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Fotografías después del viaje:
algunas ideas a propósito de “bellezamericana”, de Christian Formoso

Por Miguel Eduardo Bórquez


 



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Nació y fue hombre, dijo, sin saber si aquella sentencia telegrafiada con premura era un alivio o una carga. Nació y fue hombre, como han escuchado tantas madres de esta tierra, aún dolientes por las faenas de parto, sin marido al cual confiarle la buena nueva, aferrarse en silencio de sus manos o posar con satisfacción frente a la cámara con los atuendos verde agua del quirófano, aún salpicados por la única sangre que mana de la ternura y la inocencia.

Chile es la patria de las incertidumbres, una especie de matriz insular difusa e inconexa desde cuyo núcleo se suceden experiencias vitales tan patéticas como insólitas, que sólo pueden entenderse desde sus más provincianas entrañas, pues es allí, en lo remoto de su geografía humana, donde toma forma la infamia histórica que llamamos arraigo y pertenencia. Desde ese sitio, la condición de guacho constituye una piedra angular para el ser chileno (sea lo esto signifique) y una espina, una especie de arponazo en la espalda –como la escritura misma- que se hunde más y más cada vez que la precariedad de la condición humana impide transfigurar esa bastardía en una nueva dignidad.

Si guacho es O´Higgins, padre de la patria, ¿por qué no podría serlo también cristian savedra, el común y corriente protagonista lírico de bellezamericana? Después de todo -y usurpando de Lihn su noción de nacionalidad bipartita- hay sólo dos países en este país: el de los legítimos y el de los guachos. O al menos eso pensé ayer, cuando tal como aquel tipo evocado desde el times square viajé de Natales a Puntarenas, sólo que con 44 años de desfase, pero con imágenes muy similares en la cabeza: la vastedad de los coironales cubiertos por el hielo, un cielo barroco que se estrella abrupto contra la nada, restos de bosques devorados por fuegos pretéritos, un par de señaléticas calavéricas advirtiendo la proximidad de un campo minado, y al mismo tiempo, la nimiedad del desplazamiento en aquella instantánea inquebrantable y telúrica, cuadros todos que conforman la raíz del imaginario austral que es también el imaginario latente en bellezamericana, que es en lo medular terrible, solitario y de una vastedad feroz.

Fulano que no se acuerda de nada inspira libro de viajes y recuerdos”, leí en Las Últimas Noticias hace algunos días a propósito de bellezamericana, justo cuando me encontraba redactando estos desvaríos. Como primer impacto, me causó gracia su aparente liviandad, tan distante a las inquisiciones metafísicas y patrañas literarias de difícil valoración que me atormentaban entonces. Sólo días después alcancé a comprender la contundencia de aquel concepto, la idea de fulano y sus connotaciones más inmediatas, su noción de persona indeterminada o inexistente, o en su defecto, de alguien digno de desprecio, hasta el punto de ni siquiera merecer ser llamado por el nombre de su cristiano bautismo. Sólo a partir de ese desprecio puede comprenderse la urgencia por reconstruir la identidad de savedra, el fulano que es todos los NN sin genealogía de esta patria en harapos, emparentando su colosal y vana empresa con los intentos pretéritos de Christian Formoso, magistralmente asimilados en sus libros anteriores (Puerto de Hambre y El cementerio más hermoso de Chile), reconstruyendo la historia del Magallanes-territorio y el Magallanes-individuos a través de epitafios de madres e hijitos muertos, o fotogramas que aúnan la ternura y el patetismo de pequeñas tragedias domésticas que reiteran todos los días todas las vidas, para terminar advirtiendo que aún esperamos un navío que ya zozobró, que a todos nos ha sorprendido la madrugada esperando un e-mail de amor que nunca llegó, que todos vimos la casa del vecino en llamas y su instantánea nos atormentó en noches de insomnio o dolor de muelas. Y al mismo tiempo todos, como savedra, no nos acordamos de más, enfermamos de amnesia para seguir adelante y con ardiente paciencia guardamos esas escenas en lo más hondo del disco duro de nuestra memoria, sólo para fingir después -sin asidero alguno- que todo irá bien, que la llorona de puntarenas se equivoca cuando dice que el hombre es el fracaso.

La arquitectura de bellezamericana es compleja y de difícil acceso, casi incomunicable en lo escueto de una reseña tan breve y dispersa como esta. Puedo proyectar en la lectura de sus textos –y quizá se trate de una analogía efectista asociada a un mero alcance nominal- el mismo extraño disfrute que logro captar del director Sam Mendes en su película Belleza Americana, la escena en que dos jóvenes frikis sentenciados al fracaso se deleitan contemplando en vhs las erráticas trayectorias que una bolsa de nylon traza por los aires, como si su levedad e intrascendencia adquiriera de golpe una significación mayor a su propia existencia, sólo por el hecho del registro y la contemplación. Así savedra o su rastreador, imaginando que un remolino de papel gira suave en la mano de un sujeto mientras piensa cualquier cosa, y un zoom out deja en evidencia lo majestuoso del paisaje de un pequeño villorrio en Pensilvania, con las Torres el Paine nevadas a lo lejos, casi fuera de foco. La idea, si es que se entiende, tiene que ver con una historia cuyo sentido primigenio de arraigo no reside en un país ni en una época ni en un individuo, sino más bien en los sinos de savedra, del poetucho provinciano o el guacho NN en una voz que suena con igual recelo en Nueva York, Tánger o Natales, comunicando con urgencia y leve espanto los infortunios de una época enferma que es preciso enfrentar la furia que se tenga a mano.

