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UNA VISION INACEPTABLE QUE LO OCUPA TODO
"Ojo líquido". Guadalupe Santa Cruz. Editorial Palinodia. Santiago, 2011

Por Carlos Labbé
http://www.sobrelibros.cl/

 

 

 

 

 

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Si invito al lector a un lugar sin interrupciones si alguien me invita en su texto a un lugar sin interrupción me pregunto por qué inmediatamente ante mí aparece más posible que sea el convite o el acto de hacerlo o la lectura conjunta eso que no se interrumpirá, en vez del lugar ofrecido. Queda tal vez en ese reflejo la posibilidad, la evocación de un espacio que está fuera de los cómodos sí, burgueses, consabidos, tiesos, excluyentes, domesticados acuerdos tácitos sólo discutibles en las situaciones profesionales de la literatura y sobre todo en algunos momentos que adolecen de utilidad transaccional; quizá no me avergüence de decir que ese borde ese reflejo es imaginario, es una fantasía, una quimera imposible de figurar en una prosa descriptiva de términos espaciales y como en un libro antiguo la relación literaria es menos pasajera que el número de sus páginas se me hacen más incomprensibles las estaciones de un río, los límites de una ciudad y el punto donde termina el campo y empieza el jardín que la misma posibilidad de que una persona no cese de invitar a otra aun cuando la otra llegue a cada una de las citas, o que divague sobre un libro sin final que consista solamente en el despliegue verborreico de una voz que no se cansa de hablar porque necesita convencer a alguien más que la acepte incluso si alguien más ya está a su lado o no hay nadie que pueda oírla. Ahora necesito interrumpir esa reflexión que no termina el reflejo para decir que quería terminar de escribir hace días sobre Ojo líquido, de Guadalupe Santa Cruz, pero no encontraba el espacio para hacerlo. Como si las páginas de la edición de este libro no fueran lo suficientemente amplias, como si el espacio se transformara en tiempo en escasez y en agotamiento mental, que no otra cosa impone el reloj al cuerpo en vez de apetito y cansancio, no estaba encontrando hasta ahora la situación para transcribir una a una mis notas porque cada vez que pensé que iba a cuajar hacia el norte o hacia una contingencia o a la punta del cerro o alegóricamente el persistente razonamiento en cada página de que el río Mapocho y el metro de Santiago la imposición del orden capitalista moderno y la idea ordinaria de república chilena son, aunque apenas hilos de agua prácticos y fáciles de entender, límites incomprensiblemente poderosos que seguirán impidiendo que cualquiera haga el cruce de la Alameda a la Chimba, de lo complejo a lo heterodoxo y de la fronda al desierto. Erré al creer que el libro este y todos los que me exigen una relectura tiene atrás un mapa, un plan editorial que fue ilusorio precisamente porque me parecía tan armónico: imaginé que en cada tiro de la página de Ojo líquido hay un texto personal, la narración íntima de Santa Cruz arrancada del diario de su experiencia en la ciudad como cualquier persona observadora como no muchas que anotan sus paseos cotidianos marca su territorio con un yo plural o singular en relieve, mientras en el retiro de la página se le enfrenta un texto con intenciones objetivas, analítico y descriptivo, cuya impronta es la profusión de nombres de objetos, calles, barrios, instituciones, referencias, citas y alusiones. Pero luego esta falsa división mental que yo iba haciendo en mi lectura se fue diluyendo, la invitación que me hacía a mí mismo en el texto de otra persona se interrumpió con mis propios límites, la proyección de un límite la barrera entre lo que está expuesto públicamente, la calle, y lo que no se expone porque la piel no es reversible que no aparece relevante cuando se lleva a cabo un libro que quiere eviscerar de vuelta una ciudad que nos destripa a cada rato. Estoy hablando de Santiago, de Talcahuano, de Calama, de la ciudad trabajada del noreste gringo donde ahora encuentro lugar para escribir esto burgués, consabido, tieso, excluyente, domesticado, no– y, ahora lo entiendo, me refiero a cualquier espacio construido por las personas de este acá y ahora que lleva casi mil años de duración incluida la página y la pantalla donde me lees para que podamos establecer un vínculo sólido pero no completamente férreo, de modo que en cualquier momento la emergencia o la escasez o el agotamiento mental o algún interés supremo se obligue a interrumpirnos. Leí entonces Ojo líquido en una permanente disolución de la anterior certeza estructural iba a decir cultural que me guiaba por ausencia de una hipótesis con conclusión y cierre en las situaciones que cuenta, en sus reflexiones iba a decir reflejos y en los juegos verbales de sus párrafos, aislados como cada barrio del gélido y tórrido Santiago que ese hilo de agua quiere que vayamos siempre dejando atrás rumbo a un nuevo sitio en la montaña o más allá del puerto, del aeropuerto, y me pareció un ejercicio retórico acertado para la abiertamente clausurada experiencia de nuestro íntimo espacio público, metropolitano y campesino, hasta que noté sobre mí también esa mirada sin sujeto ni sujeción: la perspectiva de este libro es la de un ojo con un pequeña corte que se va abriendo de tanto que mira, y se va vaciando en la medida que se derrama en una ciudad que no quiere ser abarcada nadie le devuelve la vista, pantalla de una calle peatonal que trasmite un comercial sin pausas, «ojo que no se apaga y vuelca su insomnio azuloso a la ciudad de perfil». Encuentro finalmente ahí el espacio para escribir que un libro acaso puede sumergirme en una experiencia comunicativa sin interrupciones si sólo me invita a participar de sus interrupciones, de los límites, de las rupturas, los quiebres, las crisis, las discontinuidades, las muertes, las extinciones. Pero, ¿qué pasa con la mirada que sí pueden dar de vuelta los seres vivos que no cortan, esas plantas para hacer desaparecer el jardín doméstico de Guadalupe Santa Cruz, la maleza a la que este libro va dedicando progresivamente más y más páginas tiro y retiroporque a sol y agua incomprensiblemente no se limita a sólo devorar su paisaje? ¿Si nos invitan a mirarlas, podremos seguir con la vista fija en eso que de tanto sobrarnos se derrama?




 

 

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