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Cristian Foerster Montecino | Autores |


 

 







Todos los mínimos ayudan: apuntes para una etología poética
o una presentación de Ética de insistir (2022) de Ismael Sierra Contreras.


Por Cristian Foerster Montecino


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Me gustaría comenzar esta presentación señalando que comparto las impresiones de mi broder Gabriel Zanetti, vertidas en el breve texto que sirve de contratapa, respecto a este primer libro de Ismael Sierra que hoy tengo el placer de presentar. A mí también me sorprendió y sigue sorprendiendo esa “precisión” que desarrolla Ismael entre esta escritura y, cito a Zanetti, “«el objeto de su análisis»”. Por lo mismo, en esta lectura que he esbozado de Ética de insistir, título que recuerda más al de un tratado de moral que a un poemario, se trata de pensar justamente en qué consiste ese “objeto de análisis” y en qué radicaría esa sorprendente “precisión” de la escritura y sus implicancias poéticas.

Así, en mi primer recorrido por estos poemas tuve la impresión de estar ante una colección de bichitos fabricada por un entomólogo. Pensé esto por varios motivos. La mayoría de estos poemas son breves, no superan la página y sus versos tienden al corto aliento, lo que me hizo recordar de algún modo a un bichito encerrado en un frasco de vidrio. Asimismo, un número considerable de “objetos de análisis” de estos poemas son insectos como larvas, pulgones, abejorros, o el chanchito de tierra, que “no cuenta la horas que vendrán/ni tampoco las que lleva/con sus catorce patas/abiertas” (12), así como otros animales y seres más bien pequeños: -palomas que “aturden/la memoria del capital/sobre todas las suelas anegadas”; una tórtola “que protege su mutismo”; el zorzal que se desea rara vez corretear al cruzar la calle; una niña/de rodillas/mirando su brazo/cubierto de polvo y tierra”; o “el color que toma el agua/fluyendo cerca/de la mala tierra”. Sin embargo, en una segunda lectura más atenta, me percaté que estos poemas presentaban una diferencia radical con los entes que colecciona la entomología, en particular, y la biología, en general. Para que esos seres puedan ser estudiados y coleccionados por estas ciencias, necesariamente deben estar muertos y haber sido inundados de formol para su conservación, permaneciendo intactos así en un espacio ajeno al hábitat donde vivían cuando fueron arrancados hasta su muerte, con toda la violencia y precisión científica moderna.

La precisión de esta escritura, por lo mismo, necesariamente debía recorrer otro sendero, pues los poemas que configura, me generaron, en esta segunda lectura, la sensación de estar ante realidades demasiado vivas para la mirada científica. Para captar estos excesos de vitalidad, sin embargo, esta escritura no busca imitar su exuberancia, sino más bien captar de la manera más precisa y sintética posible lo esencial de su comportamiento. Entonces, la ética, como “ese conjunto de normas”, según la R.A.E., que rigen “la conducta de una persona en cualquier ámbito de la vida”, o la definición de poema propuesta por el crítico literario Terry Eagleton, “como una declaración moral, verbalmente inventiva y ficcional” se me vinieron encima. Entonces, el poema para el Isma -pensé- es esa insistencia de ritmos y fonemas, de palabras e imágenes e ideas locas con las que los y las poetas chocan, como ese pichón de su poema “Sin excusa”, que intenta volar “con un ala menos” -una especie de versión mínima del Albatros de Baudelaire- por lo que choca contra una ventana y se aturde, pero “su ética/es insistir” en esa acción a pesar de “la sangre en el vidrio”. Hay algo trágico en ese comportamiento del pichón pero también algo hermoso; un misterio que trasciende su sangre derramada y que el poema capta en todo su mínimo esplendor. ¿La realidad sería, entonces, para el hablante de estos poemas, ese vidrio transparente contra el que choca en su vuelo el lenguaje, aturdiéndose, pero que insiste, a pesar de la sangre, en atravesar? Por supuesto, estos poemas no proveen de una respuesta clara a esta interrogante, en su lugar prefieren conservar el misterio que rodea el comportamiento de esos seres cojos, a los que les falta una alita, y cuya insistencia en vivir de ese modo, contraviene las normas conductuales. Sierra insiste en registrar, relevar e interrogar el comportamiento de estos seres, al mismo tiempo que guarda su misterio como “un secreto imposible de imitar”.

