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Dina Bellrham, una luz que nos estremece

Por Augusto Rodríguez





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A Dina Bellrham (Edelina Adriana Beltrán Ramos) Milagro, Ecuador, 1984-2011, la conocí en el año 2007 por un amigo del colectivo que me recomendó leerla. Ella nos conocía y nos venía siguiendo la pista. Le dije que la invite a una reunión. La invitó. Llegó un día y nos leyó algunos poemas. Desde ese momento sabía que estábamos ante una poeta distinta, interesante, real, pero que debía pulir más sus trabajos y su estilo. Lo hizo poco a poco. Posteriormente formó parte del grupo cultural Buseta de Papel. Fue una estudiante de Medicina. Ganó la Primera Mención del Concurso de Poesía Ileana Espinel Cedeño 2008. Publicó dos poemarios: Con plexo de culpa, Allpamanda Editores, Quito 2008. La mujer de Helio, Quirófano Ediciones, Guayaquil 2011 y tengo en mis manos su último poemario inédito: Je suis malade (que ya habíamos hablado para publicarlo en el 2012 y así lo haré). Presenté su primer libro. Publiqué su segundo. Sacaré su tercer libro, y junto a otros poetas, espero publicar un libro que recoja toda su producción poética, inclusive sus cartas. Decir a estas alturas que hemos perdido a una de las mejores poetas de este país (es casi un lugar común) y sobre todo porque pocos entienden en verdad esta afirmación (este país nunca lo entenderá). Una de las pocas poetas que al leerla nos estremece, nos muestra otro mapa mental, otra sensibilidad. Siempre creí que Dina Bellrham nos hablaba desde un castillo lejano, distante, con una prosa poética y una libertad creativa (onírica, surrealista a ratos, experimental) que rompía los tristes moldes de la poesía ecuatoriana y los lanzaba en pedazos al infinito. Hemos perdido a una luz natural, a una gran amiga. Y yo, he perdido a una verdadera hermana. A continuación les adjunto algunos de sus poemas inéditos:


fugacidades

El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara.
Alejandra Pizarnik.

Las muertes momentáneas se escabullen en los retretes mientras gasto mi sexta uña. Vos golpeas  horizontal tu disnea y el tiempo pasa por ti como los trenes del sur: marchitos. Yo soy el vacío devorado por polillas y espectros, soy más que eso, soy el repetido roer de los baúles abandonados en los áticos. Me aman vestida pues mi fachada produce náuseas y lágrimas, elevar mis piernas y gritar, elevar mis piernas y romperme en miles de voces. Los besos en la boca cuestan veinte dólares y me estoy quedando sin monedas. Qué difícil parar las llamas cuando el incendio lleva años transitando en las misma llagas. Meretriz. Soy tu meretriz de cartera, y siempre termino en el baño suplicando muerte a mi reflejo. Las sonrisas se disocian cuando caen las cutículas. Prendo otro dedo, roncas y absorbes las paredes. El vacío resbala a mis pies. Hacernos los cuerdos no conviene cuando las lágrimas nos tiemblan en los ojos, cuajadas, estacionadas. Por eso nunca encendemos las luces, para que los amores no aparezcan cual fantasmas suplicando abrir sus tumbas.

 

la insensible

la insensible
jamás nutrió el bonsái
que habitaba en su ojo
descubrió que abrir las piernas
era más fácil que abrir los brazos
por eso revienta sus grifos
y enciende sus cuernos.
la insensible
mató la cuna y los pezones del hambre
nació columpio
y pronto se deshizo de los niños,
amarla es irrumpir el silencio de las piedras.
la insensible
por insensible dejará huérfana su sombra.
romperá su voz de lluvia
para olvidar la melancolía de los dientes.
la insensible transita en su diástole,
como su padre hecho ovillo
en alguna botella fermentada de espinas.
importa poco su esqueleto fútil
y la jauría carcomiendo los retratos.
la insensible prefirió arrancar sus oídos
a los relámpagos en su pecho.

