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La casa fantasma

Por Jorge Cabrera Labbé

 


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Los fantasmas son nuestros muertos, que no son de nuestra propiedad, porque, en el fondo, los muertos somos nosotros. Los fantasmas son el negativo de la propia existencia. ¿Por qué negarles la ciudadanía en nuestra mesa, en nuestro living, en nuestras oraciones? ¿Qué otra cosa es el aroma cercano a la ranciedad de las rosas y las siemprevivas que depositamos en la tumba del ser amado sino la prolongación de nosotros mismos, una especie de inconfesada promesa de que no olvidaremos la vida del difunto, porque, en ese caso, sería como olvidarnos a nosotros mismos, o por lo menos un pedazo no menor de nuestra existencia? ¿Acaso nuestras ciudades, con sus infinitas callecitas de adobe y concreto horadado, no son, del mismo modo, ciudades fantasmas, repletas de aullidos y rumores que no provienen de punto geográfico alguno? Y nuestras casas, ¿no contienen los ecos cargados de una música que el intérprete ausente aún se esmera en desplegar? ¿No son nuestras casas, además de cálidos refugios contra la vastedad del afuera, casas fantasmas que permiten la entrada a esas manifestaciones silenciosas, remotas de amplitud que se cuelan por una ventana entreabierta? Pero, ¿no son las casas fantasmas sino la lacónica armonía de la vida y la muerte, de la agitación de la carne y la memoria, como si ambas no fuesen dos cosas opuestas, sino complementarias e, incluso, necesarias la una para la otra? ¿No es la muerte la condición de posibilidad de la vida? “A un muerto, a un muerto se debe este mundo” ha escrito Anguita, poeta de las preguntas fundamentales, de las cuestiones de siempre, como la belleza ajada, la memoria y su relación con el tiempo o la muerte. Y a la inversa, ¿no es la vida, la vida total, una compenetración honda y golosa con la muerte? ¿Qué vida puede ser digna si jamás ha entablado su diálogo entrañable con la muerte? ¿Cómo medirla, cómo salar la vida si no es por medio de esa hondura de la nada? Todas las pequeñas victorias de la vida están anidadas en el calor de la muerte.

Nadie se ha adentrado mejor en esas zonas ocultas que Braulio Arenas, poeta surrealista y, conforme avanzaban sus años y su obra, poeta de la memoria. Y de esa particular forma de memoria doliente: la nostalgia. Curioso: la velocidad de los sueños, a menos que se fatigue con los años por entropía —o quizás, precisamente por eso (similar es el caso de cualquier poeta implicado en la incitación rimbaudiana de modernidad a toda costa)—, suele decantarse en su reverso, en la parsimonia que requiere el examen del tiempo que ya no es más. Pero, ¡cuidado! Nuestra hipótesis precisa es lo contrario: el tiempo pasado goza de buena salud, introyectando sus heraldos en las rendijas de la circunstancia presente. Y no hablemos más de tiempo pasado, como si el tiempo pudiese ser dividido en categorías lógicas, como si no fuese un organismo con sus propias agitaciones, carnal. Hablemos de fantasma: el tiempo fantasma emplea un ser, si es que es posible hablar de utilización del ser. Los fantasmas son. Ahora bien, ¿podemos identificar la cualidad de ese ser? Pero, ¿acaso posee una cualidad particular ese ser, que lo distinga de nuestro ser, pretenciosamente vivos y peligrosamente ausentes de nosotros mismos? ¡Cuánta vanagloria, cuanta vanagloria la del esfuerzo y el trabajo por la vida, como si vivir no se bastase a sí mismo! ¿Nosotros, los vivos, no debemos nada a los muertos, a esa nuestra esfera que vanamente tratamos de abandonar en los cementerios, como si la muerte fuese una cosa de la cual tenemos que imperiosamente desembarazarnos? Al parecer, ocurre lo contrario: nosotros mismos, en tanto vivos, somos un cementerio. La necrópolis está construida bajo la sombra de todo monumento a la civilización, de los edificios y de los plátanos orientales del Parque Forestal, enigmáticas maderas a la hora del crepúsculo del invierno, frío como un cadáver. La nada no puede ser y, sin embargo, de algún modo, está imbricada, pegajosamente, en el ser, esperando, esperándonos. La nada es la completitud del ser, su totalidad.

Braulio Arenas describe en “La Casa fantasma” (poema publicado en el libro de 1962 que lleva el mismo título) todo ese silencio recargado de ausencia que está situado en las murallas de la gran casa, en los rincones de la existencia. Esto equivale a decir: la existencia persevera en sus mutismos, en su nada. ¿El hombre mismo es un fantasma? No necesariamente. Y, en todo caso, es la casa la que importa. En la medida en que los hombres resten protagonismo a sí mismos, podrán habitar algún día la casa fantasma.

