Martes 9 de octubre.—Navegó al Sudueste, anduvo cinco leguas, mudose el viento y corrió al Güeste cuarta al Norueste, y anduvo cuatro leguas. Después con todas onze leguas de día y a la noche veinte leguas y media, contó a la gente diez y siete leguas. Toda la noche oyeron pasar páxaros.
Miércoles 10 de octubre.—Navegó al Güesudueste. Anduvieron a diez millas por ora y a ratos doze y algún rato a siete, y entre día y noche cincuenta y nueve leguas, contó a la gente cuarenta y cuatro leguas no más. Aquí la gente ya no lo podía sufrir, quexávanse del largo viaje. Pero el almirante los esforçó lo mejor que pudo, dándoles buena esperança de los provechos que podrían aver. Y añidía que por demás era quexarse, pues que él avía venido a las Indias y que así lo avía de proseguir hasta hallarlas con el ayuda de Nuestro Señor.
Jueves 11 de octubre.—Navegó al Güesudueste. Tuvieron mucha mar y más que en todo el viaje avían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la caravela Pinta una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedaço de caña y otra yerva que nace en tierra, y una tablilla. Los de la caravela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramojos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos. Anduvieron en este día hasta puesto el sol veintisiete leguas.
Después del sol puesto, navegó a su primer camino al Güeste. Andarían doze millas cada ora, y hasta dos oras después de medianoche andarían noventa millas, que son veintidós leguas y media. Y porque la caravela Pinta era más velera, iva delante del almirante, halló tierra y hizo las señas que el almirante avía mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se dezía Rodrigo de Triana. Puesto que el almirante a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque, como fue cosa tan cerrada, que no quiso afirmar que fuese tierra, pero llamó a Pedro Gutiérrez, repostero de estrados del rey, e díxole que parecía lumbre, que mirasse él, y así lo hizo y vídola. Díxole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el rey y la reina embiavan en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estava en lugar do la pudiese ver. Desque el almirante lo dixo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alçava y levantava, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra, pero el almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dixeron la Salve, que la acostumbravan dezir cantar a su manera todos los marineros y se hallavan todos, rogó y amonestolos el almirante que hiziesen buena guarda al castillo de proa y mirasen bien por la tierra, y que al que le dixese primero que vía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los reyes avían prometido, que eran diez mil maravedíes de juro a quien primero la viese.
A las dos horas después de medianoche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas y quedaron con el treo, que es la vela grande, sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una isleta de los Lucayos, que se llamava en lengua de indios Guanahaní. Luego vieron gente desnuda y el almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Anes, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el almirante la vandera real y los capitanes con dos vanderas de la Cruz Verde, que llevava el almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y, encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escrivano de toda el armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dixo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomava, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el rey y por la reina sus señores, haziendo las protestaciones que se requirían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hizieron por escrito. Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla.
Esto que se sigue son palabras formales del almirante, en su libro de su primera navegación y descubrimiento destas Indias. «Yo —dize él— porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertería a nuestra santa fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidro que se ponían al pescueço, y otras cosas muchas de poco valor, con que ovieron mucho plazer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocavan por otras cosas que nos les dávamos, como cuentezillas de vidro y cascaveles. En fin, todo tomavan y davan de aquello que tenían de buena voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mugeres, aunque no vide más de una harto moça. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de treinta años. Muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruessos cuasi como sedas de cola de cavallo, y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de blanco y de ellos de colorado y de ellos de lo que fallan. Y de ellos se pintan las caras y de ellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos y de ellos sólo el nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les amostré espadas y las tomavan por el filo y se cortavan con ignorancia. No tienen algún fierro, sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pece y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vide algunos que tenían señales de feridas en sus cuerpos y les hize señas qué era aquello y ellos me amostraron cómo allí venían gente de otras islas que estavan acerca y los querían tomar y se defendían. Y yo creí, creo, que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por captivos. Ellos deven ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dizen todo lo que les dezía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, plaziendo a Nuestro Señor, levaré de aquí al tiempo de mi partida seis a vuestras altezas para que deprendan fablar. Ninguna bestia de ninguna manera vide, salvo papagayos en esta isla». Todas son palabras del almirante.
Sábado 13 de octubre.—«Luego que amaneció vinieron a la playa muchos destos hombres, todos mancebos, como dicho tengo. Y todos de buena estatura, gente muy fermosa, los cabellos no crespos, salvo corredíos y gruesos, como sedas de cavallo, y todos de la frente y cabeça muy ancha más, que otra generación que fasta aquí aya visto. Y los ojos muy fermosos y no pequeños, y ellos ninguno prieto, salvo de la color de los canarios. Ni se deve esperar otra cosa, pues está Lestegüeste con la isla del Fierro, en Canaria, so una línea. Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, salvo muy bien hecha. Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo, y todo de un pedaço y labrado muy a maravilla según la tierra, y grandes en que en algunos venían cuarenta y cuarenta y cinco hombres, y otras más pequeñas, fasta aver de ellas en que venía un solo hombre. Remavan con una pala como de fornero, y anda a maravilla y, si se le trastorna, luego se echan todos a nadar y la endereçan y vazían con calabaças que traen ellos. Traían ovillos de algodón filado y papagayos y azagayas y otras cositas que sería tedio de escrevir, y todo davan por cualquier cosa que se les diese.
Y yo estava atento y trabajava de saber si avía oro, y vide que algunos de ellos traían un pedaçuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz. Y por señas pude entender que yendo al Sur o bolviendo la isla por el Sur, que estava allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho. Trabajé que fuesen allá y después vide que no entendían en la ida. Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde y después partir para el Subdueste que, según muchos de ellos me enseñaron, dezían que avía tierra al Sur y al Sudueste y al Norueste, y que estas del Norueste les venían a combatir muchas vezes, y así ir al Sudueste a buscar el oro y piedras preziosas. Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes y muchas aguas y una laguna en medio muy grande, sin ninguna montaña y toda ella verde, que es plazer mirarla. Y esta gente farto mansa y por la gana de aver de nuestras cosas y teniendo que no se les ha de dar sin que den algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego a nadar. Mas todo lo que tienen lo dan por cualquiera cosa que les den, que fasta los pedaços de las escudillas y de las taças de vidro rotas rescatavan, fasta que vi dar diez y seis ovillos de algodón por tres ceotís de Portugal, que es una blanca de Castilla, y en ellos avría más de un arrova de algodón filado. Esto defendiera y no dexara tomar a nadie, salvo que yo lo mandara tomar todo para vuestras altezas, si oviera en cantidad. Aquí nace en esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así del todo fe. Y también aquí nace el oro que traen colgado a la nariz, mas por no perder tiempo quiero ir a ver si puedo topar a la isla de Cipango. Agora, como fue noche, todos se fueron a tierra con sus almadías».