 

tratado de la realidad

era mi rodilla el bastón hambriento de polillas,
precaria, trémula, descansada de iglesias,
porque mi realidad cuando pasó
era sólo una sospecha…
las luciérnagas no necesitan interruptores
ni faros que guíen su caída al abismo;
mi lluvia suicidó la lumbre y los espejos.
porque mi realidad siempre venía
absorta y enredada en camillas blancas.
era mi sonrisa la oreja de Van Gogh
en un florero de mi estancia,
reía luego de las visitas y los tentempiés;
porque mi rostro era una simulación
de edificios y autos estacionados,
porque el mar no es mar
sin mis huesos atados como madrépora en el fondo,
porque el amor no es amor
desde que muero por costumbre ilícita
y me resucitan por limosna en los barcos.
era falda y dedo gangrenado al filo de la luna
alimentaba a los peces del dios mudo y ahorcado,
del dios que parió panes en un cuento de ogros;
porque mi fe se cayó con los dientes de leche,
y en el sudor de un niño en el semáforo en rojo.
era una muñeca de porcelana con afeites de tulipanes,
pero otras muñecas rompieron sus rieles,
porque mi realidad cuando pasó
era una sospecha
roja, cancerígena,
mundana

 

síndrome del miembro fantasma.

lo bello de un pie gangrenado
es su ausencia en la tierra;
por eso los ojos se van al pasto
y maduran como naranjos.

el cuerpo estorba
              apreta
no entra
    en el vientre de los sorbetes
ni en la estufa de mi abuela,

por eso amo mis pies lilas
cubiertos de hormigas

 

 

perífrasis del poema.

Es claro que éste es el poema gobernante, prolífico.

Pero mi tortuga está hambrienta. Quisiera rozar mi dedo índice en su cabeza, que sencillamente me la imagino viscosa como sus patas traseras; todas mis fobias se concentran en unos besos hasta que mi boca queda plisada en el vidrio donde la observo, y mi mano cuenta escudos en su caparazón: mi tortuga se eleva, y pienso que ama tanto mis dedos en sus placas que le he provocado un orgasmo.

Todo mi cuerpo se concentra en el poema que va a nacer. Lúdico, y mi cerebro se llena de cabezas de penes; debería masturbarme antes de escribir. La tierna, muda, pug, de ojos intranquilos, que me recuerdan a alguien que una vez me cortó algo, está extrañada; mi cuerpo es violento, mi mano baja y atrapa una ola, hasta que es arrastrada al fondo y pierde los dedos. Mi vejiga está hinchada que debo correr con el short junto a los pies y mi perra espera en la puerta del baño, cuando realmente no alcanzo a verla; se rompen otras olas: mi mascota me parece una fotografía vidriosa.

Me vuelve el poema, que debo, es obvio, hay que escribir, todas las ideas están metidas en los pulmones; pero la flema se ha movido, no sé si está, o se fue en la ola, o se quedaron prendidas en el filo de uno de mis vellos púbicos, o está en medio de la uña, junto con estreptococos, cuando bajó mi mano. He cocinado mis pies dos horas en la tina, mi rostro es un anciano en el espejo, pero los senos siguen erectos, rosados como las vulvas de las nenas en aquellas maternidades donde sus nombres están escritos tan bellamente, mientras sus familias las miran desde el vidrio, y plisan sus manos, además de sus bocas.

