, consagrarle la vida.
Hay quienes viven de la literatura, quienes la explotan e, inclusive, la deshonran. Hay quienes viven para la literatura.
Alone ha vivido para amarla.
¡Felices los que escudados en dicho amor alcanzaron a tocar con la mano el cielo de un comentario de Alone!
Fue un privilegio que Alone otorgó "urbi et orbi" por más de medio siglo. Se argumentará: ¿Qué clase de privilegio ese que se reparte por más de medio siglo "urbi et orbi"? Habrá que responder: Alone no hizo conde al rústico sólo con procurarle el don de estilo de su comentario. No se trataba de realzar o de empequeñecer. Se trataba de dignificar al "otro" tomando en cuenta el tema de sus vicisitudes.
"¡Me ha tomado en cuenta, me ha tomado en cuenta!", vociferaba, corriendo, jubiloso, algún, principiante en alguna estación de provincia al recibir el diario que lo mencionaba.
Omer Emeth (don Emilio, Vaisse) pensó, de seguro, que Alone sería su "aprendiz de brujo". Se equivocó el maestro. De él nos acordamos poco. El "aprendiz" vino a llenar la plaza de la magistratura crítica antes de lo previsto. Esta crítica, calificada de ejercicio impresionista por los doctores de la ley, confirió a los escritores la sensación de estar trabajando, no ya para el examen de un remoto "ojo cósmico", sino para alguien terrestre, un ser de carne y hueso, dotado de sensibilidad, de antenas receptivas, de palabras extrañamente inteligibles.
"Soy de aquellos que de lo oscuro a lo claro aspiran", solía argüir, repitiendo a Goethe, don José Ortega y Gasset. Alone, entre nosotros, tornó suya esta máxima por medio de una exposición cabal y sencilla de su pensamiento.
Pero con Alone se incurre en grave pecado al hablar en forma crasa de la sencillez. La sencillez de Alone no parte de los supuestos comunes de la sencillez a la española. La sencillez de Alone no se parece a la de Azorín, que yuxtapone, con santa paciencia, una palabra tras otra para ordenar las frases en lentos y singulares rimeros. La claridad de Alone responde a las exigencias del período largo, compuesto con una respiración muy particular, en que varias ideas se entrecruzan con frecuencia sin destruir la armonía del conjunto, sin paralizar la fuerza o el dinamismo de la ironía que impregna cada una de las partes.
El pastiche de Jorge Luis Borges no es muy difícil. Lo ensayó, a manera de pastiche liso y llano, el poeta y humorista Conrado Nalé Roxio. Lo ensayan hoy por doquier famosos escritores latinoamericanos en la convicción de la conquista de un modelo de seguridad estilística. El estilo de Alone no admite la prueba del pastiche. Carece, desde luego, de las muletillas y los tropos que condicionan la felicidad oportuna del pastiche.
No nos encontramos ante un estilo normativo.
Acaso la "aireación" especial de la frase corta que interrumpe intempestivamente el período largo por obra del punto y aparte constituya el único dato gráfico aportado por Alone para la construcción de su pastiche.
Desdeñemos, con todo, estos tiquismiquis de estilo, estas digresiones vagamente pedagógicas, para volver al personaje real (o quizá irreal) que motiva nuestras disquisiciones.
¿Quién es, en rigor de verdad, el escritor que se esconde bajó el seudónimo de Alone, vocablo que ya sugiere una petición de principio?
Ascético, delgado, de ojos sorprendidos, como siempre visto de perfil (permítase estas paráfrasis: "Erase un hombre a un perfil pegado..."), rememoramos al crítico en su ínsula de Piedra Roja, allá en los años 60, instalado a todo balcón en su gran embarcadero de madera en tierra firme. ¿Qué crítico literario de su resonancia se estableció alguna vez con un embarcadero en tierra firme? Pensemos en lo que es Piedra Roja (o en lo que fue). Punto situado en suaves lomajes precordilleranos, con la enorme y brumosa ciudad de Santiago a los pies, no había por qué construir allí un embarcadero.
Pues bien, Alone se dio el gusto de meditar, de conversar y de leer en un embarcadero propio.
Nunca vimos pintura más acabada de la voluntad de un hombre que ese embarcadero.
