UN TEATRO PARA COQUIMBO. Por Arturo Volantines


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UN TEATRO PARA COQUIMBO

Por Arturo Volantines


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Es sumamente inexcusable e indudable un teatro para la Región de Coquimbo. Los Estudios que se han hecho, incluido el anteproyecto, es asunto tasado. El gasto en “estudios” ha sido burocráticamente suficiente. Es una perogrullada que lo ameritaba. El problema está en otra parte.

La iniciativa de reunir a la comunidad en torno al tema, llevado adelante por el CORE Javier Vega, es aplaudible, ya que por allí va el asunto. Que el teatro no se haya concretado a la fecha es un asunto social, de la comunidad organizada. En ésta reside la capacidad o la potencialidad de doblarle el cuello a la burocracia y al autobombo. Son ejemplos de la ramplonería: el plan de revitalización de Guayacán o la biblioteca regional Gabriela Mistral, donde se abusa con justificar su accionar, y que han sido cuestionados públicamente, como lo ha señalado un grupo de distinguidas bibliotecarias y otros profesionales del área.

La lucha del mundo de la cultura, especialmente en el Gobierno Militar, fue para que ésta recuperara su fluidez y su autogobierno; y no se convirtiera, como ahora lo vemos —y que señalamos oportunamente— en el Ministerio de las Culturas: monstruo que se agota y agota casi todos los recursos en alimentarse a sí mismo.

Teníamos un teatro asombroso. El “Teatro Nacional de La Serena” era espectacular. No lo mató el fuego; lo mató la estupidez. Allí alcanzamos a gestionar la obra: “Ardiente Paciencia” de Antonio Skármeta, encabeza por la buenamoza, Amparo Noguera; con susto, claro, de estar en plena dictadura cívica militar.

La importancia del teatro en la Región de Coquimbo está suficientemente documentada. Basta revisar el diario “El Coquimbo” del siglo XIX, para verificar la profusa actividad. Y cómo las “mutuales” organizaban espectáculos, especialmente para la clase trabajadora, donde se destacaba, entre otros, Manuel Concha. A comienzo el siglo XX, los diarios –creados en Coquimbo por Luis Emilio Recabarren—, informaban y patrocinaban actividades cotidianas en torno al teatro en las sedes de los obreros con participación de público: masivo y entusiasta. El teatro, en nuestra región, fue base de la formación de la Generación Romántica y de la Generación Naturalista, a la cual pertenece Gabriela Mistral.

Por tanto, resulta del ethos que tengamos un teatro de multiuso. Para esto, es necesario que la comunidad se organice y exija su construcción e implementación. También, resulta imprescindible que la comunidad forme “una corporación”, y no se convierta en otro elefante blanco. Es buen ejemplo lo que ha realizado la comunidad de Ovalle en relación al cobro excesivo del peaje y que ha logrado sensibilizar con buenos resultados. Una buena razón movilizada, indudablemente estremece a la burocracia estatal y política.

Para que tengamos teatro, la solución está a la vista. Aclarada su importancia. Y, como nunca ha sido un problema principal el Don dinero, sino la desidia, está en manos de la comunidad; la comunidad empoderada.



 

 

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