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UNA INFANCIA EN EL CAMPO

Por Alejandra Moya Díaz



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En mi casa había dos canales, el nacional y el católico, con suerte en los días de tormenta aparecía “La Red”, el cual con mis hermanos veíamos con los ojos fruncidos, para identificar las figuras ininteligibles que aparecían en la pantalla como fantasmas de una realidad tan ajena como deseable en aquel entonces. Sin embargo, aburrirse era cosa de necios, detrás de mi casa había un potrero de dimensiones exuberantes, en donde se practicaban diferentes disciplinas, las que iban desde el Futbol Amateur, a las famosas Carreras a la Chilena y el alquiler del espacio en algunas épocas para los Gitanos y Circos pobres que se varaban una estación a lo menos a montar sus shows, sin contar las ramadas de temporada en donde los mexicanos me dejaban con el "punchi punchi" metido en las costillas al dormir. Ahí fue que conocí a Mari mar, sin duda, en honor a una tele serie mexicana protagonizada por Thalía que, al menos en esa época solo ubicaba de nombre, con quien, entre otras cosas, exploré el mundo del circo, jamás había visto a una niña más hermosa, sus ojos grandes parecían comerse al mundo, su simpatía irradiaba la belleza de su alma como un manantial y su cabello negro era tan largo como el de las evangélicas, pero tenía una particularidad que ellas no, era libre, es más, cuando giraba con su hula hula, era una presentación sorprendente, parecía que un ballet entero de Mari mares se apoderara del escenario, por eso yo pensaba que se llamaba así, Mari mar, porque parecía una avalancha, un maremoto, un cataclismo que llegó a mi vida para estremecerla por completo, aunque sin muy  buenos resultados, debido a que no tenía mucha experiencia con amistades, era más bien solitaria mi estadía en el mundo hasta ese momento, y los momentos de compartir, los hacia más bien de camarada con los varones que tenía a mi alcance, inventando rudos juegos, además que en esa época era más clara mi inclinación por el "ñoñerismo" que el deporte, aunque ambas conservábamos el mismo amor por trepar árboles, específicamente los ciruelos, en los que podíamos pasar largas horas cual Rómulo y Remo, bebiendo del elixir de sus frutos dorados, colorados, pintando y preferentemente verdes, sin advertencia de adultos.

En lo que respecta a las actividades deportivas de índole campesina, de la Rayuela me queda la duda, porque puedo decir que es un deporte que vi más de adulta en los barrios citadinos, y actualmente las Carreras de Perros Galgos, doblan en frecuencia a las Carreras a la Chilena, sin embargo, volviendo a las memorias, en invierno era el tiempo de los Camarones, pues resulta que se hacían lagunas lo bastante grandes como para que fuese un espectáculo para mis ojos la parada de diversas aves, entre las que destaco haber visto más de alguna vez, hermosos Flamencos Chilenos, llamativos por su color rosa, y yo que siempre tuve alma de turista y ojo de científico, no perdía la oportunidad de anotar mis descubrimientos en una pequeña libreta, a la que llamaba “cuaderno de viaje”, en esos tiempos, de botas de agua y herramienta, salíamos con mis hermanos y amigos a la cosecha de Camarones de Tierra, los más avezados de las expediciones eran capaces de meter la mano en los agujeros construidos por estos magníficos crustáceos, que edificaban torres envidiables, las cuales con maldad de niño destrozábamos sin piedad, los otros, como en mi caso, si nos tocaba el turno después que se aburrían los mayores, podíamos gozar de utilizar la herramienta, el extractor de camarón, que claramente no se vendía en ningún sitio, sino que mi padre era el constructor de tamaño artefacto, no de su invención, pero con una ingeniería bastante útil para el caso, el cual era fabricado principalmente de algún tubo de chimenea o PVC, con manga y manilla interna, permitiendo que, por succión de aire, los camaroncillos embarrados y poco apetitosos, salieran aleteando de desesperación de sus hermosas guaridas recién profanadas. Otros días, cuando mis hermanos estaban en sus menesteres, salía con mi frasco en expedición solitaria, a buscar guarisapos a las alcantarillas para mis experiencias de laboratorio, mi padre me seguía el juego, hombre bonachón, profesor de profesión y de manos grandes de labrador de la tierra, aportaba con la creación de espacios de desarrollo, haciendo, por ejemplo, una laguna artificial para que tuviese mis sujetos control, que luego de su transformación desaparecían entre la hierba, lo que encontraba una experiencia fascinante.

Con las mascotas fue diferente, sufría el mal de las hermanas Peralta de “Amores de Mercado”, animal del que me enamoraba y daba mi vida por cuidar, animal que moría en circunstancias espantosas, las Catitas una noche de helada mueren de frío y me las topo al otro día congeladas, “Blanquito”, conejito que cuidaba con mi vida, con decir que le tenía hasta pañal para el traslado en vehículo, voy y lo dejo comiendo un trocito de apio, y saz que un Gato medio silvestre, le echa el ojo para entrenar sus habilidades de caza, tres minutos que le quito los ojos de encima y es atacado a la yugular, otra, Scrappy, una maravilla de can, de cabellos dorados y sonrisa amplia, todo el amor del mundo en un solo ser, atropellado frente a la casa, muerte lenta y desangrado por algunas horas, experiencia tempestuosa que aún me estremece; sin contar la terrible historia de un Loro Tricahue que trajimos del Rodoviario de Linares, mi objetivo era entrenarlo, que hablara, no sé, fabulaba con eso, porque resulta en ese tiempo todavía se traficaba esas aves, yo no sabía que estaban en peligro de extinción, ni el sacrilegio a la naturaleza que significaba encerrar animales que volaron tan libres en territorio Wallmapu, el caso es que mi papá, le está construyendo una jaula de proporciones, para permitir su vuelo y entrenamiento, mientras lo veo romperse el ala mirándome con odio, se rompe la otra, sangra, grito, abro la jaula, lo saco para revisarlo, vuela como puede y se escapa de mis mano, llega a la copa de un árbol, me mira con el rabillo del ojo, los cierra y salta con las alas recogidas, se suicida, así sin más, se suicida, cae al suelo, paro cardíaco, grita como humano, su lengua afuera, los ojos entintados, corro y corro con él a la Posta de Salud que quedaba a unas casas, y el Para-médico, que era amigo de la familia, muy amoroso me dice que le va a hacer un remedio, una aguja, yo creo que era agua, no sé, en ese momento se lo agradecí mucho, el loro muere, terrible, puedo seguir la lista con los hámsteres, aunque yo creo que ya se entiende el punto...



 

 

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