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Egocentrismo y escritura

Por Cristóbal Hasbun L.


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Si haces que advenga lo que está en ti, lo que harás que advenga te salvará. Si no haces que advenga lo que está en ti, lo que no has hecho que advenga te matará.
Copto apócrifo. Siglo II.


Aceptando que la actividad creativa en cualquiera de sus manifestaciones artísticas implica un cierto estado de ensimismamiento, me parece que es posible esclarecer formas de expresar este proceso más o menos egocéntricas. A pesar de que resulta evidente que la percepción del mundo externo es al menos en primer término subjetiva —y la forma de expresarla literariamente lo es también— hay determinados autores que están más centrados en un objeto de estudio externo, mientras otros esencialmente buscan explorar su mundo interno valiéndose de experiencias vitales como cedazo.

Permítaseme un ejemplo. Cuando Stendhal escribió Rojo y negro (1830) y La cartuja de Parma (1839) dio cuenta que su interés eran las cortes, las intrigas amorosas, la variedad idiosincrática tanto en el contraste entre países europeos como de los grupos sociales que conforman cada nación, el carácter de los personajes y la descripción de paisajes, entre otras. Son elementos significativamente vueltos hacia afuera, objetos de rigurosa observación y construcción estética. En este sentido, el encarcelamiento de su padre por haber defendido la monarquía puede haber sido una vivencia icónica en su desarrollo biográfico y artístico —que acaso explique el que en sus principales obras existan múltiples procesos judiciales embadurnados por consideraciones políticas— pero en ningún caso quiso hacer girar su obra en una vivencia personal traumática, ni intentar hacer trascender a su padre, ni aspectos de su propia historia de vida. Sencillamente se interesó por ese tema, lo investigó y escribió.

El paso por el romanticismo se ha ido añejando con variados matices. Probablemente uno de ellos tenga que ver con el hecho de que, si bien ya en el s. XIX existía una mayor tendencia a la preocupación por el sujeto, sus emociones, vivencias, esperanzas y en último punto su elaboración del universo; transcurrido el s. XX parecería que ya lo único que importa —en exceso, quizás— es la experiencia personal de cada sujeto. Si Stendhal hubiese escrito en los últimos diecisiete años de este siglo quizás tendría al menos dos novelas dedicadas a la historia íntima de un niño huérfano y la historia privada de un proceso político injusto. Y habría hecho girar su obra en torno a cómo vivió ese hecho, lo que pudo haber acaecido si no hubiese ocurrido y la forma en que se viven esas situaciones a lo largo de Francia, desde su visión. Como si existiese una noción tan venal respecto a que la literatura “es un proceso interno” que ya lo único que importa es dejar registros (o “dar testimonio”) de una búsqueda interior.

Un libro interesante a este respecto es El reino (2014), de Emmanuel Carrère. El novelista se propone indagar en preguntas respecto a cómo es que alguna vez fue tan creyente, qué cosas pensaba cuando lo era y qué hace que las personas en el mundo crean en el Dios cristiano. Para ello narra parte importante de la historia de los evangelios en forma secular, con reflexiones domésticas y diversas e ingeniosas acotaciones anecdóticas. Se trata, sin lugar a dudas, de un libro sumamente culto (o con la habilidad para parecerlo). Un trabajo ingenioso, ciertamente; pero que da otro giro de tuerca —cuando uno tendería a pensar que ya no se podía— en lo relativo al sentido del escritor como un artista de su propia historia, artífice de introspecciones con algunos elementos de los hechos del mundo pero nuclearmente preocupado de un problema personal. Un problema personal literaturalizado.

¿Será, como lo indica el copto apócrifo, que hoy todos quienes se dan a la escritura han entendido que sólo adviniendo lo que está en ellos podrán salvarse? ¿No se trata de un cambio de comprensión del estigma de esta labor, considerando que el escritor solía ser quien estaba dispuesto a perderse o ya se encontraba perdido? ¿Puede alguien realmente salvarse escribiendo?

La propia biografía de los escritores ha cobrado un valor inusitado, no para el lector dedicado que intenta cotejar el estudio de la vida del autor con las vivencias expresadas en sus libros, sino como combustible creativo —o elemento dador de sentido— del propio artista. Pensemos, por un momento: ¿por qué habría de importarle a los lectores, con tanto detalle, la vida del autor? ¿Por qué no se puede escribir de cosas que en algún momento le pasan a todos —el amor, el desamor, la traición, el triunfo, la muerte— para así compartir? El solipsismo literario está mermando la posibilidad de crear obras comunes, lo que genera una escritura de nichos se traduce en una amplia producción que a veces deviene en intrascendente.

Los románticos pensaron que había llegado el momento en que la literatura debía centrarse en el yo. Dos siglos después se valora indescriptiblemente la creatividad de quienes se esfuerzan por escribir historias fuera de sí mismos.

 

 

Img. fotografía de Cristián Maturana


 

 

 

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