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Actualidad y vigencia de Emile Zola.
"Buenos días, señor Zola", de Armand Lanoux. Editorial Ercilla, 1957

Por Carlos Droguett
Publicado en La Nación, 18 de junio de 1961


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Es muy poco el espacio de un solo artículo periodístico para mostrar, aunque sea en mínima, parte, la cambiante, multifacética, inconmensurable imagen de Zola el escritor, Zola el crítico de arte, Zola el idealista, Zola el profeta. Su personalidad mezclada, compleja y contradictoria, sobrepasa las posibilidades de encerrarla en un espacio reducido, salta todos los moldes como antaño saltó él las barreras de la ley y del prejuicio. Zola desborda siempre y se sale del tema literario para caer en las discusiones sobre la pintura impresionista, el arte social y, aún más, en el problema del bien y del mal, el sufrimiento, la injusticia, los grandes, profundos, antiguos y novísimos temas de la vida y el arte. Por un lado se entronca con el surrealismo, por el otro con las revueltas políticas, los desastres de las guerras y las revoluciones, con la crueldad del régimen político, los abusos no castigados del poder; se hermana con Koestler y el existencialismo. No hay escritor más vivo y más actual que él, sí, a medida que pasan los años, Zola está más de actualidad.

Armand Lanoux, en su biografía "Buenos días, señor Zola", publicada por la Editorial Ercilla, ha querido dar tal vez con su título confianzudo y optimista esta sensación que es la única verdadera: la plena vigencia de Emilio Zola, la verdad permanente que surge de su vida y de su obra, vida apasionante y apasionada, obra recia, tremenda, tinta en sangre y en sudor, estos jugos de la época actual, esencia y definición de un mundo que no es feliz. Lanoux, para retratar a Zola, al que parece admirar más que amar, no solo ha dispuesto de la copiosa bibliografía existente, sino que ha recurrido a la enorme documentación inédita, a todos los documentos existentes en el Archivo Nacional de Francia, en la Biblioteca Nacional de París, en la Biblioteca de Méjans y en colecciones privadas pertenecientes a herederos del escritor y de sus contemporáneos. Resultado, un libro que no sólo es memorándum de una vida ejemplar, sino biografía política-económica-artística de una época que vio el esplendor y la caída del segundo imperio, la agonía del romanticismo y el nacimiento del impresionismo, las primeras luchas sociales, el primer socialismo y que terminaría —junto con el siglo— en esa avalancha del odio que fue el proceso Dreyfus.

 

Emile Zola

Su padre, el ingeniero veneciano Francesco Zola, idealista y práctico, ha recorrido Europa y Africa, ejerciendo su oficio; vive en Argel, en Marsella; propone a su amigo Thiers la defensa de París con fuertes fortificaciones, escribe un "Tratado sobre la nivelación" y muere prematuramente de neumonía. "Y es así como aquel que se convertirá en el gran novelista de la herencia considerada como motor novelístico, se halla en posesión de un árbol genealógico franco-italiano perfectamente equilibrado, con dos abuelos maternos franceses, abuelo paterno adriático y abuela griega. Emelia, su madre, es tierna, sensible y nerviosa; el padre, un donoso aventurero stendhaliano, apasionado y loco por el trabajo. Las cartas del naipe hereditario han sido echadas sobre la mesa", (pág. 16).

Hijo único, estudia en provincia, en Aix; se aburre, conoce a Cézanne. Tienen 10 años y ambos se apasionan por el arte, pero el destino, para crearles fortaleza, cruza las cartas: Cézanne escribe versos latinos, pero Zola es magnífico dibujante. A los 18 años, el muchacho llega en febrero a un París frío y grisáceo; está lloviendo, las cunetas arrastran un fango amarillento. Una insondable tristeza lo invade. La pobreza lo ahoga. En enero de 1859, enfrentado a su absurdo destino, habiendo fracasado injustamente en el bachillerato, quiere emplearse. "Era una resolución desesperada, absurda. Mi porvenir estaba destrozado, me hallaba destinado a podrirme sobre la paja de una silla, a embrutecerme, a permanecer en un camino trillado. Felizmente me retuvieron al borde del abismo... ¡Lejos de mi esa vida de oficina!... ¡Lejos esa cloaca!".

Ya no dibuja, le gustaría escribir, pero no puede hacerlo, está desesperado. "Estoy deshecho, incapaz de escribir dos palabras, incapaz aún de caminar", le escribe a Cézanne, que sigue en provincia, esclavo, como lo será toda su vida, de un padre dominante y burgués.

Se convierte en empleado de aduana. Ahí está, en el subsuelo de los Docks Napoleón, registrando maquinalmente declaraciones de mercancías, transcribiendo correspondencia por 60 francos al mes. "Son las cuatro de la tarde. ¡Por fin! Sale por una escalera grasienta, pegajosa, intestinal, y se va por la esponjosa noche. En la plaza del Chateau d'Eau, las berlinas, los ómnibus y los simones desfilan ante los cafés centelleantes de luz de gas. París bulle y Zola se pierde en la turbamulta donde predominan hombres de blusa, rameras y soldados. Está aburrido, desesperado: Dudo de todo, de mí el primero. Hay días en que me creo sin inteligencia, en que me pregunto lo que valgo por haber tenido sueños tan orgullosos. No he concluido mis estudios, no sé siquiera hablar en buen francés; lo ignoro todo...", (pág. 45).

