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Recuerdos a través de un piano

Por Cristóbal Hasbun L.
Publicado en revista
Cognitas, N°1. Febrero de 2021
(red INVECA)



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Para mis amigos músicos en Frankfurt am Main

Es posible, especialmente en los días del otoño, imaginarse de pie frente al piano como si se estuviese frente a un altar o monumento cuyo valor no consiste en la materia que lo constituye sino en su sentido trascendente. Se puede observar su forma de rectángulo u omóplato —dependiendo del piano que trate— hecha con madera de roble o abeto, como los ataúdes que encierran lo físico transformado en infinito. Es posible posar la palma de una mano sobre la textura de la tapa superior para sentir el vigor en el lomo de aquella bestia de sonidos celestiales. O bien levantar la tapa con curiosidad y pudor, auscultando la dentadura blanca y negra con el respeto y merodeo de quien desnuda al ser amado. Lo que sigue es tomar el sillín para ubicarlo en la posición correcta, sentarse de tal forma que el ombligo quede en dirección directa al diminuto espacio entre el Mi y el Fa central y extender los brazos vigilando la correcta distancia entre el cuerpo del instrumento y el propio. La planta del pie derecho se posa sobre el pedal de resonancia con la sutileza y seguridad de quien pisa entrañables campos verde amarillos. Cerrar levemente los ojos, enderezar rigurosamente la posición de la espalda, inhalar hondo y posar la yema de los dedos sobre el tejido de maderas exóticas son la última instancia antes de dejar atrás por momentos la precaria existencia de los días.

La participación de este ritual produce encanto; un estado en el que se revisan antiguos pensamientos y se evocan frecuentes memorias, apreciadas, mientras dure el hechizo de sonido, como una colección de nóveles vivencias que constituyen una fortuna. En un estado tal se es siempre afortunado, los acordes van y vienen, la melodía aparece y desaparece en el recorrido del pentagrama, pero el agrado inefable que produce la música hace sentir que se tiene un tesoro no entre las manos sino en la intangibilidad de todas partes. Brotan en el auditor intensos sentimientos de amor y furia, tristeza, desasosiego, esperanza, pero cada uno de ellos es bonito y perfecto a su manera, y mientras las armonías se disuelven en el ambiente nadie recuerda que el germinar de esas emociones se extinguirá en breve, porque no hay ánimo para recordar esas cosas. Porque el cerebro no puede dimensionar eso mientras está arrobado por lo eterno que desaparece. La escala que embravecida aumenta su tonalidad o el acorde que deja una gloriosa nota sostenida en el aire como un disparo, ellas y todo eso, no pueden ser filtrados por nuestra mente. La lectura de un libro o las palabras de una conversación admiten que el receptor repare en algo y lo rechace, retruque, cierre el libro o agite su cabeza en silencio. Pero la música no, porque, como lo hacía notar sagazmente Shostakovich, el arte destruye el silencio, sobre todo ahí donde suena en toda la tierra, y el receptor de aquel encanto está siempre indefenso. ¿Sabe alguien rechazar las ideas de la música? ¿Cómo es posible discrepar de lo expresado en una secuencia de compases? Ni Adorno ni los más refinados auditores osarían intentar algo semejante, porque ante el sonido no tenemos armaduras: entra directo al cerebro como una delgada aguja de infinito. Mientras, el piano sigue sonando.

Recuerdo por un momento, en una suerte de tinieblas que invaden el living, la vida de Adrian Leverkühn, aquel oscuro compositor alemán cuya vida relató Thomas Mann, llamándola Doktor Faustus. Las manos recorren aladas la llave de Fa hasta sus recovecos más graves, las cuerdas saltan y quedan vibrando en el aire como lamentos y gritos. Leverkühn acarrea un tedio de siglos, fatigosamente defraudado por las limitaciones de la existencia, quiere acceder a dimensiones superiores, a conocimientos sublimes, entonces hace un pacto con el diablo concediendo su alma para poder lograr su cometido. Leverkühn desafió a la música, no quiso negarla, contradecirla ni rechazarla, sino ir más allá de ella, como si existiese allá algo. No lo satisfizo las melodías como una parte del todo, en cambio, quiso percibir, oír y tañer la música como un todo; visitar el lugar donde toda la música se produce: el absoluto, un lugar donde se yergue y agota todo el poder.

La tentación de querer ir más lejos de lo posible, de encontrar el lugar donde el encanto de la música es perenne, la falsa promesa ser el absoluto llevó al miserable Leverkühn transitar una temporada por los fatídicos senderos del infierno. La literatura de estudio posterior a dicha obra no dudó en interpretar su contenido como una metáfora de la Alemania de los años treinta cediendo a la tentación del totalitarismo. Los acordes del piano retumban y caminan pesados como goterones espesos que rebotan sobre las teclas.

Sin embargo, a veces la memoria juega al son de la música —o acaso la música se divierte embromando nuestra memoria— y mientras las notas se desvisten de desgracia, al botar y dejar atrás la putrefacta película de su cuerpo físico, puede ocurrir que una sola secuencia de notas construya una escala mayor o armónica hasta encumbrarse en la zona alta del teclado, donde yacen las teclas tiernas y luminosas. Ese traslado refresca el ambiente, oxigena la mente y evoca paisajes más plácidos y solazados. Entonces la figura de Mann persiste en el registro, esta vez como un muchacho, ávido y distraído, deseoso de participar y saber sobre todas las cosas. Es Hans Castorp, lo reconozco inmediatamente. El veinteañero que planeaba visitar unas semanas a su primo en un sanatorio para tísicos en Los Alpes, para acabar quedándose muchos años. La voz del joven Mann se materializa en un personaje que disfruta de la buena conversación y la vitalidad de las experiencias compartidas; el vino del Rin y el intercambio de opiniones sobre temas como la vida, la enfermedad, el amor y la muerte. Una gloriosa novela, aquella montaña verdaderamente mágica cuyo asilo o lugar de retiro es construido por las historias de cada uno de los personajes que lo habitan; Clawdia Chauchat, el ingenioso Settembrini, Leo Naphta, Peeperkorn. Su desarrollo para el lector, y el mundo interno que genera, no es solo el de un asilo helvético contra la tisis sino también un refugio de hojas contra el tedio y la muerte. La música alcanza sus puntos más altos, el pedal de resonancia trabaja y descansa de forma intermitente: las notas vuelven a construirse poco a poco desde el centro nuevamente, hasta que el último acorde suena, queda sostenido en el aire, y vive su estertor en las sonoras ondas del ambiente.

La última nota termina de morir en la memoria, y nos acompaña, mientras en posición de luto se quitan las manos del cuerpo ahora apagado y frío, se cierra la tapa dejando atrás las teclas y el pie deja descansar el pedal. Es cuestión de ordenar con un ademán las hojas de la partitura sobre el atril, ponerse de pie y volver a posar la palma de la mano sobre el lomo de madera de un animal que está muerto o duerme a través del silencio. La última nota se une a otra melodía que permanecía ya en el recuerdo, vuelve con las demás, se resiste a la ausencia de música que es la muerte o silencio. Entonces se retorna a las labores cotidianas, con algo de música en el recuerdo, con armonías que bregan por llenar las ausencias y traer de vuelta algo de calidez al cuerpo.



 

 

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