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Lucila, Marca Registrada. La pesadilla, el monstruo hermoso: invitación al espejismo y
el delirio de Alonsa Arispupá Ex Paulo San Páris

Por Cristian Geisse Navarro


 



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El verbo matar en este libro está conjugado en todos sus tiempos. Y hay una herida abierta en todas sus páginas. Es sangre que chorrea desde todas partes. Hay varios cuerpos desmembrados. Hay un yo destazado. Descuartizado. Escindido. Hablándonos. 

Hay en Lucila, Marca Registrada, desde su título, una provocación violenta, una sed iconoclasta. Hay, desde la consignación de su autor, una crisis intensa en la que se quiebran estruendosamente visiones de la identidad, no solo del hablante, sino también de su referente textual más evidente. Gabriela, Lucila, la niña violada, la madre huérfana, la mujer acorralada y la sacerdotisa,  parece hablarnos desde la muerte y la destrucción. Está ahí y no está ahí. Es ella y no es. Ha vuelto, pero nunca se había parecido más a un ánima en pena: tiene la cabeza llena de música alucinada y los ojos llenos de visiones caóticas.

El libro, firmado por Alonsa Arispupá, ex Paulo San Páris, ostenta a veces un juego de humor oscurísimo, violento, también brillante, pero con el brillo de la sangre derramada en el pavimento.  Es la sangre manando aún de la herida de un sujeto lírico escindido,  disociado. Un humor a veces demasiado parecido al horror. El libro juega con una suerte de permanente desdoblamiento, en el cual los nombres transmigran, se superponen, conflictúan y fragmentan en un caos que revela un desquiciamiento identitario que es quizás nada más una de las muchas formas en las que el verbo matar se conjuga en él. “Me llamo Acacia Caben. Y tengo la réplica sagrada del guanaco en mis oídos de Chinchilla” (Recado Sexto). “Quiero ser Paula, pero también me llamo Paulo y al reverso hay un elástico que adorna al niño que llora mis sombras” (Recado Decimoprimero). “Vengo llegando a la habitación atardecida de sangre para encontrarme conmigo desnuda. Abierto a las causas. Mi nombre es Lucila Godoy Martínez” (Recado Vigésimo). Se aniquila así también cualquier pretensión de interpretación unívoca o transparente. Se destroza la idea de sujeto como unidad psíquica que trasciende una totalidad de experiencias vividas. Benveniste dixit. San Páris Vincit.

Una equívoca aunque clara alusión a Gabriela Mistral articula un discurso poético, que arde gracias a la ruptura radical y la agresividad manifiesta tanto con la identidad personal del autor como con el canon literario e incluso con la realidad nacional.

Detengámonos entonces en este nódulo articulador. A pesar de su profunda vocación disociativa y disruptora de sentidos e interpretaciones, desde su título el libro muestra una coherencia interna marcada por la elusividad. Lucila, Marca Registrada, parece aludir a Gabriela Mistral como juguete de los poderes fácticos y de la mercadotecnia. Estaríamos ante el fracaso de la lucha mistraliana contra el mercantilismo. Pero esa marca también puede ser huella, tajo profundo que la escritora ha dejado en el sujeto de la enunciación. Fijémonos además que es Lucila y no Gabriela. Es la mujer de carne y no la mesías. Pero el libro va mucho más allá. De todas formas las intertextualidades con la obra de la elquina son señales inequívocas. Cuesta saber si es homenaje o lapidación. Ambas quizás, quizás ninguna. Quizás un gesto ambiguo, un truco, una invitación al espejismo y al delirio. Todas las secciones del libro se encuentran encabezadas por epígrafes extraídos de la obra de la autora, citas que podrían revelar admiración y lectura profunda de su trabajo. Pero es posiblemente en la Advertencia Inicial donde –me parece- observamos las huellas más profundas de la poética del libro y de la forma en la que hace que Gabriela / Lucila lo habite. Esta Advertencia es una notable sucesión de definiciones del vocablo Lucila, caracterizadas por la parodia y la inversión satírica de disciplinas como la botánica, la lingüística, la mitología, la zoología, la geología y la etimología. Entendemos inmediatamente que el acercamiento al personaje será esquivo, personalísimo, marcado por cierto humor negro, por un grotesco surrealista.  Que quepa también la posibilidad de que todo es nada más una excusa para desarrollar una estilística y una visión de mundo muy alejados del personaje al que creíamos acercarnos. Un juego de trampas y dislocaciones que caracterizan el texto. Un mordaz anuncio de las violentas cabriolas, la arquitectura esquizo y el brillante baile de sus imágenes.

