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«Mi ignorancia tiene disculpas: Crónicas de patria, pobreza y guerra mundial», Carlos Droguett
Claudia Darrigrandi (editora), La Pollera, Santiago: 2021. 181 págs.

Publicado en La Segunda martes 22 febrero 2022



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Publicado por la editorial La Pollera, este libro recoge parte de las crónicas editadas y seleccionadas por la académica Claudia Darrigrandi que Carlos Droguett escribió, durante años, en varios periódicos de la capital. Ofrecemos aquí dos de aquellos textos.



Arriendos y clase media
(La Hora, 9 de mayo de 1940)

Sí, parece que está bien que el Gobierno Supremo se preocupe del alza de los arriendos para bajar el alza de los arriendos. Ellos son el problema crucial de la clase del medio, así como los conventillos son el problema vital, mortal, de la clase proletaria. Una y otra clase, Cristo Pobre y Cristo paupérrimo, tienen su Cruz de duro palo ahí. La clase media está crucificada encima de los arriendos y la clase proletaria está clavada con los brazos abiertos, sin trabajo, en el conventillo. Los arriendos y el conventillo son corno la ropa, como el vestuario también.

De un harapiento bien puede decirse que no tiene conventillo que ponerse, y de la clase del medio, puede, con magnífica voz triste, afirmarse que ya no tiene casa que ponerse. El conventillo hiede, hiede y se cae a girones. Por eso que lo van a demoler. Digamos que van a demoler los cementerios para vida de las clases populares. Y con eso van a demoler, un poco, un pedazo, el alma amargada y punzadora del pueblo. Sin los conventillos, quizás, el pueblo no siga siendo triste. Pero yo no quiero ahora volver a decir las mismas cosas. Sólo deseo insinuar alguna cosa acerca de los arriendos y de su alza y del tope que les va a poner el Gobierno.

El Gobierno les va a dar con la puerta en las narices judías a los propietarios de las casas. Con la puerta de sus propias casas. La clase del medio sufre también, la clase del medio está pobre, se encuentra flaca y sin dinero, y no puede pagar los arriendos que suben como temperatura en su enfermedad enferma. El Gobierno les va a poner un tope ahora. ¿Pero, estará bien eso? ¿Será eficaz? ¿Será, sobre todo, purificado? Me parece que si el Gobierno desea mejorar y multiplicar la raza, no debe obligar a esa baja de los arriendos a los propietarios, ni aplazar para el próximo año nuevo los desahucios. Todo lo contrario, el Gobierno, si desea aquello, debe autorizar liberadamente el alza desbocada de los arriendos y facilitar y aún provocar los desahucios con la fuerza más pública de que pueda echar mano. Yo, parece, pienso así: si los arriendos siguen subiendo, la clase del medio no va a poder pagar, se quedará pegada, clavada, en la imposibilidad de no pagar. Entonces, al frente de cada casa, de cada larga y oscura calle santiaguina, se hará presente el lanzamiento, el terrible mostrario [sic] de los muebles desnudos, desvestidos de la casa, lo mismo que otros raros seres, el catre lleno de sueños fríos, las sillas sin personas, con la falda de madera fría, los espejos reflejando en medio de la calle caras de murallas exteriores, caras de árboles, de carruajes, caras que ellos no entienden. Vivirá desde entonces en la mitad de la calle la clase del medio de Santiago, debajo del cielo raso del cielo, desde el cual no caerán arañas negras, sino las arañas estrellas, la araña luna, encima del tablado de la pura calle, debajo del cual no roerán en el cerebro, en el sueño, los ratones. El Gobierno de ahora mantiene en su programa la intención decisiva de velar por el mejoramiento de la raza. Autorizando, pues, liberadamente, los lanzamientos y provocándolos, deliberadamente, con el alza muy desmesurada de los arriendos, nunca habrá entrado tanta cantidad de aire puro en los pulmones de la clase del medio como cuando eso ocurra. En las camas sucias, feas, húmedas, oscuras, no hay más aire para los pulmones que el que emana de ese tenebroso ¡Ah! de la suciedad, de la de la humedad y de lo oscuro. Las casas dan profundamente su aire para vivificar de muerte a la esforzada clase del medio de Chile. Hasta las paredes carcomidas y los vidrios rotos y mosqueados dan su viento adentro de las casas que habita la clase del medio. ¡Mientras que afuera, en el aire de la calle, en el patio grande que yo preconizo, en el prolongado pasadizo de ahí, qué aire más puro, más liberado de cadenas húmedas, de cadenas negras, respiraría la clase del medio! ¡Qué aire sin piezas empapeladas con arañas y cucarachas mojadas! Ahora, estoy llamando la atención del Gobierno acerca de esto. ¿Por qué no provoca de esta manera que le digo la vivencia de la clase del medio en la mitad de la calle? Ahí no se colará el aire por ninguna hendija de la puerta para que entre la pulmonía, ahí no se lloverá en el invierno la pieza, el tejado del cielo no dejará pasar la lluvia, ahí no se moquearán los vidrios invisibles de la calle. Y todo ese conjunto provocará de un modo numeroso la salud de la raza del medio y en la mitad del mundo natural de la calle pisando la tierra de la tierra y no la tierra de las tablas, crecerán más duros y saludables los hijos multiplicados de la esforzada y triste y oscura clase del medio. Se ganará en salud y se ahorrará dinero.