Si he de detenerme en algunas pistas de bellezamericana, lo hago sobre algunas imágenes que iluminaron o ensombrecieron mi lectura, según el prisma con que quiera verse.

— Los fotogramas de cumpleaños o la pieza oscura, aquellos sutiles trazos de abril –la mayoría de ellos al alero de Pinochet- que van delineando escenas de cierto criollismo urbano austral: desenterrar gusanos para dar de comer a las gallinas, ver las noticias de Chile por primera vez en directo, los juegos de piel con la prima en el patio; todos ellos pequeños halos de vergüenza que entrecruzan lo libidinoso con la inocencia provinciana; la perversión en ciernes que instalará sus nidos por todo el orbe, hasta hacerse una carga que nadie podrá tolerar.

— El blanco azul y rojo del emblema patrio delimitando simétrico el camino de un culo anónimo que terminará, como tantos, apilado en una fosa común sin más historia que algún versículo universal de iluso y cristiano consuelo. O los fotogramas de puntarenas en estado de sitio como una cinta distópica post apocalíptica: barricadas, atropellos, estado de sitio, todo ello arropando lo efímero de una gesta repleta de sutiles tragedias, con back in black sonando en las radios locales, de vez en cuando interrumpiendo la voz de Ferrer y su Canto a Magallanes, colofón preciso para la última épica de la acracia patagónica.

— El zorzal abatido de un certero hondazo. La potencia con que las primeras imágenes de crueldad del mundo se nos incrustan en el cerebro como esquirlas para no abandonarnos más, conteniendo en su leve rumor el ADN todo de nuestro tánatos futuro. La violencia del mundo, inabarcable e indescifrable en su multiplicidad de matices, concentrada por un segundo único e irrepetible en el pecho herido de un ave insignificante como hay miles, y desde esa mancha la vida toda en gris: la lucha de clases, el terrorismo de estado, la auto-inmolación con dinamita en un cuartel policial; todas piezas de un mismo engranaje descompuesto llamado Chile.

— Las imágenes de cotidianeidad que adquieren un matiz transmutador a través de la experiencia poética: el perro de nuestra infancia muerto y arrojado a la basura con premura, las primeras visuales citadinas y el paisaje gris del austro. La misma imagen de portada, aquel retrato temprano del autor resquebrajado como si un certero piedrazo hubiera atinado con su rostro angélico en una vida imposible y remota, cuando la poesía no era más que una amalgama de papel bond repleta de símbolos indescifrables y mezquinos rituales.

Siempre he creído que Christian Formoso significa para la poesía magallánica un punto de inflexión cuyos alcances son todavía difíciles de cuantificar. Si es que aplica el término a lo que quiero decir, su obra es la cúspide para una tradición lírica inaugural post dictatorial, y al mismo tiempo –he ahí su valor y paradoja- piedra angular para una época todavía en ciernes, bajo el solsticio de una dictablanda que ha sabido construir democracia, igualdad y justicia “en la medida de lo posible”. Bajo esos parámetros, el Cementerio más Hermoso de Chile, poemario anterior de Christian, ha refundado no sólo la poética austral, sino también –y esto es todavía más revolucionario- ha reconstruido un sentido de magallanidad que no puede sino conmoverme en su anti-épica grandeza. En ese sentido, los derroteros que propone Formoso en bellezamericana llegan para socavar hasta la náusea nuevas faenas arqueológicas sobre un Magallanes hecho de vísceras y apocrafías de una pluralidad irreversible, hilvanando su propia biografía a la de savedra -que es todos y nadie al mismo tiempo- para comunicar la gran historia a través de una pequeña historia, acaso una insignificancia más dentro de una galaxia de vidas anónimas y prescindibles: la de un guacho incapaz de reconstruir la cronología mínima de su existencia en una búsqueda alucinada, errática y violenta.

El lugar en la obra de Christian que ayer ocupó la épica voz Sarmiento de Gamboa, Cambiazo o los pobladores de Puerto de Hambre hoy pertenece a este sujeto cuyo apegio al parecer no es ná savedra, uno más como tantos hay en cualquier población SERVIU del austro, cuyo apellido e historia son una forma de decir Chile, porque su negación es la negación de esta triste franja cuyo único mérito es seguir de pie, pese a la imposibilidad de su propia fundación, contraviniendo la infamia de su efigie, condenada a hundir sus quijadas bajo el mar de la desesperanza cualquier día.

Tanto he sufrido que puedo llamarme mártir”, reza en bronce y a modo de epitafio una frase de Sarmiento de Gamboa en el actual Puerto de Hambre, sitio de interés turístico e histórico emplazado en el sector sur de Punta Arenas. Mismas palabras podría ostentar la tumba de savedra, si es que su destino no hubiera sido, como el de tantos otros, una fosa común repleta de cal, desde donde nadie podrá saber jamás que quienes allí descansan son el verdadero milagro chileno. Pero su memoria es la memoria de Formoso, y el olvido de quienes no se acuerdan de más es la memoria de bellezamericana, su intento por hacer de nuestras pequeñas tristezas y fracasos, una patria.

Puerto Natales, agosto 2014



 



 

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