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Interpretación y poesía

Por Cristóbal Hasbún L.
Publicado en revista Terminal, octubre de 2014




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El campo semántico de la palabra interpretación contiene dos acepciones que a primera vista parecen excluyentes: por un lado, se entiende por ésta el ejercicio exegético requerido para dilucidar el contenido de un texto, esto es, la interpretación hermenéutica. Por otro lado, se entiende por ésta la acción de tañer un instrumento conforme a un determinado conjunto de notas musicales, esto es, la interpretación musical.

La interpretación hermenéutica importa el trabajo de inteligir el contenido semántico de un texto (esto es, de un conjunto de palabras compuestas por letras) en atención a lo que dice el texto y a la idea general que se está intentando transmitir (contexto). La interpretación musical es la acción de dotar de sentido estético (“dar espíritu”) a una partitura, atendiendo no sólo a las indicaciones que ésta tenga (forte, piano forte, rittardando, etc) sino también a la idea/expresión/sentimiento que el compositor intentó transmitir mediante ella.

Quisiera revisar la idea de que la interpretación hermenéutica y la musical son excluyentes, como parece sugerir lo expuesto en el primer párrafo.

La palabra es en cierto sentido un acorde. Tres notas logran el acorde G (G-B-D) como tres letras logran, por ejemplo, la palabra sol (o rey, o paz). El primer grupo de ellas puede ser escrito (en el pentagrama) el segundo de ellos también (en el papel). El primero de ellos se puede percibir de manera auditiva (mediante el sonido del instrumento). El segundo de ellos ciertamente se puede percibir por la vista (en eso consiste la lectura literaria) y también de manera auditiva (mediante la lectura en voz alta, hoy tan desusada). Cuando pedimos a un tercero que nos permita percibir auditivamente un conjunto de notas le solicitamos que interprete tal o cual obra o fragmento musical. En cambio, cuando pedimos a un tercero que nos permita percibir auditivamente un conjunto de letras (que forman palabras y las palabras el texto) le solicitamos que nos lea tal o cual obra o fragmento. Si bien la locución nos lea es precisa, no resulta excluyente: bien podría el lector en voz alta interpretar, por ejemplo, un poema.

Que un lector pueda interpretar un poema en el sentido hermenéutico resulta evidente. Pero que un lector pueda interpretar (en voz alta) musicalmente un poema parece una aseveración manida. Acaso lo sea, pero me interesa sugerir por qué es cierta.

Que las letras sean un conjunto de símbolos equivalentes –en un lenguaje distinto, aunque no nítidamente distinto− a las notas musicales permite entender que no sea casualidad que las segundas sean también escritas con símbolos de las primeras (La=A, Re=B, Do=C, etc.) y que la palabra lírica encuentre su origen en la palabra lyra, instrumento de cuerdas cuya existencia data de tiempos inmemoriales, con la que se entonaban versos. En este sentido, la poesía tiene tanto de música como de literatura.

Por otro lado, la existencia de un lenguaje escrito tiene como precedente la existencia del lenguaje sonoro. Luego de éste, se intentó hacer la de la comunicación humana algo mínimamente perdurable, hasta lograr la escritura. El proceso del lenguaje musical es el mismo. Lo primero fue el lenguaje sonoro (cánticos, laúdes, arpas) y posteriormente, recién en el s. XI mediante el aporte de Guido D’Arezzo, comenzó la evolución de la escrituración de la música (en ese entonces) mediante un tetragrama. Al igual que la búsqueda por la escrituración de palabras, este proceso fue fruto de la intención de hacer de la comunicación (musical) humana algo perdurable.

Por otro lado, pese a que en términos fisiológicos sean de formas distintas, hablamos de nuestras cuerdas vocales como si se tratase de un instrumento de cuerdas (como la guitarra, el violín, el cello, etc.). Aun cuando las cuerdas vocales no tengan la forma de cuerdas en el sentido de la guitarra o el violín, resulta notorio que hemos entendido, de alguna manera, que nuestro cuerpo contiene un instrumento musical. Ello resulta evidente cuando enumeramos, por ejemplo, la composición de una sinfónica: los violines, los contra-bajos, los vientos, el coro, etc. Resulta a su vez evidente, por ejemplo, que lo que entendemos por una canción de Leonard Cohen es tanto la composición de sus acordes, el bajo, la batería y la voz.

Lo anterior refuerza la idea de que se puede dar una interpretación musical a la poesía. Por supuesto, el caso más claro viene dado por autores-compositores que hacen arte en la zona conjunta: Violeta Parra, tan poeta como música. Pero aun sin guitarra, sólo con la voz, el modo que cada cual tiene de leer un poema es una interpretación musical personal. Quizás llegue alguna vez el día en que la poesía tenga indicaciones en el texto para ser interpretada oralmente: mp (mezzo piano) en tal verso, in crescendo en tal estrofa.

Resulta interesante que el desarrollo de la actividad de la interpretación musical requiera necesariamente de lenguaje hablado o escrito (propio de la hermenéutica). En este sentido, es claro que las observaciones que Martin Krause le hiciera a Arrau sobre su modo de interpretar un lieder de Schubert fueron principalmente habladas, y que la manera que tenía éste de entender la música de los compositores cuyas obras interpretaba era leyendo sus biografías (es decir, realizando interpretaciones hermenéuticas).

Teniendo la poesía, como hemos visto, tanto de música como de literatura, me parece que aquélla encuentra su mejor versión en la primera. Que un ser humano taña mediante un instrumento musical transversalmente concedido (las cuerdas vocales) un texto (el poema) como si se tratase de una partitura permite que el sonido del texto pueda ser compartido, es decir, es una actividad sociable. Por otro lado, me perece que si la persona tañe un poema solo, el complemento de lectura/acción de escuchar lo que se lee le permite aprehender de modo más íntegro cualesquiera sea el mensaje. Siempre hay algo de mayor intensidad cuando, en vez de estimular un sentido (la vista, en el acto de leer),  se soliviantan dos (la vista y el oído, en la lectura en voz alta). Posiblemente el segundo modo de disfrutar la poesía acerque a ésta a su origen más íntimo y venal: la armonía en el sonido y la melodía de los acordes de palabras que nuestra voz tañe resignifican el mensaje permitiendo al contemplador contemplarlo a una tecla más cerca de su esencia.  



 

 

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