Una clave importante: la definición literaria de Lucila dice –entre otras cosas-: “Su Libro Póstumo Poema de Chile, en el cual aparece su “ser indígena”, fue reescrito en 2012 por el poeta Paulo San Páris, bajo el título de: Lucila Marca Registrada.” No hay que avanzar mucho para entender que es mucho más que eso.

El libro a continuación se estructura mediante recados. Recados que –del mismo modo en que Gabriela no es aquí  Gabriela- no son recados mistralianos. El recado mistraliano se caracteriza por sus conexiones con una crónica urbana marcada por la crítica social a la vida cotidiana de la primera mitad del siglo XX chileno. Hay entonces estetización barroca del lenguaje coloquial, críticas al poder, pedagogía y solidaridad con el destino social de las clases medias. Y no hay proclamas, sino consejo o aviso de un vecino a otro. Los recados de este libro son otra cosa. Ni mejor ni peor, otra cosa. Una experimentación formal digna de notarse, en las que cada cierto tiempo nos encontramos con la presencia de elementos mistralianos –ya sea equívocamente biográficos como léxicos- mezclados con la admirable voz del autor –sea quien sea. Así palabras como repecho, ijar, vadear, la toponimia latinoamericana –Yucatán, Elqui, Mayab-, el símbolo del huemul y el niño indígena, se funden con sidarios, neoprén, cunetas,  escupes y ladrones.  Y en general si Gabriela Mistral habla acá, lo hace mediante un procedimiento que se hace explícito en una nota a un supuesto epígrafe mistraliano: “Este verso fue parte de un poema que me fue dado por la misma Mistral en un sueño que se me creó…”. Es quizás entonces una Gabriela desde el otro lado de la pesadilla, con las vísceras en las manos, hablando a un poeta en trance, a una voz que son legión, y que entre sus anuncios más estremecedores nos dice “YO VINE PARA INVERTIR TODO” (Recado Vigésimo).  

El libro se cierra con una sección titulada Algebraciones o El Canto de Los Sitiales, quizás algo más prístino y menos pesadillesco, lejano ya a la idea de niños abandonados a su suerte en las horribles calles del tercer mundo, más cercano al paisaje brillante del sueño, donde podríamos detectar reversiones de la voz de Gabriela en una reencarnación marcada por un lenguaje onírico. Así cada tanto creemos ver alusiones a la biografía de Lucila, imágenes de todas formas elusivas que podrían ser otra cosa pero que nos resultan cercanas a su vida y obra: “Resulta que entra en la tumba un suicida de mármol y me olvido”, “Una niña llora bajo su nombre y escapa del agua que cae”, “Adentro de las piedras están los tronos de la reina”, “Se acercan los reptiles del llanto… / El Laja es alegría…”, “Las hay feas a las que pertenezco con empecinada envidia, / Soy de las niñas autorizadas a la polarización de su belleza”, “La lengua del Elqui entregaba su pan-carta en el repecho / De los ídolos leídos entre el árbol de pan y la palma abierta”, “Códigos: APCPHY // Ahora / Puedo / Contemplar / Palma a palma el / Habla de / Yucatán”, “Huemul hinchado en mi buche / Tomaré tu carne con mis ojos”, “Nadie podrá entender el nombre de mi edad”. Nuevamente la aproximación es esquiva, aunque está ahí. Pero necesariamente entendemos que es mucho más que una sencilla deformación lírica de la biografía de Lucila Godoy, y que hay una visión poética intensa y bien desarrollada, que dice mucho más que aquello.

En suma, este libro en el que Paulo es Alonsa, Gabriela es Lucila y Chile Isohile, en el que el verbo matar brama y acecha desde el fondo de la escritura, en el que el paisaje se deforma y las voces husmean en la niebla, donde también hay lugar para visiones espléndidas, y la pureza del absurdo arde detrás de las máscaras, es un fulgurante acto poético lleno de potencia y horror. Y guarda una poderosa y peligrosa ambición: comunicarse con el mundo para acariciarlo y herirlo. Y si bien se nos presenta elusivamente bajo muchos nombres y bajo muchas carnes, nos muestra un rostro y un cuerpo rotundo –aunque desfigurado-, un monstruo hermoso que –como todo monstruo-, es digno de verse  y escucharse.



 



 

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