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La lengua poética de Alberto Rubio: nada al azar

Por Antonio Avaria



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¿No es proeza que –sin reedición– un libro de frágil apariencia, impreso a cuatrocientos ejemplares por cuenta del autor, alimente durante más de cuarenta años las antologías poéticas y la memoria de un vastísimo auditorio? La greda vasija revelaba en 1952 a un poeta de 24 años, original, desconcertante riguroso. Por transmisión oral, por copia a mano, por teléfono árabe, por reproducción parcial en periódicos y crestomatías, los poemas de Alberto Rubio (1928) se incorporaron al río colectivo de la poesía chilena. No era libro primerizo, sino nuevo y entero; el propio autor dejó pasar treinta y cinco años antes de publicar su segunda obra (Trances). Esperemos que el Premio Anguita 1995 induzca a Rubio a dar el pase para su tercer libro, enriqueciendo así el imaginario poético nacional, que ya conoce, entre otros rostros, a una famosa abuela que cose a escondidas su propia mortaja y de mañosa se muere; ningún llanto traerá de vuelta el barco “que lleva a extraños puertos a las hondas abuelas”. Rubio elige una imagen clásica con castizos tercetos alejandrinos, entreverándola de expresiones coloquiales y un tono de reproche que, por su mismo humor, imprime un efecto máximo de emoción y patetismo.

Otras veces, ante un “almuerzo zapallo”, usará el endecasílabo para darnos alegremente una atmósfera: “El aire se derrite de apetito”. Los objetos toman cualidades de personas y se insubordinan, los sustantivos toman función de adjetivo o verbo, descoyuntando la sintaxis con un dominio consumado de metros y rimas. Las estructuras poéticas tienen su origen en la poesía española del XVII (Quevedo, Góngora), pero también en César Vallejo y Gabriela Mistral, y se hermanan con Miguel Hernández, Jorge Guillén, el peruano Carlos Germán Belli. Puede ser “lárico” (evocando el pueblo de la infancia) o antipoeta, y siempre hondo y sincero. Su desenfado verbal nunca es pirotecnia, pese a un humor más agrio que dulce. En “La fila del regreso” (como en el “Walking around” de Neruda) está el tono festivo, la desesperación, el cansancio, y ante la jornada que termina haciendo fila con “los gordos sudores del regreso,/ con paquetes de piedras de aburrimiento vivo,/ se apelotonan nalgas de cansancio/ hacia asientos burlones que el trolei va riendo”. Comienza: “¡La tarde, qué elegante con sombrero arrebol,/ es una alta señora con crepúsculo arriba:/ Y aquí abajo, la fila del regreso esperando/ ese trolei que viene con las nalgas sentadas!” ¿Su trabajo en el Juzgado de Letras?: “Temporal dentadura me escarbo con mi ocio/ y me boto las horas mañosas del juzgado,/ los eternos sentarmes en nalgástica silla,/ bajo la luz que cuelga suicidada”. En otro poema, los perros son nubes que se aparean al atardecer. En “Señoriales señoras”, la ironía elegante, tal como el Prufrock de Eliot, se da esta vez en la reiteración de lo alto, mientras las señoras conversan “sentadas mutuamente, señoriales y altas”. Ya en Trances se dan varios irónicos autorretratos: “Me vuelvo esa persona demorosa,/ confusa, cuya prisa más la atrasa/ cuando sale; no sabe qué le pasa”... y más abajo: “quizá la Muerte, súbita su lanza”. Manejando con insólita conciencia poética, con belleza y señorío el soneto y los perfectos endecasílabos, Rubio puede divertirnos con un zancudo o estremecernos con la elegía a la muerte de su hijo.


 

 

 

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