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SOBRE ALTOVALSOL DE ALEJANDRA BASUALTO

Por Gonzalo Millán
Aérea, Revista Hispanoamericana de Poesía, Número 2, Año II, 1998, Santiago de Chile – Buenos Aires


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El eco de mi infancia está desafinado
Elías Canetti

Es un hecho sabido y común que la propia infancia puede producir perplejidad en el adulto que la recuerda. Como si no pudiéramos creer desde nuestro invariable tamaño que hubiéramos sido pequeños algún día, como si nos costara aceptar que fuimos una vez inocentes desde nuestra escéptica conciencia actual; como si una incrédula envidia dudara de la inagotable capacidad creativa infantil desde nuestros limitados dones adultos.

Me parece que esta duda sobre la posible o imposible existencia infantil es lo que impulsa los 22 fragmentos que componen este poema de Alejandra Basualto. Vértebras de una columna que se curva sobre sí misma para interrogar el origen de su identidad, retorno al punto de partida para rehacer los primeros pasos, los primeros amigos, viajes y desgarros, las primeras fidelidades y traiciones a la aldea.

Altovalsol es un poema sobre la infancia y por tanto un poema sobre la nostalgia de esa edad prestigiosa desde un hoy adulto. Este es un tema característico de la poesía de tendencia lárica en nuestro país, sin embargo, en este caso, el País de Nunca Jamás no está enclavado en el sur de Chile, como es habitual, sino en el Norte Chico, en el Valle de Elqui, para ser más precisos. Tampoco es una obra de añorador masculino sino femenino, y el ámbito ensoñado de la niñez no se confirma por el contraste con la actual realidad adulta sino que se cuestiona y se pone en tela de juicio desde el presente. El poema vuelve atrás al Valle del Elqui, a ese ámbito que tanta resonancia tiene en la geografía poética de Chile, al valle que es altavoz de la profecía (recordemos el Cristo de Elqui de Nicanor Parra) y garganta de nuestra mayor voz lírica femenina (recordemos el Poema de Chile de Gabriela Mistral). El poema vuelve atrás en busca de pruebas de aquella existencia anterior, regresa a la casa natal a rescatar constancias, pero sólo encuentra ruinas y despojos. El fragmento final concluye que la niña de Altovalsol no existió nunca:

El asunto es / que nadie la recuerda nadie la conoce / nadie la vio nunca / ni siquiera / en fotos de la época.

Entre las piedras y las escasas sombras permanecen intactos solamente los nombres de la tierra y la casa:

La casa se llama Cutún / la tierra se llama Cutún / aún.

Con esta seguridad básica se prosigue la indagación, removiendo la ausencia, pidiendo la asistencia de la incierta memoria para la recuperación de otros vestigios. La existencia de la niña se confunde con la leyenda, con la ronda y el cuento maravilloso, con la intemporalidad mágica. Así en esta búsqueda genealógica encuentra primero su filiación en lo imaginario: “Princesa”. Presunto destino real de acuerdo al infaltable ‘romance familiar’ del psicoanálisis, ya que nuestros verdaderos padres serían reyes, y los padres que los reemplazaron, unos impostores plebeyos. El poema XIII acerca de los gitanos “los gitanos se roban a los niños” entrega en forma tácita la clave de la restitución y el escamoteo. Por otra parte, esta princesa, “prisionera, ciega y muda”, nos remite al verso de la Mistral: “Todas íbamos a ser reinas / de cuatro reinos sobre el mar”.

La figura de la niña es incierta y nebulosa, un espejismo de la distancia y la soledad. Su substancia, si tiene alguna, es precisamente la extrañeza, su aislamiento inaccesible, su absorción en sí misma. Soledad esencial porque los otros, padres y parientes, no aportan pruebas ni testimonios de su existencia. No dejó huellas en memorias ajenas. “Nadie la recuerda”, tampoco nadie la conoció, en el sentido de comprensión.” “Nadie la vio” nunca y ni siquiera la cámara que la retrató es confiable. El poema está acompañado de diez fotografías alteradas electrónicamente mediante un scanner. Esta alteración hace perder a las fotografías el carácter de documentos irrefutables y transforma las imágenes en ilustraciones generales y relativas.

La niñez, parece decir la autora, y aún más, la niñez de una niña, es de una transparencia tal que se vuelve invisible. Pareciera que para los adultos el niño estuviera siempre allí sin estar, presente, pero ignorado e inaccesible. La misma memoria es de una ligereza y delgadez tan extrema que linda con la ilusión y la fantasía, lo cual no está descaminado, porque la verdad de esa niña del Altovalsol, como sucede en toda autobiografía, es absolutamente irrecuperable, a lo más es fantaseable.

Entonces, lo que nos llegará de ella son retazos, jirones de una vivencia casi perdidos en la lejanía, vislumbres fragmentarios, hilos de un tejido deshecho por el tiempo. El viaje al pasado nos proporciona un puñado de imágenes que no bastan, unos cuantos recuerdos insuficientes, fotografías de época de una niñez anónima e innombrada. Frente a esta individualidad vaga y nebulosa, indistinta, sin figura cierta, se afirma en cambio el fondo, la tierra:
Sólo perdura la tierra / de parto / entre las piedras.

