Alejandro Zambra, escritor: "La idea de hombría es ridícula". Por Daniel Rozas


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Alejandro Zambra, escritor:
"La idea de hombría es ridícula"

Por Daniel Rozas
Publicado en La Segunda, 27 de Julio de 2018


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El autor de "Bonsái" cuenta que, estando en cuarto medio, en el Instituto Nacional, el profesor Ricardo Ferrada empezó sus clases anotando en la pizarra una frase que le cambió la vida: "Lo que no está en medio de la calle es falso, inventado; es decir, literatura".

La oración es el comienzo de "Primavera Negra", de Henry Miller y, según el escritor chileno, "fue una forma muy rara para empezar el ramo de literatura. Lo recuerdo como algo bien impresionante. Todavía no sé qué quiere decir esa frase. El desprecio por la literatura mezclado con el amor por la literatura".

La excusa para conversar con el poeta y narrador radicado en México (uno de los autores más polifacéticos y exitosos de su generación) es la obra teatral "Democracia", del director brasileño Felipe Hirsch, que el 2 de agosto se reestrenará en Chile en Matucana 100. Basada en el libro "Facsímil", la obra explora las tensiones sociales y políticas de la transición chilena.

Elogiado por la crítica, traducido a varios idiomas, y ganador de diversos premios literarios, el autor de "Formas de volver a casa", "No leer" y "Mudanza", entre otros libros, publicó "Facsímil" en 2014 utilizando la estructura de la Prueba de Actitud Académica (PPA) como género literario.

Libro heterodoxo y singular, aunque provisto del estilo diáfano del escritor, el montaje del libro se basa en la parte verbal de dicho examen, en su modalidad vigente hasta 1994, que incluía noventa ejercicios de selección múltiple, distribuidos en cinco secciones: Términos excluidos, Plan de redacción, Uso de ilativos, Eliminación de oraciones y Compresión de lectura.

Planteado como un texto de ejercicios y jugando con la participación del lector, cada pregunta, incluida su respuesta, es un poema o un relato, que no sólo resulta apelativo con respecto al sistema educativo chileno, sino que refiere críticamente a una generación, la de Zambra, que cargó con los lastres de una pedagogía signada por la automatización escolar, negando el pensamiento propio y propiciando la domesticación creativa.

El primer rastro temático de "Facsímil" está presente en el cuento "Instituto Nacional", incluido en "Mis documentos", donde también aparecen algunos de los tópicos más recurrentes en la obra del escritor: la infancia en los 80, la soledad, las crisis amorosas, la relación entre padres e hijos, y los traumas de una generación transida por los consensos políticos y la figura omnipresente de Pinochet.

Zambra ingresó al Instituto Nacional a los 13 años, donde fue buen alumno y se transformó en un lector voraz, pero siempre se mantuvo refractario a las lecturas obligatorias, quitándole el cuerpo a los lugares comunes.

 —¿Piensas que "Facsímil" habla de una metodología y un sistema educacional que tiene que ver con la herencia de la dictadura?
—Claro que sí. La idea de una respuesta única, de un Dios o un dictador que tiene todas las respuestas. Que no te deja elegir. Y la pulsión interna, también, de buscar una respuesta única. Porque a veces querías que hubiera una sola respuesta.

 —¿Qué te propusiste decir con un libro tan experimental? ¿Es una crítica al modelo de la transición democrática?
—Si supiera de antemano lo que quiero decir, simplemente lo diría. No creo en la idea de mensaje, al menos no como se entiende habitualmente. Escribo contra mis ideas previas, para descubrir lo que quiero decir. Por eso no me gusta reducir luego los libros a uno o a unos pocos sentidos posibles. Sí pienso que en "Facsímil" hay una crítica a la transición y al presente. Yo diría también que una autocrítica, porque me interesa incluirme en el desastre, explotar ahí, entre la multitud. Creo que todos los libros son sobre pertenecer, sobre el conflicto entre el yo y el nosotros. Sobre las ganas, a veces traicioneras, de decir nosotros. Escribir este libro era apostar por la explosión, es muy distinto de todo lo que hice antes. Era, también, en algún sentido, una realfabetización. Como aprender una lengua nueva. O quizás más como destruir la que tenía.