¿De qué sirven las casas? ¿No ha bastado con encerrar el cuerpo dentro de grandes pedazos de género y apretarlo ahí dentro? También lo encierran en las casas, en eso que llaman así, como si el cuerpo fuera algo peligroso. Las casas vienen a ser la ropa, y el traje grande que se le pone a la familia. ¿Y de qué sirven las casas? ¿De qué han servido nunca sino ha sido para crear instituciones tan ridículas como el matrimonio y su comentario jocoso, el adulterio, y creencias tan esotéricas como la propiedad y sus críticas acerbas y totales, el robo, el hurto? ¿De qué han servido las casas sino para dar a luz la parte más deslavada y reblandecida de la novela francesa? No es posible, en Chile, que el Gobierno quiera seguirse preocupando preferentemente del cultivo del arte galicado, y que la ley que rebaja los arriendos tenga por motivo no dicho, pero adivinado, la prosperidad de los dramas de familia, con proyecciones hacia el teatro y el Juzgado. No, no, Supremo Gobierno. Lo que parece, generalmente es. Pero otras veces, lo que parece, generalmente no es. Supremo Gobierno, si Ud. quiere hacer algo firme, positivo y muy eficaz, por la clase del medio, a la cual con todo mi cuerpo pertenezco, usted debe no sólo no impedir el alza de los arriendos, sino autorizarlos y aún más, obligar el alza. Otra cosa es pensar que usted, Supremo Gobierno, desea, so capa, que la clase del medio perezca de un modo lento en el interior de la casa. Pero ella prefiere, yo bien lo sé, vivir en la calle, en esa pieza grande, en la cual no se puede andar desnudo.

 

 

Carlos Droguett

 


Chile y lo sísmico
(La Hora, 7 de octubre de 1940)

El lunes 30, en las primeras horas de la noche, hubo un temblor violento en Santiago, que se extendió como una violenta agua que no se veía por encima del territorio, tocando trozos del norte del país, alcanzando y temblando las primeras orillas del sur. Noticias de esta clase son novísimas; los temblores y los terremotos se suceden regularmente aquí, con perfección tan tranquila que es seguro que un terremoto deja sembrada en la tierra que él mismo abriera la semilla del movimiento próximo. Fructifican los terremotos en nuestro país, ellos crecen ya sobre terreno de muertos, sobre capas de barrios durmiendo que fueron cogidos en el sueño y aplastados en el sueño hasta muy abajo, hasta donde algo choca despacito y algo, despacito, se rompe: el hueso blanco de la muerte.

Los terremotos, digamos, son de nosotros, nos pertenecen: sólo por exotismo, salen de repente en el Japón, por ejemplo, como infante albino nacido en matrimonio negro. Son de nosotros los terremotos, de nosotros que tenemos medio esqueleto despedazado en el sur por el cataclismo milenario, de nosotros, cerca de los cuales se sumergió la Atlántida platónica, de nosotros que presentimos bajo todo lo fácil lo extraño, lo misterioso de la tierra, lo crepuscular que se está haciendo noche, como si amaneciera. Los terremotos son lo espantoso de la tierra, son el momento tenso en que la sutil Naturaleza se vuelve loca tragediosa [sic], en que la hábil Naturaleza se vuelve un hato de nervios terribles. Con qué amor espantoso ama ella en los momentos de la elevada noche, mientras abajo en la tierra es el invierno y llueve, mientras arriba, en el aire, soplan los vientos sus cabelleras; sí, con qué espantoso amor ama la Naturaleza a los seres en manojo que de repente en la noche saca del sueño para matarlos con mano de terremoto, con manos de muro que guarde gente, con tanta cosa grande y negra que golpea. Sí, los terremotos son nuestros, algún día tendremos que reivindicarlos. No costará trabajo escribir la novela del terremoto en Chile, representar su teatro de espectros. Decimos que somos un pueblo poco numeroso, pero no pensamos en los muertos. Ningún pueblo piensa demasiado en los muertos. Por eso se arrastran melancólicos. Cuando alguien muere, ya no cuenta, ya no lo contamos. Y al momento no más, nos ponemos la ropa del muerto, y comemos su comida y ocupamos su cama.