Sólo perdura y permanece la tierra, todo lo demás es efímero y volátil. Sólo perdura el silencio materno y los nombres que su oquedad cobija:
la casa se llama Cutún / la tierra se llama Cutún / aún.

Permanece entonces el nombre adherido al lugar, antes que el nombre de la identidad infantil, quedan las toponimias aborígenes y castellanas, dobles, mestizas como la muñeca de dos cabezas, más que los nombres propios de sus habitantes (la niña del Altovalsol carece de nombre y apellido porque, improbable, parece no haber nacido ni muerto nunca). Desapareció su casa natal, desaparecieron sus juguetes, sus compañeros y profesores, sus padres y con parientes distantes, queda sólo en el aire un eco, el eco que es el origen, quizás de la rima, la duplicación de la distancia y el vacío, el remedo de la memorización escolar, representado por consonancias simples de rondas y juegos infantiles. Similar a ese eco, pareciera decir la autora, es la poesía, sombra audible de un cuerpo desaparecido.

 

Fragmentos de ALTOVALSOL

IV

 

Ahí mi princesa ciega
dulce pájara sin voz
para mirar
ni cantar

Aletea rumbo a la caricia
rasante risueña
mi niña mi dueña
la princesa
la presa
que me sueña
sentada en aquel tren
mirando pasar los árboles
arracimados
por la
venta
nilla

sola
solita
sola

que la quieren ver
bailar

 

 

1954

Es la hora de los espejos
en apretadas trenzas
y el cotidiano traje de cuello marinero.

Cielo bruma
cielo sol
y en el aire un aroma de campanas.

Calle abajo, pies menudos
y arreboles en la punta de las torres.

Viene Gabriela.

 

 

X

Quieta
toda ojos y hambre
calambre de niña incauta
ella espera
espera que pasen
los nefastos cumpleaños

Sentada de cinta rosa
curiosa
por más que sueña milagros
sabe que no

Las tías viejas
con sus rebozos
y sus bigotes
y sus pellejos
cubren
sala mesa mejilla
con laboriosos
besos de azúcar
y añejos
chistes
tristes

 

 

VII

Pero yo no era la niña de falditas plisadas
Rosario Ferré

 

Oigo que tu lengua inspira
temerosos resultados  supe
que para mí creaste
un territorio cercado   una glorieta
para tomar el té con mis muñecas
que cambiaste mis besos infantiles
por perfumadas demoiselles de bocas rojas
Decían que tu férrea disciplina
me goteaba por el pecho y las mejillas
clausuraba mi garganta
hasta el silencio   Sé
que yo te amaba
con esta devoción petrificada que sostengo
todavía con mis manos   amuletos
para bienamar

Dicen que me parezco padre tanto a ti

 

 

XII

Aburrida
de lavar
peinar
cepillar
perfumar
trenzar
su hermosa cabellera larga y rubia
y
tenderla
ventanabajo
cada
mañana
sin que príncipe alguno se detuviera para trepar por ella

RAPUNCEL
abandonó la torre de su inocencia

Cuando regresó
traía la cabeza llena de piojos

y unos ojos tan abiertos que
abarcaban hasta los confines del reino

 

XIII

Que los gitanos están armando carpas
dice la María con sus ojos pintados de río
que los gitanos se roban a los niños
dice mama Laura
que los gitanos te ven la suerte en la palma de la mano
que
los
gi
ta
nos

Y las gitanas rubias estiran los brazos al sol vestidas
de arcoiris y ríen y hablan con su lengua al revés y bailan
con pies de ventolera y hacen cantar sus abalorios
en las muñecas en las orejas en el cuello en la cintura
en los tobillos en la cabeza en el pecho en las pestañas
y en el cobre de las pailas
que abren todas las jaulas

Y esa niña
volando sobre las pircas

XIX

No duran
los zapatos  las aficiones
las bolitas  las colecciones
las siembras  las discusiones

ni la muñeca de dos cabezas
la más amada la doble bella
la doncella reina de
lo mestizo
lo partido
lo propio

sólo perdura la tierra
de parto
entre las piedras

 

XIV

 

La radio anuncia
malas nuevas

terremoto en Ovalle
y maremoto en Coquimbo
sequía en el valle
y el tizón
que muerde el útero salino de la tierra
para comerse a dentelladas
el corazón
de las papas

De nada sirve
-patrona-
llenar los baldes con esta leche
de vaca recién ordeñada
no ve que ya tiene olor
a leche cortada

 

 

 * * *

 

Alejandra Basualto (Rancagua, 1944), Directora del Taller “La Trastienda”, Libros: Los ecos del sol (1970), El agua que me cerca (1983), Las malamadas (1993), Altovalsol (1996). Es también autora de novelas y cuentos. Ha obtenido diversos premios y su obra ha sido traducida al inglés.



 


 

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