La artrosis me está matando. Debo caminar unas cuadras o pronto llegará el día en que no me pueda mover. Es domingo y está oscureciendo, me siento entre un montón de mujeres ancianas. Sólo conozco el Padre Nuestro que adaptan mis neuronas. «Si yo no tuviera memoria no podría imaginar», me recuerda Borges. Apenas escucho las palabras despedidas desde el púlpito como un mantra ancestral. Arrodillarse parece una quimera, requiero dejar atrás el dolor. Observo los cuadros y me detengo en la Novena Estación. Jesús cae en una especie de tercera edad. Veo sus ropas ensangrentadas y no me imagino cómo llegará al final del Vía Crucis. Cae un rayo en medio de la penumbra, me da de lleno e ilumina mi cuerpo. «Somos nuestra memoria», pero «ese montón de espejos rotos» resulta doloroso. Al mes siguiente asisto puntual a la misa. Mi rodilla está más flexible y me hinco ante la prédica. Ahora escucho mejor al sacerdote y mi vista se ha agudizado. Veo claramente las Catorce Estaciones y los colores de los cuadros son tan nítidos que me impresiona la imagen de Jesús clavado en la cruz. Repito cada palabra del Padre Nuestro y del Ave María, de nuevo me cae un rayo y los latidos del corazón me fortalecen. Ha pasado un año desde la primera vez, todos los domingos asisto sin falta a misa. En el muro lateral han colgado una pantalla gigante y cuando empieza la ceremonia aparece la imagen de la Virgen, qué moderno, ni siquiera hay que utilizar la imaginación. Aparecen unos subtítulos que en realidad son las oraciones que declama el religioso desde su tarima. Ya no requiero recurrir a mi memoria, las letras se van iluminando una a una como en un karaoke. Sigo la misa al pie de la letra y de improviso el rayo. Hace tres años que voy regularmente a misa, las imágenes se han instalado en mi cerebro. Antes recurría a la memoria para describir anécdotas de juventud, ahora estoy pendiente del futuro y vivo de acuerdo a los preceptos de la televisión. Los subtítulos remiten a pasajes de los Evangelios. Las letras son pequeñas, sin embargo, mi vista ha ido mejorando durante las últimas semanas. El golpe eléctrico ha restaurado mis pulmones de fumador. Han pasado diez años y me he acostumbrado a prescindir de la memoria. Antiguamente pensaba que Dios no tenía nombre ni rostro, pero ahora estoy colmado de las imágenes que proyectan en la iglesia. Ya no tengo achaques y me siento como «Benjamin Button». Repito mecánicamente las líneas bajo las imágenes de la pantalla. Dios es un hombre de barba, muy agradable. Antes era un viejo de mierda, pero ahora la gente me incorpora a sus fiestas. Ni me acuerdo del pasado, tampoco leo libros. El rayo me energiza nuevamente, parece que la juventud aniquila mis recuerdos. En el futuro asisto al funeral de mi hijo. Todos lloran y recuerdan episodios que escapan de mi memoria. Prefería las imágenes de los domingos, aunque de verdad no tenía idea de qué significaban. Intenté recordar los episodios representados en los cuadros de la iglesia, pero tampoco me interesaron demasiado. En la televisión no había viejos y la muerte era un tema vedado. Intento entablar conversación con una mujer hermosa y no encuentro palabras. Miro la hora y quedo suspendido en un espacio sin tiempo. Mi salud está impecable, pero la felicidad se ha tornado eterna. El gato observa el instante en que el reloj se detiene. Tengo terror a quedarme solo y no recordar.