Hundido en esos atardeceres sofocantes y temblorosos de París, mientras deambula, pues no tiene dinero para el ómnibus, ignora todavía —¡Dios, ni siquiera sé si tengo talento!— que la multitud, la calle, esos barrios viejos de los viejos crímenes, la ciudad revoltosa, audaz, soñadora, práctica, cínica y espiritual, está lentamente, muy lentamente (faltan todavía 20 años), metiéndose en su sangre, invadiendo poco a poco su organismo, transformándolo a él, adolescente triste, hambriento y mal vestido, abúlico y sin fe, en el portavoz, en el profeta, en el director de conciencia de ese mundo que rueda indiferente a su lado, no solo ignorándolo, sino que aún rechazándolo.

Llega al máximo del aburrimiento y la duda :"No puedo quedarme más en los docks, o voy a enfermarme de nuevo", pues ha estado enfermo, afiebrado, asaltado por imágenes horribles, por maquinarias monstruosas; despertaba asustado, desencajado; la piel transpirada, pegada a los huesos. "Mañana no volveré"... Y una mañana no fue más al trabajo. Cesante, el traje raído, verdoso, se pasaba horas enteras en los muelles, entre las sombras del día, mirando a los traperos, pescadores y truhanes. Descubre a Montaigne y a Shakespeare, se entusiasma y se amarga más, quisiera escribir, pero está en la miseria. "Coge con lazo gorriones para asarlos. Les retuerce el pescuezo con lágrimas en los ojos. Escribe en su camastro mientras sujeta la vela'', (pág. 48).

A fines de diciembre de 1861, el señor Boudet, amigo de su padre, miembro de la Academia de Medicina, se apiada de su miseria: "Hijo, tengo necesidad de alguien para entregar mis tarjetas de visita para el Año Nuevo; ¿Podría usted hacerme este servicio? El académico le tiende un luís. Zola deposita 61 tarjetas en el París invernal. Penetra como recadero en casa de Taine, de Edmond About, de Théophile Gautier.

En el domicilio de Octave Feuillet tiene derecho a un vaso de vino ofrecido por la cocinera. Ingresa a la literatura por la puerta de servicio. Pero puede comer: pan y café y diez centavos de queso de Italia", (pág. 54).

Mirada desde atrás, desde la trastienda que somos nosotros, el porvenir, su porvenir, la terrible existencia de Zola a los 20 años no es tan terrible, aparece más bien burlona, sarcástica, casi ingenua, como en esas novelas de aventuras en las cuales el héroe, no obstante todos sus pesares, sus prisiones, humillaciones, heridas, fusilamientos, al fin sale indemne, entero de cuerpo y con un alma más arrogante, provocativa, aureolado en un grasoso e insolente optimismo. Esa silueta de Zola muerto de soledad y hambre en los arrabales, sentado en los acantilados del río, no era ni más ni menos que su introducción a la literatura, el primer compromiso y contacto con sus personajes, esa experiencia que no le podían dar los libros, los teóricos del arte literario ni sus grandes envidiados héroes, Montaigne y Shakespeare, ni siquiera sus amigos, los otros artistas, Cezanne, Manet, Pissarro. Si debía pintar la abyección de París, si debía describir con delectación, con minuciosidad científica, la grandeza y decadencia de una familia bajo el Segundo Imperio, él debía transformarse en esa familia, tenía que absorber todo ese horror, toda esa humillación, toda la bajeza que absorberían a su debido tiempo Lantier, Gervaise y Naná. En este sentido se mira la vida de Zola no de un modo desesperado, tampoco con piedad; su soledad y su pobreza sobrecogen, pero estamos sólo en el primer acto, quizás en el preludio de un grandioso y perfecto drama. Bromas trágicas del destino, te hunde para salvarte, eso es todo. Pero lo terrible es que él no lo sabía, no lo sabían su estómago vacío ni sus ojos enfermos. "Tiene mala vista, pésimo semblante, delgada la nariz, los bigotes de través, la boca triste. Su voz es débil y turbada, el gesto presuroso, entrecortado, breve; las manos bailan sin cesar". (pág. 55).

