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POESÍA\TEXTO\ESCRITURA/FEMENINA/FEMINISMO

Por Carmen Berenguer
Publicado en LITERATURAS Y FEMINISMO. Mónica Ramón Ríos compiladora



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Este texto quiere dialogar en torno a las “escrituras” en la poesía de un corpus de autoras que participaron activamente con lecturas durante y después del Congreso de Literatura Femenina de 1987. Es decir, textos atravesados por el y los debates feministas desde el centro/periferia, centros metropolitanos del saber y el margen latinoamericano. Para ello he releído el libro Escribir en los bordes publicado a propósito de ese congreso en 1990. Y, producto de la lectura, he destacado citas de las organizadoras y académicas provenientes de los departamentos de español en Norteamérica y de las académicas de Chile que regresaban del exilio chileno, escritoras y poetas de América Latina.

Quisiera puntualizar que, cuando realizamos el Congreso de Literatura Femenina, la academia estaba intervenida, y que la producción literaria femenina se inscribió paralelamente a las persecuciones y la instalación del modelo neoliberal chileno.

El canon en la poesía chilena es una construcción que pertenece a una genealogía masculina. Su soporte se basa en el prestigio de una heredad precedente, legitimada por su logos centrado en el falo. De tal modo que su poesía es hegemónica y patriarcal. De tal modo que he complejizado el espacio territorial y me ubico más bien en un mapa desterritorializado en el que lo plural es político decolonial y anárquico barroco. El mundo literario chileno es hace rato extemporáneo. Ahí la palabra“poeta” y/o “poetisa” es afuerina, exiliada, inmigrante, marginal, india con la pluma afilada.

Vale la pena despejar alguna pregunta. Por ejemplo, ¿cuál es la diferencia entre literatura y escritura? De modo general, puede decirse que la literatura pertenece al espacio magistral del significado fundado por la cultura grecolatina. Por el contrario, la escritura no excluye a ninguna cultura, en especial porque remite a una palabra que incluye la otredad. Además es interminable, porque es apertura, confesión, marca, cuerpo, espacio.

A propósito de escritura, existe un segmento de poetas que pone en entredicho un “yo” y articula una poesía más fragmentaria, poniendo en duda el mismo acto de escribir. Tal es el caso de El primer libro de Soledad Fariña, donde el sujeto de la escritura es el paisaje que deslumbra por primera vez. Así, en sus páginas se constituye el primer silabario como un nuevo mundo circundante de dudas en el acto sublime de nombrar, de atreverse a nombrar. Es un nuevo ejercicio, tanto que llevará a la autora en su segundo libro a una artesanía de la palabra, como si estuviera contando las palabras y las cosas en Albricia, luego en La vocal de la tierra y posteriormente en Narciso y los árboles. La estética de Soledad Fariña ocurre entre eros y paisaje, un mundo creado donde debía reconocerse una bisexualidad para eludir un sujeto fijo, para transitar por la ambigüedad antes que por la heterosexualidad normativa en la dualidad.

Así se fueron planteando diversas estrategias en la poesía chilena. Verónica Zondek, por su parte, desarrolló una escritura simbólica sobre el holocausto, una simbología de los huesos de sus ancestros judíos que vivieron el horror en los campos de concentración. Al mismo tiempo, estaba escribiendo un discurso de la realidad chilena en los años ochenta.

Eugenia Brito, en Vía pública, se desplazaba en el ritual de la urbe como mujer con una estética visual para una ciudad intervenida. En Filiaciones despliega un árbol genealógico de otras escrituras previas donde se reconoce. Luego, su discurso poético se fragmenta para situarse en una mirada más reflexiva sobre Latinoamérica en el libro Desplazamientos.

Elvira Hernández, en tanto, escribió un texto que circuló de forma inédita en los primeros años de la dictadura, La bandera de Chile, donde reflexiona crítica, irónica y audazmente acerca del símbolo patrio herido. Los símbolos patrios fueron el bastión de las articulaciones en el discurso femenino por esos años, como en la novela Por la patria de Diamela Eltit y el poemario A media asta de mi propia autoría.

