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Alejandro Zambra:
«Chile necesita sustituir la Constitución de Pinochet»

Por Andrés Seoane
Publicado en El Cultural, 4 de junio de 2020



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“La idea de esta novela nació, murió y resucitó muchas veces”, explica Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975), que reconoce que fue “incapaz de no escribirla”. Y es que, pese a que desde su debut en la narrativa con Bonsai (2006) el escritor ha ido construyendo un mundo muy personal, con temáticas y estilo muy reconocibles, en alguna parte todavía es un joven con ínfulas de poeta que afirma que nunca escribirá novelas porque hay que estar mucho rato sentado. “Eso pensaba a los veinte años. Ser novelista me parecía un oficio demasiado sedentario, la sola idea de escribir una novela me provocaba una poderosa lumbalgia anticipada”, bromea desde su casa en Ciudad de México.

En aquel entonces, Zambra era “lector de puros clásicos, no solía acercarme a los mesones de novedades literarias”, algo contrario a lo que le sucedía con el género lírico. “Quería leerlo todo, sobre todo la poesía chilena y en especial la poesía que escribían mis pares; me importaba la sensación de grupo, las largamente cerveceadas conversaciones con los amigos, la tentación de una búsqueda colectiva, hermosa, imprecisa. Supongo que siempre fui mejor contando historias que escribiendo poemas, pero aspiraba a la poesía”, asume años después de su decisión de transformar Bonsai “que en mi cabeza era un libro de poesía”, en la novela que hoy conocemos. “Decidí contar la historia de ese fracaso, sobrevolar ese fracaso, ese deseo de libro”. Y del deseo, quizá inconsciente pero irrefrenable, de aunar su vocación de poeta y su condición de novelista nace Poeta chileno (Anagrama), un canto de amor a sus orígenes literarios y a su país, veteado de reflexiones sobre la identidad y las relaciones paternofiliales.

La novela está plagada de ironía bienhumorada contra la poesía en Chile, “lo único realmente bueno” de un país “donde la poesía es irracionalmente relevante”, y contra los poetas que “se creen unos héroes revolucionarios”. ¿Cómo es el mundo de la poesía en Chile?
—Curiosamente, la poesía nos parecía un destino posible, ligado al mérito, porque una buena parte de los grandes poetas chilenos, incluyendo por supuesto a Gabriela Mistral, no venían de las clases privilegiadas. Me interesaba interrogar lo nacional, que funciona a la vez como dispositivo de seducción y de asfixia. Me interesaba, en particular, el deseo literario, porque la comunidad de poetas gira en torno a un poder intangible. No hay dinero de por medio o hay muy poquito. La lucha es casi exclusivamente simbólica. Mi novela pone en juego todo eso autocríticamente, compasivamente, cómicamente, porque yo no me siento fuera de la poesía chilena, en parte porque sigo escribiendo y supongo que alguna vez me animaré a publicar mis poemas, y porque mis amigos son los mismos de hace veinte años y porque sigo leyendo poesía chilena más que ninguna otra literatura.

“Todavía los poetas suelen aparecer en la prensa, no necesariamente hablando de poesía”. ¿Se mantiene en Chile el respeto por la figura del intelectual, ya desaparecido, en general, en nuestras sociedades?
—Si me apuras, diría que en Chile la imagen del poeta no está vinculada a la del intelectual vargaslloseante. Igual, a pesar del estado comatoso de la prensa escrita chilena, sobreviven escrituras valiosas de cronistas-poetas que de muy distintas maneras consiguen, como diríamos en Chile, revolver el gallinero. En cuanto al poeta como entrevistado, sigue funcionando el culto a la personalidad, esa larga tradición, inaugurada por Neruda, de Rokha y Huidobro, de poetas sacándose la chucha entre ellos a través de la prensa. Y sin embargo la pauta a veces se justifica porque esos poetas entrevistados suelen decir cosas valiosas, inesperadas, inteligentes. La idea es hacerlos pelear entre sí o decir estupideces o brutalidades ególatras o pelar a sus amigos íntimos y a veces lo consiguen, pero no siempre. Hablo de pautas editoriales, no de los periodistas, que en general son buenos, aunque quedan muy pocos, la ola de despidos ha sido feroz.