Los terremotos son nuestros; sólo por errores telúricos no controlables los desplaza la Naturaleza hacia otros países que no necesitan. Chile los necesitó siempre y ya va en tiempos del capitán Pedro de Valdivia, el terremoto agarraba a Chile con su terrosa mano para matar a los indios y a los españoles, y ya en época de doña Catalina de los Ríos, hizo el terremoto temblar a la iglesia y remecer la corona en la frente del Cristo y caer la corona hasta el cuello y crecer inmenso al Cristo que no cupo por la puerta. De esta manera han sido los movimientos sísmicos en nuestro territorio, colocando siempre un espanto crecido y una extrañeza en cada tiempo. Los terremotos en Chile han ido jalonando las épocas, y no hace mucho uno terrible inauguró un nuevo tiempo político. [...]. Lo interesante para nosotros, los chilenos, es que el tiempo del terremoto, ese día siguiente de la catástrofe lejana en que no funciona el telégrafo y la radio está cortada, y parece que las ciudades afectadas han desaparecido, hundido su vida en el silencio, lo interesante, digo, es este tiempo del terremoto, ese día siguiente de la catástrofe que nos dará la atmósfera, la temperatura para nuestra vida, lo invisible, a pesar de nosotros, que tendremos que respirar. De a poquito iremos identificando lo nuestro con el clima que producen los terremotos. Si mediante ellos somos ahora una terrible tierra, a través de ellos llegaremos a ser una tierra admirable. Las grietas del terremoto nos permitirán mirar hacia abajo, para ver y para encontrar nuestra altura.

Pero yo no quería hablar de esto ahora, de este modo serio, casi trágico, con agorera voz lo que tranquiliza. Yo quería, tal vez, señalar el hecho que ya se está identificando en nuestro país el terremoto con lo nuestro. Ya está pareciendo, por lo que voy a decir, que se piensa utilizar al terremoto como un arma política, no para matar gente, sino para desprestigiar gente. Podemos decir, sin temor de equivocarnos, que delicadamente se trata de elevar al terremoto a la categoría de vicio nacional. Se trataría no ya de decir: "Los chilenos son alcohólicos, los chilenos son flojos, son sucios". Se trataría también de decir: "Los chilenos tiemblan", haciendo como que no es la tierra la que tiembla sino que son los hombres. Esto es tan canalla como lo otro. Decir que los chilenos son alcohólicos es una exactitud deliberada también. ¿Por qué no dicen que el vino es el alcohólico? ¿Por qué combatir el alcoholismo en la persona del borracho? ¿Por qué no lo combaten en la persona del vino?

Sí, se está utilizando a los terremotos para desprestigiar en el exterior al país, para decir en el exterior que el terremoto es una especie de enfermedad propagada de intento o de inepcia por los gobernantes de ahora. Se ha querido casi decir que el terremoto es una especie de piojo que no crecía sus patas antes en el otro régimen. Se adivina la intención y por eso no la comentamos. Pero está mal también que el Gobierno haya desmentido en el extranjero el terremoto último, está malo que haya declarado que no existió y que fue trazado por manos políticas No, el Gobierno no debiera desmentir los terremotos. Creemos más bien que él debiera divulgarlos, explicarlos, difundirlos, distribuirlos en cada país del exterior. Esta debiera ser una labor más de la Dirección de Propaganda que se acaba de crear. Los terremotos podrán contribuir eficazmente a la comprensión y al conocimiento integral del país. Una tierra que sufre cada año temblores y terremotos que le botan rotas las casas y le botan muertas la gente, y que al otro día afanoso ya está edificando, no es una tierra chica. Mientras tiembla se olvidan las canalladas y toda la gente es bondadosa y afanosa, porque toda la gente es un presunto cadáver, viviendo todos en la misma orilla de la muerte, que no se ve con los ojos. Ah, y también por los terremotos tienen su escape los nervios que de otra manera, buscan escaparse por la política y por el general sublevado. [...] Feliz de nosotros si nuestra Naturaleza organiza un terremoto antes del Año Nuevo, que así llegaremos tranquilos, desocupados los nervios, a las elecciones del mes de marzo. [m] ¿Se ha observado que nunca en el sur de Chile hay terremotos? Uno terrible en esa región del territorio, telegrafiado hacia el mundo, quizás evitaría una tajada totalitaria en el cuerpo de nuestro territorio. Porque el terremoto, más que una guerra relámpago, es una guerra de nervios, que mete, para mucho tiempo, el miedo entre las carnes. Se podría hacer la prueba y comenzar a pronosticar movimientos de tierra en la parte más austral de nuestra tierra. Son más eficaces que los movimientos de tropas.

 

 



 



 

 

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