Entonces, ocurrió un cambio con respecto a ese primer discurso de la poesía escrita por mujeres en los ochenta. La poesía que siguió tuvo un discurso más apegado a la tradición lírica y a la utilización del “yo” pleno como eje articulador del sujeto femenino; así fue el caso de Teresa Calderón, Heddy Navarro, Paz Molina, entre otras.

La gestación en la poesía de un racionar y diferenciar por medio de la visualidad, del fragmento y de los diversos niveles de habla experimental, tenía como objetivo cuestionar la hegemonía masculina del canon literario. Escribir en aquel tiempo fue ingresar al lenguaje establecido en su heteronormatividad literaria y cultural, sin pasar por las interrogantes del desgaste de los discursos tradicionales después de los acontecimientos del quiebre institucional en 1973, cuando “la palabra” quedó suspendida, y luego sin poder unir ya nada en ese mismo quiebre, corte, suspenso que se produce en la lengua. La mudez tuvo que rehacer su tejido textual. La crisis institucional del año 1973, que puso en cuestión la utopía y el cansancio de las viejas formulas políticas, acentuó la necesidad de otras lecturas para ampliar los discursos teóricos, una torsión femenina de la masculinidad fundada en el logos androcéntrico.

La poesía de mujeres escrita en la década de los ochenta emerge en un contexto de violencia y represión. Los autores precedentes de poesía vanguardista, que aparecieron entre el gobierno de Allende y el golpe militar, recibieron el impacto de la crisis institucional. Hubo un corte estético producto del efecto de la misma crisis.

El lugar desde el cual se desarrollará la escena de la escritura chilena será el lugar del “margen”, desde el cual asegura su disidencia y garantiza la posibilidad de recrear en el espacio los signos que desocupen el tramado urbano de la codificación impuesta por el orden represor. Desde ese lugar marginal, loque la nueva “literatura” tratará de hacer consiste en recomponer un orden simbólico otro, lo que pasa por supuesto por la trasgresión a la ley vigente. (Eugenia Brito)

La poesía de mujeres surge entonces en una rearticulación opositora a la dictadura de Pinochet. Se constituye con fuerza al alero de organizaciones universitarias, movimientos y organizaciones sociales. Escribir en Chile después del golpe fue escribir una palabra en una emergencia política, un activismo de la palabra. Esta producción de textos surge como desacato a las leyes imperantes, pues en esos años para publicar un libro había que pedir permiso al Ministerio del Interior y no existía el derecho a reunión. Así lo señala Soledad Bianchi:

Estos volúmenes, con distintos enfoques, intereses y estilos, pero expresados, por lo general, desde una sujeto que se identifica y se reconoce como mujer, van estableciendo una colección, un sedimento, de obras. Además, sin que sus autoras pertenezcan a un colectivo, sus encuentros —más o menos casuales— las hacen conocerse y situarse de otro modo en el panorama literario, al saber que, sin proponerse un programa común, ni coincidir en lecturas ni perspectivas ni métodos ni modos de abordar la literatura ni de expresar a la mujer, tampoco están solas.

Aun así, ¿es posible hablar de poesía femenina? La categorización de “lo femenino” como determinante de sexo y género en sus diversos niveles, ha sido problematizado por la crítica feminista. Principalmente se ha dicho que la feminización literaria de la comúnmente llamada “literatura femenina” supone un símil entre sexo y texto, y que bajo esta categoría las obras firmadas por escritoras pertenecen a la comunidad sexual de las mujeres. La obra así sería reproductora de imágenes y representaciones de determinados prototipos de identidad. ¿Bastaría que haya literatura escrita por mujeres para que se pueda inferir que eso es literatura femenina? 

 

 


 

 


 




Imagen superior: Masquerade, 1954 – Grace Hartigan

 



 



 

 

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