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Cuando la fraternidad es clandestina
(Presentación “Catacumbas”, de Bernardo González Koppmann)

 Por Felipe Moncada Mijic

 

 

 

 

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Me gustaría partir agradeciendo a los dueños de casa, a los administrativos de la Universidad Autónoma y al Colegio de Profesores de Talca, por la invitación a presentar este libro, pero en forma especial a los asistentes que vienen a oír y acompañar al poeta en su lectura. 

Como editorial, con el nombre de Inubicalistas u otros nombres, llevamos algunos años publicando libros, revistas, organizando lecturas, encuentros y planificando lanzamientos; en fin, haciendo un poco de ruido desde el lado mudo de las comunicaciones, un poco contra la corriente, a ver si se puede transmitir otra mirada sobre las cosas, una que no necesite de grandes plataformas ni dependa de patrocinios.

Conozco la obra de Bernardo hace varios años, y luego de muchas conversaciones y caminatas surgió la idea de reunir temáticamente sus poemas, buscar una especie de columna vertebral que sostuviera más de treinta años de creación. Recordemos que el primer libro de Bernardo (Sin Conciencia Ninguna), data del año 1981. Pensamos agrupar bajo el concepto de “antología social” no solamente contenidos estrictamente políticos, sino también retratos de paisanos, lugares, costumbres, ritos y, sobre todo, el lento pasar de los años con sus símbolos de ruralidad y pueblo provinciano mutando progresivamente a ciudad neoliberal, con vitrinas y deudas en la tarjeta de crédito.

El resultado es el libro Catacumbas, el cual hace alusión desde la portada -mediante el símbolo del pez- al cristianismo practicado en secreto en los subterráneos del Imperio Romano, en esa clandestinidad originaria que quizás representa para nosotros, a dos mil años de distancia, un estado de pureza del cristianismo con su llamado a la fraternidad, la pobreza, el abandono de la hipocresía; con su relato cosmogónico de por medio en que las almas regresan al Padre, a sus cábalas, todo ello previo a los artificios que han ido volviendo pesada de gestos la religión, sobre maquillada, casi siempre inclinada hacia la buena mesa y la extrapolación de la culpa.

Menciono estas cosas porque el libro de Bernardo comienza con una dedicatoria muy significativa; dice: a los sacerdotes del pueblo asesinados por la dictadura, y le acompaña una lista de nombres a la manera de los obituarios, o los memoriales.

Esto se vuelve particularmente significativo a pocos días de la muerte del padre Pierre Dubois, párroco de la población La Victoria y compañero de André Jarlan, ese otro sacerdote asesinado en el año 1984, cuyo féretro fue llevado en andas hasta la catedral de Santiago en una de las primeras manifestaciones masivas que se atrevió a salir de las “catacumbas” de la periferia y desafiar a la dictadura con sus mecanismos de represión en plenas facultades.

¡Qué cantidad de símbolos encontramos, entonces, al ingresar a este libro! Sacerdotes asesinados por el terrorismo de Estado, un pueblo que sale a la calle, dictadura, muertos; heridas de un Chile reciente que parecen ocultas bajo toneladas de ruido y propaganda, pero que ante una leve brisa vuelven a mostrar el resplandor del carbón que se creía apagado.

Y podría pensarse que son conceptos anacrónicos, como aquel “hombre nuevo” que encarnaba los ideales de una revolución social y que, en el primer poema del libro, mira desde el otro mundo a sus asesinos que asisten al funeral haciendo gala de su impunidad. La muerte del hombre nuevo al comienzo del libro es una señal de que se deben actualizar los significados, y eso es justamente lo que ocurre página por página en Catacumbas. No olvidemos que bajo el simbolismo cristiano los muertos nacen de nuevo en su sacrificio.