Ahora bien, me gustaría compartirles, algunas ideas preliminares que he podido sacar en limpio tras mis lecturas de Ética de insistir. En primer lugar, la mirada poética de Sierra en este primer libro no hace distinciones, como sí lo hace todavía la ciencia del derecho, entre animales, plantas, cosas y humanos. Todo elemento de la realidad parece ser digno de su atención, es decir, ser sujeto de un tipo especial de derecho o vida poética, como esas rejas oxidadas que se presentan como interrogantes “para estirar los brazos/después de un largo sueño” (7), o esa “manzana podrida/en medio/de un peladero/que debe mirarse con atención” (16). La mirada, por lo mismo, no es quisquillosa, ni tampoco está preocupada en acercarnos, como un telescopio, a lejanos cuerpos celestes. En su lugar, esta parece adoptar más bien las propiedades ópticas del microscopio, permitiéndonos ver con sus lentes esos elementos de la realidad que, por estar demasiado cerca, por ser demasiado pequeños, demasiado nimios, nuestros sentidos suelen pasar por alto. Así, el lente del microscopio provee esa distancia segura para observar lo cercano, lo próximo, pero “sin eludir su enfrentamiento”. Distancia, por lo tanto, que asegura “lejanía y proximidad” a la vez, como también nos advierte Zanetti en la contratapa.

Idea dos. Aquellos elementos que componen la realidad más próxima, y que son privilegiados por la mirada de estos poemas, poseen un carácter animado, y por lo mismo, se asemejan a personajes de una fábula infraordinaria, cuyos gestos y acciones mínimas se presentan como ejemplos de cómo afrontar un cotidiano que se vuelve cada vez más extraordinariamente áspero. Asimismo, hay algo casi zen en estos movimientos registrados por la escritura, cuyo registro poético incluso puede operar como un koan; esos problemas en apariencia absurdos que plantea un maestro a su discípulo para que deje de pensar como piensa y adquiera así un estado de conciencia más elevado. Dos poemas ejemplares de esto: el primero es “Aviso” y señala que: “Con los ventanales abiertos o cerrados/el temporal soplará a la vuelta” (62). El segundo se titula “Presagio” y nos advierte que “Hay que cavar los números del cheque/para saber cuándo enterrarse” (63).

Una tercera idea. La etología, ciencia que estudia el comportamiento de los animales, hoy en día ha tomado un nuevo rumbo gracias a filósofos como Dominique Leste, Vinciance Despret o Donna Haraway. Ellas han propuesto, en su lugar, una etología filosófica, que consiste a grandes rasgos, en deconstruir esos criterios y conceptos que han separado y distinguido a lo humano de lo animal, ofreciendo así una comprensión más amplia y vital de la vida biológica de las especies. En este sentido, el análisis provisto por los poemas que componen Ética de insistir se me presentó como un paso más allá o acá de la etología filosófica. El poema se despliega en un plano donde la distinción entre animales y humanos y cosas ya no opera. En cambio, se asume que si un ente insiste en algún tipo de comportamiento, este debe poseer un potencial carácter ejemplar, y por lo mismo, servir como insumo o nutriente ético. Así, una etología poética, disciplina que no estaría delimitada por los trazos de la ciencia y cuyo objeto de análisis se construye a partir de las múltiples sendas que ha ofrecido la literatura, me pareció aquello que se practicaba en este libro.

Para finalizar, una última idea. Esa otredad con la que nos conecta Ética de insistir no es la de los documentales sobre la naturaleza, así como tampoco su tono está marcado por el drama o la épica de estos. Su análisis, por lo mismo, es más profundo y cercano que el del naturalista que confunde en su fascinación lo exótico con la otredad de la que también es parte. Al otor no habría que buscarlo, tras leer este libro, en la selva sino en la hoja de una lechuga; en esa proximidad donde “la naturaleza/no se organiza bajo presión”, pero aún así nos advierte que no sirve de nada enojarse “sobre cada vertedero/que aparece en el camino”. A pesar de que “cada vez/sea más engorroso/contar nuevamente/la misma historia” debemos insistir en ellos, pues he ahí la ética, he ahí la insistencia del poema. Y he aquí el final de esta presentación, que insistió en intentar compartir el asombro y disfrute que provoca este nuevo, primer libro de Ismael Sierra Contreras. Muchas gracias.

 

 

 

 



 

 

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