De lo desnudo que estaba mi reflejo ahora tiene medias de colores azules y verdes haciendo cuadros, hay dos centímetros de piel hasta llegar a una licra, la chompa blanca es amplia que podría entrar un librero o una nube. El poema reposa en mi saliva, y estoy otoñal. Yo misma soy hija, y tengo dos hijos, la niña duerme en el piso, almohada y osito del tamaño de ella, no puedo abrazarla, tan finísima, entra en mi cuello, si pudiera contarle fábulas… es muda, no habla como el otro, oscuro como la noche. Mi amiga me pregunta si escribo poemas, en este instante ─ella es la liebre─, olvida su antigüedad que perdemos tiempo presentándonos continuamente. Miento. Le he dicho que el poema es magnífico, y vuelve a su etereidad: el asesino aparece en escena apenas dos amantes terminan una buena actuación coital. Reímos hasta que nuestra columna se curva, me duele exageradamente el diafragma que recuerdo que no hay poema. 

 

los amorosos anónimos

Ser la cazadora de los unicornios en los cuentos donde los castillos apenas se reconocen o son fosas donde descansan los sapos que jamás se convertirán en príncipes, ni siquiera en hamacas en donde reposar mis voces maniatadas es vicioso, cancerígeno. Todos quieren dos piernas abiertas en el desayuno y espaldas nutridas de llanto para no recordar los rostros. Queremos zapatos de fiestas y huellas descalzas para transitar en casa sin que ningún reflejo o timbre nos moleste en los paseos oníricos, queremos andar solos y acompañados cuando la entrepierna murmura como esquizofrénico en plena escena idílica. El reloj nos gana la carrera siempre, y ya es tarde cuando no nos reconocemos en las fotos del bautizo del hijo del mejor amigo, ni en el carnet de secundaria, cuando éramos embriones, ebriamente felices. Yo he lamido heridas ajenas sólo por asegurarme una bufanda en tiempos gélidos, aunque iba ahorcando la esperanza y los amores con besos de niños. Crecemos y se nos mueren las alas. Nos hacemos mundo y giramos pretéritos, insanos. Yo me he vuelto el dragón de los cuentos, pero ya me cansa eso de buscar escondites en cuerpos vacuos que sólo desgastan sus pasos en sábanas y noches mustias. Me cansé de los amorosos anónimos y sus lapsus de primaveras.

 

encenderme

Acostumbrada a reposar en los ceniceros y en las cloacas. Eso de encenderme la luz del velador en media pesadilla es atroz. Desnuda me anuncio tumba para asustar a los príncipes y me vuelvo a esconder en las hojas de Alejandra: su silencio es perpetuo, como el gas de la estufa cuando lo dejas hambriento queriendo que pase lo atemporal. Que me traguen los árboles otoñales, las sillas de ruedas, el purgatorio; que me secuestre Cerbero en su uña ponzoñosa; que se mueran esas alevillas que renacen las úlceras. Todo el miedo lo he bebido en una danza de falanges, estacionadas como fiestas de diabéticos crónicos. Rompen mi ventana los picos de pájaros relámpagos, de pájaros sonrisas, de pájaros murmullos. Incrédula, hasta de mí reflejo que me rasguña tiempos de arena y cocteles. Es difícil acercarse a la humanidad cuando hueles con impotencia las flores que vienen a regalarte cada mañana en tu lápida.

 

a

“Más que por la A de amor estoy por la A
de asma, y me ahogo
de tu no aire, ábreme”

Gonzalo Rojas.

La tumba me zumba desde la epiglotis. Cómo duele lanzar un grito en medio de los árboles. Respirar se me ha vuelto tan desesperante. ¡Ah disnea!, esa capacidad la tuya de dejarme trémula en media vereda, en media cena, en media distancia hacia el apocalíptico murmullo de los bronquios, que gimen su tortura; y pensar que quería usar la bufanda para apresurar el salto de canguro del miocardio. Están de luto las sextas uñas. Vocifero una espuma de hematíes y  las palabras me salen cortadas, ahogadas… La tos es la muerte del amor de cantinas. La tos no escatima súplicas a la afonía verde de los insectos. Y pensar que siempre quiero marcharme dejando las maletas debajo del catre, y el abrigo puesto en el cuerpo de otra.


 

 

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