En la oficina del editor Hachette, situada en la calle de Pierre Sarrazin, una trastienda miserable, iluminada por un ventanillo, el futuro novelista empaqueta, de sol a sol, ejemplares del último libro de Edmond About. "Miro desde hace una hora a unos albañiles que trabajan frente a mi ventana; van, vienen, suben, bajan y parecen dichosos. Yo, en cambio, estoy sentado cuento los minutos que me separan de las seis". Conoce a George Clemenceau. Arisco, voluntarioso, seco y brutal, ese muchacho de 20 años, de larga cabellera ondulada, ha fundado un diario hostil al Imperio. Zola le entrega unos versos. Malos, dice Clemenceau, pero los publica. Empaquetado en ráfagas de dicha, garrapatea rápidamente una colección de poemas y los deja en lugar bien visible en el escritorio de su patrón. Hachette termina por leerlos. "Esa colección no está mala. Pero nunca se venderá. Tiene usted talento. Haga prosa". Animado y desalentado al mismo tiempo, hace un enorme esfuerzo de objetividad y persuadido a medias de que su senda está en otro lugar, deseoso de triunfar a toda costa, renuncia a la poesía. 20 años después opina de sus versos: "Son demasiado débiles y de segunda mano. Mi única vanidad es haber tenido conciencia de mi mediocridad como poeta y haberme puesto valerosamente a trabajar en la labor del siglo, con el rudo utensilio de la prosa".

Piensa con envidia en Balzac. No sólo el odio contra el ambiente, sino también la soledad, las deudas, la pobreza los unen. Una novela en ocho volúmenes. Si, él la haría y pondría toda esa mugre circundante en sus libros. Imagina el titulo de la obra, sucesivamente van pasando por su mente nombres precisos, imprecisos, crueles, breves, hirientes, terribles, jocosos, apagados, malvados: masculla delirante estos apellidos: Goiraud-Gerbasse, Rouchon-Sardat, Rougon-Chantegreil, Rongon-Lantier, Rougon-Malasigne, y, por último, con rabia, el definitivo, Rougon-Macquart. La ira anima a Zola, una ira contra el Segundo Imperio su obra será una liquidación de cuentas. "La familia cuya historia contaré representará el vasto levantamiento democrático de nuestro tiempo; salida del Pueblo, ascenderá, a las clases cultivadas, a los primeros puestos del Estado, tanto a la infamia como al talento".

Porque hay, además, un desafío a Balzac, quien ignoró al obrero. Él, Zola, lo ha descubierto, él lo alzará hacia la verdadera vida, con él odiará al Imperío, ambos prepararán la revolución y el derrumbe. Este descubrimiento no es de ahora, data desde cuando vagaba por los arrabales de París, pobre, hambriento, mal trajeado; era algo todavía informe y dudoso que él con sorpresa, comprendía se le había escapado a Balzac, o quizás el gran arribista había desdeñado incorporar a su mundo. Zola ha descubierto literariamente al proletariado, con él es la primera vez que en la novela francesa aparecen obreros de verdad.

Dos conductas, dos actitudes, dos capacidades, impresionan a primera vista en Emilio Zola: su enorme capacidad de trabajo, que, a través de la pobreza, de su juventud y el rechazo que la índole misma de su obra le creaba, le permitió cumplirla empecinadamente, pacientemente, ladrillo a ladrillo; y el coraje sobrehumano, extrahumano para hacerla de todas maneras y contra todos. Coraje, que es primero del escritor en lucha con un ambiente imbécil, el del París que se reía a carcajadas de los pintores impresionistas y se escandalizaba con "La taberna" (pdf) y "Naná" (pdf), y que es después del hombre contra. el medio, contra todo el medio, su lucha con los poderes visibles. En ambos Zola se encuentra solo y al otro lado, contra el escritor y contra el hombre, ese monstruo de mil cabezas, la hidra de Lerna de la democracia en ascenso pero también en putrefacción, la muchedumbre, tema único, protagonista constante de sus novelas y también de esa otra novela de su vida, el proceso Dreyfus.

Si el burgués que hay en él oye al principio con indiferencia los primeros aullidos de la muchedumbre que devora a Dreyfus, el hombre que hay en Zola pronto escucha los rumores de la inocencia del condenado, y pregunta, averigua, inquiere, toma notas, busca entrevistas. Es decir, procede a hacer una encuesta, tal como el novelista cuando tiene un tema entre manos. Comprometido ya, el escritor de raza huele la inmensa novela que es el proceso mismo, el espantoso drama escrito por el destino, y siente verdadero regocijo al recorrer el ambiente, al conocer los personajes, al hacer las primeras anotaciones superficiales para su formidable, su increíble defensa. Hay pasión en él, la doble pasión del poeta lírico y del hombre sensual; por ambos es encauzado a defender a Dreyfus, lo defiende con odio, con encarnizamiento, con frenesí, dispuesto a llegar hasta lo último, como ha llegado en su novela cíclica, hasta tocar el hueso, la pulpa sangrienta del dolor humano. Zola no es un escritor pura y simplemente abarcable, no es un artista puro, amablemente clasificable, sino impuro, atrozmente impuro, voluntariamente impuro, impuro desde cientos de años antes, porque es la voz de varias generaciones, la voz de una época contaminada de la cual se hizo el profeta, el teórico y el hombre práctico. Si su teoría fue el arte, su práctica fue la Justicia.

La traducción de Jorge Onfray, insuficiente y descuidada, hecha a punta de diccionario.

 

 

 

 







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