 —¿Qué rol cumple el lector aquí?
—El que cumple en todos los libros, quizás en un grado distinto de explicitud. Digo, el lector se ve obligado a tomar decisiones, a reaccionar en alguna dirección. A confiar y desconfiar. A hacerse cómplice o no. A reírse y a negar la risa, a lidiar con la culpa de haberse reído. A enfrentar a ese autor de las preguntas, que debería estar borrado y que insiste en aparecer, porque las pruebas no tienen autor. A decidir si el libro es o no una mierda. Algo así. Para mí es un libro desesperanzado y rabioso y cómico.


Los años de uniforme

 —"Recuerdo que nunca nos quejábamos. Que cosa tan tonta era quejarse", escribes en el relato "Instituto Nacional". ¿Crees que la hombría está en crisis, o te parece que ese estoicismo enseñado en el colegio te preparaba mejor para enfrentarte a la vida adulta?
—La idea de hombría es ridícula y confusa. Chamullenta. La masculinidad está en crisis y en transformación constantes. El estoicismo del que hablo en ese relato es falso o tramposo, porque está hecho de represión. Queríamos quejamos, por supuesto que sí, pero preferíamos aguantar el dolor. O creíamos que preferíamos eso. Todas esas palabras hemos venido redefiniéndolas una y otra vez. La frontera entre la timidez y la cobardía, por ejemplo. Hay un momento de la adolescencia en que se mezclaba todo: la base católica y mojigata, la dictadura, la educación como entrenamiento, como capacitación, el clasismo, la opacidad del lenguaje.

 —¿Cómo fue estudiar en un liceo tan emblemático?
—Escribí sobre eso en dos libros y he seguido escribiendo. En un sentido amplio, estudiar en ese lugar me cambió la vida totalmente, y creo que a todos los que recalamos ahí nos pasó lo mismo. No creo que el colegio deba influir tanto en la vida de los niños, pero así fue en mi caso y en el de muchos. Desde muy chico quise ser lo más independiente posible y el Instituto te daba esa oportunidad. Los apoderados no existían, era todo muy masivo e impersonal. Y te cambiaban de compañeros todos los años. Conocí a gente horrible ahí y también a gente maravillosa, a la que sigo viendo y queriendo. Y fui cambiando mucho, todo el tiempo. Cuando estudiaba en la jornada de la tarde salía de Maipú muy temprano y pasaba horas en el centro. Para mí eso era una fiesta. La posibilidad de conocer el centro a los doce años, callejear a mi entero gusto, fumar a destajo leyendo en un banco del Paseo Bulnes, mirar a la gente saliendo del metro. EI ruido del mundo. Y las cimarras después. Horas jugando pool en la calle Tarapacá, meterse al cine, en fin.

 —¿Te sentías orgulloso de estudiar en el Instituto?
—Sí. Creo que fue para mí un primer nosotros. Había un nosotros en la villa donde vivía, pero todo cambiaba demasiado rápido o es la sensación que tenía y tengo. Apenas te hacías un amigo. se cambiaba de casa. También el barrio cambió luego, debido al colegio. Te empezabas a juntar con amigos que hacías en la micro de vuelta. Los amigos de la 118B, por ejemplo.

