“Seguiré sintiendo a lo lejos
el rumor del origen de los tiempos
como si conversaran con el viento
las cosas que nunca dejamos de amar”
BGK
Cuando se agotan los espacios íntimos, entrañables, en la casa de todos, donde nuestro planeta se ha convirtiendo en botín de corsarios –con un sujeto histórico en franca decadencia espiritual– las expresiones humanas se ven reducidas a un individualismo feraz que ha desembocado en el vacío existencial de un nihilismo cada día más absorbente. Tal es el oscuro panorama donde se forja El Hablante.
Por ello, creo, es importante el cultivo de la poesía para explorar el sentido último del paradigma en crisis, que aún predomina en la sociedad posmoderna, con preguntas que nos permitan repensar y poner en valor nuestra vocación primigenia (el ser gregario, el saber vivir en comunidad), aspirando a una trascendencia de lo pequeño, marginado y excluido.

Bernardo González Koppmann
Al leer las siguientes páginas, al confrontarlas con el contexto globalizador vigente, nos dan la certeza de que brotan de un renovado enfoque –quizá sea el mismo que nunca debimos abandonar– donde se reconoce al prójimo como ese otro que fuimos, somos o volveremos a ser, empeñado en ennoblecer y no en autodestruir la especie, su memoria, entorno y utopías.
Y este ejercicio es fundamental (el hecho de crear poesía) porque en el ser y en el nombrar, en el dotar a los objetos, las personas y los hechos de nueva vida y movimiento a través del verbo –esa fe que tenemos en la palabra para fusionar edades y culturas, originarias y modernas– recuperamos el lenguaje como herramienta restauradora en la voz del poeta (el hablante, precisamente), impronta indeleble de un ser amoroso y trascendente. La poiesis se trasforma así en idioma de almas, en lengua viva, prodigiosa, para no caer en la dictadura de lo rutinario, aleatorio y banal.
Quizá ahí se juegue la dignidad de todo hombre, de toda mujer; ergo, en la proximidad del prójimo (que lee) con el compañero (que escribe), en ese tejido misterioso, en esa trama que lentamente empieza a tomar forma a partir de la belleza como fundamento de una sociedad organizada a escala humana.
En los poemas que conforman El Hablante, sin duda, ingresaremos a una poética personal, minimalista si se quiere, que se irá haciendo más universal en la medida que vamos asumiendo la humilde dicha de contemplar holísticamente algo por primera vez, ese algo insondable que siempre ha estado ahí, en la provincia y en cualquier lugar donde un mísero mortal (yo, tú, él) se detenga asombrado frente a las criaturas que nos buscan para contemplarnos, olisquearnos, conocernos en suma, y empezar a conversar sobre fábulas y ficciones que le den sentido a la cuestión social y a los signos de los tiempos, que empiezan a florecer sobre las ruinas de Occidente. De tales cosas habla este libro.
Algarrobo, 2026