La novela incluye un montón de personajes reales como Raúl Zurita o el poeta y librero Sergio Parra. Más allá de la verosimilitud, ¿qué le aporta este juego entre realidad y ficción? También narra una escena con todo un símbolo como Nicanor Parra, ¿homenaje o temeridad?
—La gran mayoría de los personajes son inventados, aunque supongo que un lector no chileno podría creer que todos existen y esa posibilidad me parece maravillosa, porque algunos de los poetas que inventé me encantaría que existieran. En cuanto a Parra, ambas cosas, espero. Quiero creer que Nicanor habría disfrutado esa escena, aunque quizás habría objetado un error voluntario mío, porque digo que le gustaban los tomates pintones a sabiendas de que él prefería los tomates bien maduros.

Pero más allá de todo este jugoso y colorido marco poético, Zambra también se zambulle en otros temas entre los que destaca la paternidad o como él dice “la padrastría, que es el verdadero eje de la novela, más que la poesía. Pero mejor no digo nada, soy el menos autorizado para hablar de esta novela, debería estar prohibido que los autores habláramos de nuestros libros, hay un riesgo de corrupción muy grande…”, bromea de nuevo. Padre reciente, el escritor reconoce que tener un hijo lo cambia todo.  «Escribí esta novela durante los dos primeros años de vida de mi hijo. Antes era un escritor muy nocturno, y esta novela, en cambio, la escribí de lunes a viernes, por las mañanas y el resto del día era para estar con él. Creo que esa felicidad se nota en el libro, de algún modo, aunque es un libro tristísimo, también».

En Formas de volver a casa exploraba su papel como hijo, ¿cómo se ve desde el otro lado? ¿Ser padre cambia de alguna forma la manera de ser hijo?
Formas de volver a casa es literatura de los hijos sin hijos, para usar esa fórmula genial de Enrique Vila-Matas, es una novela de los treinta años, no de los dieciocho. A los treinta ya mataste al padre hace rato y tu problema es que quieres resucitarlo y ya no puedes. Tu problema es que situarte en el mundo como hijo se ha vuelto un poco ridículo. Con el nacimiento de mi hijo me ha pasado más bien que he vuelto a ser hijo, he vuelto a pensar en asuntos en que no pensaba hacía veinte años. Pero es mejor que dejemos, estos asuntos tan delicados en manos de terapeutas profesionales.

“Ser padre consiste en dejarse ganar hasta el día en que la derrota sea verdadera”, escribe. ¿Eso lo piensa el Alejandro hijo o el Alejandro padre?
—El padre, el hijo y sobre todo el espíritu santo. No sé cómo responder esta pregunta en serio. Bueno, sí sé. A sus dos años y medio, mi hijo ya me ha derrotado, y más encima en el campo del lenguaje, que se supone que es mi área. Por ejemplo, dice la palabra parangaricutirimícuaro con total naturalidad, yo no puedo.

Reflexiona mucho sobre la figura del padrastro, sobre paternidades sanguíneas o electivas. ¿Como en todas las relaciones, en la de padre/hijo pesan más las vivencias que la sangre?
—Sí. Es que ser madrastra o padrastro o madre o padre adoptivo son experiencias tan radicales, hermosas y valientes. Por supuesto también admiro a las mujeres que deciden abortar y a los por desgracia escasos países que permiten y apoyan sin reservas esa decisión. Y creo que también son valientes quienes deciden no tener hijos, me parece un camino muy sensato, tal vez el más sensato de todos. Pero me gustaría que se hablara más de padrastrías y paternidades no biológicas, en especial de adopciones, sobre todo considerando lo burocráticos y enrevesados que son esos procesos en casi todo el mundo.

