(Fragmentos de una entrevista exclusiva a la segunda mujer de Roberto Arlt. La señora Elizabeth Shine, viuda del novelista, da a conocer en ella aspectos, hasta ahora desconocidos, de la vida y la personalidad de su marido. La señora Shine fue secretaria de León Bouche, director de la revista "El Hogar". en épocas en que Arlt colaboraba en ésta y otras publicaciones de la Editorial Haynes, y era redactor del diario "El Mundo", de esa misma empresa).
"Cuando estuvimos en Puerto Montt, creo que fue la única época en que no nos peleamos. Muzio Sáenz Peña, director de "El Mundo", había hablado con los ingleses —dueños de Haynes por ese entonces— y consiguió que lo mandaran en gira. El se lo pidió: se había peleado conmigo y quería irse. Creo que arregló llegar hasta México, pero cuando se fue ya nos habíamos amigado, aunqué nos volvimos a pelear por carta. Un día voy a trabajar y me encuentro con una serie de sobres escritos con su letra y dirigidos a distintos amigos de la redacción. Todavia —era temprano— no había llegado nadie y me apropié de ellos y los abrí: decía cosas espantosas de mí, incluso intimidades. Hice desaparecer las cartas y al rato me avisaron que tenía una llamada de larga distancia: era él desde Chile que me decía arrepentido: "hice una gran macana: les mandé unas cartas a esos piojosos; sacáselas que no las vayan a leer". Después me pidió que me fuera a pasar unos días con él".
Cualquier motivo. al parecer. era bueno para iniciar una pelea. Ha-bían comprado un terreno en La Lucila y recién comenzaban a pagarlo. Prematuramente Arlt no solamente hacía infinitos planos para la futura e hipotética casa que iban a levanjar. sino que, además, pensaba en quie-nes iban a ser los invitados; él quería invitar a alguien, a ella no le gustaba y por eso y tan anticipadamente, se pelaban.
"A veces era tremendamente maduro y a veces parecía un chico. Le gustaba representar papeles: durante todo un viaje en ómnibus, por ejemplo, se hacía el turco o cualquier otra cosa. Le gustaba llamar la atención y a mi me encantaba. Los dos éramos terriblemente celosos. Antes de que saliera para Chile, yo le aclaré que no tenía vocación de Penélope y él se puso furioso. En realidad había comenzado un pulóver, pero no tenía intención de desatarlo y empezar de nuevo. A los seis meses de casarnos se fue a Chile; nos casamos el 25 de Mayo del cuarenta y en noviembre de ese mismo año se fue. En enero del cuarenta y uno, fui yo. Estuve quince días en Puerto Montt y, a la semana de volver, él también regresó a Buenos Aires, dando terminada una gira que tantas tramitaciones había costado y que debía prolongarse mucho más. Cuando llegó, le fue a ver a Muzio Sáenz Peña para informarle que no podía seguir: "tengo un cáncer en la lengua", le dijo mientras le mostraba un pequeño afta que le había salido. Muzio, por supuesto, no le creyó lo del cáncer y, a partir de ese momento, no le dieron el lugar que le correspondía. No lo tenían mal, pero tampoco le tenían tan bien como antes; como él estaba acostumbrado. Por esa época lo absorvía su invento de las medias".
En su libro "Roberto Arlt, el torturado" (primera biografía del novelista, editada poco después de su muerte). Raúl Larra relata como el escritor intentaba llevar adelante un procedimiento por el cual serían reforzadas las partes más vulnerables de las medias de mujer, así lo trascribe una memoria descriptiva de una patente de invención que lleva fecha
12 de enero de 1942. Su viuda facilitó —amén de contar diversas anécdotas de tallercitos incendiados y habitaciones de pensión deflagradas por
los experimentos que realizaba con su socio, el actor Pascual Nacaratti—
otro documento análogo que lleva fecha 17 de octubre de 1934. La señora Shine afirma que luego había abandonado el proyecto y que se volvía a
aferrar a él cuando estaba acosado por la falta de dinero. "Era una obsesión, una desesperación".
"Las experiencias que hacia eran un desastre; las medias quedaban cubiertas por una malla gruesa. "¿Qué mujer se va a poner eso?", le preguntaba, "si parece piel de pescado". Y él no me contestaba; es más, por mi oposición a su proyecto me consideraba una enemiga. Por esa época escribía "El desierto entra en la ciudad", pero lo cierto es que no se volvia en encontrar con él mismo; la culpa la tenían las razones externas, el medio, pero él también tenia su responsabilidad en esto; abarcaba muchas cosas, siempre fue asi, pero ahora se notaba que no podía pisar firme".