¿Un niño, en verdad?
Sí, un niño grande. Un niño monumental y ascético, terrible y tierno.
Fino, ilustrado, longevo, casi inmortal.
Con su amistad ha tenido el exquisito capricho de regalarnos un título de nobleza.

Escritores y Críticos Opinan sobre Alone
EDUARDO ANGUITA:
Hernán Díaz Arrieta apareció ante nuestros ojos de jóvenes principiantes como un crítico que se apartaba de la corriente, pues era un heterodoxo; expresaba con plena independencia su sentir personal y fundamentaba sus juicios basado en una firme subjetividad. Vale decir: actuaba con más significación que un crítico, ya que escribía como lo hacen y deben hacerlo los escritores creadores. Mantuvo con seguridad sus líneas de preferencia estética, pero, aún así, nos alentó en nuestra literatura, que comenzaba a configurarse como "de vanguardia", y que él comprendió desde sus trincheras propias. Los 90 años de edad que cumple son de valor histórico para nuestras letras.
BRAULIO ARENAS:
Elegante, complicado, sencillo, enigmático y claro. Con una escritura abierta y cerrada, lo que casi, constituiría la definición misma de su estilo. Distante, pero con vista de águila. Interiorizado, pero curioso por lo que sucede afuera de la ventana. Siempre un poco más allá de la literatura (no mucho): Alone, en su personalísima trayectoria, es un escritor indispensable para las letras chilenas.
MIGUEL ARTECHE:
Hernán Díaz Arrieta es un gran escritor, condición, diría Perogrullo, para ser un gran crítico. (Nunca hay que creer en un crítico que no haya escrito una obra maestra.) Intuitivo, erudito, ágil, ácido, esgrimista, irónico, benévolo, poseedor de un infalible radar con el cual descubrió notables nuevos escritores, sus crónicas fueron y son memorables y muy entretenidos testimonios ante los que ni siquiera sus enemigos podían resistirse. Alone es un gran maestro, y no solo de nuestra literatura.
ALFONSO CALDERON:
Alone. Genial o discutible, sagitario con la mano en la aljaba, nunca cifró la importancia en el blanco, sino en el nodo de tensar el arco, en la música de la flecha, puesta a contrapelo del aire, atenta sólo a la belleza de su trayectoria. Tal vez por ello dura y ha de durar.
MARTIN CERDA:
Desde que Alone dejó de escribir su comentario dominical, muchos sentimos un hueco enorme en la vida nacional. Durante más de medio siglo hizo de la crítica un ministerio de perspicacia y de elegancia. Sín Alone, en verdad, la literatura chilena de este siglo hubiese sido una barca a la deriva.
En lo personal, nunca hubiese tenido la imprudencia de comentar un libro, de no haber leído regularmente, desde los 13 años, su crónica literaria. Si algo soy, en suma, ese poquito de "ser" se lo adeudo al fascinante ejemplo de Alone, cuyos 90 años me parecen un regalo que debemos agradecer unos a Dios y, otros, a la vida.
FRANCISCO COLOANE:
Alone es una de las grandes cumbres literarias chilenas. No sólo analizó las técnicas y estructuras literarias sino que la prosa misma con que lo hizo corresponde a uno de los más grandes escritores que tenemos. Con su propia prosa de escritor y crítico enseñó estilo.
JOSE DONOSO:
Figura mitológica de mi juventud: "El domingo Alone dijo que..." Era, en casa de mis padres, palabra sagrada. Me lo imaginaba de mil maneras distintas. Ahora, tras tantos años de amistad y cariño, conozco sus cualidades de ser humano. A nuestro mundo le abrió múltiples caminos literarios: con la mano de fierro dentro del guante de seda de su prosa lúcida e inmaculada, guio el gusto de varias generaciones. Nadie es nadie en este país sin que Hernán Díaz Arrieta lo haya canonizado. Tuve el privilegio de ser uno de ellos, no tanto por su espaldarazo dominical, sino porque su sensibilidad señaló en mí lo que nadie, ni yo mismo, había visto.