“La casa está en la tierra, / está como la fruta / esperando que el sol nutra su cáscara, / nutra su techo y lo perfume / con toda la experiencia del espacio”. Es la casa la ausente, la exangüe de sí misma, y que espera. ¡Rilkismos! ¿Qué es lo “invisible” sino la plenitud desfondada de la casa fantasma? La casa espera, silenciosa, olvidada. Como los asuntos de la memoria, como los juguetes de la infancia, la casa espera nutrirse una vez más, otra vez, de sangre, de la sangre-hombre que vuelva a recorrer, en forma de huellas, sus habitaciones. La casa “va al cimiento, / queriendo ser la casa, no el fantasma”.

Suspendamos, de momento, la visita a la casa fantasma. Volvamos a los hombres. ¿Qué relación se da entre el hombre (un hombre cualquiera) y el fantasma? ¿Posee cada uno su particularidad, su lugar, desde el cuál puedan contemplarse, distanciados? ¿O esa particularidad, de ser tal, los anida como siameses?

Ya hemos anotado: ambos son. Tanto el hombre como el fantasma pueden decir de sí mismos que están. Ahora bien, la particularidad del hombre es que está en acto y, por lo tanto, puede obrar la potencia; es decir, puede hacer: tomar una piedra y arrojarla al río. El fantasma sólo está en potencia: él no puede arrojar la piedra al río. Luego, la diferencia no es cualitativa, sino meramente una cuestión de grados. Y, en todo caso, nada de qué ufanarse: el hombre está en camino de ser fantasma. La cuestión puede ser planteada del siguiente modo: el hombre, en tanto que está, emplea —él sí puede emplear el ser, pese a que aquello no sea una forma originaria de ser— la parte sólida del ser, la sangre. El fantasma, por el contrario, habita: así como no puede simplemente emplear a las cosas, padece junto a ellas. El fantasma no está situado frente a las cosas, como el operador de la máquina cree está situado sobre ella, y la ocupa. Más bien, el fantasma habita entre las cosas, tan fantasmas como él, tan apasionadamente fantasmas-cosas como él, aparentemente inútiles sin el operador, plenas de sí mismas en ausencia de ese operador. El fantasma no opera en las cosas; más originariamente que el hombre, simplemente les permite su ser a las cosas. Y cuando las emplea, sucede, en el fondo, que las cosas se empleen a sí mismas por obra de su presencia-ausente. Ahora bien, ¿es el fantasma, en el fondo, pura negatividad, es decir, inactividad? El fantasma no produce cosas como el hombre. Pero esto no quiere decir que sea un inútil. Antes bien, el fantasma, como hemos dicho, se limita —y se expande— al habitar de la casa fantasma: es; se permite a sí mismo desplegarse en su totalidad, empleando un lenguaje con perfume heideggeriano.

El hombre, un hombre cualquiera, se aboca toda su vida a la fatiga de lo que vive, a su explotación: para él, ser es hacer; habitar le parece una cosa de haraganes. En el fondo, su vida es una agitación de brazos y piernas. Su fuerza, en vez de plenitud, es un mero consumo, tanto de las cosas como de sí mismo. De ahí su pretensión: estar vivo y no muerto; de ahí su peligro: estar ausente de sí mismo, negar todo lo que impida su obra, que no es más que un temor, infundado, a la muerte. De tanto hacer, de tanto producir, ha terminado creyendo que el ser es mera ocupación de algo.

Pero no vamos tan lejos. La distinción no es antítesis: el hombre es la suma de sus fantasmas; el fantasma es el hombre pleno. Sus particularidades no los hacen excluyentes. La diferencia radica en esto: el hombre teme a la levedad, a lo simple, a la totalidad fugaz del fantasma; el fantasma, eco de la nostalgia, de lo que aparentemente no será más, pues es pasado, es amistoso, cordial: su mirada, desde la oscuridad, de las ruinas, es una pura espera del hombre, un llamado a deponer las armas de la agitación y de la producción a salva y mansalva, una invitación al reposo, al sueño. El fantasma es el desvelado por excelencia: despreocupado, a veces se ríe de la fatiga del hombre, y le da un susto. Pero jamás desconoce su invisibilidad que es presencia del hombre que, agitado, se olvida que comparte su existencia como Adán su costilla con la primera mujer del mundo. Hombre y fantasma: siameses que no son dos, sino Uno. Arenas: “Llegaremos un día, / y tanta ruina / de la fantasma casa / será esplendor, puesto que el hombre entonces / vendrá a morarla”.



 



 

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La casa fantasma.
(A propósito del poema de Braulio Arenas).
Por Jorge Cabrera Labbé