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Industrias Chile S.A.: el diálogo con la desolada imagen de Antonio Romano Montalbán
Industrias Chile S.A. César Cabello. Piedra de Sol Ediciones, 2011. 155 págs.

Por Cristian Geisse Navarro



 

 

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En el centro de este libro hay algo oscuro, algo violento y brutal, que revela una profunda reflexión experiencial sobre la identidad y la búsqueda, que perfectamente podría haber sido un ensayo o un relato. De hecho, en algunos momentos este libro me dio la impresión de ser una suerte de  novela regurgitada, con atisbos de trama, personajes, montajes y relatos enmarcados a medio triturar. A partir de La Nueva Novela de Juan Luis Martínez, ha surgido una suerte de subgénero poético, que juega con la idea de deconstruir un relato, de hacer el amague –aunque sea solo por el título- de relato, y luego irse en picada hacia el lenguaje poético, más lleno de posibilidades, más cercano al delirio y a la videncia, jugando siempre con la posibilidad de expandir los límites del idioma y la cognición. Creo que este libro de César Cabello tiene algo de esas tentativas, aunque quizás sin la influencia directa de Martínez. Dentro de él encontramos relatos –verdaderos relatos- que hacia el final siempre se deciden por un acercamiento al lenguaje poético que los ayuda a evadir esa categoría. ¿Por qué lo decide así Cabello, o Montalbán –su guía, su máscara-? No tengo la menor idea. Es posible que intuya que eso que quiere comunicar, no sea algo que apunte a nuestra racionalidad, sino más bien a esa cosa extraña e imprescindible que llamamos espíritu.  Nada mejor que la poesía para hacer algo así. Se sabe ahora, que el lenguaje y la música tienen entre muchos de sus elementos comunes, la de compartir las mismas zonas de nuestros sesos en sus procesos de producción y de recepción. Y la poesía ahí es una de las evidencias más importantes de este fenómeno. Así, de la misma forma como nos emocionamos con canciones en otros idiomas, sin que entendamos una palabra de sus letras, la poesía suele hacer lo mismo, pero con códigos lingüísticos familiares a nosotros que se hacen ahí otros. Se estiran con ella –con la poesía- nuestras posibilidades cognitivas, fonéticas, sintácticas, semánticas, pragmáticas, arrastrándonos a sensaciones sin que necesariamente “entendamos” lo que las palabras nos sugieren. Y por eso me inquieta aún más el hecho de que en el centro de este libro haya algo oscuro, algo violento y brutal, cuyo significado último queda como una estela turbia flotando en uno. Creo que tiene que ver con la idea de despojo, de abandono, y de la furia ciega que cosas así provocan en el hombre. Sin tener un panorama exacto de nuestra poesía mapuche actual, me parece que aquí hay otra cosa, distinta y franca, asumiendo el problema identitario desde el conflicto interno, desde la herida y la escisión que puede haber en la hibridez y el choque de mundos. César Cabello y su alter ego Antonio Romano Montalbán entonces me recuerdan a Nobodie, el indio mestizo de la película Dead man de Jarmush, mezcla de dos tribus rivales, imposibilitado de vivir con ninguna de las dos, solo en tierra de nadie, sin pertenecer ni enraizar realmente en ninguna parte. De hecho, el padre de Romano Montalbán no es su padre verdadero, sino que es un proxeneta cruel y calculador que lo compra a una indígena y que lo monta en un barco. Después él sacará un trozo de su país y hará su propio territorio flotando a la deriva por el océano. Y tal como Nobodie, a Romano Montalbán lo guiará de una manera u otra la poesía, una poesía hasta cierto punto cercana a Blake –que es el poeta criminal que guía a Nobodie, tal vez sin que él mismo se dé cuenta. El rastro de sangre que deja este viaje puede rastrearse fácilmente a través de la metapoética del libro que surge a cada instante y que se encuentra unida  indisolublemente con la crisis de identidad que alimenta eso oscuro, violento y brutal que define el libro. “Esto se trata de un viaje por la memoria y la alucinación, hasta ese lugar inhabitable en que un día comenzamos a escribir, a ser vistos como literatura” (Discurso del presidente y capitán de INDUSTRIAS CHILE S.A.) “A veces pienso, hermano, que los poetas mapuches somos como esos pequeños difuntos de los que nadie se quiere hacer cargo: a un lado, la raíz, la memoria y el hospicio; al otro, la fuente ajena de la que bebemos para transformarnos hombres en busca de una piedad dudosa. ¿Has visto la miseria a la que llaman algunos de nuestros versos? ¿El llanto que precede, incluso a la poesía? (…) Creemos que nuestra memoria es extraordinaria y que somos los únicos capaces de recordar a los muertos, pero es falso como es falso cualquier diálogo que no sea con nuestra desolada imagen. (…) Escribimos usando las armas de los victimarios, reflejándonos en ellos para negociar un cuerpo o una identidad falsa” (Epístola) “El mal siempre fue parte de nosotros, la presencia del kalku (traducido a veces como brujo) todavía vive en la fascinación por la muerte y en el merodeo por los cementerios. Yo escribo con esa pulsión, no creo en la herida ni el idealismo mapuche que, hasta antes de la llegada de los colonizadores, miraba desnudas bañarse a las hermanas / con manojos dequillay en el arroyo, sin sentir el deseo o impulso de la carne (…) Hay que ser obedientes y ocupar la lengua en pos de remarcar a cada rato la identidad. ¿De qué sirve ser tantas veces mapuche, si lo único que arrastramos es un saco con huesos rotos” (La vida en tierra). “Muchas veces, en mis poemas, he intentado traducir y sanar de su extrañamiento, que también es el mío. Pero el dolor circulará en mí como otra sangre” (De cómo aprendimos el arte de la guerra). “No soy sereno y todo lo resuelvo a golpes, no estoy a la altura de las circunstancias. La ciudad me confunde con un espíritu errante. Soy uno más… // Y perdí el camino” (Yo no soy la historia). “Tú comes conejos y pájaros crudos, Leviatán. / Los cazas, los ares y devoras, hambriento, sus interiores // Yo hago lo mismo, pero en poesía” (Leviatán). “Hace tiempo que no escribo poesía indígena o sureña, he perdido la brújula y mi carta de navegación. Aún así transito en la sombra de dos mundos, como un solo temblor en dos espejos. Necesito una máscara y un capitán dispuesto a cruzarme al otro lado: Antonio Romano Montalbán” (Variaciones a Mishima).

Hay bastantes elementos interesantes en el libro que lo hacen digno de crítica y análisis: el que sea un género hibrido, mezcla de poesía, narrativa y ensayística; las tentativas en torno a la poesía visual; el intertexto y el intratexto, el revival crudo e irónico de la metáfora del viaje marítimo hacia tierras desconocidas; las proposiciones etnoliterarias; la torsión del pacto autobiográfico y con ella las fisuras realidad/ficción. Pero para mí, lo más hondo, lo que hace de este experimento poético más notable y memorable está en eso oscuro, violento y brutal que brilla en el centro de este libro, esa inquietante fractura que se nos comunica en virtud de algo que va más allá de las palabras y que algunos podrían llamar poesía, la que a veces –y a veces en sus mejores momentos- no es sino una bestial y pura sinceridad que nos llega sin que entendamos mucho lo que estamos leyendo o escuchando, con una claridad pasmosa que nos revela visiones de nuevos mundos dentro de este mundo. Aún cuando este mundo y esos mundos se estén cayendo a pedazos.



 

 

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