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Rituales

Carolina Brown
Publicado en Revista Mercurio, España. 8 de agosto de 2021



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Miró la llave en su mano antes de introducirla en la cerradura. La desconcertó el sonido de una boca abierta mascando chicle a sus espaldas; la masa arriba de la lengua, cubierta de saliva reluciente y con las marcas de los molares. Sacudió los hombros, mantuvo los ojos bien cerrados para pensar en otra cosa y quitarse el asco mientras escuchó los pasos del otro que se perdían por el pasillo. Volvió a la llave, estaba sucia. La había utilizado para marcar los números del ascensor y también para abrir la puerta que daba a la calle, quién sabe cuánta gente pasaba por ahí.

Si se encontraba con alguien en el corredor se hacía para un lado, le daba la espalda, aguantaba la respiración hasta que se alejaban. Si había otra persona esperando el ascensor, subía los nueve pisos por la escalera, cuidando de no tocar el pasamanos.

Dejó las bolsas sobre la mesita junto a la entrada, donde antes estaba el teléfono. La zona sucia no era más que un cuadrado imaginario de un metro por un metro frente a la puerta. Había pensado en marcar el piso con cinta adhesiva, pero no tenía. Las llaves las colgó en un clavo que había dispuesto en la puerta, justo debajo de la mirilla. Se sacó los zapatos de calle y desinfectó las suelas con el aspersor de agua con cloro que dejaba junto a la puerta. Miró la botella con el líquido a contraluz, quedaba poco. Después roció las llaves y la tarjeta de crédito que sacó de su bolsillo. Ya no manejaba efectivo, los billetes le producían angustia. Se sacó la mascarilla con cuidado, tomando los elásticos de los bordes. La dejó caer en una bolsa plástica a la que le hizo un doble nudo.

Fue a lavarse las manos, apurada, como si le picaran. Las observó por un momento antes de embetunarlas con jabón antibacteriano, separando bien los dedos desde la base, imaginando una corriente de luz limpiadora, tal como había aprendido en todos esos tutoriales de yoga y meditación que miraba por internet cuando era presa de la angustia por las noches.

Se puso jabón hasta los codos, una capa gruesa estilo guante de gala. Cantó el estribillo de una canción pop olvidada, recordó a la artista caída en desgracia hace años. Por si las moscas, repitió la estrofa. Le gustaba ir variando el repertorio.

Sacó primero las verduras de la bolsa. Lavó uno a uno los pepinos, tomates, limones y naranjas con abundante agua tibia y jabón. Los dejó en el secaplatos y fue a por las paltas, los huevos y el pan. No sabía si el empaque resistiría el agua y optó por pasarle un paño con desinfectante por los pliegues y recovecos del plástico. Se aseguró de acariciar hasta la última arruga. Después hizo lo mismo con las cajas de leche descremada.

Le picaba insistentemente la cara. La mascarilla la hacía sudar y tenía la nariz y la barbilla salpicada de granos purulentos, se los miraba con atención por las noches, en el espejo del baño, después de lavarse los dientes. Quiso apoyarse en el mesón de la cocina pero se detuvo justo a tiempo, era mejor no tocar nada con esta ropa. Un calor incómodo se extendía por su rostro, le quemaba la parte baja de la mejilla al llegar a la boca. El hormigueo iba empeorando, tomándose su rostro milímetro a milímetro. Trató de resistirse a la tentación de pasarse los dedos por las pústulas, aún le quedaba la mitad de la mercadería por desinfectar. Se le ocurrió soplar aire por la boca, dirigirlo hacia el escozor utilizando los labios, pero no era suficiente. No podía rascarse ahora, eso no, tenía que asumir que todo estaba contaminado; incluso las dos botellas de vino que pensó, ilusamente eso ahora lo veía muy claro, le durarían toda la semana. Estaba también el helado de chocolate, un tarro de litro extra premium que ahora se derretía triste en el pasillo, porque había olvidado ponerlo primero en el congelador; y el kilo de lentejas, ella odiaba las lentejas, pero las había echado al carro igual, de pura frustración.

Sintió tres cabellos rebeldes caer sobre su cara y rozarle la piel, todavía húmeda por la mascarilla; el cosquilleo travieso del picor se amplificaba. Los ojos se le cerraron por una fracción de segundo. No pudo detenerlo, estornudó arriba de los pomelos limpios. Se miró horrorizada. Las gotas de saliva brillaban bajo la luz de la cocina, piedras preciosas que centellaban sobre la cáscara viva de la fruta.

Llevó la fuente cargada de regreso al lavaplatos y volvió a ponerse jabón hasta los codos, repartiendo la espuma con cuidado. Estaba inquieta y en vez de cantar una canción contó hasta cien. No se podía estar segura de nada en este mundo, por eso caminó hasta la lavadora donde se quitó la polera de manga larga que utilizaba para salir de casa. Eso lo hacía siempre al final, pero no importaba, esta vez se metería a la ducha apenas terminara de lavar. Dejó caer la prenda dentro, junto a un chorro más que generoso de detergente líquido y apretó con furia el botón de encendido. Tenía fibras de cobre, por eso la usaba.

Miró su reflejo en la ventana: había engordado. Sí, había engordado. Y los videos de yoga nada hacían al respecto porque apenas caía la noche se enjuagaba la boca con generosas copas de tinto, en el balcón, mirando la ciudad callada que le ponía los pelos de punta. Le dolían los hombros de tantas posturas con nombre de perro.

Volvió al lavaplatos y se puso jabón en las manos otra vez. Su piel ya se sentía tirante y agrietada, la crema de aloe vera no estaba haciendo su trabajo. Se miró el dedo índice, el esmalte se estaba saltando. Mejor, lo único que hace el color es esconder la mugre. Necesitaba calmarse, iba a tomarle al menos veinte minutos limpiar todo de nuevo. Después podía meterse a la ducha, lavarse el pelo y la cara. Tal vez era necesario comprar otro par de guantes en la próxima ida al supermercado. En el departamento de al lado el vecino tosió y encendió la radio a todo volumen. Ella arrugó la nariz, la gente no tenía respeto por nada. Mientras ajustaba la temperatura del agua y colocaba el tapón, escuchó por primera vez el nombre de un lugar lejano llamado Wuhan.


 

 

 



 

 

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