Una reflexión me parece necesaria. La palabra “pueblo” en esta propuesta se podría poner bajo la disección de la sociología; dirán algunos que corresponde hablar hoy en día de muestra, de público, de votantes, deudores, consumidores; pero sería un fracaso establecer una naturaleza muerta de la noción de pueblo porque, precisamente, desentrañar las connotaciones antropológicas de este concepto, ahondarlo, es la constante temática y una búsqueda esencial del autor en esta antología. El pueblo aquí puede aparecer encarnado en ferroviarios, pescadores, artesanos y tantos practicantes de los rústicos oficios, pero también se puede hallar en una novia besada entre las teatinas, o en las abejas que rondan los cuescos secos de los huesillos: el pueblo sobreviviente de su ideal político, de la derrota militar, es el que desfila en estas páginas gracias a la memoria o la observación directa. Ahí aparece la sensibilidad del poeta y establece una distancia con un discurso manido grandilocuente o alambicado, pues prefiere la lentitud en la mirada ya que confía en aquello que menciona José Comblin en el epígrafe del primer poema del libro: Sólo el pueblo es humano.

Usted podrá preguntarse, ¿qué tienen que ver todas estas cosas con un libro de poesía? Y es que son, justamente, estas ideas que traspasan la médula de Catacumbas como metáfora-símbolo las que nos evocan los subterráneos de la ex Vicaría de la Solidaridad, una capilla de tablas en alguna población donde se picaron panfletos a mimeógrafo, o curas de la teología de la liberación organizando ollas comunes, tan lejanos de aquellos que repetían sermones desde la pantalla reproduciendo la culpa de una sociedad llamando a la austeridad y el trabajo, aquellos precisamente que no son ni austeros ni trabajan.

Entonces quedamos de acuerdo en lo siguiente: estos poemas hablan de las transformaciones sociales de una colectividad, pero no a través del gran discurso; más bien, mediante las observaciones de un hombre de a pie o, más exactamente, en bicicleta para el caso de Bernardo. Y es que en su pedaleo lento por la ciudad es cuando decide darle importancia a una mueblería con olor a virutas, a un guardia que vigila de punto fijo, a una bailarina de un café topless; nos dice que la derrota es salir a vitrinear o ver el noticiario mientras la belleza está ahí, en la abundancia terrestre hoy acaparada por la gula de unos pocos.

Este libro se puede leer como una historia vista desde abajo, o como la bitácora de un país transformado al modo instantáneo del experimento neoliberal -obligado a delatar al vecino, a esconder los libros, a contraer la deuda, confinado a una solución habitacional, hasta un presente que muestra la desnudez del saqueo económico-, pero también desde la lucidez de quien despierta y decide retomar las viejas herramientas de labranza para expulsar la cicuta de su huerta. En palabras de Bernardo la derrota es quedarse amurrado, pero, sin embargo, vuelve a intentar el ser social mientras se atiza la ceniza con un palo buscando brasas que aún irradien calor. Si bien es cierto, en la poesía escrita por el autor durante los años noventa y en la primera mitad de la década del dos mil hay un refugio de lo político en la intemperie, como contradictoriamente se podría pensar, en sus últimos textos retorna a la memoria para convocar a los fantasmas, y con la madurez de las soledades cordilleranas o la lentitud con que se sube una cuesta, vuelve a  creer en ser “pueblo” con un lenguaje más descarnado, pues el presente es agresivo. Su poesía se puebla entonces de evocaciones campesinas, como ecos de ánimas en pena que se opacaran por las balizas de un furgón policial.

En otras oportunidades me he extendido más sobre el trabajo literario de Bernardo, sus temas, sus imágenes, sus registros; hoy quise divagar un poco sobre lo que me produce la obra como totalidad, y esto probablemente difiera de lo que usted encuentre porque dejarse leer muchas veces, dando cada vez nuevas señales e interpretaciones, es uno de los logros mayores de la poesía. Muchas gracias.

Talca, 9 de octubre de 2012.



 

 

 

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