Está la idea de un centro de excelencia, donde se educan los futuros líderes.
—Era fácil comprar el discurso del colegio. Yo tardé años en sospechar, en desconfiar, porque era emocionante pertenecer, creer que eras parte de un grupo de elegidos. Se sentía o te hacían sentir la historia, el vértigo del presente. Y también era emocionante después la disidencia. Recuerdo cuando escuché por primera vez a compañeros hablar contra el colegio, no sé, en primero medio. A nivel de discurso, claro, ser institutano calaba hondo a los doce, a los quince, quizás también a los diecisiete. Ese espíritu crítico se volvió luego característico y creo que no se ha perdido, porque muchos estudiantes actuales saben que la existencia de colegios fiscales segregados por género ya no se sostiene y que más temprano que tarde el Instituto debe cambiar radicalmente.

 —¿Cómo recuerdas esos días?
—El colegio por dentro era mucho más caótico y desordenado de lo que se veía desde afuera. Esas doscientas pichangas simultáneas en el patio central, sin ninguna regla. Y de pronto aparecían los ladrones de pelotas y quedaba la cagada. No sé muy bien lo que quiero decir pero cuando pienso en el colegio la primera imagen que me viene a la cabeza es la de esas pichangas simultáneas. Una cosa eran los dos primeros años, que llamaban de coladero, quizás la imagen de los niños mateos servía para describir ese primer tiempo, pero luego todo se volvía inestable, a veces divertido y muchas veces brutal.

 —En una entrevista dijiste que conocías mejor la Prueba de Aptitud Verbal que un poema o una novela. ¿Por qué crees que sucedía eso?
—¿Dónde dije eso? Bueno, puedo haberlo dicho. Pero yo a los quince era ridículamente literario, muy nerd, sabía de estructuras y cosas. Sabía hasta escribir sonetos, como esos niños odiosos de la tele. Una cosa que me importa de "Facsímil" era su posible dimensión popular. No encuentro otra palabra. Gente que no leía literatura se entrenaba, en cambio, en esa estructura y acababa dominándola. Me interesan esos lectores que entraron al libro por otro lado. Esas lecturas. El mundo literario siempre está a punto de volverse elitista y críptico. Me interesan esas salidas imprevistas, esa impureza. En Argentina o en Francia o en Alemania, donde el sistema de ingreso a la universidad es harto distinto, ven el libro como muy sofisticado y experimental, pero acá (en México) o por ejemplo en Brasil aparece esa dimensión externa a la literatura, esa salida. Me interesa ese territorio. Me interesa respirar por ahí.

Precisamente en el relato "Instituto Nacional" aparece un ejercicio de selección con el nombre de Pinochet en el encabezado. ¿Fue ese cuento el detonante que prefiguró "Facsímil"?
—Sí, aunque igual tiene varios orígenes, algunos muy antiguos. Los que menos se sorprendieron con la aparición de este libro fueron mis amigos poetas, porque hay algo en él muy próximo a la poesía chilena (algo de Nicanor Parra, algo de Juan Luis Martínez, algo de Gonzalo Millán) y porque yo siempre andaba, desde los veinte, con algún proyecto por el estilo, que nunca materializaba. Un tiempo andaba escribiendo un diccionario, por ejemplo, y luego un curso de español. Pero esa pequeña historia apuntaba, como dices, hacia 'Facsímil", igual que un relato que se llama ''Penúltimas actividades", que nunca publiqué y que ahora sale en mi libro de ensayos "Tema libre".

 —Cuéntame de ese libro en el cual estás trabajando. ¿Cuándo lo publicas?
—Creo que saldrá en octubre o noviembre, por Ediciones UDP. Es una recopilación de ensayos, aunque también hay algo de ficción. Son doce textos, la mayoría largos, sobre leer y escribir y enseñar literatura, pero también sobre traducción y terremotos y muchas cosas más. También publicaré pronto otras cosas, pero todavía no estoy seguro. Ojalá un par de poemas largos y una crónica sobre el Instituto Nacional, muy distinta de lo que ya publiqué sobre el colegio. Y supongo que pronto terminaré unas novelas en que he estado metido, en particular una que se llama "Poeta chileno".



 

 

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"La idea de hombría es ridícula"
Por Daniel Rozas
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