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Feminismo, religión y muerte: Los apuntes de Carla Cordua
"De todas layas" Ediciones UDP, 2019

Por María José O'Shea
Publicado en La Tercera, 19 de Marzo de 2019


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Su visión crítica sobre la actualidad, desde la voz autorizada del conocimiento y también de la experiencia. Carla Cordua (93) -Premio Nacional de Humanidades en 2011-, publica esta semana “De todas layas”, editado por Ediciones UDP. El libro reúne fragmentos en los que Carla Cordua reivindica la posibilidad de pensar sin caer en estereotipos. La migración, la prensa, el feminismo y la política son parte de los escritos. Aquí, una selección.

 

La época de grandes migraciones se repite. Muchedumbres recorren el orbe para encontrar refugios, descanso, alimentos, libertades, para poder iniciar algo que quede en alguna parte como huella de su existencia perdida.

Al llegar a Nueva York huyendo del estado totalitario alemán en la Europa de 1941, la migrante Hannah Arendt dijo: “La historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos, la de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos”. Puede ser que ella no anticipara que sus palabras de refugiada reciente iban a recuperar su ardiente actualidad tan pronto de nuevo. Tanto los actuales migrantes que se dirigen a Europa venidos del Medio Oriente y de África como los desocupados sin papeles expulsados recientemente sin destino fijo de los EE.UU. de Norte América por el gobierno de Trump, tienen dónde encontrar campos de internamiento amistosos. Si no se han ahogado en el Mediterráneo o en las aguas del Atlántico entre Florida y las costas indefensas, los desiertos de las Américas pobres, solo les queda la nuda vida y sus urgencias. Ni hablar de amigos locales: los expulsados ya saben que cuando perdieron el camino y la meta, ya se habían quedado sin apoyos o derechos de clase alguna. Han oído mentar, eso sí, a los llamados derechos humanos, de que supuestamente gozan todos los que lo son. Pero estos derechos, ¿será cierto que son, además de universales, también prácticos y efectivamente válidos en algunas partes del globo? ¿Que se los puede reclamar con éxito, que para eso somos civilizados, tenemos representantes políticos elegidos, instituciones democráticas, las Naciones Unidas, la moral cristiana, el ejemplo de nuestros héroes, las tradiciones, el honor de nuestros antepasados, las glorias de nuestro pasado?

 

Pocos agentes son tan universales, democráticos y desprejuiciados como la muerte.

 

El mal mayor es tal vez el tiempo que nunca se entrega entero sino solo como un pasar trozado. Y que, cuando regala mucho y trascurre como espera, ofrece más que cierta amenaza. Solo querría enseñar a temerle a la muerte. Esto es, a que él se retiraría del todo, como si pudiera. Pero engaña: tampoco la muerte será el mal mayor cuando venga, sino envejecer que convierte a la existencia en esperanza de nada más por venir.

 

Los ateos rezan cuando les hace falta. Pues, cuando de veras hace falta, ni ellos ni tampoco otros perciben las propias incoherencias. Qué de raro tiene, como si en medio de la necesidad alguien tuviera el cuajo de pensar en ellas. Los ateos se persignan también, por si hiciera alguna diferencia. No hay nadie tan solo como el ateo, en particular, cuando haría falta no estarlo. Rogar, pedir, confiar, prometer, ¿a quién? Cuando es preciso rezar lo hacen también a veces los que no tienen a quién. Será solo a sí mismos, a sabiendas de que es poco comparado con la necesidad.

 

El estado anímico de los ciudadanos de las democracias actuales es, principalmente, el desdén de la política, tal como si ellos la creyeran reemplazable. Este desdén ignorante es un producto característico de la falta de educación y de reflexión de las multitudes puestas a prueba por tiempos difíciles y muy nuevos para ellas. En su no saber qué hacer con la difícil actualidad, las mayorías sienten un rechazo tajante hacia quienes se ofrecen para ejercer los poderes políticos y las tareas de representación de la ciudadanía. De modo que la odiosa opinión mayoritaria hacia la política en general tiende a concentrarse sobre quienes la representan personalmente. Los que manifiestan públicamente estar dispuestos a desempeñar funciones políticas serían aquellos ya predispuestos a hacerse deshonestos, irresponsables, falsos y codiciosos. Pues lo propiamente tóxico es la cosa política misma y su enorme capacidad de envenenar al que la representa, ejerce o justifica. ¿Siempre ha sido como hoy? Quizás no: la corrupción de la política es parte de la descomposición de la sociedad moderna.

