Proyecto Patrimonio - 2015 | index | Carlos Droguett | Autores |

 

 


 



Con Carlos Droguett

Por Andrés Gallardo
Aisthesis 6 / Año 1971

 


.. .. .. .. .. .

Mientras no se lleva nada escondido debajo del poncho, nada más fácil que conversar con don Carlos. Los hilos se van amarrando unos con otros con la sencillez de la simpatía, sobre todo cuando la pauta que pretendía encauzar la entrevista desaparece entre los papeles de la oficina —del altillo— donde transcurren las primeras horas. Siempre dan ganas de preguntarle a don Carlos que por qué está tan vivo; uno se lo preguntaría si todo no estuviera tan claro, si no llevara varias horas conversando, si no hubiera visto tantas entrevistas —España, Cuba, Buenos Aires, bueno, por supuesto Chile— y si no tuviera tantos monólogos de Carlos Droguett en la Biblioteca. Es impresionante lo coherentes que resultan todas las aseveraciones de don Carlos, emitidas en tiempos y lugares tan diversos. Su dolor por la falta de nervio de la literatura chilena. Don Carlos repite donde lo dejen, que esa literatura chilena como institución ha vivido fuera de la realidad; ha habido escritores, sí, y entonces, creamos que como un símbolo, llega a buscarlo don Manuel Rojas. La conversación continúa y don Manuel ahí sentado dándonos su lección: no habla sin que le pregunten, o sonríe, "no sé, pues, el entrevistado es usted, Carlos". Con más de cincuenta años de creación y de honestidad intelectual a toda prueba, don Manuel sigue siendo capaz de dar testimonio de que las vocaciones de escritor y de vedette son distintas. Por don Carlos uno se entera de que don Manuel tiene ya en la imprenta una cuarta novela con Aniceto Hevia. Les cuesta pronunciar "tetralogía". Don Manuel y don Carlos son amigos desde hace tiempo y acordamos veinticuatro horas de tregua antes de seguir conversando.