“No te juzgo por juzgarme” le dice a Gonzalo el caradura de su abuelo, una frase que vuelve años después como un bumerán, ¿siempre que juzgamos a alguien nos equivocamos? ¿Es la vida demasiado compleja para juzgarla?
—Hay que hacerlo, hay que interrogarlo todo, para eso sirve la literatura. Para ponerlo todo patas arriba, para ponerse uno mismo en duda. No me interesan, por lo general, los libros demasiado afirmativos, incluso si estoy de acuerdo con lo que afirman. La idea tradicional de heroísmo, por ejemplo, me interesa mucho menos que el heroísmo subterráneo, discutible. El mundo se ha vuelto muy difícil de leer, siempre lo fue, pero ahora esa complejidad es más visible, por eso de pronto la gente vota por algún imbécil que dice tener todas las soluciones. Me interesa lo que sucede en las comunidades pequeñas, que buscan respuestas colectivas. Son comunidades que aspiran a crecer, pero también corren el riesgo de convertirse en clubes exclusivos e impenetrables. Aprendemos un metalenguaje y lo hablamos y es divertido hablarlo y sentirse parte de algo, pero a veces está bueno desaprenderlo, también.

El Chile de los primeros 2000 que describe parece un país muy avanzado en cuestiones sociales, como la sexualidad o los diferentes tipos de familia, ¿era así en realidad? ¿Ha habido una regresión hoy, dos décadas después?
—Es que desde hace décadas ese Chile ha debido lidiar con el otro Chile pinochetista, de la usura y del Opus Dei. Cuando vivía en España, el año 2002, veía las noticias en la tele todos los días (quería aprender el idioma), y de pronto me encontraba con noticias sobre Chile que siempre se referían a ese país tan católico y conservador, o nada más exaltaban sus buenos resultados macroeconómicos. No creo que haya una regresión, al contrario, es un momento de diálogo y de enfrentamiento, muy complejo pero vivificador, esperanzador, a pesar de los crímenes de un gobierno inepto e indolente. Esos dos países colisionan a diario, pero prefiero mil veces el estado de conflicto al cinismo y al quietismo anterior. Por supuesto que hace falta un diálogo verdadero, y no parece fácil, hay mucha pelea gratuita e innecesaria entre gente que piensa más o menos lo mismo y se agarra por tonteras.

Sus novelas siempre deslizan trazas de la actualidad política, su simpatía o esperanzas en tal o cual candidato, o en reformas como la de la educación gratuita. ¿Por qué en novelas tan literarias incluye estos temas? ¿Cuál es el estado de la fe en la política en Chile hoy en día?
—El estallido es política pura que sin embargo surgió en contra de la clase política, cuyos niveles de aprobación son mínimos. Ahora mismo estamos viviendo un momento angustioso, porque la gran mayoría de los chilenos ocuparon las calles e hicieron explícita su enorme y tajante desconfianza en la autoridad y ahora, por el virus, han debido desocupar las calles y recluirse frente a sus pantallas, y tratar de confiar en una autoridad en la que, con sobradas razones, sólo es posible desconfiar. Me interesa el significado social de la literatura, el sentido escurridizo de leer y escribir en un mundo que se cae a pedazos. Por más que estoy dentro de la literatura, lo que me interesa es salir. Yo no sé qué podría ser una novela literaria, la verdad. La literatura se ocupa de la vida y trabaja con las palabras, que es el material más maleable, el más masivo, el menos exclusivo de todos. Por lo demás, creo que esta es la novela mía que más habla de literatura y al mismo tiempo la menos literaria. 

Como apunta, desde finales del año pasado se han producido en el país serios incidentes, ¿cómo se ha llegado a la situación actual? ¿Qué reclama la sociedad chilena y qué cree que conseguirá?
—Se llegó a la situación actual porque ningún gobierno democrático fue capaz de revertir la destrucción sistemática operada por la dictadura y Chile se volvió un país más capitalista incluso que Estados Unidos, con trabajadores desamparados en casi todos los aspectos, condenados a trabajar hasta el día de su muerte. Digo, para resumir. Los reclamos son múltiples, ambiciosos, radicales, emocionantes. La constitución que rige a Chile la impuso Pinochet, y lo primero es tirarla, por fin, a la basura, e inventar una letra y una melodía nuevas, legítimas, colectivas, bailables. Es un desafío enorme, mayor, ponerse de acuerdo no va a ser fácil, pero veo mucha gente comprometida a apostarlo todo.



 

 

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