...ME LLAMABA CITO
"Cuando volvió de Chile, nos seguimos peleando; aunque cuando vivimos en la pensión de la calle Pampa, nos llevábamos mejor; necesitábamos del verde y allí había un jardín, nos gustaba la naturaleza. Por aquel tiempo había escrito en la cajita de un zahumador: "me voy a comprar un yate y voy a dar la vuelta al mundo con Cito"; así me llamaba: primero empezó diciéndome Baby Face, como al "ganster", luego Baybicito y, finalmente. Cito".
"A veces me pegaba en la calle, pero yo le devolvía. En el cuarenta y uno, antes de hacer un viaje a Campana, quiso hacer el amor, pero yo no quise; entonces se puso furioso y me dijo: "En este viaje me voy a morir", y se fue". Poco antes de fallecer había comentado: "Pensar que cuando yo me muera estos árboles van a estar y yo no los voy a poder ver".
"Cuando volvió de Chile quería hacer un viaje largo, quería librarse de mi. Sufríamos mucho; yo también hubiese querido encontrarme una provinciana de esas que tuviera un filtro que me hiciera olvidar de Roberto. Era un sufrimiento, pero también era una necesidad de estar juntos. Era un amor a pesar de nosotros mismos".
"Estaba en tratamiento y se ponía unas inyecciones enormes; no me acuerdo de que eran, creo que tenían arsénico. Era muy miedoso, le tenia miedo al dentista y por esa época tenía la dentadura a la miseria: "acompáñame al dentista que tengo
miedo", me decia. Después que murió fuimos con un amigo a sacar sus cosas del cajón del escritorio que tenia en el diario: allí estaban todas las inyecciones que me había dicho que se hacía poner en la farmacia del Círculo de la Prensa".
"Dormíamos y a eso de las nueve entró la chica trayéndonos el desayuno. Roberto y yo éramos terriblemente perezosos y siempre dejábamos que se nos enfriara el café en la bandeja. Tres meses después iba a nacer nuestro hijo. El quería que fuera mujer y que se llamara Gema: pronunciaba "yema" y a mi no me gustaba".
"Ese día, una vez despiertos, nos pusimos a conversar. Me contó que la noche anterior había estado en el Círculo de la Prensa, votando. En la víspera hubo elecciones internas,
como bien cuenta Larra en su libro. También me dijo que había estado averiguando por los servicios médicos que tenía el Círculo: disponíamos del Anchorena; "debe ser un sanatorio importante, me dijo, porque tiene muchos teléfonos". Quiere decir que los últimos minutos de su vida los dedicó a pensar en el hijo que iba a llegar".
"Yo estaba de espaldas a él, mirando hacia la pared. Le pregunté la hora y él me contestó, "no sé"; esto fue lo último que dijo. Después oi un ronquido: ya se había producido el ataque".
"Corrí a llamar a un médico. Después no me dejaron subir: estaba embarazada de seis meses y la gente siempre tiene miedo por la criatura. En seguida, a los diez minutos, vino el doctor Muller. Subí con él, pero ya se habia muerto.
"Tengo la idea de que no fue una muerte apacible, sino que fueron momentos espantosos; hacía un ruido que impresionaba. No sé cómo mueren otros; nunca vi morir a nadie de un ataque al corazón, pero lo de él fue muy angustioso".
"Cuando murió yo estaba muy traumatizada y no podía hablar de todo esto. Larra se va a enojar, pero todo era muy reciente y a él, entonces, no pude contarle nada de todo esto".
"El murió el domingo 26 de julio de 1942, a las diez de la mañana. Fue velado en el Círculo de la Prensa, como cuenta Larra; en ese lugar había estado la noche antes, como le digo. El lunes 27 llevamos sus restos a Chacarita y allí Rega Molina leyó un poema". Empezaba: "Si yo supiera todo lo que sabes".
El martes 28, era una mañana lluviosa; fuimos al cementerio mi madre, mi suegra, su hija Mirta y yo. Además dos hombres: su amigo Diego Newbery y Guillermo Short Thompson. Ese mismo día yo retiré las cenizas con la autorización del director de cementerio".
"En una carta que me escribió desde Chile, en el verano del 41, me había dicho que quería ser cremado y que las cenizas fueran dispersas en el Río Paraná en las confluencias del río Capitán y Abra Vieja. Una vez estuvo en la liga o instituto de cremación, pero nunca llegó a asociarse, pese a lo que dice en uno de sus textos", "No tengo parientes —dice en el texto aludido— y como respeto a la belleza y detesto la descomposición me he inscripto en la Sociedad de Cremaciones para que el dia que yo muera el fuego me consuma y quede de mí, como único rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas".
"En el mes de agosto de ese mismo año cuarenta y dos, en un atardecer frío, fuimos al Tigre en una lancha colectivo; era fácil llevar las cenizas, era un cofre pequeño; me acompañaban Leónidas Barletta, el íntimo amigo, el amigo confidente de Roberto, y Diego Newbery. Estuvimos recordándolo esa tarde y después, con un adiós, en aguas del Paraná, en las confluencias del río Capitán y del Abra Vieja; sumergimos sus cenizas".