Esta mañana la cosa es con café, con sánwiches, con jugos de fruta, ya definitivamente sin pauta, sin cauce obligado, por supuesto sin intenciones de sistematizar, salvo una vaga mala fe de llevar las cosas por el lado de la repercusión del escritor, de la literatura. Entonces seguimos con aquella literatura chilena. Don Carlos quiere insistir en que la única cosa que le compete al escritor es escribir. Ahora, como el escritor es un hombre, tiene que ser leal consigo mismo, y como para ser leal consigo mismo tiene que ser leal con su realidad, el problema del escritor comprometido, del escritor educador, no es un problema. Concretamente, Chile ha elegido un camino nuevo, que por el momento es sólo un hermoso proyecto de un orden más justo conquistado con estilo chileno. Don Carlos sabe que no puede ser ajeno al nuevo desafío y eso no le preocupa como problema intelectual, no le preocupa como tema de propaganda. Le preocupa vivir intensamente este Chile, esta Latinoamérica inquieta; le preocupa vivir hondamente, digámoslo con la mayor sencillez, la revolución de las personas. Don Carlos sabe que si todo eso es verdad, su obra no puede ser ni un panfleto ni un pastel de crema, y que necesariamente va a remover las fibras que corresponde. Así, es perfectamente comprensible que don Carlos conciba la literatura como una carrera de postas donde a él le es dado arrancar un pedazo de nuestra realidad y dar el pie para que lleguen otros a arrancar otros pedazos, ojalá más hermosos. Así todo se va haciendo coherente en don Carlos, como su actitud hacia los escritores jóvenes, por los que quiere ser superado, como su respeto por Camilo José Cela y por Mario Benedetti, porque ninguno de los dos es envidioso con los otros que también quieren publicar sus libritos. Sí, así se van entendiendo muchas cosas: por qué don Carlos no puede —no quiere— separar al hombre que escribe del hombre que come, que respira, que es un miserable o un buen tipo. ¡Qué manera de respetar a Pablo de Rokha don CarlosI Y si usted empieza a preguntarle y a oírlo lo va a oír hablar de un gran viejo, de un hombre honrado, de un hombre comprometido que escribió mucho y en cuya obra se refleja lo que era. Y también que escribió libros excelentes, como Escritura de Raimundo Contreras, quizás la mejor novela campesina chilena, aunque otros quieran llamarlo libro de poemas. Don Carlos trasmitió varios años con Pablo de Rokha y sigue trasmitiendo y pegando patadas donde mismo le gustaba pegar a De Rokha. Usted se da cuenta de que está muy claro: la literatura es un juego, pero si sirve para disfrazar la mezquindad, si va a ser un pretexto para ser un imbécil o un desleal, es mejor que no exista. No hay para qué empezar a nombrar gente, porque don Carlos ha nombrado ya más que bastante; lo que importa es eso; que los hechos queden claros. Ahí se van perfilando los criterios de valoración de don Carlos. Hay que adelantarse a decir —porque es posible que haya todavía quien no ha entendido— que don Carlos no tiene un pelo de tonto y que sus juicios se emiten sobre un campo más amplio que el tradicional y que son juicios de un escritor que vive en otro estilo y que sabe muy bien lo que dice pero que lo dice desde dentro. Si de repente usted le pregunta por Borges, le va a decir que es uno de los grandes escritores de nuestra época, pero que es una lástima que tenga esa actitud tan reaccionaria muchas veces, y que debía tener más responsabilidad y no andar por ahí defendiendo la censura o con otras actitudes así, porque eso es miserable. Y honestamente no es del caso que usted vaya y le diga que Borges, a lo mejor, hace todas esas cosas por reírse, como reconocer que se afilió al partido conservador de puro escéptico que es y que lo raro es que lo hayan admitido, como le admitieron una vez unas alabanzas del Reader's Digest. Don Carlos no puede aguantar las actitudes de pije; eso es lo que pasa. Pero nadie más consciente que él, de que para ser escritor no bastan el hondo compromiso y el talento. Hay que oír a don Carlos hablar de la técnica, del trabajo matador, de las horas de lectura. Aquí viene un buen consejo para los jóvenes, sobre todo para los escritores jóvenes: lea indiscriminadamente. Don Carlos recuerda que alguien decía que le temía al lector de un solo libro. Y se entiende que no sólo por problema de influencia ideológica. Don Carlos no concibe al escritor sin oficio y sin cultura. Por eso se duele de Nicomedes Guzmán y de Luis Durand, a quienes les faltó recibirse de escritores. Al cabo de algunas horas con don Carlos se va despejando la complejidad con que él entiende este juego de la literatura. Al fin y al cabo son sus buenos cuarenta años de darle vueltas al asunto, con una monotonía ejemplarmente vital. No es raro que volvamos a caer en eso de la realidad chilena, o ahora latinoamericana, porque cuando usted quiere saber de él mismo, él se escabulle sin querer; él habla de sí mismo sin querer, cuando habla de la realidad chilena. Don Carlos se siente un producto más de esta tierra, claro que un producto que tiene un largo recorrido de influencias, dispares por supuesto. Imagínese que nos pongamos a hablar de influencias con un escritor que se ha pasado toda la vida leyendo y que debe de dormir en un potrero, a juzgar por los libros que tiene en el velador, empezando por la Biblia y Proust. Es más ilustrativo oírlo decir que Neruda no ha influido para nada en él, lo mismo que Faulkner, al cual no conocía cuando escribió los libros que críticos por ahí han considerado de lo más faulknerianos. Sus colegas novelistas chilenos difícilmente van a ser aceptados, ya que han estado vueltos al potrero —a propósito de doña Marta Brunet y don Mariano Latorre—, pero de espaldas a la realidad de Chile. A don Carlos le gusta hablar de esto, decididamente. Pero uno aprovecha para insistir entonces en la repercusión del escritor y don Carlos sigue diciendo que esa literatura chilena no tiene nada que decirles a los jóvenes, porque a los jóvenes hay que educarlos mostrándoles la realidad chilena, que artísticamente ha sido mejor encarnada por pintores o por músicos. Don Carlos quiere dejar constancia de que la cantata Santa María de Iquique es una de las grandes novelas de los últimos tiempos y que debería avergonzar a los novelistas. Y eso que en Chile contamos con La Araucana. Don Carlos tiene ganas de escribir un día la vida de Lautaro. Don Carlos también quiere escribir un día la vida de Martí, pero son tipos muy respetables para emprender sus rumbos con frivolidad o mera improvisación. Hay que dejar que las cosas maduren. Si uno le insiste en aquello de la repercusión del escritor, de su responsabilidad ante los jóvenes, etcétera (don Carlos se ganó el premio nacional de literatura el año pasado y eso lo convierte en escritor oficial, o sea de provechosa lectura en liceos y universidades), si uno insiste, don Carlos termina por decir que si la literatura chilena verdaderamente tuviera algo que ofrecerles a los jóvenes, a lo mejor sería leída, claro que él sabe también los demás problemas que hay con la difusión. El se da cuenta de que los jóvenes no lo leen y prefiere ir a los liceos o a las universidades a hablar de la realidad chilena, de la inmensa novela no escrita del salitre, de la revolución cubana, de Pablo de Rokha, de la muerte del Che, de Arauco y del Gobierno Popular. Es que la literatura es un lujo, eso es cierto, un adorno. A don Carlos le gustaría hacer clases de literatura latinoamericana en la universidad para hablar de esas cosas. Don Carlos es harto bueno para conversar, pero se corre un poco cuando usted le pregunta muy directamente por sí mismo. Claro que se entusiasma dentro de su estilo cuando se acuerda de una camarera de hotel de Barcelona que llegó con Eloy —una primera edición destartalada de puro leída— para que se la dedicara y se puso a conversar con la camarera sobre literatura latinoamericana. Carlos Droguett es prácticamente desconocido en los medios intelectuales españoles. Quizás ahora con el premio Alfaguara a "Todas esas muertes", la camarera del hotel pueda conversar con alguien de la universidad con más conocimiento de causa. Don Carlos está preparando una serie de libros: una antología de Pablo de Rokha, unos relatos bíblicos, para mantenerse actual. Un periodista de Ercilla, en una entrevista que no se atrevió a publicar, le preguntó que cómo se explicaba la acogida tardía, el éxito despues, etc., don Carlos le contestó: "No me lo explico". Don Carlos dijo una serie de cosas que no figuran en esta crónica, como es natural. Usted las puede encontrar en cualquier libro suyo. Las que aquí he consignado tratan de ser bastante fieles en todo sentido. Aún así, si él llegara a decir que no, créale a él.

En las conversas estuvieron también Adriana Valdés y Jorge Román. Noviembre 1971.



 


 

Proyecto Patrimonio— Año 2015 
A Página Principal
| A Archivo Carlos Droguett | A Archivo de Autores |

www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
Con Carlos Droguett.
Por Andrés Gallardo.
Aisthesis 6 / Año 1971