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Con esta poesía tengo bastante
(A propósito de “Tratado de Piedras” de Cristian Cayupán. Editorial Conunhueno, Valparaíso, 2014.)

Por Bernardo González Koppmann


 



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“Digo vida y empiezo a morir”
C. C.

Al leer este nuevo libro de Cristian Cayupán (poeta, trabajador social, compañero y padre de una cachorrita llamada “Resplandor de la Luna”, nacido en Puerto Saavedra en 1985), experimento una doble satisfacción. Por una parte, el comprobar que Cayupán ya es un poeta con hechuras propias, definitivas; o sea, que ha construido su propio universo poético y, lo que es más significativo, ha creado su propia voz, su propio decir inconfundible en la entrañable poesía de La Frontera; y, por otro lado, vivencio la dicha de recibir este poemario en ofrenda para que lo presente en esta pequeña introducción a los lectores del, paradójicamente, vasto e incomprendido territorio de la poesía.

Cayupán ha publicado anteriormente “Poemas prohibidos” (2007), “Romancero mapuche” (2008), “Reprimida ausencia” (2009) y “Usuarios del silencio” (2012); además, tiene una mención honrosa en Italia (2010) y es editor de la revista de reflexión literaria “Comarca”, allá en Temuco.

Respecto al primer punto, al seguro desplante de poeta que se denota en este poemario, es dable mencionar que Cayupán, siendo un escritor mapuche, trasciende su comarca vital, su origen étnico, de donde coge toda la hermosa materia y motivos de su canto, para universalizar las minucias, el dolor y la utopía de su pueblo sometido al escarnio y la afrenta por ya casi 500 años.

Leamos “No estoy aquí todavía”, en la página 48: “Soy una palabra herida / carente de idioma y espacio / Una palabra indecible / sin diccionario / ni terruño // Una palabra / que no encontró grupo humano / para ser pronunciada / ni fue sospechada por boca alguna // ¿En qué época dejamos de ser vegetal / para encarnarnos en la palabra / materia y espíritu / desnudos / dóciles / humanos?” En este poema se resume su propuesta entera. Su bandera, su poesía, es el viento, dice; impalpable aún, pero evidente como la palabra que se gesta en la paciencia, en el sudor y en la cosecha de siglos bregandos tras un sueño hecho sonido gutural, vocablo. Poética cayupana que nos estremece humanizando, de paso, nuestras conjeturas habituales, nuestra cotidianeidad.

Cristian Cayupán despliega una variedad interesante de recursos literarios en su escritura. De partida se salta de un brinco el dilema oralidad-literatura, y opta sin complejos por asumirse poeta a secas. Poeta del signo rubricado, de la palabra escrita. Poeta, además, que reelabora su cosmovisión originaria en castellano, en una fusión o sincronismo logrado con sapiencia de bardo milenario. Aquí quisiera detenerme un momento y mencionar, a modo de ejemplo de su proceso creativo, la segunda obra del poeta, “Romancero mapuche”, donde utiliza para recoger sus visiones y presagios el legado de la estructura versicular del “Romancero gitano” de García Lorca. Al igual como lo hiciera Federico con el alma del cante jondo vaciado a los octosílabos del viejo romance castellano, Cayupán une, ata, liga la belleza de los peumas de sus ancestros dentro del registro formal que novedosamente reactualizara en su tiempo el andaluz: el romance medieval.

Es la voz de un pueblo antiguo oída en vocablos nuevos. No estamos indicando aquí que reniega de su idioma mapudungun, el cual maneja como un niño que jugara con tierra, con agua, con criaturas del aire, con flores silvestres que huele y admira por la pura alegría de ser; de ser hombre libre, digno, autónomo. Jamás de los jamases el poeta se olvida de quién es. Cayupán se nos revela entonces, en esta obra irrefutable, como un poeta sólido, contundente, soberano, definitivo, sin recurrir a otros expedientes que a su propia y auténtica calidad literaria, esencialmente poética. ¿Queda claro? Y sus manuscritos se llenan de figuras y tropos que evidencian un perito manejo y destreza por parte del autor, sin imposturas ni amaneramientos. Y aquí, en esta rotunda poesía descubrimos una hermosura de alto vuelo, en transe de consolidarse en una madurez que se avizora muy cercana, casi encima de nuestros ojos, de nuestra alma, como el resplandor de un astro que viene trepando detrás del horizonte. Esta es la primera complacencia de este promisorio libro.

De otros aspectos y matices de esta poética mucho se hablará en los próximos días y años que se nos vienen encima como las migraciones de pájaros en otoño y primavera; eso lo intuyo con olfato de perro perdiguero; bástenos decir nada más que, a los ya consabidos lazos de asimilaciones teillieranas que reconoce nuestro poeta con el gran lárico, con no poca sorpresa descubro al pasar que en léxico y tópicos temáticos su similitud con Efraín Barquero es asombrosa. Quede como botón de muestra de esta aseveración confrontar el poema “La mesa de la tierra”, de Barquero, con estos versos de Cayupán: “Ellos escribieron su historia en el suelo / en la mesa más antigua del mundo / Sus palabras son los vestigios indescifrables / cenizas que conservan sus raíces” (Página 60). Coincidencias, nada más, confidencia Cayupán, ya que su poema nace cuando ve una foto de antiguos mapuche sentados en el suelo marcando con un dedo en la tierra los días que faltan para un levantamiento general. Maravillosa coincidencia, en todo caso. Pero, así mismo, nos manifiesta que en los textos “Pequeña confesión” y “Despedida”, de Jorge Teillier, que llegaron a sus manos y a sus ojos y a sus entendederas una tarde lejana ya en un liceo de Puerto Saavedra, se le reveló el camino de la poesía en todo su esplendor. Y cogió el desafío de la palabra dicha y firmada, rubricada en el viento de su bandera infinita, con la paciencia de un pehuén o de un fogón disolviendo la niebla. Cayupán, sin embargo, ha construido su propio universo, asimilando la nostalgia teillieriana, bella nostalgia sin duda; pero de la misma forma integra en su escritura la revelación vitalista, jocunda y epifánica de convivir con los elementos telúricos de la naturaleza que reconocemos en Barquero, el enorme poeta maulino. Poco a poco Cayupán va incorporando, además, aportes de otros poetas universales que han hecho de su poesía un notable y sorprendente trabajo literario. Esperamos que vengan, entonces, más estudios sobre su obra para seguir acosando esta interesante  propuesta.

Respecto al segundo motivo de alegría que me proporciona este libro, al privilegio que me ha sido otorgado por Cristian Cayupán para que prologue su “Tratado de Piedras”, solo me cabe humildemente agradecer dicha deferencia, como un viejo que recibe un vaso de buena chicha en el atardecer de su vida. Eso. Nada más por hoy, que con esta poesía tengo bastante.

Temuco-Talca-Valparaíso, octubre de 2014.



 



 

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(A propósito de “Tratado de Piedras” de Cristian Cayupán. Editorial Conunhueno, Valparaíso, 2014.)
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