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Qué vergüenza de Paulina Flores: cuando el pudor es sensatez
Santiago, Hueders, 2015, 228 págs.

Por Antonia Torres Agüero
(Reseña publicada en la Dossier No. 32. Revista de Comunicación y Letras UDP. Julio 2016)

 

 

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Los relatos que componen el conjunto Qué vergüenza de Paulina Flores (Hueders, 2016) sorprenden tanto por la sobriedad de su estilo como por lo profundo de su examen de la sociedad chilena actual. Se trata de nueve cuentos –algunos de ellos lo suficientemente largos como para ser novelas breves- que retratan a personajes y ambientes de una contemporaneidad nacional descolorida, pero con pretensiones de estridencia. Algo así como el reverso del mundo que se vende en la publicidad apabullante de los medios. La mayor parte de sus personajes son jóvenes-adultos (para no usar la manida expresión inversa); es decir, jóvenes ya no tan jóvenes que se resisten o, sencillamente, aún no califican en la categoría de la adultez. Cesantes en busca de trabajos para los que no estudiaron, niños marginales que se rehúsan a entrar a la educación formal, universitarios con pretensiones intelectuales que deben limpiar los baños de un restaurant; en suma, mucho desencanto y tedio. Sobre todo soledad, pero una soledad elegida, de gente que prefiere no conocerse.

Si bien los narradores de estos cuentos pueden ser indistintamente hombres y mujeres, la mirada sobre la masculinidad es común a todos: los hombres aquí retratados aparecen disminuidos en sus roles tradicionales o, derechamente, ausentes. Ya sean homosexuales, reos de una cárcel, suicidas que fracasan en su intento, padres que trabajan en horarios inusuales, amantes que abandonan a sus amadas sin mucha explicación; todos ellos son siempre hombres incapaces de asumir los roles acostumbrados y hacer aquello que se supone deben hacer.

Otro rasgo interesante es el grado de mediatización con que operan aquí las relaciones interpersonales: los personajes advierten una imposibilidad de experimentar la realidad directamente, sobre todo aquella que supone afectos, constancia y compromisos. En Afortunada de mí, Denise, por ejemplo, tiene la costumbre de espiar a la pareja de vecinos mientras tienen sexo en la pieza del lado. O el personaje masculino de Laika, un joven argentino que seduce a una niña pequeña durante una estimulante y mágica noche de playa, tal vez por su propia incapacidad de seducir a una mujer adulta. Sin embargo, no hay realmente juicios morales a estos gestos de voyerismo o promiscuidad, los cuales parecen narrados desde la distancia de quien observa en una butaca de cine echándose palomitas a la boca. No se trata de indiferencia. Se trata más bien de narrar la frágil belleza de lo inquietante que vuelve un relato que pudiera calificarse de crudo –el abuso sexual contra una niña- en una escena de un erotismo misterioso y delicado. Allí radica su mejor logro estético.

Parece que efectivamente hubiera transcurrido una generación literaria entre la de Paulina Flores y la de Alejandro Zambra, y no sólo la generación histórica que los separa por poco más una década. Mientras Zambra (de alguna manera, su mentor) retrata a sujetos decepcionados de un Chile que quiso creer en la democracia y sus promesas emancipadoras, los de Flores son personajes que ya ni siquiera se decepcionan: nacen frustrados y no esperan remontar ese desencanto. Sin embargo, el saberse derrotados desde un principio les otorga lucidez y conciencia. Vergüenza y una necesaria falta de soberbia para pensar el presente con inteligencia e independencia. Vergüenza que es también sinónimo de dignidad para mirar nuestro tiempo. Vergüenza que es sensatez.



 

 

 

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Qué vergüenza de Paulina Flores: cuando el pudor es sensatez
Santiago, Hueders, 2015, 228 págs.
Por Antonia Torres Agüero
(Reseña publicada en la Dossier No. 32. Revista de Comunicación y Letras UDP. Julio 2016)