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Intelecto, cotidianeidad y literatura

Por Cristóbal Hasbun L.



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Sentía mi cabeza muy clara y fría y quería hablar de los hechos.
Adiós a las armas, Ernest Hemingway.


Hace algunas meses un conspicuo crítico literario estadounidense declaró que había decidido quitar a Borges de su preciado panteón porque éste no era en realidad un escritor propiamente tal, sino uno por derivación. El cuentista y poeta argentino —decía— era en realidad un lector, un estudioso de la literatura, que derivó en un escritor. No resulta sorprendente esta última afirmación; sí el que ella haya desencadenado un desencanto del crítico hacia la escritura del bonaerense.

Parece indudable que existe un modo de hacer/percibir la literatura desde la distancia, desde algún lugar remoto que permita apreciar un número determinado de hechos para luego procesarlos y escribirlos. En este sentido, se puede haber vivido muy poco —donde vivir significa, en los términos más elementales, contar con un sinnúmero de anécdotas o aventuras— y realizar un trabajo literario muy valorable. El carácter emblemático de ello bien podría ser Borges, quien encontró literatura dentro de la literatura y sobre ella escribió. Ello explica que no existan de él grandes biografías; empresa tan absurda o cómica como podría ser escribir una biografía sobre las vivencias de Kant en dos tomos.

 Supongo que aquello que el escritor que toma las aguas del intelecto percibe es la irrenunciable necesidad de paz para poder escribir, donde la reminiscencia e imaginación juegan un papel preponderante. En este sentido, bástale al autor el haber vivido un número determinado de sucesos (y el haber escuchado o leído otros tantos) para poder escribir sobre ellos, con un goce por la vida que no se parece a la vida misma —esto es, como Don Juan o Alexis Zorba podrían entenderla— sino con alegría por el reflejo que emana de la percepción de la vida (de los demás, la propia, de la serie de acontecimientos en el mundo).

Esta impronta contemplativa, por supuesto, permea las obras; a primera vista, me parece, la lectura de determinados autores asiduos a la soledad y la vida retirada expresa un pensar antes que un sentir, como si lo primero que hiciese nuestra mente fuese (definitivamente) comprender para posteriormente —a veces muy posteriormente— resonar. Un poema de Borges, cualquiera, presenta una meticulosidad gramatical y rítmica que demanda detectar su filigrana para comenzar a apreciarla; un poema de Vallejo llega de sopetón, sin tocar la puerta ni permitir preguntas, y muchas veces toma años expulsarlo o convencerlo de que se retire (si es que acaso es posible).

Existe, sin embargo, otra naturaleza de escritores, aquellos que asumo el crítico estadounidense indicaría que lo son por sí mismos. Me refiero los que nutren su literatura de vivencias (nuevamente, en el sentido más común de la palabra) y en sus letras exhalan vitalidad e intensidad muy cercana, como si ellos prefiriesen vivir a escribir (por supuesto, tal distinción no existe), como si el tiempo que dedicasen a su oficio fuese un lastre, porque en realidad quisieran más cotidianeidad y aventuras. Tomaría a Hemingway como su representante; un escritor que declara que no puede escribir sobre lo que no ha vivido, un hombre que se ofrece como voluntario para manejar una ambulancia italiana en la segunda guerra mundial y para colaborar en la guerra civil española, una persona que en su tiempo libre gustaba de beber hasta emborracharse y cazar osos.

Su literatura, creo, refleja algo de ello, y aunque sumamente sencilla, es indescriptiblemente auténtica. No hay una o dos elucubraciones en sus trabajos, ningún personaje es pretensioso, nadie quiere decir algo importante. Sus narraciones transcurren bajo un hilo delgado pero firme donde aquello que habla no son, en primera instancia, las ideas sino los hechos. Un conjunto de sucesos cotidianos que de ser leídos en voz alta serían asimilables a cabalidad por cualquier oyente del camino. No es necesario un trabajo mental excesivo para captar los mensajes, porque el autor logra una sintonía prístina a tal punto que su lectura genera inmediatamente resonancia. El lector entiende lo que quiere decir (las infinitas cosas que el autor quiere decir) porque siente aquellos mensajes en diálogos o narraciones que no se diferencian de modo significativo a las que cualquiera podría tener.

En la segunda mitad del s. XX hay al menos un escritor que creo ha dado un giro de tuerca sobre este modo de escribir/percibir la literatura. Se trata de un paso no exento de dificultades, esto es, el descender o terrenalizar (si se me permite la expresión) aún más la literatura. Me refiero a Raymond Carver, el cuentista estadounidense que en las décadas 70’ y 80’ redactó, con modestia infinita de palabras, un conjunto de cuentos y poemas sobre el diario vivir de la clase media estadounidense.

Intentando soslayar por un momento la polémica entre el aporte de Gordon Lish a los cuentos de Carver y la autoría propia de éste, se podría decir que su trabajo es insospechadamente cotidiano, corto de palabras, básico, pero en definitiva  inexplicablemente deslumbrante. Secuencias y secuencias breves de escenas comunes y diálogos carentes de ideas construyen cuentos sumamente expresivos y lúcidos, transmisores de un mensaje pequeño —muy lejanos de la inspiración, el romanticismo o la gloria— pero indefectiblemente presente. La recurrencia a su relectura no permite entender qué esconde, cuáles son sus derroteros.

¿Qué ocurre si lo que pasa es que en realidad nada esconde? Es la única respuesta (tentativa) que puede quedar. Acaso ese sea el fruto de una literatura escrita sin una noción de responsabilidad ni compromiso con nada, sin pretensiones (donde esta palabra significa no sólo vanidad sino ambición). Un escritor cuya obra, como escribió pensador inglés, nos recuerda que en cierto estado la vida es solitaria, pobre, brutal y breve. (¿No sería, quizás, un acto de deferente humanidad el combatir aquello desde la manifestación artística?)

Es posible que Borges —el escritor pensante, aquel que tomó la mano de la literatura desde el intelecto— haya hecho de éste su fuente y amparo frente al escalofriante mundo solitario, pobre, brutal y breve. Una comprensible reacción de supervivencia mental frente a la desazón. Y desde la soledad monacal de las bibliotecas nos brindó su ingenio en la esperanza de redimirse. Quizás Hemingway y Carver —Alexis Zorba el primero, una especie de Holden Caulfield el segundo— no podían lidiar con la intensidad de la vida, con el arrebato cotidiano de la magnífica percepción de lo que el mundo ofrece a los seres vivos; entonces escribían, no con la confianza de quien espera salvaguardar algo, sino con la resignación de aquél que no puede quitarse aquello de encima.

Sea como sea, es tarde. Y mañana esperan libros, viajes en metro, y caminatas. A veces la existencia se acerca de golpe, y hay que pensarla. A veces parece transcurrir como un pequeño río al costado de nuestros días, entonces hay que buscarla.



 


 

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