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Mi foto de Anita Ekberg


Por Antonio Tabucchi
En V De Vian, Argentina, 1997

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La fotografía de Anita Ekberg procede de un viejo periódico italiano y siempre la llevo en mi agenda. Esa toma de la película de Fellini La dolce vita, internacionalmente famosa, es para mí algo especial, porque La dolce vita cambió mi vida. Creo que fue allá por 1963. Yo tenía veinte años. Había terminado el preuniversitario con cierto retraso, y pensaba matricularme en la universidad, quizá en Medicina, como deseaba mi familia. Un domingo me marché con unos amigos a Florencia (los domingos la gente joven de la provincia solía viajar a la capital), y nos fuimos al cine. Ponían la película de Fellini. Me transformó. Hasta entonces yo tenía la imagen de una Italia retórica y positiva que me habían inculcado en el colegio: el auge económico, los valores morales reencontrados, pan para todos. En otras palabras: la imagen que la Democracia Cristiana, el partido en el poder, difundía en las escuelas del país.

Gracias a esa película comencé a entender en qué país vivía realmente. ¿La recuerda usted? ¿No? Bueno, es la película más terrible que conozco sobre la sociedad italiana de posguerra. No dejaba títere con cabeza: ni entre el proletariado (representado por la pobre gente de los arrabales de Roma completamente pirada por los milagros baratos, con hijos que ven a la Virgen), ni entre la burguesía, representada como una clase cerrada y vulgar (recuérdese la horrible fiesta en la villa de Ostia), ni entre la nobleza (los aristócratas del palacio parecían perfectos imbéciles); tampoco perdonaba a Steiner, el gran intelectual amante de la filosofía y de Bach que se suicida después de matar a su hija, ni a Marcello Rubini (Marcello Mastroianni), el ambicioso intelectual de tres al cuarto que sueña con ser un gran autor, aunque de momento trabaja como periodista de una revistita escandalosa.

La dolce vita me mostró los años sesenta de Italia tal como eran. Creo que eso responde exactamente a la Italia en la que vivimos hoy. Con todas las carencias propias de los italianos: el de vivir al día, el cinismo generalizado, la carencia de interés y la vulgaridad y la ambición desorbitada del periodista Marcello. Su diálogo con Anita Ekberg en la escena de la fuente es patético y frío como el hielo: «Si, es cierto. Lo he hecho todo al revés. Tienes razón». Después se mete en el agua con la exuberante y estúpida rubia que se emborracha con lo singular, con el arte, con la romanitá de la toba de la Fontana de Trevi.

Aquella noche, mientras regresaba a casa en tren, tomé una determinación. Quería oxigenarme, conocer Europa. Pensé en viajar a Paris. Hablé del asunto con mi padre y le comuniqué mi decisión de no matricularme en la universidad. Mi padre se mostró comprensivo: «Puedo darte dinero para un mes», me dijo, «si quieres quedarte más tiempo, tendrás que buscarte algún trabajito».

Me quedé más tiempo en París. Me enamoré de una chica llamada Christine y encontré el trabajito con el que ganarme el sustento. En París descubrí la literatura europea contemporánea, y sobre todo el cine: un cine que en aquella época era difícil ver en Italia: el cine de Jean Vigo, de Buñuel, de Cocteau, de las vanguardias, de la Nouvelle vague.

Más tarde trabé un somero conocimiento con un viejo periodista portugués que vivía exiliado en Paris. Entonces no podía saberlo, pero ese hombre al que sólo conocí de manera superficial se convertiría muchos años después en el personaje de una de mis novelas: el doctor Pereira.

Al finalizar mi estancia en París, ya de camino hacia la estación de Lyon para tomar el tren que había de llevarme de regreso a Italia, vi en uno de los puestos de libros callejeros un librito traducido al francés titulado Bureau de Tabac. El autor era Fernando Pessoa, un nombre desconocido para mí. Lo compré porque era barato (en aquella época casi siempre compraba los libros por este motivo), y lo leí en el tren. Era un largo poema, la primera traducción de Pessoa aparecida en Europa. Ese libro pudo haber cambiado mi vida. Pero eso ya lo había logrado La dolce vita.


 

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En V De Vian, Argentina, 1997.