 

La perversidad de la política es vista torpemente a menudo como un efecto derivado ya sea de la sobrepoblación del planeta o de la falta de educación moral, de la dictadura del sistema financiero global o de la pérdida de toda religión. En particular, la ausencia de una autoridad suprema que controle los merecimientos y las faltas de cada uno y se las haga valer mediante premios y castigos, no puede acabar sino en la irresponsabilidad generalizada. Sin una religión que premia y castiga, sin una monarquía hereditaria, sin una educación moral creíble, sin una inmortalidad sometida a jueces omniscientes e insobornables, el ciudadano democrático actual, que conoce bien su propia vacuidad y falta de estructuras vitales para resistir tropiezos y pruebas, desconfía de antemano de quienes representan a la política actual. Él mismo: ¿qué haría una vez contagiado? No se confía, no se cree, no se vota.

 

Si usted hasta ahora ha tenido la suerte de que nadie lo haya entrevistado aún, no se entusiasme antes de tiempo ya que, como se sabe, a todos los humanos nos ronda lo inevitable. En caso de que los entrevistadores no lo hayan encontrado aún, es importante que considere esta actividad antes de que lo alcancen. Lo principal es saber que todas las entrevistas son exactamente iguales: es posible que ya existieran en el antiguo Egipto y que su fórmula estable floreciera durante el período de la decadencia del Imperio Medio. La constancia de sus preguntas es una insinuación tácita de que usted debiera contestar lo mismo que sus antecesores. Por esta y otras razones conviene preparar a las personas en el respeto de los bienes heredados. Le sugerimos algunas maneras de contestar que moderen el entusiasmo del entrevistador, que suele inclinarse a renovar de inmediato el placer de entrevistarlo cuando apenas termina de hacerlo por primera vez. Es conveniente que después del encuentro inicial venga un breve período de libre respiración para ambos interlocutores.

Una vez colocado ante quien lo interroga preste atención al modo de hacerlo: si lo hace de mala fe, o bruscamente, fusil en ristre, o si quiere imponerle lo que usted dirá, responda siempre: “Según”. Si quiere saber, por ejemplo: “¿Usted compra boletos de lotería?” Usted: “Según”. El otro a su vez: “¿Según qué?”. Usted: “Pues, según usted”. Y ya, eso será todo lo necesario. Una respuesta despelotada tiene un gran efecto tranquilizador.

Si la pregunta se refiere a cantidades, responda: “Sí y no, quiero decir, todos los que caben”. El otro dirá: “¿Caben dónde?” Usted: “Según”. En cambio, cuando se trata de valores usted dirá siempre: “Sí, fuera de toda duda”. El otro: “¿Duda de qué?”. Usted: “Según”. El éxito suele coronar al persistente.

 

Las religiones no enseñan saberes, cuentan mitos. A estos no se les pide lo que procuran las ciencias, las noticias, la observación y el estudio. Dan paciencia, esperanzas, fortalezas, consuelos. ¿Es poco? Probablemente. ¿Quién le dijo a usted que tiene un derecho adquirido sobre la verdad a toda costa?

 

Grandes manifestaciones contra la situación de las mujeres en este país que tarda en darse cuenta de que las desigualdades legales desembocan no en las cortes sino en el matadero. Cinco muertas en una semana, dos de ellas con protección policial archivada pero no ejercida. Más que las muertas pesan las convicciones heredadas que habitan las cabezas cavernarias de los legisladores y los gobernantes. En la penumbra de sus mentes crece el argumento firme que culpa a las víctimas por la conducta violenta y brutal del sexo en el poder. Son ellas las que provocan para luego quejarse de las consecuencias. Se atreven a provocar como si no supieran que el portador del impulso sexual no tiene control alguno sobre lo que ocurre inmediatamente después de haber sido estimulado por las desvergonzadas. Total, no se trata sino de una bestia hambrienta. Quién esperaría de un perro que no ha comido desde hace días que le volviera la espalda a un pedazo de carne cruda tirado en la calle. Tampoco es propiamente ese animal sino la naturaleza la que lanza a ese hambriento sobre la presa. La combinación de la exhibicionista irresponsable con la naturaleza necesitada detona los hechos violentos que se siguen inevitablemente. Dejemos las quejas, los “ismos” y las leyes, las cosas son como son. Como solía decir, con auténtica desesperación, el sabio profesor don Juan Uribe Echeverría, “el país no da para más”.



 

 

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