JOSE MIGUEL IBAÑEZ LANGLOIS
(Ignacio Valente): Alone es el "poeta de la crítica". En un género nada fácil, ha escrito la mejor prosa de nuestra literatura. En lo personal, Alone ha sido mi contrapunto. Yo busco en la crítica el rigor objetivo, él es la esencia de la amenidad y el impresionismo. Me ha sido imprescindible acercarme a él para encontrar mi propio equilibrio. He necesitado este polo opuesto para no caer en la aridez. Si lo he conseguido, le debo una gratitud inmensa; si no, es mi culpa y no la suya.
CARLOS ITURRA:
Quizás sea en crítica lo que nuestros Nobeles en poesía. Tres gracias le debo, aparte la del gozo de su lectura: primero, haberme conciliado con las letras criollas y, sobre todo, con sus posibilidades; me instó a ver no sólo que tenemos escritores de alto valor, sino también, con su propia obra, que en Chile es posible una prosa tan buena como la mejor del centro... de París. Segundo, haberme enseñado lo insuperable de la crítica impresionista, que armada sólo de sensibilidad, sutileza e inteligencia, es la única apta para señalar el inasible hecho estético y, en tercer lugar, haberme ayudado a perder la vergüenza de leer mucho y la de abandonar un libro latoso en la misma página en que comienza el tedio.
ENRIQUE LAFOURCADE:
Alone supo "ver y palpar" buena parte de la literatura chilena. Como todo mortal, cometió errores. Pero tuvo aciertos excepcionales. Olfateó a tiempo a Neruda, a Gabriela Mistral. Sus crónicas son modelo de escritura apretada, llena de entrelíneas, irónica, sutil. "Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace..." Más que un crítico, fue un escritor.
ROBERTO MEZA FUENTES:
El influjo de Alone continúa latente y vibrante como en uno de sus mejores días en la prensa de los diarios, las revistas, las hojas volanderas de la cotidiana propaganda. Tócale a "El Mercurio", como antes con Omer Emeth, lanzar a la calle —tanto en la concordancia como en la discrepancia— la labor honrada y seria de nuestra literatura en uno de sus momentos más decisivos.
HUGO MONTES:
Alone significó para la literatura chilena una gran dosis de buen gusto, la exigencia de una crítica rigurosa y la presencia de la cultura francesa contemporánea. Para mí sigue siendo un agrado leerlo y un enorme estímulo recordar las referencias siempre gentiles que hizo de mi obra.
HERNÁN DEL SOLAR:
Hernán Díaz Arrieta (Alone) es el crítico literario de mayor importancia en Chile, en nuestro continente y, sin exageración alguna, en España. Personalmente le debo los más hermosos y enaltecedores comentarios acerca de mi obra. Es un maestro de escritores por la gracia de su estilo, su altura y la comprensión de todo lo bello.
JORGE TEILLIER:
Alone nunca ha estado solo. En este momento recuerdo que con unos amigos hablábamos sobre el ayer, echándolo de menos en las columnas dominicales, pese a las divergencias estéticas o políticas. Alone incitaba a leer, incluso los libros que "tiraba a matar". Respetaba a los escritores. Es el único que me ha pedido autorización para antologarme.
SARA VIAL:
Alone es un caso único en la literatura chilena y no hay ningún signo que anuncie un segundo Alone. Su gravitación como crítico ha sido tan grande que su palabra era decisiva para hundir o encumbrar talentos. La frase "¿qué irá a decir Alone?", rigió un gran lapso de nuestra historia literaria. La belleza de su estilo alado convertían en pieza literaria todo lo que decía y con frecuencia resultaba mejor escritor que sus comentados.
VIRGINIA COX:
Su influencia es decisiva. Una buena crítica de Hernán Díaz consagra a un escritor. Una adversa lo da a conocer. Lo peor para un escritor es que Alone lo ignore.
EDMUNDO CONCHA:
Alone promovió y orientó las lecturas de tres generaciones, a través de miles de críticas que publicó puntualmente todos los domingos, las cuales eran primero esperadas por los lectores, saboreadas al leerlas, y comentadas apasionadamente después. En nuestro medio, y en el arco del tiempo, es difícil hallar un estilo más atractivo que el suyo, un estilo que, en suma, es como la vida misma: con sorpresas.